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Full text of "Letras uruguayas - Gustavo Gallinal"

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iÜLtCtiUiVi dt CLASItüí» UKOtiüAlOi 



LETRAS URUGUAYAS 



MlHISTEHIO DE CULTUIA 



BIBLIOTECA ARTIGAS 
Art 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 

Luis Hierro Gambardella 
Ministro de Cultura 

Juan E. Pivel Devoto 

Director del Museo Histórico Nacional 

Dionisio Trillo Pays 
Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C. Gómez Alzóla 
Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 

Vol 125 
Gustavo Gallinai. 
LETRAS URUGUAYAS 



Cuidado del texto a cargo de las 
Pn^esoraa Srtas. Elisa Silva Cazst y María Angélica LissAimr. 



GUSTAVO GALLINAL 

LETRAS 
URUGUAYAS 

Prólogo de 
CARLOS REAL DE AZÜA 



MONTEVIDEO 
1967 



PROLOGO 



I 

La labor de critica y estudio literario de CuRtav ) 
Gallinal se inscribe con bastante justeza en el aporte 
común de una generación cuyo advenir a la notorie- 
dad suele marcarse entre 1915 y 1920 y en los decisi- 
vos acontecimientos que en ese lapso se produjeron. 
La finalización de la primera guerra mundial y la ola 
de esperanza humanitaria y pacifista que el presi- 
dente Wilaon simbolizara, la irrupción universal de 
los "ismos" estéticos, el movimiento latinoamericano 
de Reforma Universitaria, la transformación constita- 
cional uruguaya, la muerte de José Enrique Rodó re- 
presentan sucesos, fenómenos de mayor o menor 
alcance cuya concurrencia es harto suficiente para 
marcar uno de esos virajes del curso social, uno de 
esos cambios del color del agua en el río del tiempo 
en los que una coetánea promoción de hombres ad- 
quiere conciencia de su afinidad, percibe sus dife- 
rencias con quienes les anteceden, ya por el hecho de 
ser distinta su experiencia, ya por la circunstancia de 
que alcancen unos mismos eventos cuando la plas- 
ticidad personal es mayor, más receptivo el espíritu. 

Antes del grupo a que me estoy refiriendo, la crí- 
tica 7 el estudio literario uruguayos no habían sido 
por cierto cuantiosos: páginas ocasionales de Andrés 
Lamas, un volumen desigual de Bauzá, la aportación 
considerable de Rodó y, en especial, su abarcador es- 
tudio sobre "Juan María Gutiérrez j su época", al- 



vn 



PROLOGO 



gunos panoramistas y antologislas (Fernández y Me- 
dina, Arreguine, Araujo, etc.), la labor solo esporá- 
dicamente lúcida si que ingente de Carlos Roxlo en 
su "Historia Crítica" que por eaoa años culminaría; 
todo esto representaba poco más atención que la que 
se había dispensado a la literatura extranjera, tratada 
metódicamente por Luis Destéffanis en los '^Anales 
del Ateneo" y a la que atendieran también en magni- 
tud muy distinta Luis Melián Lafinur y Julio Herrera 
y Obes. Y asimismo, tras ellos, una porción conside- 
rable de Rodó, los robustos estudio? de Víctor Pérez 
Petit y el modernista César Miranda bajo la caracte- 
rística investidura de "Pablo de Grecia". 

Tal situación hubo de cambiar cuando se formali- 
zaron los intereses de un grupo de escritores nacidos 
entre 1881 y 1889: Raúl Montero Bustamante (1881), 
Osvaldo Crispo Acosta, "Lauxar'' Í1884), Alberto Las- 
places (1887), Alberto Zum Felde (ISÍÍS) y quien nos 
interesa ahora, Gustavo Gallinal f 1889 ) , cuya sig- 
nificación general de prosista he estudiado en otro 
prólogo de esta "Biblioteca Artigas". ^ De más está 
decir que era muy diferente el temple intelectual de 
estos hombres, su ideología, el modo y fecha de ini- 
ciación de su tarea. El primer libro cabal del mayor 
de ellos. Montero Bustamante. aparece en 1928 y bajo 
el rubro genérico de **Ensayos" aúna, de manera muy 
eficaz, muy persuasiva, una entrañada materia bio- 
gráfica, histórica y literaria. De 1905 era su "Parnaso 
oriental**, en el que había permitido ingresar a los 
todavía indecisos "modernistas": no sería hasta las 
últimas décadas de su larga existencia que Montero 

1 Prólogo a Critica v arte. Biblioteca "Artigas" de Clási- 
cos Urugitayoa. 



vm 



PROLOGO 



ge dedicó, con inalterable gesto aprobatorio, al género 
a que me estoy refiriendo. Zum Felde, crítico del dia- 
rio "El Día", hacia los últimos años de la segunda 
década, reunió en 1921 los artículos de "Crítica de la 
literatura uruguaya", un libro lleno de una saluda- 
ble iconoclastia, que iría rebajando lentamente hasta 
8u ''Proceso intelectual del Uruguay", de 1930. Crispo 
Acosta ("Lauxar") había publicado en 1914 sus "Mo- 
tivos de crítica hispanoamericana" y siguió ciñéndose 
a lo largo de au vida, a la estricta y a veces adusta 
monografía docente sobre autores españolea, hispano- 
americanos o novecentistas uruguayos. Alberto Laspla- 
ces, en una vocación dominante de arliculiata vario, 
reunió en 1919 sus "Opiniones literarias*', en una di- 
rección ideológica y en una actitud muy próxima al 
Zum Felde de aquella hora. 

Contra este trasíondo, y en un incesante marcar de 
"simpatías y diferencias*', debe ubicarse la labor crí- 
tica de Gustavo Gallinal, a quien no le faltó ocasión 
de registrar su juicio sobre alguno de los menciona- 
dos. En Crispo Acosta observó su "carácter pondera- 
do*', su cultura de "erudición bien asimilada*\ pero 
también que solía en él "faltar algo de sensibilidad y 
de íntimo calor, de emoción personal*', falla que se 
ejemplicaba en su escasa "comprensión del lirismo do- 
lorido y humano" del Darío final ^ De Zimi Felde 
elogió el nervio y el vigor de crítica treintañal, aun 
reservando su aprobación a lo que había de conver- 
tirse en estereotipo del ambiente sobre su carencia de 
"la ecuanimidad necesaria". ' £1 así juzgado, a su vez, 
señalaría algunas discordias con el rodonismo de Ga* 



2 Literatura, en St^lemento da Bl Diario del Plata, Julio 
de 1930. páe. 233. 
S Xdain. 



PBOI.OGO 



Ilinal, en oportunidad de la respetuosa apostilla crítica 
a "Hermano Lobo y otras prosas". * 

n 

"Ecuanimidad" y "calor", entonces, (aun casual- 
mente apresados; así establecidos por reclamo anti- 

téticol parecen haber fundado dualmente e?e ideal 
implícito, esa doctrina informal que todo crítico ejer- 
citante lleva "in mente". O. dicho con otras palabras: 
capacidad de justicia despiejuiciada, en la vertiente 
valorativa que toda crítica conlleva j aptitud de iden- 
tificación empalica, de recreación desde dentro, en 
aquello que es atinente a la otra cara de "dilucida- 
ción", que es inexcusable en toda crítica, en todo es- 
tudio literario cabales. 

Pienso que ia lectura de los textos que sigue podrá 
ratificar la opinión de que la labor de Gallinal poco 
dejó de desear si se fija la aguja crítica en un quicio 
nada fácil de libertad judicativa. medido respeto. In- 
alterables buenas maneras, desdén y hasta repugnan- 
cia a toda táctica de halado envolvente o de reserva 
cumplida por perífrasis. Podrá advertir esa lectura, 
por ejemplo, lo nada serviles de las observaciones que 
Gallinal realizó a páginas de un escritor como Zo- 
rrilla qne, por tantos respetos — sociales, ideológicos 
V hasta familiares — pudo inhibir su gesto habitual 
de desembarazo. 

En un pasaje de mi introducción a sus escritos de 
"Crítica y arte" examiné las raíces y las manifesta- 
cionea de su profunda vivencia de la continuidad e in- 
tegración nacionales, su ^'sentido histórico" en suma, 

4 Sd 1.a Pluma, Montevideo. 1S28, Nt 7 



X 



PROLOGO 



que eBclarece tantas de sus actitudes. También su 
concepción de una tradición viva j enriquecible, para 
la que representaba amenaza letal toda postura de 
respeto hierático, de devoción ciega. Son sobre todo 
sus estudios sobre el pasado literario nacional loa que 
muestran ahora cómo Gallinal sabia colocarse ante él 
sin desmesurar méritos y valoreti, sin deprimir a sus 
actores con drásticos dictámenes moralizantes de orden 
cívico o privado. La misma pluma que escribió de 
Acuña de Figueroa que "su vida es un pésimo ejem- 
plo para la niñez de los liceos", " había protestado 
años antes — y las dos posiciones no son contradic- 
torias — ante "los eternos mcomprensivos", " incapa- 
ces de ponerse en el justo lugar en que las innumera- 
bles volteretas cívicas del autor del Himno pueden ser 
entendidas. La benevolencia que reclamó en las pági- 
nas iniciales de "Letras uruguayas*' para nuestros pri- 
moros balbuceos literarios íue en su mejor nivel, y 
como ¿1 mismo allí lo programara, una cordial capa- 
cidad de proyectarse hacia el pasado con un mínimo 
de prejuicios, de sectarismos de partido, de familia y 
de clase. "La historia nuestra" (y la afirmación es ob- 
viamente aplicable a la historia cultural y literaria) 
"no puede ser siempre «la palestra en que se choca, 
con la máscara del pasado, las pasiones del tiempo 
presente». La morbosa delectación, cuando ya no es 
una explotación interesada, de quienes exhuman his- 
tóricas memorias con impiadoso propósito, prologando 
en enconadas recrimmaciones y disputas las resonan- 
cias de las luchas de los partidos; el rígido doctrina- 



5 En Francisco Acuña de Flffueroa Nuevo mosaico ■poético, 
Montevideo, Claudio García y Cfa., 1944. pág, XXXn. 

6 Letras uruguayas, Parla, Casa editora Franco-lbero-ame- 

ncana, 192B, p&g. 235. 



PROLOGO 



rismo de quienes se erigen en jueces, duros y ásperos 
censores de los hombres del pasado, reos del delito 
de no haberse conformado a las ideas constituciona- 
les o de otra índole que ellos profesan, son actitudes 
incompatibles, no sólo con ai método moderno de es- 
cribir la historia, sino con todo propósito de estudio 
desinteresado e inspirado en el amor a la rerdad", ^ 

Esta apertura total del alma a las inducciones que 
vienen del ayer sin mengua, por ello, de Ja percep- 
ción del valor y Ja irrestricTa libertad espiritual le hizo 
enfrentar, no sin cierta sorna, una deliberada, metó' 
dica "línea dura" de la ciítíca. "Hay quienes anuncian 
ahora la que llaman una generación de revisores. La 
palabra suena un tanto a pedantería. La vida es una 
perpetua revisión. La generación que aceptase sin re- 
visión el legado de las anteriores, habría abdicado de 
sus más nobles facultades 7 condenándose al estag- 
namiento y a la muerte." ' 

Vuelto hacia el pasado literario nacional, toda la 
perspectiva que los anteriores asertos configuran, 
le llevó a tomar tajante posición en dos cuestiones que 
cualquier tentativa de historia literaria debe previa- 
mente dilucidar. 

Cabe llamar a una la del valor estético y el valor 
testimonial. '*E1 oscuro poeta colonial que canfó en 
nuestra tierra con las flores más ajadas de la retórica 
de su época la victoria sobre los invasores ingleses; 
el soldado de la emancipación que intentó, sin conse- 
guirlo, alzar el acento de su lira para cantar en forma 
condigna loa primerog albores de la libertad en nues- 
tro suelo, nada valen y nada significan para quien 

' U 

7 Revista del Instituto HlstÓTico v Qeoarájieo, Montevideo, 
1920. T. I, Ni 1, págs. 7-8. 

8 í,etraa wnto%uiyas, p&g. US. 



xn 



PBOLOGO 



BÓlo aprecie el valor estético de aus obras y para quien 
considere su situación en el conjunto del arte univer- 
sal y humano. ¥, sin embargo, para quien investiga 
las nacientes de nuestra cultura; para quien e8tu<Ua 
los orígenes de nuestra sociabilidad, esas oscuras obri- 
Uas son necesarios indicios, preciosos antecedentes o 
muestras que merecen, no sólo wr conservados^ sino 
aún que sea rastreada la huella de aquellos olvidados 
o perdidos. Signo de un patriotismo descarriado y re- 
nido con toda facultad critica sería ensalzar a sus 
autores como escritores cuya jerarquía literaria me- 
rezca la gloria del laurel; pero no es sino muy le- 
gitimo estudiar sus escritos y valorar sus cualidades 
como obreros de nuestra cultura cuyos modestos 
esfuerzos han contribuido, en parte no desdeñable, 
a crear nuestro patrimonio intelectual y social y a 
preparar el florecimiento de días mejores." ' 

La otra cuestión, aunque se entrelace en la anterior, 
está representada por el problema de los autores fuga- 
ces y los textos menores (supuesto que los persisten- 
tes y mayores existan) . "£l crítico armado de criterio 
selectivo y severo puede despreciar muchos de los ma- 
teriales literarios ( ) grises o mediocres para una 

severa valoración. Pero ella no es realizable a con- 
ciencia si no se domina el proceso completo de la vida 
literaria. No basta estudiar las personalidades repre- 
sentativas de cada época o momento. Es preciso evocar 
el coro de cada tendencia* llenar claros y vacíos ex- 
plicando el surgimiento de las escuelas y personali- 
dades descollantes. Escritores de perfiles descoloridos, 
libros que son urnas de cenizas, cobran valor como 



9 Revista dál Ziumuto,,,, Montevideo, 1981, T. I, N» 2, 
páSB. 470-471. 



xin 



PROLOGO 



signos de una modalidad o tendencia que cavó hondo 
en la intelectualidad de una generación; ignorarlos es 
dejar rotos algunos eslabones de la historia literaria. 
Aun amustiado, el libro que hizo pensar y soñar a 
los hombres de una época, permanece como documen- 
to precioso para hurgar en su pensamiento y en su 
sensibilidad. No es sin compensación que hojeamos de 
nuevo el libro eo cuyas páginas no recogemos doc- 
trinas vivas o no percibimos reflejos de hermosura: la 
de explorar el alma de una sociedad." 

III 

Todo método histórico-criticO} formal o informal, se 
apoya, consciente o inconscientemente, en una deter- 
minada concepción de qué es la literatura y en una 

determinada profesión de cuáles son los valores lite- 
rarios que importan. Múltiples enfoques, como es ob- 
vio, caben, e insistencias muy diversas en laa nociones 
de '^función", de "efectos", de "objeto" o de "condi- 
cionantes**. Casi nunca el crítico, como recién dije, se 
esclarece en estos puntos metódicamente, empleando 
aquí esta palabra en las dea direcciones en que ahora 
es idónea. 

GaiUnal no constituyó una excepción a esta general 
"latencia** de tales ideas pero, como también es siem- 
pre inevitable, sus textos ofrecen numerosas pistas a 
quien haya de indagar, de sistematizar, en casos como 
el presente, su implícita perspectiva. 

Concibió Gallinal, **more romántico", el impulso con- 
figurante de la poesía como una instancia progresiva 
de la "emoción personal ante la vida y ante laa co- 



10 En Historia sintética de la literatura uruguaya, Monte- 
video, 1931, Vol. I, parte I. pág. 6. 



XIV 



PROLOGO 



6as*\^^ nacida de "la fuente inexhausta" del "senti- 
miento personáV. Cuanto más radical, más límpida 
sea la experiencia máa ganará la obra en términos de 
"inapiración, lirismo, múaica íntima y hondura". ^' 
Pero el escritor puede recoger las voces que, más allá 
de sí mismo, lo hagan el portavoz de su medio y de 
su sangre y entonces la poesía, la literatura se hacen, 
casi secretivamente, instrumentos de una expresión 
más amplia.^* Dicho sea esto sin óbice de señalar 
que fue Gallinal muy consciente — aunque todos los 
ejemplos que trajo a colación pertenezcan al orden 
pictórico — de la frecuente inconexión entre autor y 
obra y de la esfera autonómica que, en estos términos, 
la obra implica. Ya por esos tiempos, Benedetto 
Croce había planteado la cuestión con el desmedido 
rigor de deslinde que tanto maleó, a la larga, su ori- 
ginal filosofía estética. 

Con todo, la noción que en nuestro autor asume a 
la vez mayor persistencia y trascendencia más subida 

es la de que el arte — o poesía a literatura- — es, sus- 
tancialmente un proceso de "transfiguración" de la 
realidad, al reordenar, o alterar, o trasmutar una sus- 
tancia que, de algún modo misterioso, bajo el influjo 
del "soplo ideal", al mismo tiempo permanecerá pero 
ya no será la misma. El prosaísmo ingénito, en suma, 
de toda materia pre-literaria se ''transfigura" bajo el 
impacto de una 'Vibración" que la hace poesía, con 
lo que adquiere justísimo sentido su aserto de que 
"la forma en poesía ea esencia", si entendemos por 



11 Letras uruguayas, pág 63. 

12 Crítica y arte, pág 103 

13 Letras uruguayas, págs. 49-52 y 231-233 

14 entusa y arte, pág 74. 

15 Idem. p¿SB. a-9. 113, 177. 199. 



XV 



PBOIiOGO 



forma — al modo de Dewey — esa "vibración" con- 
figurado» (o coníonnadora...).^" 

Coherente y sustancial es la clave antedicha, que no 
se baJIa muy diatante, por cierto, de la noción de 
"presión configuradora" que T, S. Eliot formularía 
por esos mismos años, aunque con mayor ambición y 
carácter más explícito. Por ello es lamentable regís- 
trar que Gallínal recibiera de sus antecesores y, muy 
especialmente de Rodó, — y no haya sido capaz de 
revisarlo — el dualismo simplista y rígido de forma 
y contenido. Sobre todo porque éí le llevó a recurrir 
en ocasiones a la deducción inexcusable que importa 
concebir la "forma" como una etapa de brega, una 
"gesta", un cuerpo que hay que vestir con "galas", 
una vez que la tarea sustancial ha sido cumplida. 
Atiéndanse, por caso, sus juicios sobre la prosa de 
Yaz Ferreira, 7 la de Zavala Muniz, insertos en estas 
páginas. 

Sólo cabe sumar ahora, a este registro de ideas, 
quü en cuanto a las funciones y vías del objeto artís- 
tico y poético, Gallínal manejó las nociones de "iden- 
tificación", o "contacto existencial", como hoy suele 
preferirse, y la de escapatoria imaginativa o "vida 
vicaria", según una reflexión final de "ta lámpara 
maravillosa". También la que expuso, muy sugesti- 
vamente por cierto, en el pasaje epilogal de "Coloquio 
de las estatoas", sobre la capacidad de perduración 



16 En Tfemi española, Barcelona, Viuda de Luis Tasao, 

1914, pég. Ti, en Hermano Lobo y otras prosas, Montevideo, 
1928. pág 66; en Letras uruguayas, pé.gs 185, 186, 192. 

17 En Letras uruguayas, págs. 107. 112, 231. 233, e» Critica 
y arte, pág 141, 

18 Crítico V arte, p6g. 101. 

19 £n Hermano Lobo. , pág. 7S. 

20 Idem, pág, 89-00. 



XVI 



PROLOGO 



del arte y la poesía, aun sea ella una perduración in- 
víscerada en formas y avalares írieconocibles o, tal 
vez, la de suscitar "en un corazón juvenil dormidos 
impulsos hacia el bien", un pasaje, dicho sea de paso, 
sorprendentemente próximo a unas conmovedoras le- 
flexiones del Andró Gide de los últinios años. 

rv 

En el prólogo a "Crítica y arle" sostuvo Gallinal 
que recogía con aquellas páginas, fruto de los intereses 
dispersos de su juventud, un periodo de su obra que 
suponía clausurada ante **el afán de ahora de una 
labor más concentrada y más honda aplicada al estu- 
dio y al conocimienlo de la tierra nativa. Eso en 
noviembre de 1920. Y anos más tarde sostendrá que 
"descubrir una figura nueva, o iluminarla con luz im- 
prevista es acaso la única forma de invención, de 
creación, que cabe en el arte reflejo de la critica". " 

Los propósitos que estos dos textos registran lle- 
varon a Gallinal a centrar su atención en forma do- 
minante sobre la primera mitad y aun el primer tercio 
del siglo XIX uruguayo. En verdad, entre su elabo- 
ración histórico-crítica y su tarea más estrictamente 
historiográfica no existe el menor discontinuo: a tal 
punto es trabajoso a menudo el deslinde entre lo que 
este volumen recoge y lo que algún otro habrá de 
juntar del GaUinal historiador. Beaultaria, incluso, más 
preciso, decir que« principalmente sobre el sector de 
tiempo a que hacía referencia, a nuestro autor le in- 
teresó en especial todo lo que lleve la marca de una 



21 Crítica y arte, pág XVI. ' 

22 En Revista NacUrtud, afio XVI, T. LXVn, enero do 1S83, 

N? 169, págs. 44-45. 

XVII 

2 



FROLOOO 



intersección regular entie historia social, historia cul- 
tural e historia literaria, acotándose aua mej or el 
campo de sus preferencias, si a ello se agrega un ele- 
mento de inflexión religiosa (ya había culminado en 
1911 sus cursos de abogacía con un trabajo sobre 
"Ixa bienes de la Iglesia") y una predilección muy 
marcada por indagar las conexiones de lo español y 
lo hispanoamericano. 

Su excelente conferencia sobre el Dante, pronun- 
ciada en 1921 en ocasión del séptimo centenario de 
la muerte del poeta me sirve muy adecuadamente para 
retocar lo anterior con un matiz ineludible: Gallinal 
no se dedicó a temas menores de nuestro pasado li- 
terario por incapacidad de juicio y cortedad funda- 
mental para acometimientos mayores, como ha solido 
suceder, o por temor a caminar sin andadores, como 
cuando ha de comentarse la actualidad literaria debe 
hacerse. Fue por designio voluntario, por sentido de 
deber nacional que ese cierre de mira se produjo, el 
que aun puede marcarse cuando, a propósito de temas 
europeos, como en el estudio de Larra, el autor se 
ocupa de trazar, con especial delectación, el proceso 
de su influencia en nuestro medio. 

Ya he registrado, en mi introducción al volumen 
ya referido de esta misma Biblioteca, la importancia 
que asumieron la personalidad y la obra de Rodó en 
la formación de Gallinal y la significación del aporte 
crítico en el que la influencia del autor de "Ariel" 
— entre 1917 y 1933 — se fue refractando. En las 
páginas presentes se advertirá Itt considerable cuantía 
de los libros y autores que en la práctica periodística 
del juicio fueron susceptibles de interesarle, desde Zo- 
rrilla, Roxlo, Rodó y Roberto Sienra, que represen- 
taban nombres de generaciones anteriores a la suya, 
hasta los poetas y prosistas de su hora, como es el 



FROIjOOO 



caso de Oribe, Ipuche, Juana de Ibarbourou, Andrés 
Lerena Acevedo, Julio Raúl Mendilharsu o Antonio 

Soto ("Boy"). Otros nombres y otras obras atrajeron 
seguramente su comentario en grado mayor por su 
contenido y las reflexiones que éste suscitaba, lu que 
ocurre en los artículos sobre Falcao Espalter, Ago- 
rio, Maldonado o Fernández Saldaña, y aun, con- 
fluyendo con tales motivos, razones de conmovida 
afectividad, como en el dedicado a Dardo Estrada, que 
cierra "Crítica y arte". Y lo cierra de modo simbólico, 
pue&to que el ejemplo que la dirección que su amigo 
trágicamente muerto representó pudo haber ejercido 
positiva influencia en la que los intereses de Gallinal, 
desde entonces, tomarían. Algunas veces, asimismo, 
cultivó la "crítica do a propósito", como es dable re- 
gistrar en su ensayo sobre "La dama de San Juan", 
de Roberto Sienra, inserto en "Crítica y arle" y aun 
la que cabria llamar "crítica de desglose", como la 
que le suscitó el libro **Del pensamiento a la pluma" 
(Barcelona, 1914), de Mario Falcao Espalter, contem- 
poráneo, correligionario y amigo suyo, aunque muy 
distante a él en su religiosidad de integralismo beli- 
coso. *° 

No existe tampoco disonancia, solución de conti- 
nuidad, entre tales páginas y sus estudios sobre el pa- 



23 Está inserto en Crftlca y arte. En la carta que Gallinal 
dirigió a Falcao, de la muy varia doctrina y temática del 
libro sólo hace reterencia al artículo sobre el costumbrista 
Carlos Maria Maeso Por otra parte, es muy revelador de las 
costumbres y relaciones literaruis de aquellas postrimerías del 
novecientos el tono de invariable compostura y hasta solem- 
nidad con que un est^ritor de vemtisiiis años se dirige a otro 
de veintidós (Falcao Enaltar habla nacido en 18£I2>, con 
quien, por añadidura, se tienen múltiples lazos Falcao dedicó 
más tarde a Gallinal un estudio en Interpretaciones (Monte- 
video, A Monteverde y Cfa^ 1929. págs. 293-312> en el cual 
dice divertidamente — puesto que en calidad de elogio Iba — 
que en Hermana Lobo hay "el desorden mental" de bu "per- 
ceptivo esplntu" (pág, SIO). 



XIX 



sado uruguayo (algunos de los cuales, tal la conferen- 
cia del Ciclo del Centenario, el prólogo al "Parnaso'^ 
de Lira, etc., implican relaboracioues de un mismo 
material y no admiten, y menea imponen, la colección 
conjunta). No existe discontinuidad, decía, lo que es 
otro modo de significar que en el estudio de nuestro 
pasado literario Galliual no deja de ser un crítico y 
en el comentario de la vida literaria contemporánea 
nunca dejó de lado su sagaz sentido histórico. 

V 

Vuelta hacia el ayer o imnersa en el presente, la 
obra critica de Gallinal mantiene el rasgo común do 
centrarse en tema» relativamente pequeños y siempre 
ceñidos, cuya suma, una vez indagada, pueda redon- 
dear una zona bien explorada, y eluda siempre las 
generahdades vacuas a que tan proclives han sido an- 
tecesores, contemporáneos y supervinientea al autor 
que nos ocupa. 

No es fácil evitar que esta actitud nos lleve a re- 
cordar ciertas persistencias de la acción de Gallinal 
como hombre público, legislador, gobernante y negó* 
ciador internacional, en el rubro de lo que cabe llamar 
su política cultural, un tema al que le brindó desvelos 
nada comunes en su tiempo ni en el nuestro. 

En 1921, hablando en el Certamen históríco-litera- 
rio de la Universidad, se dio tal vez la primera ocasión 
en que tocó un punto que siguió preocupándolo larga- 
mente. "De nuestro medio ambiente no llega al espí- 
ritu joven la sugestión del trabajo tenaz, emprendido 
por un móvil alto y lejano de ciencia o de verdad. 
Perpetuos improvisadores, tenemos el culto de la labor 
efímera y brillante. Educados entre las agitaciones de 
la vida política de una democracia en formación, en 



XX 



PROLOGO 



la que han faltado casi siempre los asilos consagrados 
en las viejas sociedades al saber austero y a la quietud 
contemplativa y estudiosa, para la mayoría de nuestros 
jóvenes los años de estudio universitario representan 
la formación definitiva (...). Bien; nada más abomi- 
nable que el reinado en una sociedad de la -semicul- 
tura, por lo general audaz, petulante y estéril Nada 
más funesto que el enciclopedismo superficial (...). 
Si nos vemos, pues, forzados por nueatra limitación a 
realizar una obra pequeña, pongamos en ella toda 
la capacidad de fervor de nuestra alma; labremos - 
nuestro surco conociendo lo reducido de nuestra he- 
redad y viendo abierta ante nuestros ojos la inmen- 
sidad de los lejanos horizontes {...). Debéis profun- 
dizar para beber el conocimiento en las mismas prime- 
ras fuentes que los maestros conocieron y trabajar para 
descubrir otras nuevas. Es preciso llegar hasta el do- 
cumento mismo, testimonio autentico de la época que 
?ft trata de cíítudiar (...). A?í, lo que vuestra obra 
tenga forzosamente de limitado, será compensado con 
lo que tenga de sólido y de honrado intelectualmente 
(...). La labor así emprendida es difícil; pero un 
artículo en el que se renuevan los conocimientos, una 
monografía que esclarece un paso oscuro de la his- 
toria, vale mucho más ante un criterio ilustrado que 
un grueso volumen consagrado a la repetición estéril 
de viejos datos y nociones (...)• No olvidéis nunca 
que se puede acrecentar con varios volúmenes la bi- 
bliografía histórica nacional sin contribuir en nada, 
o contribuyendo con caudal muy parco, al conocimien- 
to del pasado y al progreso de los estudios históricos. 
Bn cuanto a la belleza, si sois capaces de crearla, 
sea como el resplandor de la obra amasada con la 
fatiga y la ruda labor de nuestro espíritu. Un histo- 



XXI 



PH o L o C?0 



riador completo debe ser un artista, un grande artista 
creador, Pero muchos intelectuales, entre nosotros, han 
esterilizado sus facultades por creerse estilistas, líricos 
creadores de formas bellas y exentos de la penosa 
tarea del estudio metódico, de la formación reflexiva 
y permanente: la vanidad literaria pit-rdc en el dile- 
tantismo infecundo a muchos espíritus hwn dota- 
dos." Dos años antes, en las conmovidas páginas 
que dedicara a su amigo Dardo Estrada ya había 
dibujadC' Gallina! este contraste entre los relumbrones 
de una maleada "literatura" y el estudio concreto, se' 
vero y conscienle. En las dos ocasiones hizo refe- 
rencia y caudal, en tono de la más ilimitada adhesión, 
a un libro que parece haber sido cardinal en sus opi- 
niones: "Reglas y consejos para la investigación bio- 
lógica", de Santiago Ramón y Caja!. Y vale la pena 
señalar que tanto como las reflexiones dirigidas a los 
jóvenes en el pasaje antea transcripto son fácilmente 
extensibles a otros saberes y quehaceres que los de la 
historia, así también entendió Gallina] que la deonto- 
logía intelectual que la obríta española promueve te- 
nía validez mucho más allá de la ciencia a la que se 
proponía servir. 

A laa "Reglas..." y a Cajal invocó nuevamente en 
1929, en la exposición de motivos del proyecto que, 
con modificaciones, se convertiría en la ley N° 8609, 
sobre "pensiones de estudio" y que se designa habi- 
tualmente con su apellido. ^' Suspendida en su aplica- 
ción por las restricciones presupuéstales de 1932, 
restablecidas en el eño 1943, hacia ese tiempo pla- 



54 Revisto dcE InstiUito . . . . Montevideo, 1921, T n, N« X, 
págs. 410-412. 

55 Crttica y art^, págs 328-33. 

S8 Penaltmet da eitudioa, Montevideo, 1943 (la expoalctón 
de mobvt» ea págs. I2-1B y comentBiio (de 1930} en págs 
35-72). 



xxn 



PZtOLOOO 



neo Gallinal una ambiciosa amplilicación del instituto 
bajo el rótulo de Junta de Intercambio Cultural,*' 

teniendo aún ocasión de ocuparse del asunto en las 
provisiones para becas que logró introducir en el 
acuerdo de pagos anglo-uruguayo, que negoció como 
presidente de la delegación del país y firmó en Lon- 
dres el 15 de julio de 1947. 

Con los logros y las tentativas precedentes, Gallinal 
aparece dos décadas más tarde en una doble y muy 
elogiable significación. Contra las vaguedades e in- 
decisiones de la "cultura generaV* fue, de seguro, el 
más consciente precursor de una tecnificación rigu- 
rosa y de una plena dedicación del saber uruguayo. 
Pero también, en los precisos comienzos de la co- 
rriente de becas que tan caudalosa se hiciera desde 
que se apagaron los fuegos mundiales de la guerra 
mayor, es quien parece baber oteado el potencial des- 
perdicio de tiempo y esfuerzos (por no contar con el 
rampante efecto de soborno ideológico y desnaciona- 
lización) que el sistema comporta. Es quien concibe 
con criterio más moderno y propio a la cultura como 
un rubro primerísimo de la riqueza del país y quien 
ensancha su concepto hasta términos entonces muy 
inusualmente prácticos de formación tecnológica e in- 
dustriaL Mucho habrá que volver todavía hacia el 
modelo que patrocinó de facilidades de estudios en el 
exterior pugnadas en limpios concursos, estrictamente 
vigiladas y planificadas según un espíritu y unos re- 
clamos nacionales. Algunos proyectos actuales siguen 
el mismo surco, tal vez sin recordar que él lo abriera. 

CARLOS REAL DE AZÜA, 



27 Según conferencia resmnida en el diario £1 Paít, b. f., 
recorte en mi poder. 



xxni 



GUSTAVO GAlimAl 



Nació en Montevideo el 18 de marzo de 1889. hijo del Dr 
Hipólito Gallinal v de D* María Carbajal Luego de ciir«ar 
los estudios pnmflrioa y secundarios en el Coleaio de ios P, 
Jesuítas de Montevideo, ingres«'» en la Faniltad de Derecho y 
Ciencias Sociales En 1912 obtuvo el título de abogado En 
el mismo ano realizó un viaje por Europa, A su regreso en 1914, 
piiMicó un Yolnmen de impresión es. Desde muy joven participó 
activamente en las lurhap pcih'litns Que rulininnrnn en la elec- 
ción de la Convención A'. Cnnstituycnte de 1916. En repre- 
BencaciÓR del Partido Nacional formó parte de cBla Asflin- 
blea. En 1923 ingresó a la Cámara de Representantes, en la 
que actuó durante varias legislaturas en represpntación de Ins 
departamentos de Montevideo, Canelones y Soriano hasta 1932 
en que fue electo miembro del Consejo Nacional de Adminis- 
tración, al que ingresó el 1^ de marzo de 1933 Compartió 
durante todo este período su intenso actividad política, perio- 
dística y de legislador con la labor de escritor, crítico, histo- 
riador, coníerencista y profesor de Literatura. Producido el 
golpe de estado de 31 do marzo de 1933, fue desterrarlo, 
Ett BnenoB Airu reanudó sos trabajos literarios. De regrew 
al pa(s, se reintegré a la actividad poKtíca en las filas del 
Partido Nacional Independíente y la docencia. En 1943 in- 
gresó a la Cámara de Senadores; entre ]945-'l.7 desempeñó el 
Ministerio de Ganadería j Agricultura En la misma épor-a 
presidió la misión diplomática para o^tene^ la liquidación de 
los fondos bloqueados en Inslaterra durante la guerra mnndidl 
Integró la Comisión Nacional "Archivo Artigas", creada por 
8D iniciativa. Volvió a ocupar una banca fn la Cámara de Se- 
nadores; participó activamente en el movimiento que culminó 
en la reforma constitucional de 1951 Murió en Montevideo el 
23 de diciembre de ese año. En 1919 formó íu hogar con 
D* Elena ArtagaTeytia. 

Su vasta obra de escritor, historiador y de hombre público 
está contenida en colaboraciones penndíbiicas, artículos de 
revistas especializadas, discursos, proyectos e informes. Cola- 
boró en El Amigo del Obrero, El Bien Público, Caras y Care- 
tas y La Nación de Buenos Aires. Fue miembro de número y 
fundador de la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del 
Uruguay. Han sido recogidas en las páginas del libro, entre 
otras, las siguientes nbraa. Apuntes para un estudio jurídico 
(Los bienes de la Iglesia), 1911; Tierra Española, 1914; Cri- 
tica y arte, 1920; El Centenario del Dante, 1921; Letras Uru- 
guayas. Primera Señe, 1928; Hermano Lobo y otras prosas, 
1928; El Uruguay haría la dU-tadura, 193B. 



XXIV 



CRITERIO DE LA. EDiaON 

La présenle edición de Letras Uruguayas reproduce el texto 
de la impresa en Pwig por la Casa Editorial Franco-Ibero- 
Americana, 222, BouJevard Saint-Germain, en 1928. Se han 
incorporado diversos artículos sobre literatura uruguaya, cuyas 
fuentes en cada caso se indican. Se han corregido las cintas 
advertidas y actualizado la ortografía. 



XXV 



LETRAS URUGUAYAS 



DEDICATORU 



A mi padre, el Doctor Hipólito Ga- 
llinal, en testimonio de gratitud por el 
ejemplo de generosa hidalguia de su vida, 
dedico eite libro 



G. G. 



PREFACIO 



Tentaciones me asaltaron de llenar algunos claroi 
de esta obra, ordenar sus capítulos, y justificar así un 
título más ambicioso que él que ostenta. Opté al íin 
por dejar a estos artículos la forma periodística que 
revistieron, en su mayoría, al salir a luz por vez pri- 
mera en las columnas de "La Nación*' de Buenos Ai- 
res. Publicaré muy pronto la segunda serie. 

Semblanzas, retratos, bocetos de escritores antiguos 
y modernos, artículos críticos sobre temas intelectua- 
les de la vida nacional, integran esta obra, colección 
de ensayos menos se\era y ordenada, pero más libre 
y personal, que una historia literaria. Espero dará 
en conjunto idea, incompleta pero útil, del desenvol- 
vimiento literario del país, allegando algunos mate- 
riales y datos aprovechables por quien acometa la em- 
presa de escribir aquella historia. 

Sin renunciar al derecho (o sin abdicar del deber) 
de ejercer una justa valoración crítica, aspiro a que 
en las páginas de este libro prevalezca un sentimiento 
de simpatía comprensiva para los hombres que al lado 
mío, o antes que yo, vivieron con fervor la vida del 
espíritu. jTan nobles almas, desde ¡os eriales de épo- 
cas estériles para las cosas del alma, se han tendido 
hacia la tierra de promisión del porvenir! Jirones 
de esperanzas desgarradas que se entretejen en el op- 
timismo de las obras claras del presente, abiertas ha- 
cia una lejíuúa que nos es grato soñar rosada y so- 

17] 

a 



GUSTAVO GAIXINAL 



ñora como el alba. Acaso esta obra pueda servir para 
difundir fuera de fronteras, y aun dentro de ellas, 
nombres de varones que dedicaron alguna parte de su 
vida a ponei los cimientos de la cultura nacional o a 
coronarla con arcos de amplias y esbeltas curvas. De 
cualquier modo, rae creo generosamente retribuido con 
el goce que me dieron el conocimiento y la compañía 
de esos espíritua fraternales, evocados en el silencio 
y el reposo de mi estancia, y con la ie que infunde 
eu mi el asi&tir al crecimiento, lento pero seguro, de 
nuestra vida intelectual, desde las no remotas y exi- 
guas nacientes basta los momentos actuales. 



i 8 



ESCRITOS DE LARRAÑAGA 



Las instituciones de cultura y sociales del Uruguay 
se aprestan a celebrar el tercer cincuentenario del na- 
cimiento de Dámaso Antonio Larrañaga. El Instituto 
Histórico ordena en tanto para la publicación loa es- 
critos del sabio naturalista montevideano. Algunos de 
estos escritos &on ya conocidos; otros yacían inéditos 
entre los papeles que fueron del Dr. Andrés Lamas, 
cuyo plan de edición quedó irrealizado, como tantas 
de las empresas intelectuales que esbozó. En 1820 Bom- 
pland encarecía vivamente a Larrañaga la convenien- 
cia de publicar sus observaciones de historia natural, 
cuya novedad e interés había podido aquilatar. Pero 
Larrañaga murió dejando inéditos eí>üs trabajos. Nm- 
guno de los planes postenores de edición llegó a cua- 
jar; y así ha sucedido que, sobre los manuscritos en 
que sepultó sus observaciones y experiencias aquel 
investigador, obrero de la primera hora en la historia 
de la cultura rioplatense, más de un siglo ha rodado 
sus olas de olvido. Su publicación inminente no es 
sólo una reparación, que ya tardaba; es también un 
acontecimiento que despertará mucho interés en los 
centros culturales americanos. 

Nació Larrañaga en 1771. Trabajó con fervor nun- 
ca extinguido durante su dilatada vída, solo y privado 
de los estímulos capaces de espolear su vocación cien- 
tífica . . La forma natural de sus escritos es el "Dia- 
rio*'. El "Diario" es el libro íntimo, el "idearium" que 
recoge en sus páginas desaliñadaB el largo monólogo 



[9] 



GUSTAVO GALUNAL 



de aquella existencia de investigadoi perdido en un 
medio hostil. Sin reservas se comunica al extranjero 

(sea Bompland, Saint Hilairc, Freycinet o Sellow) 
que llega de los centros de cultura europea anheloso 
por estudiar nuestra virgen naturaleza y se acerca, 
nunca en vano, a llamar a la puerta del solitario ga- 
binete de labor en que Larrañaga atesora, pieza por 
pieza, ejemplares desconocidos de la fauna o la flora 
indígenas. Siempre, en medio de pesadas tareas polí- 
ticas, diplomáticas y sacerdotales, tiene Larrañaga 
una hora para consagrar a sus viejos confidentes. 
Muévese de uno en otro destino con sus manuscritos. 
Trabaja, lo mismo en la placidez de su quinta mon- 
tevideana, que en Río de Janeiro donde va a recibir 
las órdenes, o en Buenos Aires, cuya Biblioteca Pú- 
blica dirigió, . . Todo lo anota con curiosa prolijidad. 
.Estudia, clasifica, investiga, construye los instrumen- 
tos necesarios para sus trabajos, improvisa materia- 
les y métodos para conservar y disecar las piezas de 
las colecciones, dibuja con primor, y pinta plantas y 
animales. Nunca olvida mencionar el sitio de sus ha- 
llazgos y así es fácil seguirle en sus excursiones por 
los alrededores de Buenos Aires, en el Riachuelo, San 
José de Flores, la "quinta de la Presidenta" o en 
la chacra del Deán Seguróla, su amigo y correspon- 
sal, situada sobre la costa "en unos prados inmensos 
y anegadizos que hay entre las barracas y el mismo 
río". 

En el curso de sus misiones políticas, como en su 
viaje al campamento de Artigas en 1315, le sorpren* 
demos, después del precario descanso de la noche mal 

dormida en el raso suelo, madrugando, para escribir, 
abrigado en el coche, sus apuntes. Forma así el sa- 



£10] 



LETRAS URUGUAYAS 



broso "Diario" de su viaje a Faysandú. Apenas men- 
ciona en sus páginas el fin político de la excursión. 

Pero el futuro historiador de nuestra vida social de- 
berá agradecer a Larrañaga el acopio de noticias y 
observaciones sobre la campaña y los pueblos del in- 
terior del territorio oriental, la visión directa de las 
cosas 7 de los hombres que acertó a trasmitir en sus 
páginas. Es un relato como de viajero inglés, de rea- 
lismo llano y veraz. Diseña con líneas indelebles un 
bosquejo de la campaña oriental clespués de cuatro 
años de guerras. En esta mentada vaquería de Amé- 
rica, donde pastaban por millares los ganados, apenas 
si se hallaba entonces una yunta de bueyes para la- 
branza, un poco de leche para beber; sólo venados y 
manadas de yeguas baguales comían de la mullida 
manta de grama que recubría las solitarias cuchillas; 
sólo en las alturas de Monzón, ya cerca del Río Negro 
avistaron los viajeros algunas vacas. Jjoa peqneños 
retratos o medallones de Artigas, de Rivera, de Ba- 
rreiro, están tomados del natural, sorprendidos en la 
simplicidad de la vida del campamento, y trasladados 
al papel sin retoques ni adornos. En todo el curso del 
viaje la ávida curiosidad de Larrañaga se interesó 
por mil detalles menudos que dan vida a su relato. 
Así nos habla de la industria primitiva de alguna fa- 
milia campesina, cuyas mujeres tejen pellones azules 
en rústicos telares; de los ricos mármoles de carnoso 
color que encontró; de las imágenes y retablos de las 
iglesias de los pueblos, algunos de talla misionera, 
como son de Misiones también los indios que feste- 
jan su estada en San Juan Bautista, y son de Mi- 
siones los manteles de algodón con que Artigas ador- 
na su pobre mesa en honor de los visitantes . . . 



[U] 



GUSTAVO GALLIN AL 



Otra vez, en Santo Domingo Soriano, entre las 
tareas "de un ministerio demasiado penoso", ganaion 
su simpatía las reliquias de la tribu chaná, y dolido 
de la extinción inminente y fatal de su idioma, reco- 
gió trabajosamente de labios de algunos indios ancia- 
nos, restos de aquella lengua ya no entendida de los 
jóvenes, escribiendo un vocabulario y gramática. "Es 
ésta la primera vez, observó pesaroso, que sus voces 
dejan de perecer con el sonido y logran el beneficio 
de verse transmitidas al papel". 

Lo cardinal de la obra inédita de Larrañaga es el 
**Diario de historia natural", voluminoso manuicríto^ 

todo redactado de su letra clara y ordenada. Comenzó 
su composición en 1808, y trabajó en él largos años. 
Ya en 1816, al inaugurar la Biblioteca de Montevi- 
deo, contaba Larrañaga haber clasificado más de mil 
especies desconoindas. 

Su ansia de conocimientos fue insaciable v .^^í.- di.-- 
rramó por cien cauces distintos. Todo el reino de la 
naturaleza le hechizó 7 sedujo. Estudió la flota. K< 
fauna, los minerales, observó los astros, hizo anotacio- 
nes meteorológicas, rastreó datog de la historia geo- 
lógica de nuestro territorio... Dirán los hombres de 
ciencia si alguna parte de su obra resurge lozana y 
viva después de un largo siglo de olvido. Pero el es- 
pectáculo de esa callada labor, de esa próvida fecun- 
didad florecida en el silencio y la sombra, es admi- 
rable y aleccionador. De la herencia intelectual espa- 
ñola del siglo XVin, más tarde acrecentada por él 
con estudios constantes y raúlliples, absorbió la parte 
valiosa: el amor a la investigación, a la exactitud de 
la experiencia, al estudio ahincado de la realidad. Su 
sereno amor a la naturaleza, su consagración a la 



£13] 



UETBAS URUGUAYAS 



ciencia, le libertaron el alma de las fórmiilaa decla- 
matorias que ejercieron oiniiímoda tiranía sobre tan- 
tos espíritus de su tiempo. Ellas le destilaron en la 
mente un sano sentido realista de la vida y de la po- 
lítica, sin el cual los idealismos son más estériles cuan- 
to más amplios en la apariencia, mas desvanecidos y 
vagos cuanto más parecen ensancharse y subir como 
volutas en que se pierde el humo de los vanos ensue- 
ños. Kl discurso inaugural de la primera biblioteca 
pública montevideana es un índice de la vasta cul- 
tura de su autor, excepcional en su época y en su 
medio. Entre las frondosidades verbales que se enla- 
zan en sus cláusulas, resaltan frases que, por su pro- 
saísmo, definen el programa de una lúcida y eficaz 
acción de progreso: "hay que abrir caminos, elevar 
calzadas, canslruir puentes, hacer canales, rehacer el 
muelle, fabiicar arsenales, fortificar el recinto, traer 
.aguas potables, levantar planos, distribuir la campa- 
ña, secar pantanos". Y su vida fue jalonada por ini- 
ciativas de esa índole, de cultura y de mejoramiento 
material y espiritual: fomentó y mejoró los sistemas 
de educación, propagó la enseñanza agrícola, estudió 
y soñó el aprovechamiento de múltiples productos 
naturales de nuestro Auelo, trajo del extranjero espe- 
cies nuevas de árboles... El pudo regalar al presi- 
dente Rivera una bolsa tejida con la seda de sus gu- 
ípanos, los primeros cultivados en el país. 

£1 "Diario de la chacra", inédito, no es obra de 
ciencia^ ni aspira a tanto. Sa valor puede ser oclu- 
sivamente biográfico y de curiosidad. La crónica apa- 
cible de las laborea de Larrañaga va tejiéndose en él 
entre observaciones menudas, entre infinitos porme- 
ñores de sus constantes afanes de hortelano y de agró- 

E13] 



G1TSTAVO GALUKAL 



nomo. Las escenas, ricas de color, parecen. leyéndolo. 

encuadrarse espontáneamente en nuestra imaginación. 
Le vemos moverse en su intimidad limpia y amable, 
en loa sitios hoy bautizados con su nombre en los ale- 
daños de Montevideo. Muy de madrugada, con el alba, 
ha dicho su misa eu el oratorio de su casa. Luego le 
vemos discurrir por las calles y avenidas de la quin- 
ta, compuestas con aliño y singular complacencia. En 
el centro de la quinta hay un ciprés. En su predio tie- 
ne reunidos Larrafia^s todos los refinamientos que 
en flores y frutos cabe acopiar en las quintas del viejo 
Montevideo: las rosas portuguesas de Durán, las ce- 
rezas dulces de Juanicó, los tulipanes y jacintos azu- 
les de Piedra Cueva. . . Más de un personaje histórico 
ha colaborado también en su formación, enviándole 
plantas; he ahí una nota que dice que el ex director 
Juan M. Pueyrredón ha facilitado la obtención de 
una especie de caña brava del Paraná; otra informa 
que Fructuoso Rivera le ha regalado una especie de 
maíz de muchas espigas que siembran los indios del 
Chaco. En la quinta hay naranjos de Santa CataKna. 
sabrosos duraznos de Cocbabamba. árboles frutales y 
flores de mil especies, lenta. laboriosamente obtenidos. 
Larrañaga saluda al pasar a los árboles amigos, y se 
detiene embelesado saboreando las diarias sorpresas 
que son la ofrenda, que nunca falta, de la tierra con 
amor cultivada. ¡Con qué minuciosidad aquel sabio 
de alma de niño toma nota de las novedades del paseo 
cotidiano! *'Hoy florecen los duraznos y se cubren 
de flores los almendros; los lirios abren blancos; un 
olivo deja ver sus botones primeros; brota el moral 
chino; abren los tulipanes y lirios de Falencia; loa 
álamos están vestidos"... O describe, con delecta- 



[14] 



UmtAa URUGUAYAS 



ción: "los jacintos son dobles corales, blancos y de 

color carne; uno solo tiene ocho flores'*.., Y sigue 
su paseo, inclinándose ante las íiores todavía perla- 
das de rocío y aderezando los árboles. Acaso alguna 
vez, en medio de esta íaena dichosa, han cantado en 
su memoria versos de Virgilio. Para Pérez Castella- 
no, nuestro primer agrónomo, las Geórgicas eran to- 
davía im breviario práctico de agricultura, el único 
que en un tiempo poseyó. En la primitiva biblioteca 
montevideana, Larrañaga, con complacencia de bi- 
bliófilo, indicaba a los jóvenes la presencia de un rico 
ejemplar del poema virgitiano con "las últimas ilus- 
traciones de Binet, el gran profesor del liceo de Na- 
poleón". Acaso también el sentido de los versos la- 
tinos que el paseante siente cantar en su memoria dice 
la dicha del vivir en el campo, del comercio amoroso 
con la naturaleza que, lejos de las discordias y de 
las estériles agitaciones de los hombres, permite re- 
montar el espíritu a la contemplación del principio 
de las cosas. Y he aquí que eíos versos tienden una 
sombra fugaz de melancolía sobre el paseo mañanero 
del naturalista. Porque este estudioso ha debido re- 
nunciar a seguir su escondida senda, y entre las tur- 
bulencias de los dolores de su patria en gestación, ha 
querido cumplir sus deberes de ciudadano, encum- 
brado siempre por su honestidad y su ilustración a 
los puestos de sacrificio y responsabilidad. El "Dia- 
rio de la chacra", en lo que conozco, está escrito en 
los años terribles de 1819 y 1820. La resistencia a la 
invasión portuguesa muere ahogada en sangre. En 
eses horas históricas, cuyo estudio aún está incom- 
pleto, Larrañaga comparle la responsabilidad abru- 
madora de condicionar la aceptación del inevitable 
destino de m pueblo vencido. 



[15] 



GUSTAVO GALLINAL 



Larrañaga no se limitó a estudiar y describir los 

habitantes de nuestra naturaleza. La educación de la 
infancia fue de sus preocu paciones fundamentales, y 
así llegó a concebir la idea de dictar lecciones senci- 
llas de moral sirviéndose de los anímales y plantas 
de la natira campaña. Tan curioso intento se concretó 
en 1826 en una serií; de "fábwlas anicricanaH en con- 
sonancia con los usos, costumbres e historia natural 
del país". El cardo, el ombú, la pita, el picaflor, el 
terutero, la comadreja, los animales y plantas del te- 
rruño, son los protagonistas de esas historietas de 
moraleja sencilla y popular. Tienen sabor criollo sus 
fábulas; pero ese ingenuo propósito didáctico fracasa 
por la ausencia total de dotes poéticas: no hay en 
ellas asomos ni vislumbres, no ya de La Fontaine, ni 
de Iriarte y Samaniego, sus inmediatos modelos. 

Faltóle entereza de carácter. Cuando la ínva&ión por- 
tuguesa, cuando las dnras luchas artíguistas, doblegó 
demasiado pronto su alma a la dura ley de la nece- 
sidad. Es la falla más honda de su vida cívica. Espí- 
ritu manso y flexible, nacido para las plácidas tareas 
del gabinete de estudio, fue arrojado por el sino a 
la vorágine sangrienta de las guerras y de las revo- 
luciones. Se prodigó con generoso desinterés en múl- 
tiples tareas. Si no tuvo el nervio heroico y el alma 
recia, indomable, fue honesto y puro en sus móviles. 
Erró, pero erró sin torcidos propósitos. Cabe, pues, 
afirmar que considerada en su conjunto, ante la con- 
templación del espectador lejano, pocas personalidades 
más armónicas, más completas y nobles en nuestra his- 
toria civil e intelectual que la del capellán de las mi- 
licias de la Reconquista y portador de las Instruc- 
ciones del año XIIL Su figura compendia muchas 



C16] 



ISBVRAS URUGUAYAS 



de las virtudes y cualidades del clero de la revolución. 
Vinculó íu nombre a varia? inítilucionea de cultura 
y de beneficencia, de las que fue fundador. Respetado 
de todo?, gobernó la iglesia nacional. La generosa am- 
plitud de su e&píritu !e inspiró proyectos como el de 
abolición de la pena de muerte, presentado a la pri- 
mera legislatura del país. 

Vivió sus últimos años ciego, entre sus libros y sus 
coleociones de historia natural. Su optimismo sano, 
una dulce resignación llenaron entonces su alma. Mien- 
tras que el romanticismo en boga ponía en todos los 
escritos lamentaciones de tristezas no sufridas y de 
mentidos dolores, las confidencias de Larrañaga en 
sus cartas publicados fe alzaban a eate tono de honda 
y religiosa serenidad: ''estoy ciego pero siento el olor 
de mis flores, oigo el zumbido de mis colmenas y los 
cantos de mis urracas; me da en la cara el aire suave 
de la mañana y bendigo a Dios que ha hecho tanta 
maravilla con un orden admirable, que siempre he go- 
zado en reconocer*'. 

La conciencia pública le ha votado una estatua. Klla 
no Laixlürá en surgir en alguna de nuestras plazas o 
paseos, tallada en mármol blanco. Y al ser alzada su 
figura en el espacio libre, a la luz de la inmortalidad, 
no será preciso que las lluvias y los soles le limpien 
salpicaduras de sangre y lodo. 



[17] 



ALEJANDRO MAGARIÑOS CERVANTES 



Muchos anos ejerció Alejandro IVÍagaríños Cer- 
vantes el patriarcado de las letras uruguayas. En su 
vejez reunió en volúmenes muchas de sus composicio- 
nes poéticas, acompañadas de los artículos, rnmenta- 
rios, polémicas, de que fueron causa. Estos mosaicos, 
"Palmas y ombúes", "Violetas y ortigas", reprodu- 
cen los férvidos, reiterados elogios que tributaron al 
escritor los espíritus más preclaros de América y de 
Kspaña, 

Quiso don Alejandro aparecer ante la posteridad en 
gesto estatuario y procer; escribió su autobiografía, 
documentó prolijamente sus éxitos literarios. Nació 
en 1825, de familia con bondo arraigo en Montevi- 
deo. En 1846 fue a España, ya con aureola de escri- 
tor ganada con sus primicias literarias. Su residen- 
cia en España fue larga. Llegó allí en plena efervescen- 
cia romántica. Activísimo, trabajó incansable en la 
prensa peninsular y en diarios representativos de Amé- 
rica, como "La Constitución", de Montevideo y "El 
Mercurio", de Santiago de Chile. Años de intensa la- 
bor fueron los de su estada en Europa. Escribió aci- 
cateado por la necesidad; febrilmente dio a la prensa 
versos, muchos versos, novelas, dramas, artículos de 
crítica, romentarios de la actualidad, ensayos... Ini- 
ció al mismo tiempo sus estudios históricos. En Amé- 
rica, bajo el influjo innovador de la corriente román- 
tica y de las nuevas ideologías que tonificaban la lán- 
guida vida intelectual, se había formado y robusteci- 



[181 



LETRAS URUGUAYAS 



do una corriente de "ameñcanismo". La naturaleza 
americana, en la desnudez de su hermosura inviolada, 
fulgía ante los ojos de los artistas. La historia y la 
poesía susurraban a los oídos de los poetas los cán- 
ticos de la tradición y la leyenda. Magariños Cervan- 
tes, de&terrado, guardó fidelidad a estas inspiraciones. 

Pasó luego a París. Allí reunió en Ubro^ en 1854, 
con el título de "Esludios históricos y políticos", al- 
gunos escritos que había publicado por vez primera 
en la prensa espaíiola. Narra en este libro con esque- 
mática rapidez el descubrimiwto, población y con- 
quista del Río de la Plata; traza una síntesis somera 
de la revolución americana hasta la victoria de Aya- 
cucho. Esos capítulos preliminares son el antecedente 
necesario para el estudio, que luego aborda, del es- 
tado social y político de América y particularmente 
de los pueblos rioplatenses. Rastreando las causas re- 
molas en los confusos orígenes pretende explicarse, y 
explicar a sus lectores europeos, los principios de la 
anarquía que corroía las nuevas naciones. Toma de 
Andrés Lamas la oposición entre el oscurantismo colo- 
nial y la ilustración europea, el motivo o tema "civi- 
lización y barbarie", que desenvolvió Sarmiento en 
la sinfonía del "Facundo"; toma del mismo Sarmien- 
to la explicación de la génesis de los tipos originales 
de América, y de los acontecimientos políticos, por el 
influjo del medio físico y el ambiente social. Se afana 
por pintar la naturaleza, la sociedad, el hombre de 
América; aspira a hacerlos conocer en Europa con 
su^ producciones. Bosqueja agradables cuadros, des- 
cripciones de fácil lectura, que lo serían más aún si 
no palidecieran ante el recuerdo inevitable del "Fa- 
cundo". En dos artículos escritos a raíz de la caída 
de Rosas ensaya una explicación del fenómeno de la 



[18 3 



GUSTAVO GAIXINAL 



tiranía. Rosas es para él un gaucho malo, personifi- 
cación del ambiente social caótico y bárbaro: acribi- 
lla su nombre a insultos y dicterios. Pero el enigma 
de su personalidad lo magnetiza y fasrina. Refiere 
que, asistiendo una vez a la representación del drama 
histórico "Luis Xr' (sin duda la tragedia de Casimiro 
Delavigne) imaginó un paralelo entre Rosa«i v aquel 
monarca de burguesa traza, cuva política, alternando 
dentelladas de lobo con astucias de zorro, abatió lag 
grandes casas feudales rivale» de la Corona de Fran- 
cia, consolidando un poderío personal que luego fue 
base de la unidad del reino. Glosando el estudio de 
Chateaubriand sobre Luis XI, Magariños apunta las 
semejanzas que nota entre ambos tirano?, el europeo 
y el americano. Rosas lisonjea a la parle inrulla del 
pueblo, de cuyas preocupaciones participa, aviva en 
ella "la pasión democrática y el amor a la isualdad", 
abate a los caciquea de las provinciap. rcnir;i]iz;indo 
el poder, invierte tod:is las jerarquías, derriba y pico- 
tea con violencia o doblez todas las vallas morales, ea 
falso y cruel, tienta grandes cosas con homines in- 
dignos y oscuros, . . "El constante trabajo do Luía XI 
y la idea fija que le dominó, fueron el abaliiiiiento 
de la alta aristocracia y la centralización del poder. 
Mucha sangre y muchas lágrimas nos ba costadii; 
pero debemos confesar también que Rosas ha sido el 
primero que ha abatido la altivez de los caciques de 
las Provincias, y ha reducido a éstas a uua obedien- 
cia a que no estaban acostuml nadas. Los medios han 
sido inicuos y los resultados fatale-í; pero en el fondo 
del mal se oculta un gran bien, que un Gobierno pre- 
visor e inteligente sabrá utilizar en benef¡(,io de la 
Nación, no en provecho suyo, como lo ha hecho Ro- 
sas", Esle paralelo ingenioso, que, como todos los 



[20] 



LETRAS URUGUAYAS 



paralelos análogos, reposa en mucha parte sobre fa- 
lacias, pero que es estimulante y sugeridor, ha sido 
renovado por el Dr. Ernesto Quesada en su fuerte li- 
bro *'La época de Rosas". En el ensayo que precede 
a la última edición de esta obra hecha por la Faciil> 
tad de Filosofía y Letras, Narciso Binayán juzga con 
acierto la obra de Magaríños Cerrantes. Compilación 
de artículos de prensa, como casi todas las de su épo- 
ca, está fundada en gran parte sobre los "Apuntes 
hi&tóricos'\ de Lamas. Algún atisbo de más justa in- 
terpretación histórica se nota en el libro de Magarí- 
ños, acaso por el alejamiento en que fue concebido 
y escrito; es, sin embargo, todavía, igual que aquél, 
de linaje fronterizo entre el libelo y la historia, con 
más de lo primero que de lo segundo. Magaríños Cer- 
vantes muestra una tendencia de acentuado hispanb- 
mo; predica la unión espiritual de España con sus 
antiguas colonias; pide que se fomente con predilec- 
ción la inmigración española, la más útil, a su jui- 
cio, para los países de América, que deben afirmar 
su civilización propia de raíz hispánica frente al co- 
loso yanqui, cuya nación, pasmosa por sus progresos 
materiales, *'no ha cultivado los sentimientos morales". 
(Ved aquí ya. inhábilmente expresado, uno de los fun- 
damentos del juicio de Ariel...) Rechaza la preten- 
sión de superioridad de los^ anglo-sajones. Obra de 
periodista, no es enteramente una improvisación. Ha 
cuidado Magariños Cervantes de reunir caudal de co- 
nocimientos, en la hora, excelentes. Resallan éstos en 
los ensayos históricos que publicó en París en la "Re- 
vista Española de Ambos Mundos", difundida publi- 
cación de la que fue fundador. Dejando de lado la re- 
dacción política que había asumido en los primeros 
números, se consagró a publicar en ella artículos his- 



t21] 



GUSTAVO GAitlNAL 



tóricos sobre el régimen colonial de España, la revo- 
lución de 1810, los historiadores primitivos de Amé- 
rica, la manera cómo en la América Española se cru- 
zaron las razas y ae formó la población... Estos y 

otros análogos fueron Io3 temas de esos artículos. De- 
fendió contra las diatribas de Torrente a los prohom- 
bres de la revolución americana: Moreno, San Martín, 
Artigas. "Un pueblo sin historia, escribió abriendo 
un ensayo sobre loa primeros historiadores de Amé- 
rica, carece de la primera condición de nacionalidad; 
es un expósito entre los demás pueblos de la tierra. 
¿Ignoran esto los que se empeñan en repudiar en to- 
dos los terrenos la tradición ibérica que eslabona su 
pasado a nuestro presente, su vida a nuestra vida?*' 
Estampó estas palabras Magaríños Cervantes en los 
años en que los representantes de la intelectualidad 
en el Río de la Plata, Gutiérrez, Alberdi, Sarmiento, 
Echeverría, cada uno con sus tonalidades propias, pero 
solidarios todos de las pasiones desatadas en la gue- 
rra de la emancipación, exhibían su violento anties- 
pañolismo. Magariñog Cervantes, durante los años que 
moró en España, reanudó sus vínculos espirituales con 
la antigua metrópoli y adquirió también ideas más 
conservadoras. Realizó un esfuerzo loable en esos es- 
tudios, para alzarse hasta la visión desinteresada y 
contemplativa del historiador. 

Con respecto a estos ensayos de la "Revista Espa- 
ñola de Ambos Mundos", cabe repetir el juicio del 
prologuista antes citado sobre el libro "Estudios his- 
tóricos y políticos", juic:io elogioso al señalar en Ma- 
garíños al '^primero que abandonó el plagio velado 
y la glosa amplificadora para escribir con discreción 
y con indicación de fuentes". Demuestra Magariños 
Cervantes haber compulsado y estudiado un material 



UTRAS GKUGUATA8 



bibliográfico y documental relativamente abundante 
en las bibliotecas y archivos de España. Foco o nulo, 
es el valor actual de esos modestog egcrítos; pero, en 
su bora, no cayeron en el vacío. Su prosa carece de 
cualidades supenorea; no tiene nervio ni color ni 
elocuencia; cuando no paga tributo al verbalismo de- 
clamatorio, escribe con mesura y fluidez. No ocultó 
Magariños la verdad sobre la situatñón de América: 
^'los pueblos de América no tienen de republicanos 
más que las fórmulas sonoras y retumbantes, los re- 
sabios anárquicos y la altivez ingobernable"'. Tuvo el 
optimismo esperanzado en el porvenir, el patriotismo 
"futurista", consuelo de generaciones luchadoras en 
épocas caóticas y aombrías. 

Los años de vida europea fueron para Magariños 
Cervantes los más laboriosos y fecundos literariamen- 
te. En 1885, interrumpiendo la obra benemérita de 
cultura americana, que realizaba la Revista con la 
colaboración de eminentes publicistas de Europa y 
América, emprendió viaje de retorno a Montevideo. 
Fue recibido con muestras de viva consideración. Un 
grupo de jóvenes lacrimosos y desmelenados que pu- 
blicaba una revista. "El Eco de la Juventud Orien- 
tal", lo saludó maestro y prócer de la pluma. Apenas 
desembarcado, y como profesión de fe, dio a luz el 
folleto "La Iglesia y el Estado", ampliación de su te- 
sis universitaria, donde exponía opmiones democráti- 
cas y cristianas. Desde entonces Magariños Cervantes 
desempeñó numeiosos puesto* públicos: fue magistra- 
do, abogado, catedrático, fiscal, cónsul, político, se- 
nador, ministro de Hacienda y de Relaciones Exterio- 
res. . . Tuvo, si no la multiplicidad de cualidades, la 
multiplicidad de investiduras posible en todo ambien- 

£231 

4 



GUSTAVO GALLINA!. 



te social primitivo de rudíraentaría cultura. Su huella 
en \a vida pública fue poco acusada. 

Sus contemporáneos lo proclamaron poeta. Dejó 
cinco o seis recopilaciones liricaa. En el proemio de 
'^Brisas del Plata" con el título "Nuestro Lábaro", im- 
primió su ^'manifiesto" literario, desafoiada expre- 
sión de profetismo romántico. Recoge el consejo de 
Alberdi a los jóvenes del famoso certamen de 1841: 
"sea vuestra musa el genio de la democracia", aun- 
que protestando contra el menosprecio de la forma que 
Alberdi pregonara entonces. £1 poeta hermano del 
orador, tiene también una misión social y docente; 
debe erigir su tribuna en la plaza pública, adoctrinar 
a la muchedumbre, preparar el triunfo definitivo de 
la democracia, ser el eco sonoro, el portavoz de todos 
los justos anhelos sociales; debe ser ejemplo , viviente 
de austeridad y de civismo, prepararse por medio de 
severos estudios para cumplir su misión, al/;tr h^us 
acentos contra la injusticia, recompensar con sus can- 
tos a la virtud oprimida, castigar a los rallos, predi- 
car los dogmas de la humanidad, la patria y la reli- 
gión. . . La generación que se levanta, dice, proclama 
una nueva religión en eí arte. El poeta, heraldo del 
porvenir, adalid de la justicia y de la verdad, "tal vez 
renegado por sus contemporáneos, pero bendecido por 
la posteridad, después de haber llenado su divino sa- 
cerdocio, bajará a la tumba ceñido con la aureola del 
mártir: bajará con la inefable satisfacción del que 
vivo ha consagrado a su patria toda su existencia, 
muerto le lega toda su gloria". Además, "el poeta ame- 
ricano" — Magariños Cervantes repite con visible de- 
lectación y orgullo este título, en el que cifra toda 
su gloría — tiene otra misión peculiar altísima; crear 
una poesía nueva, original, que üeve estampado el 



[24J 



LETRAS URUGUAYAS 



sello de la naturaleza de América e interprete los sen- 
timientos auténticos de los hombres americanos . . . 
Tal es el programa. La ejecución es condigna. Maga* 
liños Cervantes, poeta americano y civil, se cree de- 
positario de nn mensaje; habla ijiuecando la voz y 
como encaramado en el trípode de lo3 vaticinios, ce- 
ñida la frente con la ínfula de gran sacerdote del 
arte social, humanitario y americano. Muchas de sus 
poesías son rimados sermones cívicos, patrióticos o 
morales; ni faltan tampoco las diatribas políticas. 
Explota los lugares comunes: "Educar es redimir", 
*'Fe y luz", "La Gloria", "La madre patria y sus hi- 
jas americanas"... Declama también cuando preten- 
de hacer poesía americana. Siguiendo las huellas de 
Esteban Echeverría, otorga carta de ciudadanía poé- 
tica, con prodigalidad inagotable, a los nombres de 
la fauna y la flora indígenas; empenacha sus estrofas 
con ramos donde hay todas las muestras de la flora 
silvestre de la tierra. Consagra composiciones al om- 
bú. la palma, la pasionaria, el caicobé. Algunos raros 
rasgos felices se pierden abrumados bajo la seca ho- 
jarasca retórica. Fáltale la frescura lírica, la flor 
ingenua del sentimiento. Pretende magnificar los asun- 
tos, y para conseguirlo idea gélidas alegorías, desen- 
vuelve meditaciones en las que ruedan con torrencial 
abundancia los lugares comunes, 

"No sé lo que de tan voluminosa colección de ver- 
sos podrá salvar la posteridad", dice Menéndez y Pe- 
layo. Nada, en nna severa valoración crítica. Los más 
aceptables fragmentos son los descriptivos de paisa- 
jes y (josas americanos. Pero ?ii americanismo es ex- 
terno, de corteza, de atavío, puramente ornamental. 
Inútil es buscar en sus versos aquella autU transfu- 
sión de sentimiento vivo y recóndito en una pintura 



[25] 



GUSTAVO GALUNAL 



de paisaje, aquel nacer de estados de alma nuevo» en- 
gendrados por una emoción de naturaleza, que sólo 
se hallan en los poetas que de veras lo son. Cultiva 
el género sublime "ennuyeux et pesant'^ a que alude 
el verso malhumorado de Boileau. Es don Alejandro 
pomposo y árido. 

M final de su dilatada vida, nuevas generaciones 
habían invadido ya la escena. Magoriños Cervantes 
puso su pluma al servicio de sus ideas cristianas y es- 
piritualistas, combatiendo contra las doctrinas racio- 
nalistas y evolucionistas que se propagaban desde las 
cátedras universitarias 7 la tribuna del Ateneo. Una 
composición suya, ^'Mirando el Crucero*', provocó 
uno de los episodios de este combate intelectual. A 
su lado, peleaban Aurelio Berro, versificador elegante 
aunque nada original, y Juan Zorrilla de San Martín, 
el poeta de la nueva generación, quien rindió home- 
naje al patriarca en un olvidado soneto; 

Solo, y eeotado en las desiertas lomas, 
Te oi cantar al son de la comente 
Que sonaba en los juncos dulcemente 
Como escondido arrullo de palomas. 

En los albores de ]a patria asomas 
Con tu bra en la mano; se te siente 
Desde lejos cantar. Blanca Ja frente 
Aun hoj tu lira melodiosa tomas. 

Y llevas flores 8 las patrias rumas, 
Mandas al poiveuir gritos alados^ 

Y el fondo de las tumbas ilurainas. 

Por que se lean nombres olvidados, 
¡Viejo bardo feliz! sueña en tu gloria: 
i£res el corazón de nuestra híatoxial 



[36] 



LETRAS UTÍUGUAYA3 



La juventud del Ateneo, foco de irradia<nón de las 
nuevas ideas. le tributó tantbién homenaje, ofrecién- 
dole Una pluma de oro.' 

Escribió Magariños Cervantes muchas novelas; no- 
velas de intrigas, como "Farsa y contra farsa" o "No 
hay mal que por bien no venga"; novelas fundadas 
en episodios de las crónicas de la conquista, como 
"T,a vida por un capricho", cuvo argumento tomó de 
los relatos de la expedición de don Pedro de Men- 
doza... "Caramurú"' es el único de estos ensayos 
novelescos que hoy puede despertar algún interés co- 
mo antecedente, en su tiempo prestigioso, de la novela 
de ambiente nacional. Más que los trozos de prca 
descriptiva de Larraña^a o de Sastre, más que las 
producciones del lánguido novelar romántico platenee, 
más que los escritores brasHeño? que él conoció y 
citó tuvo en vista Magariños los bocetos del "Facun- 
do" para lo que en esa novela constituye un ensavo 
relativamentp novedo'so: Ta pintura del tipo del gaucho, 
la descripción del paisaje y de la atmósfera social de 
la campaña uruguaya. Antes de Magariños Cervantes 
había abordado la novela en Montevideo el doctor Ma- 
nuel Luciano Acosta. Hombre culto, autor de un Tra- 
tado de derecho público eclesiástico y de libros di- 
dácticos, traductor de novelas francesas, redactor de 
varios periódicos políticos, Acosta publicó algunas 
novelas. Ningún interés tiene la pueril intriga de "Un 
matrimonio de rebote". Merece recuerdo por lo cu- 
rioso del intento, ya que no por p1 acierto cn la eje- 
cución, la novela histórica, "La guerra civil entre los 
incas". Escrita en 1837, a estar a las afirmaciones del 
autor, aunque salió a luz muchos años más tarde, es 
una de las primicias del género en el Río de la Plata. 



[27] 



GUSTAVO GAUJNAL 



Explotando Acosta crónicas y relaciones de la con- 
quista del Perú, forjó el argumento de su novela sobre 
los famosos episodios de la rivalidad de Huáscar y 
Atahualpa en las postrimerías del reino incásico; se 
apoya en la autoridad de Garcilaso, al que cita abun- 
dantemente, y se distrae en minuciosas descripciones 
del Cuzco y disquisiciones históricas, afanándose en 
vano por infundir a su relato color y veracidad. Fuer- 
za es confesar que la mayoría de las novelas de Ma- 
gariñoB Cervantes no sobresalen del nivel medio de 
estas febles producciones. *'Caramurú*' publicada en 
Jkíadrid en 1848, alcanzó mayor prestigio por la no- 
vedad de su materia. El autor ha contado que la idea 
de este romance nació en su mente oyendo en una 
''fazenda" brasileña, fragmentos de un poema de este 
nombre. Era "Caramurú", de Fray José de Sania Ri- 
ta Durao, épico brasileño del siglo XVIII. El histo- 
riador Varnhagen ha puesto en claro la raíz de ver- 
dad histórica de este episodio de la conquista del 
Brasil, embellecido e idealizado por la tradición oral 
y la leyenda. Pero, aparte del título, nada tomó nues- 
tro autor de la epopeya brasileña. Ea "Caramurú'' una 
novela histórica; en 1823 se inicia la acción, cuya 
mayor parte se desenvuelve en la campaña de los al- 
rededores de Payaandú; en uno de los capítulos fi- 
nales se relata la batalla de Ituzaingó. El protagonista 
es un gaucho patriota y montonero rebelado contra la 
dominación portuguesa en el Uruguay; jefe de ma- 
treros, capitán de indios, tiene "Caramurú" al conde 
de Itapeby, servidor de las autoridades brasileñas, por 
rival en el amor de Lía Níser. El desenlace es una 
doble victoria de "Caramurú", pues el triunfo de las 
huestes patriotas coincide con ei logro de sus amoro- 



Í261 



LETRAS URUGUAYAS 



SOS deseos. La psicología de los personajes es delez- 
nable y convencional. El gaucho es un fantasma ves- 
tido de exótica prendería criolla, un muñeco relleno 
de estopa sentimental. Lía Niser, ángel encarnado, 
etérea criatura, (enferma del pecho, naturalmente) se 
deja raptar por su amante y llevar a una guarida sal- 
vaje, castamente desmayada en sus brazos, hollando 
todas las leyes del honor paterno y el pudor femenino. 
Hay escenas, particularmente la descripción de unas 
carreras, que denuncian la observación directa: hay 
esbozos de tipos del natural, gauchos, indios, matre- 
ros, montoneros, no totalmente infelices; hay diseños 
de paisajes vistos, copiados de la realidad; pero unas 
pocas pinceladas aisladas no salvan la composición. 
El estilo es acuoso e insípido. Magariños fue el pri- 
mero que intentó la novela de ambiente nacional. Hus- 
meó la presa suculenta, pero para atraparla era pre- 
ciso un zarpazo certero y potente muy superior a sus 
fuerzas. 

El poema "Celiar", publicado en 1R52, pero esbo- 
zado y en gran parte escrito desde mucho antes, es 
gemelo de "Caramurú'*. Trajo el romanticismo eiilre 
sus tendencias, el anhelo nostálgico de un pasado flo- 
recido de leyendas y quimeras. Poco campo ofrecía la 
liiptoria de nuestros paísc= para espaciarse de la ima- 
ginación retrospectiva. Rimadores coloniales, como 
Labardén, habían intentado la idealización de los po- 
bladores indígenas de estas regiones. Nada en suma 
digno de ser parangonado con las marciales octavas 
de Ercilla o con las epopeyas brasileñas. El romanti- 
cismo se prendó del tema. Entre los uruguayos, Adol- 
fo Berro y Pedro P. Bermúdez dieron forma al episo- 
dio de Yandubayú y Liropeya, flor brotada entre los 
cardales de "La Argentina". Berro lo hizo en un ro- 



[29] 



GUSTAVO GALLINAL 



mancillo. Bermúdez lo dramatizó en cinco actoa, que 
entregó a la prensa, sin que hubieran subido a las 
tablas, en 1853; su composición databa de 1842. Du- 
rante nn destierro a Buenos Aires concibió la idea, 
mirando las azuladas sombras de las patrias serra- 
nías que se diluían en el horizonte, y evocando con la 
imaginación los restos de las tribus indígenas que 
declara haber contemplado en 1838. De nada valie- 
ron al autor tan preciosos recuerdos. En '"El Charrúa" 
se mueven salvajes idílicos, salvajes de drama o no- 
vela pastoril, que se suicidan en la escena entre jura- 
mentos de amor eterno; quiso también Bermúdez ha- 
cer de su obra un drama patriótico, dando la primera 
muestra del patriotismo charrúa, motivo inspirador 
de tantas tiradas oratorias de pé?imo gusto. Magari- 
ños Cervantes, cn la leyenda "Mangora". incluida en 
"Jlrisas del Plata", rimó el episodio de Lucía Miranda 
explotado en el "Siripo" de Labardén. Más afán rea- 
lista se ostenta en algunos cuadros del poema "Celiar". 
La leyenda, imitada de la de José Zorrilla — aunque 
é«te generosamente afirmó lo contrario — tiene muy 
contados rasgos felices, intencione? malograda? a cen- 
tenares. Quiso pintar al gaucho, al payador, al indio. 
No insensible a la poesía popular, deseoso de dar co- 
lor y originalidad y realce a su poema, incru'^tó entre 
sus Versos cantares recogidos de labios de la musa 
del pueblo; pintó al charrúa con cierta crudeza de 
detalles. Algunos jirones de realidad quedaron pren- 
didos en una maleza tupida de malos versos. Una ilu- 
sión de poesía americana, de aquella poesía ameri- 
cana de la que Magariños era pregonero, engañó a los 
contemporáneos con la musicalidad evocadora de los 
nombres de nativa estirpe. Asi en la aparición de 
"Celiar", tantas veces dtada: 



[30] 



LETRAS UBUGUAVAS 



mal prendido su rico "Yichará"* 
y de gamuza el tirador celcate 
y de crujiente seda d **chinpi"; 
las botas son de potro... 

El argumento tiene bastantes puntos de contacto 

con el de "Caramurú". Se desarrolla en una decora- 
ción a ratos de esbozados paisajes del país, a ralos 
de tétricas evocaciones de cementerios y de crucen Su- 
ceden lances peregrinos de toda laya, amores y bata- 
llas, entrevistas a la luz de los relámpagos en noches 
tempestuosas y, al final, una matanza espeluznante. 
Cellar e Isabel no tienen más consistencia que Cara- 
muñí y Lía. La lectura del largo poema es más te- 
diosa y árida que la de la novela. 

El historiador literario mencionará como anteceden, 
tes estas obras muertas; los lüctürfs; buscan otros li- 
bros en cuyas páginas se hizo verdad lo que fue para 
Magaríños Cervantes una aspiración irrealizada. Para 
crear el poema nacional, en el sentido que él lo en-, 
tendió, fueron preciaos el lirismo de Zorrilla de San 
Martín, su elevación y su ternura, su hondo senti- 
miento de la naturaleza. Para abrir en el inculto mon- 
te nativo la primera "picada" de exploración noveles- 
ca fueron preciaos el seguro instinto de Acevedo 
Díaz y los tajos del hacha blandida por su brazo ro- 
busto. Ismael y Tabaré hundieron para aiempre en el 
olvido a Caramurú y Celiar, 

Murió Magariños Cervantes en 1893. Se le decreta- 
ron grandes honores. Hoy, quien relee sus libros, 
piensa eatar removiendo esconü>ro8. Fue un rapsoda, 
una personalidad refleja. Vivió anunciando la poesía 
nueva adivinada por otros y entrevista en el deslum- 
bramiento de la alborada romántica. Contribuyó a ha- 
cer llegar este ensueño hasta otros que valían más que 



GUSTAVO GAIXmAL 



él y que podrían realizarlo. Sería preciso revolver 
montones de ganga de sus colecciones líricas en la 
dudosa esperanza de apartar algún poco de metal. 
Los ensayos históricos bien encaminados de su ju- 
ventud no fueron nunca continuados. Su intento de 
infundir color americano al poema y a la novela que- 
dó reducido al detalle, a la minucia fácilmente pin- 
toresca, a la utilización efe palabras de origen o sabor 
criollos que en la monotonía de su prosa y de sus es- 
trofas flotan dispersas como las hojas secas en las 
aguas muertas de un estanque. 

Siempre secundario como escritor, influyó sin em- 
bargo con su extensa labor, con su ejemplo y con su 
acción en la cultura del país. Se le acusó en su tiem- 
po, y críticos modernos han reiterado el cargo, de 
fraguar catálogos copiosos e imaginarios de títulos 
de libros que ntmca escribió; he comprobado en al- 
gún caso que la acusación es infundada y me inclino 
por ello a pesar que una prolija búsqueda en la bi- 
bliografía española y en loa periódicos peninsulares 
de mitad del pasado siglo sacaría a luz otros, cuya 
existencia él afirmó. Fue un espíritu dinámico, mo- 
vido por ambiciones superiores. Las empresas inte- 
lectuales que inició y sostuvo — la "Biblioteca Ame- 
ricana", ''La Revista Española de Ambos Mundos" — 
arduas empresas concebidas en una época difícil, para 
difundir las cosas de América en Europa y propiciar 
el conocimiento mutuo de nuestros países, tuvieron 
en su hora influjo benéfico; ellas re^jan honor so- 
bre su nombre, benemérito en la historia de la cul- 
tura nacional y fíestinado a permanecer a pesar de 
la mina total de su obra literaria. 

Enero, 1925. 



[32] 



ANTOLOGIAS URUGUAYAS 



El señor Mario Falcao Espalter ha publicado el 
primer volumen de una nueva antología de poetas 
uruguayos. Comprende este tomo la producción poé- 
tica nacional durante el pasado siglo. Es la materia 
menos novedosa para un colector, pues ya ha nutrido 
varias recopilaciones. 

La primer antología uruguaya fue "El Parnaso 
Oriental o Guirnalda Poética del Uruguay" que, en 
tres volúmenes, hoy raros en el comercio de libros, 
salió a luz entre los años 1835 y 1837. Su editor anó- 
nimo fue un joven oficial argentino Luciano lAra. 
El "Pama&o" de Lira es el cancionero de los prime- 
ros tiempos de la patria. Antología uruguaya, no 
por la nacionalidad de los poetas, sino porque sus 
composiciones cantan la gesta libertadora de) Uru- 
guay. He creído, dice el autor, "que eran propiedad 
del país las composiciones concebidas bajo su cielo 
y por motivos nacionales, y sin hacer distinción en- 
tre orientales, argentinos y españoles; he cooperado 
a transmitir a otroB pueblos j edades las pruebas de 
capacidad intelectual que ofrece un pueblo que aún 
no ha salido de la cuna". Poetas de ambas márgenes 
del Plata rivalizan allí en la exaltación Urica de las 
comunes glorias cívicas. Un poeta boliviano, Elias, 
canta a U paz entre la Argentina y el Brasil. Un es- 
pañol liberal, un oscuro rimador, "español constitu- 
cional y amigo de la libertad", confunde sus acentos 
con los de los poetas de América. 



[33] 



GT7STAV0 GALI-INAI, 



Los primeros en el tiempo de estos cantores 6e la 
libertad que el "Parnaso" acoge en sus páginas orna- 
das de solcí, trofeos y símbolos marciales, son los que 
desde Montevideo formaron en el coro que celebró 
la victoria contra los invasores ingleses. £1 sentimien- 
to regionahsta parece despuntar ya en esas composi- 
ciones henchidas de orgullo local Figuran allí los 
"Cantos" de Prego de OHver. el catalán Prego de Olí- 
ver, administrador de ia Real Aduana de Montevideo, 
impresos por vez primera en la Imprenta de los Niñoi 
Expósitos. El "Parnaso" salva también del olvido al- 
gunas letrillas y romances jocosos de Prego. De los 
"Cantos", al incluirlos en la colección, borra Lira 
las estrofas finales, en laa que Prego, como en los 
envíos de los antiguos poetas, rendía su mu'a ante la 
maie<;tad real. Malsonaban a los oídos del editor de 
1835 los versos terminales: 

La vocinglera Fama con presteza 

Al cielo 8e levanta, 

l.as auras corta con serena planta, 

Llega a Madrid y cuéntale a Su Alteza 

En tono humíMe y blando 

El hecha de las armas de sa mando. 

Junto a los "Cantos" de Prego de Oliver, el drama 
de Juan Francisco Martínez, clérigo poeta, nativo de 
Montevideo, donde rigió en los últimos años de la 
colonia un aula de latinidad, capellán más tarde de 
los regimientos número nueve y diez, con ocasión de 
cuya marcha al Perú compuso una "Canción" gue- 
rrera que también fue incluida en el ''Parnaso'', como 
antes lo había sido en "La Lira Argentina". El drama 
**La lealtad más acendrada o Buenos Aires vengada" 
es el mismo que Ricardo Rojas leyó manuscrito en el 



[34] 



IfTRAS URUGUAYAS 



Archivo Mitre y analiza como inédito con el nombre 
da "Auto patriótico" en "Los Coloniales". Drama ale- 
górico y mitológico, fue representado en Montevideo 
en solemne función conmemorativa celebrada bajo loa 
auspicios del Cabildo. Sus protagonistaa, la Ninfa 
Montevideo, que aparece vestida de blanco y coronada 
de flores en un trono puesto en la selva, y la Ninfa 
Buenos Aires que llega a narrar allí su conquista por 
los ingleses. Los otros personajes son: Lo$ Hacenda- 
dos, El Gobernador, £1 Cabildo, El Comercio, Un Ofi- 
cial y Liniers, a quien en escena se asciende a goie- 
ral y cuyo elogio se teje en versos de esta contextura: 

El Oedeón ftaacés, o mejor Maite... 

La acción del drama la constituyen episodios de la 
Reconquista, mezclados a la acción o narrados en po- 
brísimag octavas reales. En la escena final, Neptuno, 
símbolo del poderío británico, es vencido y humilla- 
do por Marte, en quien se personifica la grandeza mi- 
litar española. Literariamente, Martínez ba volcado 
en su drama las heces del teatro español en decaden- 
cia del siglo XVin. 

El "Parnaso'* nos transmite también el unipersonal 
de Bartolomé Hidalgo. "Sentimientos de un patriota", 
representada en 1816 en Montevideo. Nadie recono- 
cería al autor de los sabrosos cielitos y diálogos: gau- 
chescos en los adocenados versos de esta declamación 
patriótica, en los que no falta cierto alarde de pueril 
erudición. La escena pasa también en paisaje con- 
vencxonal: la linde de un bosque. El oficial protago- 
nista, como en el drama de Martínez, una música ora 
apacible, ora poética, ora belicosa y enardecida. Entra 
una patrulla mal armada, soldados de los tiempos 



[36] 



GUSTAVO GALUNAL 



heroicos, a quienes el oficial arma enastando cuchillos 
en ramas, que desgaja de loa cercanos árboles. Cierra 
la breve acción con un saludo al Pabellón de la Pro- 
vincia, aclamado entre descargas y batir de parches. 

De la misma índole patriótica y de no más subidos 
quilates es el drama '*Los Treinta y Tres", del doctor 
Carlos Villademoros. Escrito en 1832, representa con 
veracidad histórica el episodio. Sus endecasílabos ago- 
nantados son por momentos discretos y entonados. . . y 
no avancemos más el elogio, que ya rebosa. 

Fuera de estas composicioneg dramáticas llena las 
páginas de "El Parnaso" de Lira la multitud de las 
odas y los himnos que forman el primer cancionero 
patriótico del Uruguay. £1 más antiguo de loa himnos 
es la "Marcha oriental'* de Bartolomé Hidalgo, canto 
tosco, de mal medidos versos, en los que al través de 
los pobres convencionalismos retóricos se siente alen- 
tar la ruda alma del pueblo. Todo él está impregnado 
de sentimiento oriental Es la canción del éxodo, de- 
masiado viril para ser una queja, Montevideo queda 
en poder del virrey español, cuyo poder se extiende 
sobre territorios por los que cruzaron como aves de 
tormenta las banderas hbertadoras ; el portugués acam- 
pa en nuestras cuchillas; la muchedumbre harapienta 
toma el amargo camino del exilio: 

En Oriente se pierden Iob lauros 
Que la patna nos liin> ganar... 

Y el poeta, que lo es por el sentimiento, intenta 
pintar en realistas e ingenuas metáforas (a alguna de 
las cuales para ser de enérgico relieve sólo falta una 

ejecución segura) el conmovedor espectáculo del pue- 
blo marchando al destierro. Las carretas, ''movibles y 



£361 



LETRAS irnUOTTAYAS 



pequeñas chozas", vehículo y casa en las penosas mar- 
días y en los agitados descansos del camino, se entre* 
veen cruzando en largas caravanas; acá se ocultan en 
la espesura de un monte; acullá las ve un río rdOe- 
jarse en sus ondas... Mortal desaliento sucede al ar- 
dor bélico y patriótico que levantó llamaradas de en- 
tusiasmo abrasando las almas ahora apagadas. 

las cemzafl de las almas librea 

que dice Hidalgo. La derrota, fatídico espectro, se 
cierne sobre la muchedumbre que marcha al destie- 
rro regando de sangre y lágrimas los caminos, que 
deja jaloneados de tumbas oscuras, acaso sin cruz 
que las recuerde. El iniciador de la poesía gauchesca, 
cuya obra criolla es>tá impregnada del perfume agreste 
y genuino del terruño, escribió e^^^c himno, según su 
biógrafo uruguayo, en loa últimos días de octubre de 
1811. Y junto a este himno primitivo, concebido en 
la hueca retórica al uso por los ámbitos de América, 
pero al que consagró, por razones de prioridad en el 
tiempo, un recuerdo preferente, la multitud de todos 
los que inspiraron las luchas de la emancipación y la 
vida cívica de los primeros tiempo» de la patria. Los 
himnos a los héroes, al fundarse los primeros esta- 
blecimientos de cultura; los himnos numerosos "Al 
Sol de Mayo", que, en los festejos de espartana sen- 
cillez de los viejos tioupos, cantaban los niños de las 
escuelas públicas al dorar el sol los horizontes, en los 
primeros aniversarios de la Revolución. Confundidos 
con los himnos figuran allí las odas y las canciones 
de los poetas que celebraron los hechos de la eman- 
cipación: Araúcho, Luca, Rojas, los dos Várela, Val- 
denegro. Figueroa entre todos se destaca, ya que no 



[37] 



GUSTAVO GALLINAI, 



por la calidad, por el número de sus composiciones: 
poeta que frisa en coplero, de vena afluente y copio- 
sísima, inunda con sus produociones este "Parnaso'\ 
Poesías, las de estos bardos de entonación imperiosa y 
robusta, o débil y vacilante, pero todas nacidas del 
mismo sentimiento viril. Valen para sus autores, cuan- 
do no el inmarcesible laurel, la corona de roble con 
que se premian las virtudes ciudadanas... Literaria- 
mente su genealogía es española y se hermanan con los 
himnos y odas con que los poetas peninsulares mere- 
cieron el alzamiento de la madre patria contra la usur- 
pación napoleónica. Algunas letrillas, epístolas, can- 
tales, traducciones clásicas, y un poema burlesco de 
Figueroa, todo muy siglo XVIII español, completan 
los volúmenes. Y es curioso que ya en esta Antología 
aparezca una poetisa en quien sólo la primicia en el 
tiempo es titulo al recuerda: Petrona Rosendo, empa- 
lagosa Filis que dirigía en Montevideo un colegio de 
señoritas y distraía sus ocios versificando *%a, colina 
alegórica", adocenado potma didáctico, o el "Diálogo 
entre el corazón y ei enlendimiento'*, o desfogaba sus 
entusiasmos patrióticos en bimnos y alocuciones rima- 
das a las damas, o consolaba sus propias maternales 
penas escribiendo "La muerte en pos del himeneo". 
No le fallaron en premio de sus poéticas fatigas unas 
espinelas del galante Figueroa ensalzando a la Safo 
Oriental y Décima Musa. . . 

De Luciano Lira* el colector de "£I Parnaso Oiíen- 
tal" pocas noticias poseo. 

En "El Nacional" de 1840, hay una breve nota ne- 
crológica^ ya explotada por Zmny. con motivo de una 
suscripción iniciada por "El Correo" a beneficio de 
la familia de Lira, muerto poco antes. AUí se dice que 
era capitán de infantería, un hombre de color; que 



[38] 



cooperó con Lavalle en la empresa de la isla de la 
Libertad; se elogian su comportamiento y bravura 
en el combate de Yemá y en otias acciones de gue- 
rra; se dice que, enfermo ya de muerte, agravó su 
estado en las penosas marchas cuando la invasión de 
Mascarillas a Corrientes. Postróle alli la enfermedad; 
serenamente sintió sonar su última tora; "murió con 
el coraje de un soldado y la resignación de un cris- 
tiano; ha dejado una numerosa familia en la orfan- 
dad". Lira fue propietario de la Imprenta Oriental, 
en la calle San Fernando, de Montevideo, donde fue 
impreso el tercer volumen de esta primera "Antolo- 
gía"; sirvióle de modelo "La Lira Argentina". Hoy 
es uno de los libros más preciados y raros de la bi- 
bliografía nacional. En 1927 ha sido reimpreso por 
el Instituto Hisitórico y Geográfico de Montevideo, 

De 1835 ea "El Parnaso Oriental", Veinte años des- 
pués, en 1855, un grupo de jóvenes a cuyo frente des- 
collaba HeracUo C. Fajardo, rimador en su tiempo 
laureado en sonada justa poética y boy merecida- 
mente olvidado, publicaba con el título de "Florea 
uruguayas" una nueva colección de poesías. Un pró- 
logo lacrimoso dice el cambio de los tiempos y los 
gustos. La poesía patriótica y heroica ha desaparecido 
de la antología de "El Eco de la Juventud Oriental". 
La primera onda del romanticismo anega el ambiente. 
"Las flores uruguayas que boy ofrecemos al público 
son el modesto fruto de inteligencias nacionales. Pro- 
ducidas en tiempos anormales, en un período cala- 
mitoso de postración intelectual, no se busque en la 
mayor parte de ellas la perfección del arte. Algunas 
bay que han sido regadas con lágrimas de dolor y que 
han abierto su cáliz al influjo de una atmósfera le- 
tal^'. Las viejas formas, ia retórica ha caducado. Pero 

[39] 

5 



OI^TAVO GALUHAL 



el espíritu nuevo aun no florece en obras de real be- 
lleza. Un tono quejumbroso, gemebundo, reina del 
principio al fin del libro. Loa poetas de la hora son 
ambos Fajardo, Adolfo Berro, Juan C. Gómez, Fe- 
rreira y Artigas, Melchor Pacheco y Obes, Alejan- 
dro Magariños Cervantes recién ruelto al país des' 
pues de su viaje europeo. Los temad predilectos son 
leyendas, meditaciones filosóficas, divagaciones socia- 
les: "La ramera'*, "El suicida", "La madre africana", 
"El cementerio de Alégrele", "Un gemido del cora- 
zón" ... Y muchos Tersos de amor, blancos y celes- 
tes, de aquellos que subieran el crudo espíritu realista 
de Guerra Junqueiro: **Amor sin sentimiento, esto es, 
sentimental"... Son los frutos en agraz del roman- 
ticismo patrio. Un hálito da tristeza ficticia, de me- 
dianía, se desprende de las páginas del libro. Loa 
poetas todos, ''lloran como urnas". Pero todavía no 
ha surgido el creador de belleza de los nuevos tiem* 
pos, hondo e zn^irado. 

No pensaron asi, sin embargo, los contemporáneos 
de don Alejandro Magariños Cervantes, consagrado 
en vida como patriarca de las letras nacionales. Per> 
durará el recuerdo de su personalidad. Fue un procer 
de la pluma que dio su vida, laboriosa y fecunda, a 
las cosas del espíritu. Fue en su tiempo y en su me- 
dio una fuerza «piritual, un propósito iniciador y 
renovador, uo ejraaplo y un etfimulo. Tentó todos los 
caminoa; en todos hay quien se le haya aventajado. 
"Caramurú", boceto de novela nacional, su libro de 
más enjundia, es un intento, digno de recuerdo, de 
pintar laa costumbre! nativas; escenas de los campos 
encuadradas en vasto escenario histórico. El lenguaje 
está matizado pintorescamente de nombres criollos. £s 



[40] 



LETRAS URUGUAYAS 



un loable Intento fracasado, valioso como precedente 
de la moderna novela nacional, que tan hondamente 
ha calado en el alma oscura y primitiva de los hom- 
bres del campo y con veraz realismo ha narrado sus 
vidas. Caramurú es un gaucho romántico, generoso y 
soñador. Lía un ángel borroso y dulzón. Un sentimen- 
talismo trivial humedece el libro, en cuyo ambiente 
falsamente histórico se mueven gauchos enamoradizos 
como petimetres urbanos lectores de Werther. Del 
mismo modo, la obra poética de Magariños vale tam* 
bien como antecedente de otras de más quilates. Está 
marchita bu frondosa ramazón lírica. A la verdad, dice 
Menéndez y Pelayo, "no sé yo lo que de tan volumi- 
nosa colección de versos podrá salvar la posteridad". 
Cada día se reduce el espacio que ocupa en las anto- 
logias: la última, sólo alberga una composición suya. 
Magariños Cervantes es autor también de una anto- 
logía que con el nombre de "Album de poesíag" pu- 
blicó en 1878, destinando el producto de su venta a 
la erección del monumento a la Independencia, en 
cuya inauguración se reveló el numen de Zorrilla de 
San Martin. El "Album" fue en su tiempo el más am- 
plio cuadro de las letras nacionales que existia y pres- 
tó como tal reales servicios. 

Vino a sustituirlo en 1895 "El Parnaso" compilado 
por don Víctor Arreguine, obra precedida de algunas 
noticias críticas y biográficas. Junto a Figueroa y Ma- 
gariños brilla ya allí, y no sólo con primicias de la 
juventud, como en el "Album", un nombre de poeta 
que los oscurece a ambos. Toda aquella corriente de 
inspiración heroica, que hemos visto arrastrarse hasta 
parecer agotada en las numerosas odas e himnos que 
celebran las glorias de la emancipación, surge de nue- 
vo en un canto en que la poesía y elocuencia desatan 



[«] 



GUSTAVO GALLINAL 



ancho, caudaloso raudal La '^Leyenda Patria" cierra 
la serie y la ilumina. Las anteriores, valores relativos, 

quedan para la curiosidad de los historiadores litera- 
rios. Las que la siguen son sólo pálidas rapsodias. 
Aquella poesía exhausta triunfa en la "Leyenda Pa* 
tria*^ para luego desfallecer; encendida en la inspira- 
ción de Zorrilla de San Martín, muere después de al- 
zar su más alta llamarada. £1 sentimiento patriótico 
se transforma: se torna cada día más civil, industrio- 
so. Paralelamente, la poesía 'Me alma adentro" tam- 
bién ha despertado. Nada había en nuestra literatura 
comparable a muchas estrofas esencialmenle líricaa 
que suspira Tabaré y son de Zorrilla. La poesía de 
inspiración americana, propósito benemérito en Ma- 
gariños, es ya realidad. No tiene sólo descripciones, 
nombres indígenas; está empapada de emoción, tiene 
alma. Los versos, imitadoa en la forma de Bécquer, se 
diluyen en música intima, grave, hondamente suge- 
ridora. . . 

De la antología de la Real Academia encomendada 
al ilustre maestro Menéndez y Pelayo nada diré: es 
obra que abraza la producción de toda Hispanoamé- 
rica y cae fuera del límite de esta reseña al mismo 
título que las de Gutiérrez, Cortés y otras análogas; 
la norma en ella seguida de incluir sólo a los autores 
muertos priva a literatura novisima como la nuestra 
de amplitud y perspectiva. £n las breves páginas pre- 
liminares, de las que se destaca la acertada silueta de 
Figueroa, hay errores que denuncian el apresuramien- 
to con que fue concebida. 

En 1905 don Raúl Montero Bustamante publicó un 
nuevo "Parnaso Oriental", colección sin duda la me- 
jor y máa completa de las hasta esa fecha publicadas. 



[42] 



LETRAS tmUGUAYAS 



Es $m embargo por demád frondosa. Con serias razo- 
nes para ello optó el autor por ajustar su selección a 
criterio histórico, con el fin de presentar una síntesis 
del desenvolvimiento de la poesía nacional con sus 
representantes de cada momento. El criterio estético, 
de selección depurada y severa, reduciría una antolo- 
gía a límites demasiado estrechos. Pero el criterio de 
relatividad es aceptable en tanlo no signifique abdi- 
cación total del sentido crítico. £1 señor Montero Bus- 
tamante no ha osado expulsar del Parnaso a ninguno 
de los antiguos intrusos y todavía franquea la entrada 
a nuevos poetastros de quinto orden que digámoslo 
con frase cara a los viejos retóricos, son allí escánda- 
lo de las musas. Verdad que de este pecado de lenidad, 
de benevolencia excesiva, han estado conlamínados 
caí^i (Olios los autores de "Viai'es al Parnaso" desde lo 
antiguo. Suele suceder que en las "Florestas de varias 
poesías" sean más los arbustos espinosos y parasita- 
rios que los árboles floridos y de deleitable aroma. El 
libro del señor Montero Bustamente fue de útil con- 
sulta, a pesar de sus numerosos errores de informa- 
ción Y de criterio, pues presentó, por vez primera re- 
copilada una selección de poesías de los escritos que 
iniciaron el movimiento literario moderno en el país. 

El mismo criterio histórico, corregido por asomos 
de severidad crítica, informa la reciente antología de 
poetas uruguayos. Noto en ella la falta de una exacta 
y somera noticia biográfica de cada autor incluido, 
lo que seria sumamente útil, sobre todo en el extran- 
jero, para completar la información del estudio pre- 
liminar, que da breve pero atinada vista de conjunto 
de nuestro desenvolvimiento poético. El volumen pu- 
blicado comprende el movimiento üterario del pasado 



GUSTAVO OALUMAL 



Siglo, materia ya incluida en compilaciones anteriores 
y en la que caben pocas novedades. Cabría, sí, aplicar 
un criterio de más rigor crítico que el que hasta hoy 
ha prevalecido. Muchas traerá en rambio el segundo, 
que se abrirá con la personalidad de Herrera y Reis- 
sig y agrupará a los poetas modernísimos, permitién- 
donos al comentarlo indicar las varías tendencias, las 
diversas personalidades que se perfilan en esta hora 
que vivimos, de actividad y de florecimiento espiritual. 

1922. 



EL VIEJO PANCHO 

Muchos años de vida entie las gentes de nuestros 
campos, el amor a la sencillez pintoresca de sus cos- 
ti^mbrea, que alguna vez, al lamentar su desaparición, 
parangonó con los tradicionalismos regionales de Es- 
paña, convirtieron a José Alonso y Trelles en autén- 
tico poeta criollo. Sus producciones cundieron entre 
rasgueos de guitarras por todos los ámbitos del país. 
Algunas de ellas gozan fama igual a la de las clásicas 
del género; son ya, en su género clásicas. Sincero y 
popular ha sido el dolor provocado por su reciente 
muerte. 

Nació en la villa de Navía, en Asturias, el 7 de 
mayo de 1860. Fueron sus padres Francisco Alonso 
y Vicenta Jaren. En 1876, cuando embarcó para Amé- 
rica, habia ya cursado en España clases comerciales 
y conquistado «1 grado de contador. Hizo w Monte- 
video una estada de breves días, y pasó a radicarse 
en Chivilcoy, en la Argentina, donde vivió cosa de 
dos años; allí publicó sus primeros versos. Regresó 
al Uruguay y se avecindó en el pueblo del Tala, de- 
partamento do Caaeionea. Allí tranBcurrió casi toda 
BU vida, menos nn paréntesis de cuatro o cinco años 
de emigración en el Brasil, en Santa Ana do livra- 
mento, como contador de una fuerte cass comercial. 
En 1894 inició estudios libres de notariado en [a Fa- 
cultad de Derecho de Montevideo; no se graduó de 
escribcuio, pero su actuación en las aulas fue lucida 
y en algún curso, sobresaliente. Alonso y TreUes no 



GUSTAVO GALUNAL 



fue nunca inculto y enemigo de los libros. No fue 
un "primitivo'^, como dicen ahora. Su ilustración fue 
bastante más e^ctensa que la de casi todo», si no todos, 
los poetas crioUos, sus émulos. 

Bien, 7 aun demasiado, se deja ver esto en "El 
Tala cómico", un semanario que comenzó a publicar 
en 1894, alternando la redacción con sus estudios. 
Esta curiosa hoja, "periódico festivo, casi satírico y 
gemi-ilusírado". persistió con intervalos y claroí- nume- 
rosos hasta 1898. Alonso y Trelles fue redactor casi 
único "impresor y dibujante" de este semanario, im- 
preso en "ciclostyle". Anteriormente, en 1880 y 1881, 
había colaborado en un periódico local, "El Tala", 
en cuyo Album Poético hay varias composiciones su- 
yas. En "El Tala cómico" explayó su verba satírica, 
no desprovista de agudeza en la insustancialidad pro- 
pia del género. Menudencias de la política y de la 
vida social, polémicas seudo-Iiterarias con rimadores 
de otras hojas regionales, cosas y decires del pueblo, 
fueron abundante tema para los solaces no siempre 
inofensivos de Candil y Juan Monga. Repartió "can- 
dilazos" a diestra y siniestra, con ingenio retozón, que 
lucía también en los monigotes grotescos con que e^^or- 
naba el periódico, ¿Quién pensaría ver citadas en 
tal hoja cosas tan remotas y dispares como los escri- 
tos de Juan Pablo Ricliter, Goethe, Jovelianos, Taine 
O Sismondi, aparte de las múltiples e inevitables alu- 
siones clásicas y railológicas? Complacido hacia Tre- 
lles alarde de su ilustración, empedrando de citas sus 
zumbonas elucubraciones. Poseía regulares conocimien- 
tos de varios idiomas. Fue en su primera época un 
vate romántico y dulzón, en nada distinto de los chir- 
les rimadores al tiso. Más tarde, por decisión reflexiva 
T feliz, desertó de la hueste de los escritores cultos. 



£46] 



LETRAS UKUGUAVAS 



Pero el corcel de sus primeros escarceos literarios 
íue el Pegaso de todos conocido; no el sufrido overo 
de sus campañas criollas. 

Ejerció de procurador en el Tala. Actuó también 
en política. Obtuvo carta de ciudadanía oriental en 
1908, cuando literariamente ya la tenía, y bien sa- 
neada, desde años atrás. Ingresó al Parlamento Na- 
cional en 1908, como suplente par Canelones, por fa- 
llecimiento del titular, y en 1910, después de una ac- 
tuación muy opaca, renunció la banca junto con otros 
legisladores, cuando el Partido Nacional, en que mi- 
litaba, decretó la abstención. Murió el 28 de julio de 
1924 a la edad de 64 años. 

Nada había publicado aún Alonso y TrelUs en el 
género criollo, cuando en 1895 salió a luz en Monte- 
video el renombrado semanario "El Fogón". Redac- 
tábanlo Oroamán Moratorio, autor de ^*Juan Soldao", 
conocido por su seudónimo de Julián Perujo, y Alci- 
des de María, el mentado y decidor Calixto el Ñato. 
En torno de "El Fogón" se congregaron para desen- 
tumecer el alma al grato calorcillo de la tradición crio- 
lla los cultores del regionalismo patrio. Presidía por 
derecho propio la democrática rueda de coplero^ y 
versificadores Antonio D. Ijussicb, quien volvió a 
hacer oír la voz con que años antes había relatado 
en versos, no exentos de sabor y sobrados de inten- 
ción política del momento, las aventuras y desgracias 
de "hos tres gauchos orientales" y del matrero Lu- 
ciano Santos. Y junto a Lus&ich, Elias Regules, "Pa- 
yador", y decano al mismo tiempo de la Facultad de 
Medicina, cuyos versos criollos volaban de boca en 
boca en la campaña y cuyo teatro de tema campero 
"El entenao" y "Los gauchitos", alcanzaba viva, aun- 



[47] 



GUSTAVO GAIiUrrAL 



que pasajera boga. Pertenece Elias Regule^) a la línea 
espiritual de Estanislao del Campo, ha escrito décimas 
cantantes^ con donaire y gracia, y que no con senti- 
miento hondo y pwsonaL Lucía **E1 Fogón" en au ca- 
rátula un grabado hecho sobre un dibujo de Diógenes 
Hécquet, pintor de escaso numen, que por aquellos 
años hacia aplaudir sus episodios nacionales, graba- 
dos loables por la iríención y la orientación hacia el 
tema nativo: representaba la carátula un fogón al 
aire libre bajo el hospitalario ramaje de un ombú. 
La rueda que se formó en tomo de "El Fogón" fue 
numerosa. Figuraban en ella como diarios concurren- 
tes los miembros de la familia de De María, Isidoro, 
el cronista y narrador de las tradiciones de Monte- 
video antiguo. Aura, SiMo y Ramón Marin De Ma- 
ría. Con los escritores del género, como Francisco 
Pisano, autor de "Nobleza Criolla", alternaban aficio- 
nados de varias procedencias y a los que esperaban los 
más divei^entes destinos que imaginar cabe. Colabo- 
raba allí Nicolás Píaggio, maestro de Cosmografía 
durante medio siglo en la Universidad; Juan José 
Soiza Reílly se inició escribiendo ''Camperitas" y re- 
latos criollos; en las columnas de ''El Fogón*' se ini- 
ciaron también Guzmán Papmi y Zas, Toribio Vidal 
Belo y Roberto Sienra. . . La colección de este se- 
manario ocupa varios gruesos volúmenes; su valor, 
más que en lo literario en Jo tradicional y en lo refe- 
rente al folklore, aún no ha sido objeto de estudio 
alguno. En lo estético, no cabe duda que fueron ape- 
nas charamuscas casi todas las que en él ardieron. La 
afición a lo criollo se aviva en dichos años. En Mon- 
tevideo el público mantiene simultáneamente otro pe- 
riódico análogo, "£1 Ombú'\ además de las hojas 



[48] 



UGTRAS URUGUAYAS 



departamentales, más o menos fugaces. Más tarde *'£1 
Ombú" Be fusionó con "El Fogón". 

La musa gauchesca, que siempre corrió aoterrafia 
en las letras patrias, mana abundosa a flor de tierra. 
Mucho de lo más típico, granado y duradero del 
género data de esos años. En la década final del siglo 
salen a luz en volúmenes las novelas de Acevedo Díaz, 
antes difundidas en folletines de periódicos, las sabro- 
sísimas primicias del talento de Javier de Víana (pa- 
ra muchos todavía lo más jugoso y fuerte de bu obra), 
las Academias de Heyles, que vierte el añejo vino, 
sin que su aroma se desvanezca, en las odres nuevas 
de un arte refinado y complejo. Los ensayos teatrales 
se multiplican también. Los colaboradores de "El Fo- 
gón", muchos más o menos "Pavadores", aon tam- 
bién muchos más o menos '^dramaturgos". Desde 1886 
los hermanos Podestá imponen a Juan Moreira en las 
tablas de los teatros platenses; a partir de 1890 su 
repertorio se enriquece con obras nuevas rioplaten- 
ses, algunas de las cuales son felices aciertos. Nace el 
teatro regional criollo, preludio del teatro nacional 
En las filas de los revolucionarios de 1897 forma un 
joven, un niño, destinado a realzar este teatro y a 
imprimirle vigoroso impulso y orientación más se- 
gura: Florencio Sánchez. Loa aítos finiseculares son 
años de renacimiento: un soplo de renovación pasa 
sobre nuestras letras. Cuando Rodó en "El que ven- 
drá" habla de ocaso, habla como ciudadano de la re- 
pública universal de las letras, o, más concretamente, 
como ciudadano de las letras francesas. En el país y 
en otras orientaciones, la reacción es clara con "La 
Revista Nacional" del propio Rodó, de Pérez Petit y 
los hermanos Martínez VigiL Antes de morir el siglo, 
Herrera y Reissig ha comenzado también su labor. 



[49] 



GiraTAVO GAIXmAL 



De todos estos reflejos se forma un resplandor <Íe al- 
borada. La literatura gauchesca uruguaya se enrique- 
ce entonces con algunas de sus obras típicas. Esto 
sucede mientras la campaña se inmola trágicamente 
en varias revoluciones: copiosas libaciones de sangre 
"gaucha" se vierten sobre Jas verdea aras de las cu- 
chillas. 

No se ha trazado aún ninguna reseña completa de 
la literatura gauchesca en el Uruguay que pueda ser- 
vir de guía para un estudio bien documentado y serio. 
A título de auxiliar provisional meramente informa- 
tivo y deficiente, puede servir el folleto de Domingo 
A. Cdillava, "La literatura gauchesca en el Uruguay". 
La mayoría de los asiduos colaboradores de "El Fo- 
gón" son hombres rullog o semicultos que culiivan el 
género como un tema estético. Alonso y Trelles, co< 
nocedor del lenguaje, los usos y sentimientos criollos, 
por su vida permanente en el campo, aunque español, 
no estaba para tentarlo con éxito en condiciones me- 
nos propicias que cualquiera de los hijos de la ciudad, 
educados a la europea. Esto, aparte las profundas afi- 
nidades de raza. 

Desde su periódico joco-serio del Tala, Alonso y 
Trelles saludó alborozado la aparición de "El Fogón", 
órgano de sus próximos triunfos. "Refleja en sus pá- 
ginas, dijo en su comentario, el más acendrado cariño 
a la tierruca y será acogido con patriótico entusiasmo 
por todo el que goce recordando el ayer poético de 
un pueblo cuyas costumbres originales y sencillas van 
desapareciendo para dar lugar a refinados corrupto- 
res, llamados a transformar el carácter y enervar el 
espiritu, a perpetuar las santas tradiciones en la me- 
moria de los buenos, a estimular la pasión del te- 
rruño en el corazón de los indiferentes*'. Tal el pro- 



[50 3 



LETRAS URUGUAYAS 



grama, de cuño netamente tradicionaliata: huelga ana- 
lizarlo. 

En ''El Fogón" salieron a luz, transcriptas algunas 
de "El Tala", las primeras composiciones criollas de 
Alonso y Trelles. En seliembre de 1899, "La güeya" 
saltó del Tala a "El Fogón" y de éste sin transición 
a la lengua del pueblo campesino. El éxito de esta 
composición y de otras **Resolución", "Fruta del tiem- 
po", "De la lucha", es inmediato. Menudean en "El 
Fogón" los comentarios sobre "El Viejo Pancho"; se 
publican imitaciones y "retruques''. Calixto el Ñato 
saluda al cantor que se levela, y lo desafía, triple en 
mano, para un animado contrapunto. El nombre del 
cantor criollo crece y se difunde hasta transponer las 
fronteras, siempre abiertas para los troveros de una y 
otra banda. Desde Santa Fe, el viejo Nicasio, comen- 
ta con un cuento^ "Resolución". Un lector, escribe, 
recitaba estos versos en alta voz en un grupo de una 
pulpería santafesina: el argumento escueto de la pie- 
za es la venganza de un gaucho que en castigo de 
infidelidad medita infligir a "la china" la humillación 
de cortarle la trenza a filo de facón y volver con la 
caliellera colgada del caballo, a guisa de trofeo. Con- 
cluía la lectura, cuando alguno gritó de pronto: [Ahí 
viene el viejo Pancho al trotedto en su overol Y to- 
dos, añade el narrador, volvieron instintivamente la 
cabeza como si efectivamente pudiera aparecer el vie- 
jo Pancho envuelto en el polvo gris del camino. Real 
o imaginaria la escena, la verdad es que "El Viejo 
Pancho*' era algo más que una sombra retórica. Tenía 
una silueta personal e inconfundible. Era una figura 
simpática a la miaginación popular, dotada del don 
de convertir las creaciones vividas eíi fantasmas de 
realidad alucinante; tal el legendario Santos Vega, 



tSll 



GUSTAVO GALLINAL 



que alguna vez, como en el poema de Rafael Obliga- 
do, aparece al paisano errante en el campo que el 
crepúsculo inunda de dulzura, sombra esculpida sobre 
el abrupto pedestal de la barranca del río, a la es- 
palda la guitarra cantora y con la frente cincelada 
por un rayo del moribundo soL 

'*E1 Viejo Pancho" ensayó también el género dra* 
mático. Algunas piezas suyas, en prosa y en verso, 
subieron a los tablados rurales, estrenadas por aficio- 
nados. Titulábanse "Juan el loco", "Crímenes de 
amor^', ''Cristóbal Colón", "Alucinación". Sólo publi- 
có, en 1913, en la llamada ''Biblioteca del teatro pía- 
tense", un drama nacional en un acto y en prosa, 
"Gaucha". Escenario, una casa de estancia. AI co- 
rrerse el telón sabe el espectador por conversaciones 
de un indio, Sandalío, con una criada, Romualda, que 
Julia, educada como hija por los dueños del campo, 
pero en realidad recogida de un asilo, espera a su 
novio, acaudalado doctor de la ciudad. Vive también 
con sus padres en la estancia. Marta, bija confesada 
del matrimonio; las murmuraciones de la criada in- 
sinúan también que Jo es sólo de la patrona. Sucede 
que el capalaa Ramón está enamorado de Julia, la 
huérfana. A su vez Marta se bebe los vientos tras el 
capataz. En varios parlnnentos se esclarece la situa- 
ción de Julia, que resulta también enamorada de Ra- 
món. Un conflicto de rivalidad entre las hermanas se- 
ría inminente; pero Julia se sacrifica por la felicidad 
de Marta. En una entrevista con Julia, Ramón le re- 
procha su supuesta indiferencia. La desesperada moza, 
ya enterada por infidencias de criados de su calidad 
de "gaucha", no quiere ser rival de su hermana, ni 
robarle el cariño del capataz. He aquí que la casua- 
lidad prepara el desenlace del enredo. £1 capataz ol- 



[52] 



LETRAS URUGUAYAS 



vida su revólver en la pieza. En el preciso instante 
en que el novio montevideano entra en la casa, suena 
el disparo con que k infelis pone fin a su vida. Tal 
es la obrílla. Los personajes son de psicología elemen- 
tal. Los diálogos, de sentimentalismo cursi: hablan 
los actores del "rocío del aiecto sobre los rojos pé- 
talos de la flor del deseo", de "cuidar con esmero en- 
fermizo la sensitiva del dolor secreto"; una de las 
señoritas se queja de que "el rosal de su pasión no 
dará flores", y la otra, pocos momentos antes de la 
tragedia final, aún tiene ánimo para glosar las golon- 
drinas de Bécquer. Es "Gaucha" un ensayo total- 
mente fracasado. 

"Paja Brava" por lo contrario, ha alcanzado varias 
ediciones; ha superado la popularidad que tuvieron 
los '*Verso8 Criollos", de Regules y "Los tres gau- 
chos orientaIes*\ de Lussich. El autor ha seleccionado 
y cribado con acierto su producción y reunido lo más 
granado de ella en ese libro, con tino que faltó a 
otros, como a Lussich. El resto sólo puede aer citado, 
como en este artículo, por inlerés biográfico y de 
curiosidad. 

El eterno tópico elegiaco de los "poetas del terru- 
ño" de todos los países, lugar común también de los 

nuestros, la protesta por la desaparición de lo típico 
y genuino de cada región, arrollado por el aluvión 
extranjero y cosmopolita asoma en varias composi- 
ciones de "Paja Brava", "Penas". "Insomnio", "Pro- 
greso" glosan a lo criollo el "cualquiera tiempo pa- 
sado fue mejor". La edad de oro de estos héroes crio- 
llos — que no lo era sino de hierro — está situada 
en los años de independencia cerril, de libertad bra- 
via y sin programa, sobre las peladas cuchillas. Con 
amarga ironía describe "El Viejo Pancho", en "Pro- 



[53] 



GUSTAVO GALLINA!. 



greso" y otras composiciones, la transformación de 
los campos natales. La emoción directa, personal, pun- 
zante, surge de la identifícación del tiempo viejo, con 
el brío y la fuerza de la juventud, también idas para 
siempre. Esta emoción suele refrescar y realzar el 
lema ya marchito: 

[Que por qué ando yo «usina como enojio y tríate! 
¿Por que querés saberlo, mi linda flor de ceibo? 
Los días del verano que son pal mozo auroiaa, 
Son tardes melancólicas pa loa que van pa viejos. . . 

Reitérase, como complementario de éste, el tema tra- 
dicional de la injusticia colectiva para con el hijo de 
la tierra, esa queja sin lágrimas que viene rodando 
por los versos "gauchescos", desde los diálogos de 
Chano y Contreras. Carne de cañón de las revolucio- 
nes, victima de autoridades y políticos en la paz, par- 
tícula inasimilable en la nueva socied^id de aluvión, 
así es el ejemplar "de pura raza" de esta literatura, 
cuyo prototipo será siempre "Martín Fierro", labrado 
con tosco y tremendo relieve. Suele haber un matiz 
de color propio en las composiciones en que "El Vie- 
jo Pancho" abordó el manoseado tema, sazonándolo 
con pintoresca dicción y amarga ironía, como en "Fru- 
ta del tiempo" y "De la lucha". 

En el amor; el alarde de masculinidad sensual y 
ruda; la mujer es la hembra codiciada y íelina, cuya 
inconstancia inspira sentenciosos dichos, que el viejo 
Vizcacha hubiera creído propios, 7 cuya belleza se 
entrevee en algima estrofa, sugerida con sólo un rasgo 
picaresco y feliz: 

alguna china linda 7 mimosa 
de abrasadores ojos malevos. 



[54] 



LBTBAS xntUGUAYAS 



Como sentimiento idealizador} la conciencia de la 
fugacidad del goce, la nostalgia del desvanecido amor, 
o el pregusto de la inevitable traición, siempre te- 
mida. Ese tema de la infidelidad femenina se concreta 
en una que es, en au género, una pequeña obra maes- 
tra: "La Güeya'*. Muchas veces imitada, destacada 

por (A veredicto papular entre todas las del autor, era 
también la predilecta de Trelles. Breve, directa, sin 
alindamientos retóricos enervantes, '^La Güeya" su- 
giere con cuatro pinceladas un drama crudo y rea- 
lista. Es un hombre que, en el mostrador de una pul- 
pería, ahoga en caña las sospechas que lo muerden y 
atenacean cruelmente: en la cercanía de su rancho 
ha notado huellas reveladoras, marcadas en el pasto 
húmedo aún por el sereno de la mañanita. Sin des- 
cripción nos dibuja en la mente también el paisaje: 
el rancho olvidado en un horizonte de soledad donde 
es rara la impronta humana. El hombre bebe para 
olvidar, copa tras copa, desesperadamente. En mu- 
chas otras composiciones de "El Viejo Pancho" apa- 
rece el hombre que bebe alcohol así, con furia lacó- 
nica y bárbara, para ahogar una pena, matando la 
conciencia y la sensibilidad. 

Son pocos los *'motivos" de "El Viejo Pancho". Su 
"gaucho" es una variación del gaucho literario, el 
tipo idealizado por sus predecesores. Las limitaciones 
de esta poesía regional, con harta frecuencia decaída 
al nivel de un prosaísmo vasto, son demasiado noto- 
rias, y aparecen también en *Taja Brava". Pero "El 
Viejo Pancho" vio con amor la tierra en que vivió. 
Infundió hondo sentimiento personal en sus versos. 
Enmarcó sus figuras en paisaje de trazo preciso, con 
el color y el relieve de la cosa vista. Evocó las imáge- 

[55] 



GtrSTAVO GALUNAL 



nes circunstantes y familiares con sombría emoción 
y llaneza, en lenguaje que no es "gauchesco", sino el 
habla rústica recogida de labios del paisano actual, 
rica en modismos, locuciones y dichos populares. Leed, 
entre otras, "Cosas de viejo": os aparecerá llena de 
gracia sencilla la escena del viejo que cuenta a una 
muchacha sus recuerdos del buen tiempo pasado, entre 
sorbo y sorbo del brebaje amargo* llorosos los ojos, 
acaso por las evocaciones del relato mismo, acaso por 
el humo agrio de los tizones. . . Leed "¿Qué diréis?" 
tan prosaica, y tan delicada en su misma vulgar sim- 
plicidad. 

Clavel del aire que alegras 
e( mojinete del rancho: 
trébol de olor que perfumu 
el turo ande eacuendo el naco; 
calandria que me despiertas 
¿ende el ombú con tu canto; 
solcito que deBentniaea 
los guesos del viejo Pancho... 
jQué diréu cuando una aurora 
no me sintáis carraspiando, 
ni a través del techo e paja 
veáb salir J'humito blanco 
del fogón en que hierve el agua 
con que cebo el mate amargo!,.. 

Leed "Caídas", un cuadrito preciso, nítido, exor- 
nado de detalles del paisaje rural y agrícola de Ca- 
nelones. . . 

Hemos coavenido en llamar gauchescos a nuestros 

poetas terruñeroa. Sea criollo o, mejor, regional, se- 
ría más acertado llamar a poeta como Alonso y Tre- 
lles. Entrañó en su rapsodia gauchesca una levadura 
de auténtica emoción personal ante la vida y ante las 
cosas. Me parece, leyendo el prólogo que puso a "Paja 



[58J 



LETRAS UBUGUAYAS 



Brava", que "El Viejo Pancho" comprendió su pro- 
pia obra mejor que los comentadores que lo colmaban 
de elogios, sobie todo como "intérprete genuino del 
alma gaucha". Varias veces se le ha comparado a Vi- 
cente Medina, el cantor murciano, y se han sugerido 
influencias posibles en cuanto a la forma métrica de 
sus composiciones, de una variedad de metros antes 
desusada para la musa criolla. Era "El Viejo Pancho", 
y con justicia, el más popular de los poetas criollos. 
Como el lamento que se desgarra sobre la cuerda que 
salta rota de la mano del trovero, flotó al morir "El 
Viejo Pancho" un sincero dolor sobre su nombre. La 
virtualidad de los temas que a su manera trató, está 
felizmente lejos de agotarse. En muchos de ellos se 
inspirarán quienes sean capaces de mirar hondamente 
la realidad y transfigurarla en poesía. Un arte menos 
tosco, más refinado, un arte reflexivo, intenta ahora 
transfundir en formas pulcras y modernas el alma de 
los cantares nativos. "El Viejo Pancho", me hubiera 
acompañado a desear pleno éxito al esfuerzo de los 
escritores jóvenes que ensayan encordar la guitarra 
de los cantos tradicionales, convertidos en un monó- 
tono guitarreo de indolencia y de hastío, para tem- 
plarla otra vez a su manera y hacerla, según la frase 
de uno de ellos, Fernán Siha Valdés, "madie de un 
canto nuevo". 



157] 



DELMIRA AGUSTINI 



Hojeando colecciones de diarios montevideanos he 
hallado de pronto^ encuadrados en anchas orlas ne- 
gras^ los relatos de la tragedia qae truncó la vida de 
Delmira Agustini, Mortal drama en que se apagaron 
dos vidas que arrastraron por el mundo, trocada en 
cadena de presidio, la cadena de rosas eróticas que 
la poetisa invocara en la poesía admirable que inicia 
au último libro. Está narrado con el lujo de detalles 
y el impudor característico de las crónicas policiales, 
que profanan, para saciar la ávida curiosidad del pú- 
blico, hasta aquellas inviolables intimidades, sobre las 
cuales debiera cerrarse el silencio como una lápida 
sepulcraL £ntre los retratos que ilustran las crónicas 
figura uno de la niñez de la poetisa: una niña de 
grandes ojos verdes de mar que parecen abrirse to- 
davía maravillados a la luz preciosa de la vida. Ser 
poeta es conservar intacto siempre ese don de mara- 
villa ante las cosas. Una fuerte piedad llenó mi alma. 
Porque Dehnira Agustini fue de los raros espíritus 
privilegiadas por la poesía. 

Después de algún tiempo de olvido he releído sus 
versos, llenos de sentimientos vivos y de gritos de pa- 
sión. £n una de sus composiciones, presenta como 
símbolo de su propia vida una topa llena de fuego, 
erigiendo soberbiamente en el aire su "esplendor de 
llama". La imagen es insustituible. Imagen eterna de 
la ansiedad y del deseo, conviene como ninguna a 
aquella alma: alma de la que se lanzan trémulas y 



£58] 



LETRAS URUGUAYAS 



devoradoras lenguas ele fuego, de esaa que abrasan 
las vidas consumiéndolas entre el oro ardiente de las 
ascuas^ psra dejarlas caer al fin deshechas en puña- 
dos de vanas cenizas. 

La poesía de Delmira Agustín! es de un exasperado 
acento romántico. Evidente, lo que debe al moder- 
nismo en boga cuando surgió. Está esmaltada de fra- 
seologia modernista y de imágenes que denuncian esa 
influencia. Rubén Darío, el gran artífice de la pala- 
bra, domina sobre el momento inicial de su vida 1i- 
teraria: sus huellas se hallan impresas con frecuencia 
por laa sendas de su jardín poético. Hay en él en 
consecuencia, lirios y cisnes, y hasta un bada; "el 
hada color de rosa que mira como un diamante — el 
hada color de rosa que charla como un bulbul*'. Al- 
p;unas otras influencias efímeras de poetas america- 
nos cabe señalar: tal la de Lugones del momento hu- 
goniano en "Racha de cumbres". Pero Delmira Agus- 
t'.ni tenía una sensibilidad demasiado vibrante, una 
inspiración demasiado fogosa y personal para ceñirse 
a la imitación de ningún modelo. Su poesía lleva, sin 
embargo, claramente marcado el sello de aquel mo- 
mento literario. Afanóse por demostrar riqueza verbal, 
aunque su idioma es el sencillo y vulgar. Dominóla 
y en alto grado, el amor de lo raro, y acertó a ilumi- 
nar muchos de sus cuadros poéticos de fantásticos co- 
lores o a teñirlos de exotismo y circundarlos de una 
atmósfera de misterio. 

Con razón afirma Manuel Gálvez que hay en ella 
mucha literatura, sin que esto signifique negar su 
sinceridad. Era un espíritu "naturalmente artificiogo", 
valga la expresión paradógica. Se busco a sí mismo, 
y cuando, bien pronto, halló el modo de revelarse por 



[591 



GUSTAVO GALLINAI. 



entero, alzó su poeaia, de acento inconfundible. El 
sentimiento de la desproporción entre los sueños y la 
realidad, la ansiedad de una plenitud imposible de 
goce, la mordedura de los deseos irrealizables, no han 
arrancado entre nosotros cantos líricos más hondos. 
El tono de su lirismo es romántico. Fácil sería mos- 
trar cómo muchos de los modernistas están dentro de 
la corriente romántica, que es todavía, a pesar de las 
variaciones de escuelas y de la sucesión de indivi- 
dualidades, el gran impulso generador de la moderna 
literatura. Las escuelas como el modernismo, con sus 
matices particulares^ pueden ser consideradas a ma- 
nera de ondas sucesivas. El penacho del romanticismo, 
para citar otro nombre uruguayo, tremola sobre la 
obra de Herrera y Reissig, nunca olvidado del todo de 
sus primeras divagaciones lamartinianas. Es que pue- 
de hablarse, de un estado de espíritu "romántico", 
dando al vocablo sentido más duradero que el del 
lema transitorio de una escuela. 

Recordad ei ensayo que C. Maurrag ha consagrado 
a la poesía femenina de la Francia contemporánea, 
ensayo cuya intención acentúa este expresivo subtí- 
tulo: "De la alegoría del sentimiento desordenado'*. 
Como encabezamiento trae esta frase de Barres que 
admirablemente convendría a muchas modernas poe- 
tisas: **Pequeñas almas, esclavas estremecidas de la 
sensación". Juzga Maurras ser una demostración tar- 
día de romanticismo la presencia, en el escenario de 
la moderna literatura francesa, del coro femenino en 
el que suenan voces de admirable timbre: Renée Vi- 
vien, madame Lucie Delarue Maidnis, la condesa de 
Noailles, madame de Regnier. . . Señala estos típicos 
caracteres románticos que les son comunes; el culto 



[80] 



LETBAS URUGUAYAS 



y el cuidado de la propia personalidad, la rebelión 
del sentimiento contra las disciplinas de la razón, la 
búsqueda de la originalidad, más anhelada que la 
hermosura znísms, búsqueda que condoce a hacer de 
la palabra la materia delicada y frágil de primorosas 
labores, en las cuales ponen a contribución el innato 
gusto por los ricos tejidos y las suntuosas sederías. . . 
Verdad que sería preciso atenuar y matizar los juicios 
de Maurras, inspirados en su extremado concepto del 
clasicisrao. La condesa de Noailles — ya que crítico 
tan penetrante como Raiael Barret ha citado su nom- 
bre al tratar de Delmira Agustini — no está íielmente 
retratada en el breve medallón que le consagra. Leed 
"Los vivos y los muertos", libro concebido en la cul- 
minaiúón de su bello talento, ensanchado y enrique- 
cido por la experiencia de la vida y cargado ya de la 
madurez dorada de sus sentimientos otoñales. He ahí 
la hora de la meditación crepuscular, tras la carrera 
a pleno sol de la vida buscando en vano "el suntuoso 
prodigio de una dicha todopoderosa" y sin término. 
Cavando en su propio corazón, reabre la poetisa fran- 
cesa la vena de las más amargas y bienhechoras filo- 
Sofías, al par que se encienden en el espíritu, altas vis- 
lumbres y presentimientos. Sus estrofas — tomemos 
su propia imagen — desfilan ahora bajo un arco a 
cuyos costados velan, esculpidos en piedra, ineiora- 
bles cariátides, el amor y la muerte. Y la flecha de 
los anhelos sobrehumanos sube en imprecaciones, en 
las que alguna vez parece prolongarse el eco de un 
pensamiento de Pascal. 

Tengo para mí que algunas de las notas más de- 
licadas y profundas de poesía femenina hay que bus- 
carlas fuera de los paises latinos, ea la poeaia in- 



[61] 



GUSTAVO GALLINAL 



glesa, por ejemplo, tan poco gustada en nuestros am- 
bientes, intelectuaUnente sometidos al influjo exclu- 
sivo del pensamiento francé=. Obras como loa poemas 
de Elizabelh Barret Browníng, son elevado deleite del 
entendimiento: poesías que parecen surgir de una 
profundidad espiritual recogida y silenciosa, de una 
amable y pudorosa intimidad. Ese lirismo ardiente y 
grave circunda su frente de_un halo de plnjia, como 
la lumbre de la lámpara que acompaña las veladas 
familiares. Penetra, impregna y transfigura la exis- 
tencia toda en su normalidad superior, en el sagrado 
del hogar, que entre nosotros es frecuente considerar 
como una fuente cegada de idealidad. ¡Hablad de 
poesía como ésta a los intoxicados de literatura mor- 
bosa, para quienes sólo puede florecer como fruto de 
estados anormales de exaltación y desequilibrio! 

La de Delmíra Agustini sorprende, desde luego, por 
el relieve y el vigor de las imágenes, buriladas, delinea- 
das a fuego sobre un oscuro fondo de enigma. Su ima- 
ginación es rica y colora fantásticamente los objetos. 
Se suceden así las imágenes en una breve composi- 
ción: profundas estancias, bocas de abismo, mares 
nunca surcados sembrados de algas extrañas, crista- 
linas grutas, maravillosos bordados de fuego en las 
tinieblas» faros misteriosos que alumbran ignotos ca- 
minos. . . Es el desgranamiento de un collar de ímá- 
genes inesperadas que da un tinte visionario a la 
poesía. **En tus ojos" se Uama esta compoeición. ¡Có- 
mo ha sabido bacer sentir el silencio de la noche! 
"Los sueños son tan quedos que una herida sangrar 
se oiría..." Sus poesias todas parecen las notas de 
un nocturno: una a una, como gotas de sangre, caen 
en el silencio eiqiectante de la noche. 



[62} 



LETRAS URUGUAYAS 



Nació Delmira Agustini en Montevideo el 24 de 
octubre de 1886. Fueron sus padres don Santiago 
Agustini y doña María Murtfeldt. Contrajo matrimo- 
nio el 14 de agosto de 1913 con don Enrique Job 
Reyes. El 14 de noviembre del mismo año se presentó 
entablando demanda de divorcio, iniciándose asi el 
drama intimo que concluyó el 6 de julio de 1914 
con la trágica muerte de ambos protagonistas, quie- 
nes fueron hallados muertos juntos y heridos de bala 
en una habitación privada. - 

Toda BU obra cabe en un pequeño volumen. En 
1907 publicó "El libro blanco" con prólogo de Ma- 
nuel Medina Betancourt e ilustración de Alphenore 
Goby. Tenia a la sazón veintiún años. **Cantos de la 
mañana" es de 1910; Ueva prólogo de Manuel Pérez 
y Curia. "Los cálices vacíos" es de 1913; lo abre un 
pórtico de Rubén Darío. "De cuantas mujeres hoy 
escriben versos ninguna ha impresionado mi ánimo 
como Debnira Agustini, por su alma sin velos y su 
corazón de flor", dice el poeta, quien arrastrado por 
su entusiasmo lírico llega a pronunciar el nombre de 
Santa Teresa, abriendo así un falso camino a las de- 
senfrenadas loas supervinlentes. Y profetiza: ''Si con- 
tinúa en la lírica revelación de su espíritu como hasta 
ahora, va a asombrar a nuestro mundo de lengua eg- 
pañola'\ En "Los cálices vacios" hay composiciones 
de 8U primer libro y está reproducido íntegro el ma- 
terial de "Cantos de la mañana'*. En 1924 salieron a 
luz sus "Obras completas", en dos volúmenes exor- 
nados de ilustraciones y comentarios de excesivo mal 
gusto. El primer volumen, "Loa astros del abismo" 
— título que la autora eligió aunque sin aplicarlo a 
ese libro precisamente — trae como novedades de inte- 



[63] 



GUSTAVO GALLINAL 



rés biográfico muy dudoso, composiciones iniciales de 
la primera infancia. En el segundo, "El rosario de 
Eres", figuran las poesías del libro que tenía en pre- 
paración la poetisa al tiempo de morir. Están en esa 
breve obra algunas dñ la? poesías surgidas más de 
lo hondo, más ardientes y apasionadas de nuestra li- 
teratura y de la hispano-americana. 

Kl mundo exterior no existe para esta mujer re- 
concentrada en su propio mundo interno. *'Dame tu 
luz — pide a su ensueño — dame tu luz y vélame eter- 
namente el mundo." Su visión imprimía a los contor- 
nos de la realidad la deformación característica de la 
visión poética. El amor es un tema central y casi úni- 
co. Tratado por ella asume una amplitud trágica. Por 
él su alma se asoma a su misterio: un abismo a cuyo 
borde siente vértigos. Por caminos de sensualidad lle- 
ga frente al enigma de su destino, al enigma de la 
vida y de la muerte. Inclinada sobre su abismo inte- 
rior alcanza a ver allá en lo hondo una perspectiva 
infinita, tal como un retazo de cielo azul que se es- 
pejara en las turbias aguas de un pozo profundo. Su 
sensualidad agudizada le es causa de inquietud y de 
dolor. A veces la sobrecoge un espasmo de miedo. No 
es ciertamente, la bella mentira, el sentimiento estili- 
zado^ sutilizado, ni tampoco una voluptuosidad mué- 
Ue y lánguida el amor cantado en esta forma: "Amor 
es milagroso, invencible y eterno — la vida formidable 
florece entre sus labios — Raíz nutrida en la entraña 
del Cielo y del Averno — viene a dar en la tierra el 
fuerte fruto eterno — cuyo sangriento zumo se bebe 
a cuatro labios.'^ Una súbita ascensión, un rápido 
vuelo lírico levantan a cada instante su espíritu del 
polvo que roza con las alaa. Y dice: 'Te inclinabas 



[64] 



LKTBA8 URUGUAYAS 



a mi como al milagro — de una ventana abierta al 
más allá". Descontento de la vida vulgar, la atroz 
tristeza de la carne, que canta el verso d*annunziano, 
fermento de desasosiego y aspiración hacia una vida 
superior hay en su alma, "con más sed y más ham- 
bre que un abismo*'. Sugestivas son la bella y nos- 
tálgica "Noche de Reyes'' y la meditación frente a la 
cruz solitaria de un camino. En busca, por sendas de 
luz y de sombra, de una vida más intensa, clamó al 
- impasible corazón de las estatuas soñando que sus 
formas perfectas pudieran ser las de los vástagos de 
una raza óeA futuro, fuerte y emancipada del dolor. 
Rebelde a todas las disciplinas, llegó a fatigarla hasta 
la disciplina de la rima, grillete de oro del pensa- 
miento. Pero sus aspiraciones indisciplinadas se rom- 
pieron las alas contra los muros de piedra de la rea- 
lidad, ''Imagina mi amor, amor que quiere — vida 
imposible, vida sobreliumana — tú que sabes si pe- 
san, si consumen — almas y sueños de Olimpo en 
carne humana. 

Murió a los veintiocho años, tronchada bárbara- 
mente en el comienzo de una carrera triunfal. "Es, en 
realidad, una personalidad solitaria. Su influencia se 
ha ejercido sobre la moderna poesía femenina de 
América. 

Ha legitimado en nuestras letras todas las audacias 
de expresión en el análisis del amor, con franqueza 
aprendida acaso de los héroes d'annunzianoa. Nunca, 
hasta que ella surgió en la escena literaria, mujer al- 
guna americana o española había osado confesarse 
al público, mostrándose sin velos en la desnudez y 
violencia de sus deseos. Jamás mano femenina tan 
trémula se tendió hacia las ramas del árbol de la vida. 



[65] 



GUSTAVO GAIXIHAL 



cargadas de frutos tentadores, ¡Ah! Pero los frutos 
del árbol del bien y del mal no siempre destilan mie- 
les sabrosas. Tocó a su vez a Dehnira sentir en sus 
labioa vivos y húmedos el gusto traidor a cieno y 
cenizas . . . 

Eros ha perdido la alegría; 

"Porque emerge en su mano bella y fuerte, Como 
en broche de místicos diamantes, El más embriagador 
lis de la muerte. .." El amor se loma triste ha?ta la 
muerte. "Carezco del sentimiento de las gradaciones 
del placer. . . No hay más que un placer: el que hace 
daíío." Con estas palabras revela su naturaleza ar- 
diente la Sabina de la coTide?a de Noailles. ¿No es de 
este áspero placer, apurado de un sorbo hasta las úl- 
timas gotas acerbas, del que Delmira Agustini nos 
transmite la sensación casi física, con expresión aguda ? 

"Ya se besaban hondo hasta morderse el alma . . . " 
Verso concentrado," lleno. Poseyó Delmira el secreto 
de versos como ése, — que parecen surgir de un solo 
aliento, tibios de hondura interior: 

Alma que cabe en un verso 
Mejor que en un universo! 

...Toda tu vida se intpnmió en mi vida... 

...Mi labio aun «stá dulce de la oración que os llama.. 

El "yo" imperioso y caprichoso, centro del mundo. 
La sinceridad de esta egolatría, muy difícil de encon- 
trar en versos de varón, se define en la composición 
titulada "¡Vidal" — así como un grito o un llamado — 
y que concentra la palpitación, la exasperación de un 
deseo irrefrenable que impone su ley al mundo y no 
se plega ante ninguna norma: 



[66] 



LETRAS URUGUAYAS 



. . ■ Sobre la cumbre miama 
Arriscada y creciente 
De mi eterno capricho! 

Para mi vida hambrienta 
Eres ia presa única 
Ek6 la presa eterna! 

El olor de tu sangre 
Y el color dfi tu sangre 

Flamean en los picos ávidos de mis águilas. . . 

Hay mucha perversión literaria, mucha excitación 
cerebral» en el origen de esa crispación nerviosa siem- 
pre próxima al delirio, en esa morbosidad que en más 
de un punto confina con el sadismo. Para confirmar 
esta afirmación repasad composicionea tales como 
"Boca a boca*', "El vampiro", ^'Serpentina", o aque- 
lla sin nombre de "Cantos de la mañana" en la que 
la imaginación afiebrada de la poetisa acaricia en- 
sueños dignos de Salomé: 

"La intensa realidad de un sueño lúgubre. Puso en 
mis manos tu cabeza muerta; Yo la apresaba como 
hambriento buitre. . No puede hablarse — como se 
ha hecho — de misticismo, sin desvirtuar extraña* 
mente el sentido de la palabra. Nunca se apagaron 
del todo en su mente las ideas espíritu alistas, pero no 
tuvo otro sentimiento verdaderamente religioso sino 
"la religión del amor", puesta de moda por el desor- 
den sentimental de los románticos, vaguedad turbia, 
impregnada hasta los tuétanos de sensualismo. Ni tam- 
poco creo puedan señalarse en ella vislumbres filosó- 
ficas profundas. Evidencia, sí, forma personal e in- 
tensa para revestir algunos pensamientos y temas eter- 
nos de novedad. 



[671 



GUSTAVO OALLINAL 



Su nombre perdurará unido a una de las individua- 
lidadea más ricas y complejas d& nuestras letras. Bu- 
lle en su obra en Ifiico desorden un enjambre de sen- 
timientos opuestos; el artificio literario no ahoga con 
vegetación parasitaria a la sinceridad desnuda, la 
sensualidad se mezcla con entrecortadas y dolorosas 
aspiraciones a una vida superior. En esa carne de vo- 
luptuosidad se retorció trágicamente el dolor del de- 
seo voraz que le arrancó gritos de un vigor lírico in- 
auperado en nuestras letras. 

1922. 



[68] 



MARIA EUGENIA VAZ FERREIRA 



Espíritu culto y fino, de impecable aristocracia, 
María Eugenia Vaz Ferreira ni prodigó su produc- 
ción literaria^ ni la reunió en un libro, mientras vi- 
vió ; pero sus compogíciones, desde hace bastantes 
años, se difundían con aplauso en periódicos y re- 
vistas. Su aparición en el tiempo fue anterior a la 
de Delmira Agustini. El rumor de aprobación que res- 
pondió a sus primeros acordes, saludaba en verdad a 
la primera voz de mujer verdaderamente inspirada 
que se alzaba en el Uruguay. Asi, su obra inicial for- 
ma el preludio de la poesía femenina cuya aparición 
como valor estético puro señala una de las más feli< 
CCS novedades literarias de los últimos tiempos en 
"nuestro medio. Junto a Delmira Agustini, cuya obra 
lírica despide intenso, capitoso aroma sensual, y en 
la que destellan versos desprendidos, magníficos, como 
solitarios desengarzados; junto a Juana de Ibarbou- 
rou, más sencilla y más diáfana, hecha de claridad y 
de limpia frescura de manantial agreste, María Eu- 
genia Vaz Ferreira aparece como un espíritu refina- 
do, un raro temperamento forjado en la soledad, bru- 
ñido en el silencio. Tuvo el culto ardiente de la be- 
lleza. Escribió composiciones musicales que dicen ser 
exquisitas quienes las conocen; escribió también al- 
guna delicada escena y diálogo de teatro. Incapaz de 
salir de si misma, siendo, como casi todas las poeti- 
sas, tema eterno de sus propias canciones, quiso, sin 
embargo, poner un silenciario en la entrada del se- 



[60] 



GUSTAVO GALUNAL 



creto templo interior y recubrió de músicas el acento 
dolorido, cuando lo turo, de su pensamiento. Entre 
las rimas de sus primeros años, hay algunas compo- 
siciones de leve factura, lieds de acento heineano, aun- 
que despojados de aquella corrosiva ironía del maes- 
tro, algunas pocas cosas delicadas y frágiles que se 
leen con placer. Se inició como una romántica re- 
tardada. Los sonoros versos de ''Triunfal"^ escritos en 
la primavera de la vida, en el orgullo de la juventud 
victoriosa que cruza pisando un tapiz de flores, ce- 
lebran al varón magnífico que había de rendirla por 
ser de la raza de los héroes y de los bardos y por 
destellar en su frente radiosa los signos de la domi- 
nación y del talento. La vida le fue destilando luego 
un zumo salobre, una recóndita esencia amarga. Dijo 
entonces lo difícil que es 

caigai a eolas el pesado zoadero 
ubre la ligereza cautiva de las oíos. 

Cuidó siempre con primer de artista la forma de 

sus composiciones, que su imaginación solía adornar 
con raras imágenes, costosas pedrerías de exóticos re- 
flejos. Acaso su último sentir, un dolorido sentir, 
está condensado en una poesía titulada "£1 regreso", 
que ella miraba con singular predilección, versos los 
más graves y confidentes que escribió en la vida: 

He de volver a ti, propicia tierra 
Como una vez surgí de lus entrañüs, 
Con un sacro dolor de carne vira 
Y la virginidad de las estatuas... 

Pero yo copiaré ahora, otros de más serena triste- 
za, y más diluida en música verbal; 



£70J 



LETRAS URUGUAYAS 



¡A; de aquel que fu^a on día 
novio de la soledad! 
Después de este amor auprcmo 
¿a quién amciá? 

¿Quien sin dar nada ee entrega 
y estrecha sin abrazar? 
¿Quién de un vacío tesoro 
hace que se pida "másE"? 

¿Qué araña invisible y tnuda, 
carcelera singular, 
teje sus rejas abiertas 
y el cautivo no se va? 

Los aldabones golpean 
con rumor de eternidad, 
y el corazón solitario 
le responde: "Más allá..." 

Sí, más allá de sí mismo, 
más allá del propio mal, 
amorosamente solo 
con su mal de soledad. 

Afuera ríen los soles 
SU9 vitrinas de cristal 
racimos de perlas vivas 
al pasajero le dan. 

Por los caminos del mundo 
cruza la mancha triunfaL 
Evohé!... siga la fiesta... 
¡Ay de aquel que fuera un día 
novio de la soledad! 



No retiñió nunca en libro sus poesías. Sólo después 
de su muerte su hermano Carlos Vaz Ferreira, el 

eminente pedagogo y ensayista, ha publicado una se- 
lección de ellas con el titulo **La isla de los cánticos" 



7 



[71] 



GUSTAVO QALLIHAL 



que la poetisa había soñado para su obra futura. El 
nombre de María Eugenia Vaz Ferreira, un tanto eclip- 
sado en los últimos años por la fama de otras poeti- 
sas, resurge victorioso en esa publicación. No ofrendó 
a la curiosidad y al "snobismo** de los hombres un 
alma desnuda de pudor y estremecida de sensuales 
fiebres. Es seguro que esa altiva reserva la dañó en 
la conquista del éxito clamoroso mientras vivió. Pero 
fue verdaderamente inspirada y su nombre, en alas 
de ese libro postumo, salvará el olvido. Pequeño es 
el libro. Está bien así. Tal vez se anticipa a la selec- 
ción que el tiempo fatalmente hace de toda obra lí- 
rica, reduciéndola a unas pocas notas esenciales. Lo 
demás suele equivaler en poesía a lo que los esculto- 
res llaman superficie muertas; líneas inexpresivas, 
notas falsasj ensayos o repeticiones. 

1924 



JUANA DE IBARBOUROU 



Uno de los espíritiu analíticos más sutiles de nues- 
tras letras, cuya obra crítica deslila corrosivos y amar- 
gas ácidos. Rafael Barret, escribió, comentando los 
primeros ensayos literarios de Delmira Agustini, unas 
lineas que hoy están impresas entre el centón de opi- 
niones que epiloga el libro "Cálices vacíos", "Será tal 
vez en América lo que en Francia es hoy madame 
de Noailles", predijo. La breve historia literaria de 
aquella mujer desmintió en parte la predicción del 
critico. Delmira Agustini se reconcentró siempre en 
su mundo interior. Su poesía, nacida de un estado hi- 
perestésico, parece como poseída de un temblor febril. 
No sintió la tentación de expandirse en la realidad, en 
la naturaleza, en la vida. Toda se concentró en el cul- 
tivo de sus propias sensaciones. Menos lejana de la 
verdad, aunque tampoco podría ser formulada sin 
serias reservas — la primera la de pretender una apro- 
ximación o cotejo, manifiestamente vano, de valores 
literarios — hubiera sido predicción semejante en los 
iniciales pasos literarioB de Juana de Ibarbourou. La 
voz de esta mujer no disonaría del todo en el coro 
de voces femeninas que en la moderna Francia han 
divinizado la naturaleza, han realzado la poesía de 
los jardines, han cantado un amor panteísta, a me- 
nudo frenético, por las plantas y las flores y los seres 
y cosas del mundo. Por esta afinidad, la condesa de 
Noailles o Helena Vacaresco (unida a ella por tantas 
similitudes espirituales y hasta étnicas) no se negarían 



[78] 



GUSTAVO GAIXINAL 



a leconocerla como una de las suyas, una hermana 
menor. La poetisa de "Cálices vacíos" no se difunde 

en la naturaleza. Bien estaría en sus labios el grito de 
sinceridad y de pasión de Marcelina Desbordea Val- 
more: ..."al recibir la vida, de todas las cosas que 
me ofrecía sólo he visto el amor..." £1 amor ar- 
diente hasta el furor de las fauneaas. Se la ha retra- 
tado como una emancipada: fue como pocas una so- 
metida; marchó su camino, demasiado breve, agobia- 
da bajo el yugo de Eros, divinidad trágica e impla- 
cable. Se jactó de haber derribado todos sus ídolos, 
pero para con sus hacinados despojos erigir un pe- 
destal a ese ídolo único. Algunos escritores han elo- 
giado su profundidad filosófica, sus adivinaciones. 
Pero es la verdad que su musa no hubiera podido 
trepar nunca por escarpaduras áridas como las que 
holló el genio meditativo y severo de madame Acker- 
man. Su mentalidad, con residuos de creencias espi- 
ritualistas, a pesar del sensualismo inquieto e insa- 
ciado — fue nutrida simplemente con lecturas litera- 
rias. Hablando de ella un escritor uruguayo, el señor 
Zum Felde, ha mentado a Nietzsche como influencia 
posible por su invocación a una raza superada del 
futuro; a Baudelaire que parece asomar en algún 
alarde de satanismo* notoriamente aitificioso y que 
acaso es causante de ciertas particularidades morbo- 
sas de su sensibilidad. Ambas influencias, aunque muy 
tenues, son probables. Y es segura la influencia de 
Gabriel d'Annunzio. Tuvo un temperamento literario 
de acentuada originalidad, pero padeció una gran 
confusión ideológica. Vale por el vuelo lírico, el arre- 
bato súbito y potente, el sentimiento intensamente do- 
loroso de su sed no saciada, los gritos pasionales que 



[74] 



LETRAS UKUOUAYAS 



saltan como dardos de fuego hacia la altura inac- 
cesible de un vago más allá. 

El temperamento literario de Juana de Ibarbourou 
está impregnado de simpatía y de femenina ternura 
hacia las cosas amorosas y humildes que rodean su 
vida cotidiana: como un rocío se esparce sobre ellas 
su amor. Un panteísmo sin doctrma, no idea sino sen- 
timiento que se despliega en imágenes, palpita en sus 
libros: un panteísmo más voluptuoso, sensual, que ce- 
rebral y reflexivo. Como la condesa de Noailles podría 
decir: "Todo lo que aquí vive, la fuente, el banco, la 
sonora campana del jardín, el delicado cerafoUo que 
riza el viento son para mí dulces personas". Personi- 
fica a las cosas todas como si las sintiera latir vivas 
y sensibles bajo su mano acariciante. Leamos un poe- 
mita del "Cántaro fresco'*: "El agua". *'Me duele la 
cabeza y estoy triste. Hay días así, en que todo le 
sale a uno mal, en que parece que una mano oculta 
se ocupara de arrojamos guijarros de pena al alma, 
Y como me arden de fiebre las sienes, me voy al 
huerto, saco del pozo un balde de agua helada, y 
allí mismo, con las manos, me empapo la cabeza, la 
cara, el cuello. En seguida me siento aliviada. Es que 
el agua tiene para mi el privilegio de la más com- 
pleta caridad. Yo acudo a ella como a un ser cons- 
ciente y estoy convencida de que es una criatura con 
alma, como la nuestra: y que habla, suena, canta, besa, 
consuela, igual que nosotros. ]Es que ignoramos tan- 
tas cosas! Y no creemos que posean nuestros dones 
espirituales sino aquellos que están hechos a imagen 
nuestra. Yo creo, sin embargo, que el agua es en el 
mundo algo así como una buena monja atenta siem- 
pre a proporcionarnos consuelo y ayuda. ¡Sí loa ve- 



[75] 



GUSTAVO GAUJNAL 



getalea supieran nuestro idioma ! . . . ] Si cada herida 
fuese una boca que hablaral ... En lo íntimo de mi 
corazón yo le llamo al agua Sor Caridad. Hoy he 
sentido sus buenoa dedos frescos rompiendo en mis 
sienes la fiebre. ¡Y hasta el corazón me llegó su dul- 
zura!" 

Dicen los Tersos de "Lenguas de Diamante": 

...Yo respeto y adoio U luz como si fuers 
Una cosa que vive, qae siente, que medita, 
Un ser quo nos contempla transfonaado en hoguera.,. 

La oiréis alabar la belleza de la ''amiga araña*', 

artista instintivo que hila encajes sutilísimos para en- 
garces temblorosos de las gotas del llanto matinal . . . 
Su sensibilidad delicada vibra al contacto de las co- 
sas. Abiertos en un deslumbramiento infantil a la 
luz de la vida, sus ojos ávidos reflejan maravillados 
los renuevos de la belleza eterna. Una chispa, una cen- 
tella de esencia espiritual hay entrañada en los más 
toscos barros, despojos caídos en el taller del divino 
alfarero. 

Juana de Ibarbourou ha descubierto la originalidad, 
no en los retorcimientos y contorsiones atormentadas 
del verbo, ni en morbosas embriagueses líricas o es- 
pasmos de neurosis, sino por caminos de sinceridad 
y de sencillez. Tiene un manojo de composiciones ale- 
gres y claras, llenas de gracia en flor; tal el fragante 
soneto "Las violetaa" o el exquisito "Dulce milagro". 
Cantero en primavera es bu poesía, aliñado poi las 
manos de un hada: hasta marear el sentido flotan en 
el aire el espílitu odorante de la hierba fresca, aro- 
mas de trébol, de retamas, de lirios y glicinas, todas 
las esencias de loa jardines y loa campos nativos: can- 



176] 



LETRAS intUOUAYAS 



ten jilgueroB entre el ramaje de loe ceibos qiie hiii' 

chan de sangre sus urnas colgantes; y en esa riente 
perspectiva el amor es también "fragante como un 
ramo de rosas ..." 

Como notas fal&aa snenan algunas reminiscencias de 
amargas tristezas literarias: "Pasión", '^Redención", 
"Hastío", "Inquietud", «Hiél", "Lo Imposible", «Mon- 
ja Noche".., 

La verdadera y honda tristeza de esta poesía es la 
de la muerte. Y como un anticipo, la del aniquila- 
miento de la juventud. Esa sensación de la fugacidad 
de los días, pocas expresiones tan intensas y origina- 
les ha hallado en lo moderno como en la obra de al- 
gunas poetisas, consagradas a la adoración de si 
mismas. En la composición que sirve de arco de en- 
trada a "La sombra de los días" madame de Noailles 
lo ha dicho, lo ha gritado mejor, con inmortales acen- 
tos. Y cuando están ausentes, como en Juana de Ibar- 
bourou, el deseo y el sueño de lo ultraterreno, la 
muerte es la traición o la trampa suprema y la amar- 
ga hiunillación de la belleza, que cae deshecha en ce- 
nizas. Pero esa tristeza está secretamente impregnada 
de voluptuosidad, £1 fruto sabroso de la vida se pa- 
ladea más ávidamente cuando se recuerda que la 
muerte acecha en alguna sombría encrucijada. Bien 
lo supo Horacio, cuando cantó el goce de vivir; "Leu- 
conoe, sigue mi consejo, no tratemos de saber cuál de 
nosotros se irá primero . . . Cuidemos nuestros vinos, 
ajustemos nuestras esperanzas a la brevedad de la 
vida y resignémonos. Cocemos de este día, acaso sin 
mañana. El momento en que me oyes está ya lejos 
de nosotros. . 

La languidez voluptuosa de "La cita" (en "l^enguas 
de diamante") es una invitación, teñida, como otras 



[77] 



GXTSTAVO GALLINAL 



composiciones, de un ligero color de exotismo orien- 
tal. Pero 69 más honda todavía la voluptuosidad de 
*'La hora", avivada hasta la violencia por el senti- 
miento de la huida fatal de los días, o la de "La in- 
quietud fugaz", una de las notas más penetrantes de 
la poesía de Juana de Ibarbourou. La obrita maestra 
de su primera recopilación lírira, sejíún consciitimicn- 
to unánime, es "Vida-Garfio'*, en la que se conden- 
san bella y patéticamente sus sentimientos primordia- 
les: una composición que no podrá faUar en ninguna 
Antología americana, que da expresión nueva y per- 
sonal a un motivo eterno. 

"El Cántaro Fresco'* es un libro de pequeños poe- 
mas en prosa, algunos de los cuales nacieron de idén- 
tica emoción de la inspiración misma de las poesías 
de "Lenguas de diamante" o **Raíz salvaje". A veres 
la notación en prosa es más fresca, más límpida. La 
escritora no alcanza siempre el completo dominio del 
verso. Su pensamiento se mueve con graciosa desen- 
voltura en la desceñida y flotante veste de la prosa. 
Estos poemitas son transparentes y cordiales. La pro- 
sa de Juana de Ibarbourou está exenta de la infla- 
zón oratoria, del helenismo de decadencia recargado 
y bárbaro, del casticismo amanerado, de la vulgari- 
dad que algunos preconizan hoy como reacción con- 
tra aquellos excesos. Se mueve libre del peso de las 
riquezas, de las prodigalidades ornamentales que son 
signos, entre nosotros demasiado frecuentes, de insin- 
ceridad, vicios literarios, perversiones tanto más te- 
mibles cuanto más gratas son al paladar estragado de 
muchos. Hay honradez en el decir claro y sencillo 
Juana de Ibarbourou no ha renunciado a ella. Otros 
fflturbian y revuehren las aguas para que parezcan 



[78] 



LETRAS URUGUAYAS 



profundas y no consiguen sino cargarlas de barro del 
fondo. Comunican una plácida sensación de frescura 
las breves anotaciones líricas de paisajes del vivir 
cotidiano, centrada siempre por una emoción directa 
o grávida de un motivo de meditación apenas apun- 
tado. "Raíz salvaje", el último y reciente libro de 
Juana de Ibarbourou, es una recopilación de poesías, 
muchas de las cuales habían sido ya divulgadas en 
la popular colección barcelonesa de **Laa mejores poe- 
sía$'\ Se ha desvanecido la sombra o matiz de exo- 
tismo del primer libro. Este tiene menos de lo que 
Verlaine Ikmaba ^literatura'*. ¿Tiene tanta poesía? 
Tiene sin duda hermosas composiciones. Se r'-pitpp 
muchos de los motivos de "Lenguas de diamante"; 
repeticiones o variaciones a veces felices, pero qup 
producen cierta impresión de monotonía. Hay en él 
menos de aquella tristeza literaria que no convenció 
a Unamuno, menos voluptuosidad sazonada de me- 
lancolía. Es más grave de sentimiento, de colores me- 
nos vivos. Recuerdos y sensaciones de la infancia, 
vivida en la libertad de los campos, resurgen a cada 
paso, y, cuando no, permanecen formando como un 
esfumado fondo nostálgico. Perdura intacta aquella 
emoción ante la naturaleza de su primer libro, diáfano 
y sonoro como un despertar. La autora se complace 
en invocar impresiones de naturaleza empapadas en 
la alegría de los primeros años. He aquí una de esas 
poesías: 

LOS PINOS 

Yo digo ¡pinos! y aiento 
Que ae me aclara el alma. 
Yo digo tpinosl y en mis oídos 
Riuooiea la aelva. 



C79] 



GUSTAVO GALLIKAI. 



Yo digo [pinos! y por mis labios pasa 

La frescura de las fuentes salvajes. 

j Pinos, pinos, pinos! Y, con los ojos cerrados, 

Veo la hilacha verde de los ramajes profundo» 

Qu« recortan el sol en obleas desiguales 

Y lo arrojan como puñado de lentejuelas 
A los caminos que bordean. 

Yo digo ¡pinos! y me veo morena 
QuiQceabnleña 

Bajo uno que era amplio como utia casa* 

Donde alguien puso en mi boca, 

Como un fruto extraordinario, 

El primer beso amoroso. 

¡Y todo mi cuerpo anémico tiembla 

Recordando su antiguo perfume a yerba-buena! 

Y me duermo con los ojos Uenoa de lágrimas 

Así como los pinos se duermen con las ramas Uenas de rocío 

Lástima que quien tiene el sentido instintivo de la 
musicalidad de la palabra muestre cierto descuido, 
cierto desaliño en la forma. Tiene encantadores e ins- 
tintivos hallazgos verbales, de esos que sólo descu- 
bren los verdaderos poetas. Pero en este libro, menos 
armonioso que el primero, hay composiciones que va- 
len como diamantes sin pulimento. La retórica, ab- 
surda como tiranía, bien entendida es también una 
decantación de cultura, el fruto de experiencias secu- 
lares a las que es lícito y aun necesario agregar la 
nuestra, pero que no podemos ignorar ni despreciar, 
como afectan liaceilo muchos de nuestros poetas jó- 
venes. Muchas de las pretendidas innovaciones de 
forma de los poetas nuevos, no descubren ningún sen- 
tido nuevo de musicalidad del verso. No basta dislo- 
car, descoyuntar los versos para ser creador de formas 
nuevas y originales. . . 

Hay en "Raíz salvaje" algunos cuadritos, notas im- 
presionistas, exentos de pirolijas descrípcionea, sin- 



[80] 



LETRAS imUGUAYAS 



gularmente bonitos. El remanso ¿el arroyo, orillado 
de mimbres, cuenco maravilloso cd cuyo cristal on- 
dulan las Imágenes, tiembla y se desfleca la luz este- 
lar; los álamos que en la llanura agrietada por la 
seca esperan ramoreando el mensaje jubiloso de la 
lluvia; el bosque en perpetuo reverdecer cuyas ramas, 
una y otra vez amputadas por el hacha, retoñan y 
suben en busca de la luz con optimismo eternamente 
lozano; el sendero nuevo que parece correr limpio y 
claro como una cinta de agua . . . otros aun, cada 
uno con su nota de sentimiento personal. Entre las 
composiciones mejores del libro me placen "El nido", 
tan humano; "Cenizas" que, con menos grandeza, 
con menos amplitud y vigor de pensamientos, pero 
exquisitamente todavía, reproduce y renueva la me- 
ditación de un tema eternamente humano que inspiró 
a Guerra Junqueiro un poema inolvidable de "Loa 
simples" sobre la muerte de un castaño centenario; 
"Nodie de lluvia*', en cuyos versos gotea toda el alma 
musical de un paisaje nocturno . . . 

Juana de Ibarbourou tiene escrito un libro para 
niños, un libro de lecturas escolare?. Alguien, cuyo 
gusto es para mí muy seguro guía, me ha elogiado cá- 
lidamente el acierto de ese bbro en el que la poetisa, 
atraída por la maternidad hacia la infancia, muestra 
el don no aprendido de dialogar delicadamente con 
las almas infantiles. He leído una página suelta in- 
cluida en la nueva edición de "Cántaro fresco". Se 
titula "Una madrugada" y es un coloquio, de admi- 
rable ingenuidad y candor, que entablan árboles, yer- 
bas y cosas inanimadas que cobran voz para decir 
la alegría del amanecer. 

Fuera del breve y encantado círculo en el que se 
mueve la poesía de Juana de Ibarbourou, hay mun- 



[Bl] 



GUSTAVO GALUNAI. 



dos que ignora. Podemos preferir poesías más com- 
plejas, más profundas, más ricas en exaltaciones es- 
pirituales. Acaso alguien reprochará a las poetisas 
como ella el haber robado al amor ylgo de su miRte- 
rio. Pero nadie dejará de gustar su obra amable y 
clara. Manuel Gálvez se pregunta en el prólogo de 
"Lenguas de diamante" si acaso bu limitación no es 
representativa. "¿No está acaso de acuerdo el amor 
de loa sentidos y no del alma con la idiosincrasia de 
nuestro ambiente, donde no existen inquietudes espi- 
rituales?..." No lo creo. Ya hoy entre nosotros sue- 
nan en la literatura voces femeninas dignas de aten- 
ción y simpatía y enteramente diversas. Y, segura- 
mente, si como todo parece augurarlo, el ambiente 
social empuja cada día más a las mujeres a las acti- 
vidades literarias e intelectuales, la poesía femenina 
ae ensanchará y enriquecerá, como en otras partes. 
Habrá entonces quienes den expresión lírica a sen- 
timientos, ideas, inquietudes religiosas, sociales, huma- 
nas, infinitas variaciones y matices, que laten vivos 
en las almas y son fuentes posibles e inagotables de 
poesía. 



1922. 



LA VIDA LITERARIA URUGUAYA EN 1925 



Ningún escritor uruguayo ha logrado mayor fama 

ni más ferviente consagración que José Enrique Rodó. 
Popular no fue nunca, ni siquiera en su país natal; 
pero conquistó las minorías intelectuales y selectas de 
los pueblos de habla castellana. Como suele aconte- 
cer cuando surge en un ambiente reducido una per- 
sonalidad de esa talla, hacia su gloria convergieron 
preferentemente las miradas, distraídas más de lo 
justo de la contemplación de otros escritores que in- 
tegran un grupo de nobles y elevados espíritus, ho- 
nor de las letras uruguayas. La idea de la federa- 
ción moral de los pueblos de América, inspiradora de 
elocuentes escritos, largamente glosada en discursos 
de poetas y de políticos, y, según algunos, iiunanente 
de la subconciencia de los pueblos destinados a cons- 
tituirla, se compadece en la realidad presóte con el 
más craso desconocimiento mutuo. Por natural dere- 
cho inherente a su jerarquía asumió Rodó la repre- 
sentación espiritual de su patria ¿e origen, sobre la 
que derramó singular prestigio. Fuera de fronteras 
fue para muchos el representante único y exclusivo de 
ella. Así Gonzalo Zaldumbide, en su hermoso y sa- 
gaz estudio de la obra del maestro, estampa la afir- 
mación de que fue Rodó el único escritor de veras 
grande del Uruguay y de que en la literatura de su 
pueblo "ni le preparan antecesores, ni le rodean seme- 
jantes". Ningún desviado prurito patriótico me im- 
pulsa a contradecir esta afirmación: los intereses ea- 



[83] 



GUSTAVO GALLIHAI. 



pintuales y superiores de la patria se sirven con la 
verdad; es deleznable entre todas las empresas vanas 
que un crítico puede acometer la de erigir ídolos de 
barro. No me siento, pues, tentado a redactar en res- 
puesta, una larga lista de candidatos a la inmortali* 
dad. Creo, sí, que ante los ojos del historiador lite- 
rario. Rodó no se destacará como una figura sólita- 
ria en su tiempo y en su ambiente. La crítica, preo- 
cupada de acopiar materiales para la futura historia 
literaria y de intentar el primer desbrozamiento del 
camino, debe acometer también la ordenación provi- 
sional de la visión panorámica de los fecundos años 
de surgimiento espiritual que corren desde las postri- 
merías del pasado siglo hasta la hora presente. Aún 
llega viva hasta nosotros la luz que irradiaron algu- 
nos de los espíritus extinguidos de la constelación en 
la que fue Rodó estrella de primera magnitud. Flo- 
rencio Sánchez, por quien se movieron por vez prime- 
ra en el tablado rioplatense personajes amasados con 
arcilla humana penetrada del aliento vital de los crea- 
dores; Delmira Agustini, vida trágica, obra febril que 
dice la tristeza de la carne insaciada y del espíritu 
que se debate preso en la cárcel de la materia; JuUo 
Herrera y Reissig, puro lírico, tan querido por las 
nuevas generaciones; Rafael Barret, que no fue uru- 
guayo de nacimiento, pero que produjo entre nosotros 
buena parte de su obra de ensayista fragmentario y 
pensador original y rebelde , . . Un grupo de indivi- 
dualidades literarias dignas de interés y de estudio. 
La obra de Rodó no emerge como aidado pico en 
la platitud de una llanura sin relieves; otras hay que 
la acompañan y respaldan en su ascensión. Restable- 
cer la ecuánime perspectiva total es la obra de la crí- 



[Ml 



UrmAS UBUQUAYAS 



tica serena. Desde luego, reconozco por incompleta y 
parcial la visión sintética de este articulo demasiado 

breve y que no abarca sino algunos géneros de la 
producción literaria de la presente hora. Junto a per- 
sonalidades consagradas por obras ya desde hace tiem- 
po difundidas y que han alcanzado au culminación, 
agrupo algunos, no todos, los hombres distinguidos 
de la legión numerosa de los nuevos, rica en sazona- 
das reaiidadea como en promesas ciertas. Los noví- 
simos serán omitidos en esta reseña. Los vacíos, de* 
masiado vastos, que tiene, serán llenados paulatina- 
mente por los artículos de información y de crítica 
que periódicamente publico en La Nación. 

Juan Zorrilla de San Martín es el rapsoda de las 
tradiciones patrias. Algo del Zorrilla de las leyendas 
castizas y los poemas de raza hay en este Zorrilla 
nuestro, poeta de América con ideas de antiguo hidal- 
go españoL Católico, de cristiano pensar y sentir, im- 
pregnado de tolerancia y de humana comprensión, 
señor hospitalaria que sienta a su mesa una descen- 
dencia de patriarca, pobre de bienes materiales pero 
rico de los espirituales, el "Don" suena como ins^a- 
rable complemento de su apellido procer con sabor a 
rancio solar de la montaña. Don Juan Zorrilla de San 
Martín ha erigido una obra recia y entera. Las nuevas 
generaciones literarias que aceptan como consigna 
el precepto que manda "torcerle el cuello a la elo- 
cuencia", no admiran tanto como las pasadas la "Le- 
yenda Patria", la poesía patriótica, cívica o civil, más 
popular de nuestro Parnaso. Ha de sobrevivir, sin 
embargo, a las mutaciones del gusto ese canto de acen- 
to imperioso que tiene el vigor saltante del verso 
pindárico. Es la elocuencia uno de los más íasci- 



[85] 



GUSTAVO OAUJKAL 



nantes dones humanos; hay viril elocnenóa, y hay 
poesía, en esa oda que llega hasta nosotros saludada 

por \os aplausos de varias generaciones. Los ensueños 
románticos, las vagas y flotantes aspiraciones de una 
época de exaltación y de renovación espiritual, tie- 
nen digna voz en *'Tabaré'\ La enigmática estirpe in- 
dígena está pintada con pincel realista sólo en algu- 
nos episodios del poema. Tabaré, el imposible cha- 
rrúa de ojos azules, se desliza como una sombra en- 
sangrentada, hecho de la materia con que se forjan 
los sueños; como realidad intangible, tal como los 
gauchos y los indígenas soñadores que otros escrito- 
res del romanticismo hicieron mover en dramas y 
novelas, artificiosas figurillas cuyos hilós son visibles 
a poca luz; pero, en labios de Tabaré, un alma lírica 
desborda en lindas canciones de americano acento. £1 
paisaje es en el poema un estado de alma; la emana- 
ción de la tierra uruguaya se levanta en sus versos, 
más musicales que plásticos, a veces endebles, otras 
entonados y altos, que imitan el gracioso abandono y 
desaliño becquerianos en los pasajes líricos. En algu- 
nos de éstos las ideas parecen diluirse en el nimbo o 
halo dorado que circunda los versos, y las palabras 
tiemblan cargadas de inefables sugestiones. Completa 
el tríptico central de la obra de Zorrilla, *'La Epopeya 
de Artigas", el libro histórico en él que condensó to- 
das las savias de su colmado otoño. Historia ésta, 
concebida al modo heroico y no critico, didáctica en 
un sentido peculiar de exaltación cívica; obra escrita 
para plasmar y tonificar el sentimiento de la nacio- 
nalidad realzando sus fundamentos históricos. Tres 
obras fundamentales, triple ofrenda del poeta al es- 
píritu nacionaL Tiene Zorrilla páginas bellísimas es- 



[86] 



LETRAS URUGUAYAS 



parcidas en sus libros menores. Aígunas de su reciente 
"Sermón de la Paz" son frescas y fragantes; aún ani- 
dan los pájaros cantores en las ramas del ombú fa- 
miliar que da sombra a la casa del Tiejo y queiido 
poeta. ¡Sea por muchos años! Don Juan Zorrilla de 
San Martín preside la vida literaria de] Uruguay. 
Nuevas generaciones se adelantan y pregonan otros 
ideales estéticos, más complejos, más refinados; pero 
él es por unánime consenso, el poeta nacional por 
excelencia. 

En la cátedra universitaria ejerce desde hace mu- 
chos años su magisterio el Dr. Carlos Vaz Ferreira. 
Profesor en tiempo de filosofía en la Enseñanza Se- 
cundaria, su aula era uno de los contados oasis que 
se abrían en la árida vida universitaria de los años 
en que me tocó pasar por aquella casa de estadios. 
Es Vaz Feneira de los pocos hombres snperioreg que 
se han dedicado a la enseñanza con vocación indecli- 
nable y primordial. Ha sido fatakdad de nuestra du- 
rante mucho tiempo inquieta vida social, y resultado, 
para la Universidad poco apetecible, de los precarios 
estímulos que han existido para el ejercicio del pro- 
fesorado, que casi todos los hombres de elevada men- 
talidad hayan emigrado después de efímero pasaje 
por los claustros al campo más resonante y abierto 
de la vida pública. Hombres como Martín C Martínez, 
Luis Mehán Lafinur, Juan Andrés Ramírez han sido 
aves de paso por la Universidad. Algo comienza a 
cambiar esto en los últimos tiempos. Carlos Vaz Fe- 
rreira ha mantenido viva en su cátedra la pasión por 
las especulaciones filosóficas. Para nosotros sus dis- 
cípulos, el prestigio de su persona y de bu palabra 
aparecían realzados por bu probidad intelectual, su 

[873 

8 



GirSTAVO OALLINAI. 



inquieta ansia de saber que confinaba con la angustia 
mental y parecía reflejarse en los móviles rasgos de su 

fisonomía, de una vivacidad, de una nerviosidad ex- 
traordinaria y sellada por una expresión de melanco- 
lía. Antea de meditar su "Moral para intelectuales" 
y su "Lógica viva" fui su atento discípulo en clases 
de interés nunca languidecido. Entonces, hace ya más 
de quince años, profesaba el culto del '*gran cons- 
tructivo Spencer", de quien muy luego se apartó. Su 
escalpelo crítico de acerado temple y agudísimo filo 
se hundía profundamente en doctrinas y sistemas. De- 
ficiente en sus gustos literarios, carente del sentido 
de los clásicos, ha debido soportar en lo que toca a 
su acción magistral, el reproche de ser no más que 
un profesor de duda y de vacilación. Es, sin duda, en 
primer término, una mentalidad crítica. Pero, aun los 
que no aceptamos dócilmente sus enseñanzas ni sus 
métodos, lo recordamos con respeto no exento de gra- 
titud, por la parte que tuvo en nuestra formación 
intelectual, por el amor a laa ideas y el afán de estu- 
dio que Se esforzó por inculcarnos con su palabra y 
con su ejemplo. Los "Poemas de la Libertad", obra 
trunca, está en el vértice de su labor filosófica. Autor 
de originales concepciones pedagógicas, ha suscitado 
problemas delicados y vitales y ha propuesto solucio- 
nes en estudios preñados de vistas agudas y penetran- 
tes. Suele en sus escritos descuidar la forma y en- 
tregar a la prensa apuntes, sentencias, notaa; su ideal 
no es el de los constructores de sistemas y armoni- 
zadores de concepciones. Emplea un término muy per- 
sonal: sembrar, desparramar ideas "ferméntales", ob- 
servaciones, criticas, sugestiones, en las que el pen- 
samiento no esté cristalizado, sino vivo, capas de en- 



[88] 



IJrrRAS URUGUAYAS 



trañarse como activa levadora en los espíritus jóvenes. 
Una de sus preocupaciones de maestro es la de ense- 
ñar a pensar, la de provocar en cada uno de sus dis- 
cípulos la elaboración del pensamiento propio. De- 
sempeña hoy el cargo de maestro de conferencias en 
la Universidad, cargo de una agotiadora labor sin 
alegría, desde la cual imagino que más de una vez ha 
de añorar, como sus oyentes, su magnifica clase de 
filosofía de la Enseñanza Secundaria, Es Carlos Vaz 
Ferreira un maestro de acción espiritual intensa. La 
infiltración persistente de sus ideas y de sus métodos 
en varias generaciones de discípulos que se han su- 
cedido en torno de su cátedra, es factor primordial 
sin cuyo detenido estudio y valoración sería incom- 
prensible nuestra vida intelectual presente. 

Vive alejado de la tierra nativa Carlos Reyles, el 
eximio novelador. Espíritu dinámico, refinado y cu- 
rioso artista, fue de los primeros en abrirse a las au- 
ras de renovación que en las postrimerías del siglo 
provocaron el complejo movimiento modernista. En 
sus comienzos formuló un nutrido programa de ac- 
ción rural, de política liberal y positiva fundada sobre 
el repudio de todo hueco idealismo verbal. El idealis- 
mo pálido y sin programa ha sido, en ensayos y no- 
velas, blanco de sus dardos. Sus ensayos **La Muerte 
del Cisne" y "Diálogos Olímpicos" son mucho menos 
originales e interesantes que sus novelas; en "Loa 
Diálogos Olímpicos", particularmente, hay páginas de 
excesivo mal gusto. £1 artista ha vertido en sus crea- 
ciones los amargos filtros de sus filosofías. Intensa 
novela, "La Raza de Caín''; hermoso cuadro de la 
vida nacional el que, entre algunas disertaciones de- 
masiado lentas, se desenvuelve en "El Terruño"; el 



[8d] 



GUSTAVO GALLINAL 



alma andaluza (sangre, voluptuosidad y muerte, como 
en la interpretación de Barres) palpita con ardiente 

latido en "El Embrujo de Sevilla". Escribe Reyles una 
prosa henchida de sustancia y llena de expresiva 
energía. 

Ha culminado hace años en sug obras más recias 
el talento de Javier de Viana. No permanece quieta 
ni enmohecida su pluma; se prodiga en una labor 
periodística apresurada dispersando como al desgai* 
re en las columnas de periódicos y revistas, artículos, 
casi siempre dialogados, en los que de tanto en tanto 
ruedan confimdidos, sabrosos fragmentos y chispean- 
tes expresiones. Es de sus primeros tiempos la serie 
de cuentos que lo destacan como observador zahori 
de la existencia de nuestros campos. Nadie ha pene- 
trado en las reconditeces incultas del alma gaucha 
como este Gorid criollo. — repito con alguna reser- 
va la frase — maravilloso narrador en cuyos relatos 
hallan sus numerosísimos lectores presentes, y halla- 
rán sin duda los venideros, que no han de faltarle, 
tesoros de observación, tipos descuajados de la can- 
tera de la vida real, figuras y escenas en las que 
parece revivir y agitarse la vida de nuestra campaña. 
La novela uruguaya tuvo su precursor en Alejandro 
Magaríños Cervantes, el primero que tentó en *'Cara- 
murú" el romance heroico del gaucho. Lo que soñó 
Magaríños la realizó Eduardo Acevedo Díaz, el crudo 
y romántico novelista de "Ismael" y de "Soledad", 
con algo de Zola y algo de Hugo. Sus narraciones del 
ciclo de la emancipación nacional son épicas histo- 
rias de centauros que se debaten en episodios san- 
grientos entre una naturaleza hirsuta y bravia, cua- 
dros agrandados por la visión deformadora del poeta. 
Cuando acomete otros asuntos decae au inspiración. 

C90] 



LETRAS URUGUAYAS 



Javier de Viana es hondo observador, genuino intér- 
prete del alma del moderno habitante de los campos; 
anuncia ahora una novela en que estudiará el tipo 
del indígena. Carlos Reyles es entre los nuestros el 

artista más culto, mág moderno, más complejo, que 
ha intentado alzar la novela hacia las formas del arte 
universal. 

A este grupo será preciso incorporar a un artista 
más joven, que es un maestro en el cuento: Horacio 

Quiroga. De orígenes modemislas, como muchos otros, 
autor de cuentos de imaginación crueles y atormen- 
tados, este artista, curioso de morbosas sensaciones, 
ha evocado, en narraciones que parece grabadas al 
agua fuerte, los paisajes argentinos de la selva mi- 
sionera, ha hurgado en las almas humanas que se 
retuercen en los lindes de la inconciencia y de la 
animalidad, y también ha intentado interpretar las 
oscuras almas animales en admirables relatos que, 
como los de "Las Tierras Vírgenes'* de Rudyard Ki- 
pling, evocan las potencias elementales de la selva y 
de la naturaleza salvaje. 

Entre los escritores más recientes, a cuya labor será 
preciso prestar atención, citaré a Montiel Ballesteros. 
Consagrado a la narradón, después de algunas ten- 
tativas poéticas fugaces, ha producido Montiel Ba- 
llesteros "Fábulas y cuentos populares*' de agradable 
lectura, de prosa sencilla que transmiten una impre- 
sión personal de hombres y paisajes; hay algunos 
cuentos de buena observación en "Alma nuestra" y 
"Cuentos uruguayos". Su último libro, una novela 
que titula "La Raza" evoca el ambiente de los cam- 
pos sáltenos en torno a la figura protagonista del 
mayoral de diligencíaBi Rosas; el de Montevideo y 



[»] 



GUSTAVO GALUNAL 



Se algén pueblo de campaña es el escenario en que 
se mueve la de su hijo Mar)0 Rosas; presenta el 
contraste de estas dos vidas, la una petrificada en los 
cauces de la existencia rutinaria, la otra sacrificada 
a la sed de ideal, de un ideal que la vida enloda y 
pisotea; por una solución inesperada y consoladora, 
el triunfo postumo del pobre soiíador derrotado da el 
oro que salva a los suyos de la rutina. "Los artistas 
materiales, dice definiendo su intento, fundieron el 
cuerpo fuerte; los obrcrn-i de hoy* no con bronce, 
con ezul, han de esculpir el alma". Montiel Balleste- 
ros ha querido infundir en algunas de sus narraciones 
un sentido de protesta contra el quietismo social. 

Justmo Zavala Muniz ha editado un solo libro: la 
crónica de un hombre de su estirpe, de su abuelo Jus- 
tino Muniz, caudillo de las gestas bárbaras de la gue- 
rra civil. Libro polémico, de pasión y controversia, 
está escrito en prosa incorrecta y desaliñada. Consi- 
derado como valor artístico, que es el único que ahora 
me interesa, diré que tiene escenas realzadas con tra- 
zos fuertes y eficaces, y que perfila con indudable 
vigor y colorido una figura de caudillo no desprovista 
de cierta fiera y primitiva hermosura, sobre cuya ca- 
beza parece soplar un viento de tragedia. 

En poesía es éste un momento floreal. Falta quien 
pueda ser llamado en la cabal entereza del término el 
poeta representativo de la hora. Pero hay un intere- 
sante grupo de escritores y algunas corrientes muy 
definidas y claras. Entre loa hombres que ye hicieron 
su obra y que ahora guardan silencio, por lo menos 
como poetas, está Carlos Roxlo. desconocido o nega- 
do por las generaciones nuevas. Su variada obra, en 
la que hay mucha parte improvisada y apresurada. 



[92] 



LETRAS URUGUAYAS 



requiere una severa selección. Pero aunque Roxlo no 
fuera sino el cantor del delicado poemita "AndreslUo" 

y de un manojo de composiciones que sería preciso 
entresacar de eua recopilaciones, habría que recono- 
cerlo por poeta, si no muy original, por lo menos 
muy distinguido entre los anteriores a la renovación 
modernista. Poeta enamorado de las cosas nativas, que 
ha cantado con emoción sincera y ha pintado con 
una paleta que por su riqueza recuerda la opulencia 
meridional de Salvador Rueda, su hermano andaluz. 
Huchas dísgresiones inútiles contiene su demasiado 
abundante "Historia de la Literatura Uruguaya", es- 
crita en prosa oratoria y redundante, empenachada de 
imágenes que hacen más fatigosa su lectura; un cri- 
terio de benevolencia sin límites la invalida como ten- 
tativa crítica. Hay sin embargo en ella capítulos que 
deberá leer quien desee estudiar el desenvolvimiento 
de la vida intelectual del país. Carlos Roxlo es un 
estudioso con frecuencia seriamente informado. Hom- 
bre público, parlamentario, periodista, ha prodigado 
generosamente su esfuerzo y merece la consideración 
y el respeto de las nuevas generaciones por la auste- 
ridad de su vida cívica y la hidalguía de su carácter. 
El crítico no enfeudado en ninguna escuela podrá se- 
parar algunos sonetos de entre las frondosidades ver- 
bales del último libro de Guzmán Papmi y Zas, en 
quien se refleja también en nuestro ambiente algo del 
desborde torrencial de colores y del lujo desbordante 
de metáforas de Salvador Rueda. 

Correcto, cuidadoso de la forma, Emilio Frugoni 
ha sido un poeta de intimidad y de suaves tintas, cu- 
yas primeras composiciones reflejaban la placidez bur- 
guesa de una vida contemplativa. Frugoni es, sin em- 



[931 



GUSTAVO QALUNAL 



bargo, un luchador y un tribuno socialista que ha 
dispersado una obra múlliple a los vientos de la plaza 
pública. En mi estimación el orador está máa alto 
que el poeta. Quiso, ha poco años, realizar en "Los 
Himnos" poesía social, de imprecación y de combate, 
Pero en su último libro "Poemas Montevideanos" re- 
surge el rimador tranquilo de los libros adolescentes y 
copia el alma burguesa de la ciudad nativa en cuadri- 
tos, no todos limpios de prosaísmo, pero algunos con 
color y real acierto. Hay algo del realismo de Coppée 
en este escritor que, a la edad en que otros se repiten 
ya. renueva su técnica de tal suerte que "los nuevos" 
le reconocen por uno de los suyos. 

La creación de una poeaia de acento nacional, que 
anhelaron los escritores de las generaciones románti- 
cas, es ensueño perseguido por rutas diverjas por al- 
guno$ escritores de la nueva hora. Quien quiera gus- 
tar el sabor de las esencias nativas en libros de hoy, 
abra los de Juana de Ibarbourou, de Fernán Silva 
Valdés o de Pedro Leandro Ipucbe. 

Juana de Ibarbourou es sin duda el más delicado 
carácter femenino de la literatura uruguaya. Tuvo re- 
presentantes la literatura femenina entre nosotros ya 
en la primera antología, en aquel ingenuo Parnaso 
Oriental o Guirnalda poética de 1825; pero cobró real 
valor estítico con la aparición de Maria Eugenia Yaz 
Ferreira y, posteriormente, de Delmíra Agustini. Jua< 
na de Ibarbourou, séame lícito expresar conceptos ya 
vertidos en otra ocasión, ha descubierto la originali- 
dad, no en los retorcimientos y contorsiones atormen- 
tadas del verbo sino por los caminos de sinceridad y 
de sencillez. Su temperamento literario está impreg- 
nado de simpatía y de femenina ternura hacia las vi- 



1941 



LETRAS DSUGUAYAS 



das amorosas y humildes que rodean su existencia 
cotidiana; como un rocío se esparce sobre ellas su 
amor. Hay en sus libros en verso composiciones írea- 
cas y perfumadas como rosas. Hay algunas delicios.as 
prosas poéticas en "El cántaro fresco", Heno como de 
un agua cristalina sacada del aljibe del patio familiar. 

Los triunfos de estas escritoras han provocado la 
aparición de una literatura femenina relativamente 
copiosa; surge cada poco tiempo alguna joven poetisa 
que ofrece un nuevo libro al público. Hay que señalar 
en buena parte de esa producción, orientada hacia un 
tema único, la pobreza de vida intelectual, la ausencia 
de hondo fervor de espíritu. Prevalece una concep- 
ción puramente sensual del amor, que parece prolon- 
gar, sin las notas inspiradas que la realzan, la in- 
fluencia principalmente de la poesía cálida y febril de 
Delmira Agustini, temperamento excepcional y mor- 
boso. Hay derecho a esperar que no se reducirá tan 
sólo a eso la revelación del alma femenina de la fu- 
tura poesía. Muchas esperanza se malograrían si fue- 
ra verdad que las poetisas estuvieran condenadas a 
oscilar entre loa versos blancos falsamente ingenuos 
y esos otros en que se divinizan loa instintos y las 
sensaciones. Una literatura femenina en la que el pu- 
dor llegara a ser una palabra vacía de sentido, sería 
factor de desorganización moral y de anarquía sen- 
timental. 

Femán Silva Valdés abandonó la manera de sus 
libros primeroB, influidos por el preciosismo moder- 
nista, para escribir, sobre temas nacionales, "Agua 
del Tiempo". Es un pulido soneto, que bien vale un 
articulo critico. Eduardo Dualde celebra que la musa 
de Silva Valdrá haya huido de loa parques versalles- 



[95] 



GUSTAVO GALUNAI. 



eos 7 olvidado los modos cortesanoa para lucir su 
garbo y bizarría al aire libre bajo el claro sol del 
terruño. Y asi dice: 

Hoy tu musa está libre de ridiculas cargas. 
Aun es blanca su carne, pero u?a trenzas largas 
Y es tnáa bella en su clara sencillec de percal. 

Hago mío el elogio, sin discutir lo apropiado de la 
comparación femenina, aplicada a poeta de tan va- 
ronil acento. Acaso a Silva Valdés le agradaria ser 
llamado payador. Sea: pero payador de nuevo estilo, 
ciudadano, artista moderno, que ha sentido la her- 
mosura rústica de las cosas de su tierra y la ha ex- 
presado, a veces con buscada dureza y alarde de as- 
pereza masculina, pero en notas originales, en cuadri- 
tos con mucho color y sentido plástico, adornados de 
lindas imágenes. Ha conseguido hacer "madre de un 
canto nuevo" a la guitarra nacional que no ba mucho, 
al tiempo de morir, dejó caer de las manos "El Viejo 
Pancho" el hondo payador de "Paja Brava". 

Hay también genuino sabor nativo en los versos de 
Pedro Leandro Ipuche, escritor desigual y poco ar- 
tista, cuyas mejores composiciones tienen crudo e in- 
tenso realismo y emoción muy personal y directa. 
Ipucbe pone en sus estrofas recuerdos y emociones de 
sus correrías de infancia en los campos natales del 
Olimar. 

Fuerte, vivo, violento, de gustos poco depurados, re- 
dundante, y a veces cargado de turbia retórica, pero 
otras inspirado y alto, Carlos Sabat Ercasty tiene una 
densa producción de la que destaco "El libro del Hom- 
bre" y "El libro del Mar". Viéndole estrecho el ceñi- 
dor del verso vuelca muchas veces sua inspiraciones 

t&63 



LETRAS UBUGUAYAS 



en anchos y resonantes versículos que recuerdan a 
Walt Withman. Su ideología panteista denuncia a un 
lector de viejos libros de Oriente; poseído de fogoso 
amor por la vida, capaz de sentirse en comunión con 
las fuerzas elementales y eternas de la naturaleza, deja 
percibir en sus versos un latido sensual profundo. 

Es casi un ignorado en él medio Roberto Síenra, 
que I vive alejado de los cenáculos y escribe ajeno a 
laa modas literarias. Su producción es muy escasa; 
cuatro o cinco opúsculos de prosa y verso en los que 
cualquier buen catador podrá saborear algunas de las 
más finas páginas de nuestras letras contemporáneas. 
En "Naderías" hay. perdidas entre otras inferiores, al- 
gunas composiciones de musicalidad tenue que com- 
ponen el monólogo de un alma solitaria y sensitiva, 
corroída por la duda y con algo de la ironía amarga 
y desengañada de Heme. Ha escrito también Sienra 
breves prosas diáfanas y suliiesj en las que diserta 
sin alardes crítidoa sobre San Juan de la Cruz, para- 
frasea versos de Verlaine o traza caprichosa semblan- 
za de Tax, el humorista montevideano. . . Todo, prosa 
y verso, como dicho en voz baja, a la sordina; todo, 
de esfumados tonos oro y rosa pálido. He comentado 
hace pocos días en estas mismas columnas la obra de 
Emilio Oribe; me creo eximido de la tarea de repe- 
tirme ahora. Tras éstos y otros escritores llegados a 
sazón se adelantan los novisimoa, l^ón entusiasta y 
ruidosa. 

La crítica literaria, enriquecida y ennoblecida des- 
pués del paso de Rodó, se abre camino, marcando 
una reacción, que irá acentuándose seguramente, con- 
tra la crítica niveladora e incompetente de los gaceti- 
lleros. Se trabaja en la valoración de la producción 



[97] 



i 



GUSTAVO GALLINAL 



intelpclual pagada y presente del país. El doctor Os- 
valdo Crispo Acosta, catedrático de literatura en la 
Universidad de la República, ha publicado con el seu- 
dónimo de Laiixar algunos libros, escritos con fines 
didácticos, en loa que hay páginas de sagaz análisis 
y de prosa elegante sobre Garlos Reyles, José Enrique 
Rodó, Rubén Darío, Juan Zorrilla de San Martín . . . 
Es Lauxar un crítico ponderado, de erudirión bien 
asimilada, al que suelen faltar algo de sensibil dad y 
de íntimo calor. Ejerce la crítica militante desde las 
columnas de la prensa diaria. 

Alberto Zum Feldc, buen prosista que escribe con 
nervio y vigor movido del deseo de intentar la revisión 
de valores y contribuir a establecer jerarquías legíti- 
mas en la vida intelectual Ejerce la facultad de fuzgar. 
dice clara y netamente su opinión sobre los libros y 
autores. No siempre, sin embargo, muestra la ecuani- 
midad necesaria para tan delicada tarea, ni se levanta 
sobre las limitaciones de grupo y de escuela. Su "Crí- 
tica de la literatura uruguaya" contiene una visión 
incompleta de la vida literaria del Uruguay. E<! un 
cuadro histórico muy deficiente donde los hombres 
como Larrañaga, Andrés Lamas, Francisco Bauza y 
Carlos María Ramíre:? no tienen sino una fugaz men- 
ción o no están siquiera mencionados. La parte mejor 
de esta obra son los artículos sobre literatura contem- 
poránea, algunas semblanzas bien perfiladas. Existe 
publicada en la 'Tlévuc Hispanique" un rápido estudio 
de útil consulta sobre la historia literaria del país, que 
escribieron en colaboración Ventura García Calderón 
y Hugo D. Barbagelata; trae algunos retratos trazados 
con fineza y una información bastante nutrida. En 
cuanto a la ''Síntesis de la literatura" publicada en la 



C98] 



LETRAS URUGUAYAS 



"Revista Histórica" por Benjamín Fernández y Me- 
dina, es un trabajo muy somero y meramente infor- 
mativo. 

Entre los ensayistas citaré .a Luisa Luisi cuyas pro- 
sas, a mi juicio, aventajan a sus versos, y que ha pro- 
ducido algunos buenos estudios críticos; a Víctor Pé- 
rez Petit de cuya vasta labor critica destaco ahora su 
ensayo biográfico sobre Rodó; Alberto Lasplaces, au- 
tor de "Opiniones Literarias" y *'La buena cosecha" 
es un escritor estudioso que ha escrito algunos exce- 
lentes comentarios. De José Pereira Rodríguez conoz- 
co sólo algunos artículos aislados que lo destacan como 
un comentador fino y preparado. Mario Falcao Es- 
palter, de formación española y clásica, escritor abun- 
dante y desigual, ha publicado, entre otros trabajos 
útiles y eruditos de investigación personal, una biogra- 
fía de Bartolomé Hidalgo, el primer poeta gauchesco 
del Rio de la Plata, que debe ser consultada junto al 
bello estudio de Martiniano Leguizamón. José G. An- 
tuña es delicado poeta y elegante prosista. Ariosto 
González, discípulo del Dr. Luis Melián Lafinur en 
cuanto al criterio histórico, es un trabajador refle- 
xivo y joven en cuya labor cabe poner grandes espe- 
ranzas. Hay hermosas páginas en los primeros libros 
de ensayos de Horacio Maldonado, discípulo del idea- 
lismo optimista de Hodó, perjudicado en has libros 
últimos por una labor demasiado repetida. De Adolfo 
Agorio, brioso publicista, comentador de sucesos de 
actualidad y ensayista de estilo muy personal y ju- 
goso he escrito no ha mucho en este diario; también 
de "Boy" el amable y espiritual cronista. Cerraré esta 
reseña, que confieso muy incompleta, mencionando el 
reciente libro de Héctor Roselló, profesor de la Facul- 



[99] 



GUSTAVO GALUNAL 



ted de Medicina, quien después de editar un buen 
tratado científico ae revela erudito y prosista flexi- 
ble aunque algo difuso, con un ensayo que titula **La 
emoción como imperativo..." 

Considerada en su conjunto, la vida intelectual del 
país marca todavía un gran exceso de la "vaga y 
amena literatura" de que hablaba una vez con sutil 
sonrisa D. Juan Valera. Son también demasiado esca- 
sos, en gran parte por deficiencias del ambiente, los 
trabajadores metódicos capaces de esfuerzos largos y 
silenciosos; todavía son éstas, tierras de promisión 
de los improvisadores. Pero se siente en el medio 
realzado y ennoblecido por el pasaje o la presencia 
de algunos nobles maestros que alientan a la juven- 
tud con su enseñanza y con su ejemplo, una inquietud 
innovadora que ha de sacudir cada día con mayor 
eficacia las almas inertes y las instituciones estancadas 
y estáticas, creando nuevos y fecundos focos de estu- 
dio y de cultura. Ellos servirán de refugios y de cam- 
pos de acción a las vocaciones desamparadas. Muchos 
espíritus jóvenes se orientan hacia el estudio de las 
cosas nacionales. Por lo que tiene de realidades ya en 
flor y por lo que trae de claras esperanzas, es una 
hermosa hora en la vida intelectual del país, ésta que 
cierra la primera centuria de vida a partir de la gesta 
gloriosa de 1825. 

25 de agosto de 1925. 



[100] 



EN TORNO A LA OBRA DE 
JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



VN UBRO EN PREPARACION. 
*%A PROFECÍA DE EZEQÜIEV 

Mientras el Dr. Juan Zorrilla de San Martín busca 

entre sus manuscritos algunos fragmentos para expli- 
carme el plan de su futuro libro, miro detalladamente, 
para transmitir mi visión a los lectores, su estudio, 
bien conocido para mí, lugar de ambiente hospitala- 
rio y cordial Trabaja el poeta en un escritorio abru- 
mado bajo una inmensa y desordenada carga de li- 
bros y papeles. Algunas efigies familiares, destacán- 
dose graves desde sus lienzos rugosos encuadrados en 
marcos de caoba, presiden la estancia. Sobre una bi- 
blioteca hay un busto de Artigas, Reconozco, disper- 
sos aquí y alli, varios retratos ; de los pontífices Be- 
nedicto XV y Pío X y el de Cariyle luego, la expre- 
siva cabeza de] filósofo inglés, orlada de cabellos 
blancos y cuyos ojos parecen vibrar de mirada vivaz 
bajo los espesos arcos de las cejas. Colgado en uno 
de los muros un cuadro reproduce la escena final de 
Tabaré: sobre el grupo de tamaño casi natural, pin- 
tado de vivos colores, un poco frío y teatral, no flota 
aquella fina niebla de emoción que ge desprende de 
los musicales versos del poema. Anoto todavía dos pe- 
queños paisajes. Representan dos aspectos de un sitio 
de la costa montevideana, cerca de Punta Carretas. 



[ 101 ] 



GUSTAVO QALLINAL 



El más alto, una clara mancha de color, lleva la firma 
de Carlos María Herrera. Aparece en él aquel lugar 
tal como era antes que la rambla costanera abriese 
una nueva y frecuentada vía. El transeúnte que pasea 
poT allí puede ahora ver, descollando entre las copas 
verdes de algunos árboles, la blanca torrecilla o mi- 
rador de una casa. En ella el Dr. Zorrilla de San Mar- 
tín ha concebido y escrito buena parte de "La Epo- 
peya de Artigas". Se columbra desde allí, inundada 
de luz. amplisima, una serena perspectiva de mar y de 
cielo. Y, desde la cercana vuelta de la rambla, puede 
el paseante contemplar también la ciudad, más allá 
de la co<!ta donde las aguas tejen randas de espumas 
entre rocas de ferruginoso color, máa allá de la suave 
V graciosa ensenada de la playa Ramírez, oculta a 
las miradas. Montevideo visto desde allí parece apre- 
tarse escalonado sobre la cuchilla dorsal de su sa- 
Leute: mi macizo de casas sobre el que se alzan las 
copas afiladas de los cipreses del cementerio. Algunas 
torres, algunas chimeneas: admirable visión en estos 
lánguidos atardeceres de verano, cuando su quebrada 
■tilueta se proyecta fantásticamente abrasada en la roja 
llamarada del poniente. 

Con una descripción precisamente de ese sitio, que 
evoca la alegre nota de color de Carlos María He- 
rrera, se abre **La profecía de Ezequiel", Será este li- 
bro, en preparación, sobre asuntos de la guerra y de 
la paz. un hbro de múltiples faces, lleno de digresio- 
nes voluntariamente seguidas, en que el pensamiento 
se complacerá en internarse a cada paso en las sen- 
das vanas que se brindan a uno y otro lado, ramifi- 
caciones del tema vastísimo. Un libro sobre temas de 
la guerra y de la paz. Concebido e iniciado durante la 



[ 102 ] 



LETRAS UBUaiTAYAS 



guerra, sigue desde entonces en el taller del artista, 
nunca satisfecho de si mismo, jnnto con otra obra, ya 

más que abocetada y que se üama, con título también 
bíblico, "El libro de Ruth": recolección de artículos, 
pensamientos, fragmentos y meditaciones reducidos a 
unidad por la fuerte individualidad del escritor. 

Un libro sobre la guerra puede también en cierto 
modo ser un libro intimo lleno de reflexiones y de 
confidencias. Después de habei cesado en los cam- 
pos de batalla, la guerra continúa en las almas. Hay 
quienes anuncian ahora la que llaman una generación 
de revisores. La palabra suena ud tanto a pedantería. 
La vida es una perpetua revisión. La generación que 
aceptase sin revisión el legado de las anteriores, ha- 
bría abdicado de sus más nobles facultades y con- 
denádose al estagnamiento y a la muerte del espíritu. 
Pero, hijos de una época de transición, clara o con- 
fusamente sabemos todos que anidamos en el cora- 
zón sentimientos de un mundo que caduca y vislum- 
bres y reflejos de un mundo nuevo que se forma entre 
el dolor y las lágrimas. Un libro sobre la guerra, pue- 
de ser un libro personalísimo, de inquietudes esen- 
ciales, civiles, patrióticas, sociales, religiosas. Bien dice 
Emerson: "puede uno analizar su pensamiento por 
espacio de años y no ganar tanto en el conocimiento 
de si mismo como aprenderá en un día con la pasión 
del amor. ¿Quién se conoce a si mismo antes de haber 
oído una palabra elocuente o participado de la emo- 
ciúrj de millares de personas en horas de alegría o de 
alarma nacionales?" 

El título de la obra fue primero "El Canto a Aegir", 
divinidad bélica invocada en una ocasión por el em- 
perador de Alemania. Llámase profecía de £ze- 

[ 103 ] 

9 



GITSTAVO GAIXnrAL 



quieF', ahora que se aleja cada día en la distancia el 
trueno de las batallas en tanto que se desenvuelven 
sus consecuencias, superiores a la previsión de los 
hombres. ''íFroíetiza sobre esos huesos!** manda a 
Ezequiel el espíritu imperioso, en aquella terrible y 
sublime visión en que le conduce a vista de un in- 
menso campo sobre cuya haz yacen esparcidos los 
huesos áridos de los que fueron una multitud innu- 
merable de vivientes. Y Ezequiel invoca sobre ellos 
el espirita que sopla desde los cuatro vientos. 

El espíritu que ha de hacer que no se pierda para 
el porvenir la virtud expiadora del inmenso holocaus- 
to, al que la humanidad ha asistido sobrecogida, no 
es otro, para el Dr. Zorrilla de San Martin, que el 
espíritu cristiano y democrático. Esto, mucho más 
que el triunfo de eso que para mí tiene mucho de 
abstracción literaria y que llama las familias romá- 
nica y anglo-americana, paréceme el substráctum de 
la obra, hasta donde es licito juzgarlo por un cono* 
cimiento fragmentario. Esa creo que será la afirma- 
ción esencial del libro, a la que asentiría, aun dis- 
cordando de muchas de las premisas en que la funda. 

El autor es llevado a escribir páginas inspiradas 
sobre la democracia de Estados Unidos, trazando las 
siluetas de algunos de sua hombres representativos: 
Wilson, Roosevelt. el cardenal Gibbons; su comentario 
en mucha parte gira sobre una frase de Bergson. que 
hubiera asombrado como una enorme paradoja a 
aquellos, tan numerosos, que, como Renán, decían 
americanismo como sinónimo de materialismo y de 
civilización privada de los más altos y delicados va- 
lores ideales: "Lo que distingue a Estados Unidos 
es un eapiritualismo trascendental que ha&ta orilla el 



[104] 



LETRAS UBUGUAYAS 



miaticismo". Un juicio que alguna vez será interesante 
cotejar, por ejemplo, con el tan comentado de Rodó 
en "Ariel", hijo de su tiempo, como es hijo del que 

corre y antes no hubiera sído escrito, el de Zorrilla 
de S«ii Martín. Lo que caracteriza a éste es su pro- 
funda fe en la democracia del norte, y en el porvenir 
de la nuestra también, de la híapano-americana, sin 
que esto importe disimular sus imperfecciones pre- 
sentes. 

El pensamiento del Dr. Zorrilla de San Martín no 
alienta entre abstracciones. Nadie por la propia vir- 
tualidad de su temperamento más incapaz de "au- 
sentarse** de sus escritos. No por capricho o fantasía 
está "La Epopeya de Artigas" escrita en forma de 
conferencias. Es natural en él la aspiración a acer- 
car en espíritu al público desconocido de lectores es- 
parcidos y lejanos. Orador ante todo, nfxesita agru- 
par en tomo suyo el coro atento de los oyentes. Tam- 
bién en este libro se refiere así a cada momento al 
lector, al oyente. Quien haya oído a Zorrilla de San 
Martín Hablando en público y en la intimidad, puede 
apreciar hasta qué panto su prosa escrita es la pro- 
yección fiel y sincera de su espíritu y traduce los mo- 
vimientos y saltos de su palabra, de una vivacidad y 
una eficacia nerviosas y extraordinarias. Esa oratoria, 
de una firmeza de entonación largamente sostenida, 
tiene momentos de plenitud magnífica, henchida de 
emoción. Concluiría sin embargo, por fatigar si man- 
tuviera siempre la misma tesitura'*. Pero, para ali- 
vio y reposo del lector, asume en otros momentos un 
tono de amable naturalidad, de voluntario abandono. 
Alternativamente discurso y conversación, esa prosa 
hablada guarda, como un disco vibrátil, el timbre de 
la voz viva de lu hombre. 



GUSTAVO GALUNAL 



En UD sentido que no aceptarían los rígidos pre- 
ceptistas, Zorrilla de San Martín ha manifestado la 
aspiración constante a escribir epopeyas. Pienso que 
esta expresión tiene tan sólo en su mente el valor de 
una imagen, de una vaga palabra sugeridora de cierta 
grandeza y cierta poesía. El oído atento siente fácil- 
mente rodar entre el raudal de su prosa las imágenes 
de estirpe homérica: "os hablaré, dice el capítulo ini- 
cial de este libro, ¿a la paz y de la guerra, pero no 
para ésta, sino para después, para siempre. Hablare* 
mos de un extremo dd mundo 7 desde el cobertizo 
de una casa pequeña, mirando el mar de ruidos irt- 
numerables..." Sería fácil apuntar frases, epítetos 
nacidos de éstas, palabras de esa procedencia o de esa 
estirpe; oa hablará así del Plata, **hijo de las remo- 
tas montañas"; os dirá de Juana de Arco "conduc- 
tora de corderos...", se nota al lector asiduo de los 
libros eternos que alimentan de pensamientos y pa* 
labras esenciales al espíritu bumano. De pocas fuentes 
proceden muchas de sus imágenes: las Escrituras, Ho- 
mero, el Quijote, Shakespeare... Y entre loa moder- 
nos bien se nota cuáles son sus preferidos: Emerson, 
Novalis, Víctor Hugo, Amiel, Carlyle; particularmente 
este último, más cercano todavía, me parece, de su 
corazón, que de su pensamiento. Se ha contagiado 
también de la nebulosa retórica de Carlyle. 

Desde luego, que es muy fácil señalar en obra tan 

copiosa las notas falsas; y lo que hay de retórica 
también, nacida de exceso y sobreabundancia, jamás 
de sequedad y empobrecimiento; retórica abrazada a 
un árbol vívo, de ancha, verde y rumorosa fronda y 
a su arrimo, floreada, esa prosa abundante parece a 
veces rodar en el vacío, sonoramente. 



[106] 



LETRAS URUGUAYAS 



Característico también de esa prosa es, como lo es 
de sus versoB, el afán por expresar, por aprisionar en 
Is forma lo entrevisto, lo balbuceado apenas, la ger- 
minación del pensamiento en Jos hondones del alma 
"la vista de lo inaudito, el sentido de lo recóndito". . . 
Recordad la introdacción de Tabaré. Abundan asi imá- 
genes inspiradas en cosas vislumbradas apenas, o 
acaso soñadas, palabras que suenan como acordes, 
frases de su prosa que como sus versos prolongan su 
sentido en una larga vibración melodiosa. 

Hace ya muchos años que el Dr. Zorrilla de San 

Martín no escribe versos, no los escribirá tal vez más. 
Es interesante el caso de este escritor que, después de 
consagrarse poeta en sus obras iniciales y gloriosas 
"Leyenda Patria** "Tabaré", olvida para siempre la 
lira y escribe en prosa toda su producción posterior. 

¿Qué representará ese nuevo libro en la obra del 
Dr. Zorrilla de San Martín? He aquí lo que me pre- 
guntaba al abandonar la casa del autor, llevando al- 
gunos capítulos manuscritos que su amabilidad me 
confiara. Nadie como él entre nosotros ha logrado la 
ejecución de un vasto plan desenvuelto al través de 
una vida prolongada. Su obra cíclica tiene recia uni- 
dad; es una firme trabazón de sillares. "Tabaré" es 
el amanecer de la civilización en nuestro suelo y la 
palabra de piedad aobre las razas primitivas, que 
quedan en la noche. "La Epopeya de Artigas", es la 
lucha por la independencia y la formación histórica 
de la nacionalidad; y también, no menos que "Taba> 
ré", por sus bellas descripciones y evocaciones pictó- 
ricas, incorpora nuestra tierra a la geografía poética 
del mundo. "La Leyenda Patria", es el canto de triun- 
fo y el himno al trabajo al surgir la patria libre. 



[107] 



GUSTAVO GAUJNAL 



Toda su obra parece el desenvolvimiento de su mis- 
mo pensamiento central. Es el poeta nacional por ex- 
celenciaj el poeta de la tradición. Pero nuestro pa- 
triotismo de hijos de América, no puede ser un sen- 
timiento receloso y huraño. Nuestra conciencia, nues- 
tra alma, deben ser cada día más, como nuestro suelo, 
abiertas y hospitalarias. Eugenio D'Ors, el ensayista 
que ha sido recientemente nuestro huésped, personi- 
fica la tradición en la amable y clara imagen de la 
Bien Plantada. "£1 símbolo de la bien plantada es un 
árbol. ¿No decimos bien plantado un árbol que tiene 
fuertes raíces en la tierra? Sí, pero observad que las 
ramas son otras raíces, unas raíces superiores. Por 
las raíces bajas está el árbol bien plantado en la tie- 
rra. Por las raíces altas está bien plantado en el aire 
y en el cielo." (Pudo nacer este símbolo transparente 
de aquel pensamirnto de Linneo que anola Eraerson: 
"el hombre es un árbol celeste, cuya calipza, que es 
su raíz» crece hacia arriba.") Así el tradicionalismo 
en la obra de este poeta: enraizado en el terruño que 
alimenta con su savia su fuerte espíritu, pero atento 
a recoger los mensajes que traen todos los vientos del 
mundo» agitado, estremecido por altas y nobles in- 
quietudes humanas. 

1922. 



C108] 



EL SERMON DE LA PAZ 



Llega a mis manos, oloroso a tinta húmeda, "El 
Sermón de la Paz". Me preparo para atender, en re- 
cogimiento y quietud la homilía en que Juan Zorri- 
lla de San Martín habla de la paz, de la guerra, del 
patriotiamo, de muchas cosas esenciales y humanas 
(y también de algunas sobrehumanas), cosa de todos 
los tiempos y que en estos revueltos que vivimos on- 
dean como banderas y como signos de contradicción. 

Creo poder conjeturar, sin fundamentales yerros, la 
historia de este libro. Hace algunos años, en plena 
guerra mundial, Zorrilla de San Martín comenzó a 
escribir un libro cuyo título sonaba a prosa de com- 
bale: "El Canto a Aegir'*. Este Aegir, no sé cual ne- 
bulosa divinidad nórdica, dios conquistador y beli- 
coso, había sido, según dice, cantado por el empe- 
rador Guillermo II en una de sus horas de diletan- 
tismo artístico. El recuerdo del himno imperial y 
guerrero daba a Zorrilla el nombre del libro, libro 
mUitante, de política aliada, libro pasional en el que 
exponía su concepción propia del conflicto universal, 
de la política americana y de la política internacional 
de su país. £1 libro estuvA años enteros en el taller 
del artista. Zorrilla de San Martin está muy lejos de 
ser un improvisador. Limpia y retoca y vuelve al te- 
lar sus obras con exquisita diligencia y cuidado. Este 
orador de abundante palabra, este fecundo prosista, 
ha pensado mil veces sobre la página inconclusa; mil 
veces ha perseguido la forma inasequible y perfecta, 



[109] 



GUSTAVO GALUNAL 



siempre presente, como norma o arquetipo, en la mente 
de todo artista. Cada libro que nace es urna cinera- 
lia de otros que pudieron ser y no fueron. Acaso 
nuestros mejores pensamientos, los más nuestros son, 
los que un instante no más revuelan en silencio ro- 
zando con las alas nuestra frente inclinada sobre el 
papel inmaculado como una losa sin nombre; efíme- 
ros que aparecen y danzan esclarecidos por un rayo 
de sol de la conciencia y ruedan luego precipitados, 
acaso para siempre, a la sombra y al misterio, fosfo- 
rescente de larvas, de nuestro mundo interior. Dos 
ediciones alcansó "La Epopeya de Artigas" antes de 
que el autor se mostrara contento de su obra; y aun 
quedó en los archivos de algún impresor una inter- 
media, informe montón de pruebas, negras de ano- 
taciones y agregados marginales. Los discursos que 
han granjeado su fama de orador a Zorrilla, los 
buenos, han aÍdo forjados a fuego lento y muestran 
el paciente trabajo de la lima. £3 en las obras en 
verso en las que se encuentran los trozos o fragmen- 
tos menos trabajados; acaso porque en Zorrilla de 
San Martin el poeta en verso enmudeció demasiado 
pronto, desde 1837 en que apareció "Tabaré". Sea 
por esta causa, sea en parte también por influencia 
de la forma preferida, la estrofa becqueriana aso- 
nantada, de musicalidad que mece el pensamiento 
como al compás de una dulce cantinela, estrofa nada 
plástica, propensa al abandono, a la fluidez acuosa, 
a la imprecisión flotante y vaga del contorno, ello 
es que hay en "Tabaré" páginas demasiado fáciles, 
en las que la palabra se desliza por la pendiente del 
menor esfuerzo, sigue con docilidad la línea de la 
mínima reaistenciB. Al cotejar la versión de au último 



[110] 



LETRAS TmUGTTATAS 



libro de prosa, que ahora comento, con fragmentos an- 
ticipados por el autor, noto un tenaz esfuerzo de es- 
tilo: esfuerzo por represar su natural elocuencia, su 
frase de suyo caudalosa y redundante. Tiende Zorri- 
lla de San Martin hacia la difícil facilidad, la limpi- 
dez y la transparencia de una prosa hablada, conver- 
sación familiar y discurso, que busca abrirse un recto 
camino de persuación y de emoción hasta el corazón 
del lector-oyente. El barro blando que cede y se mol- 
dea entre los dedos es deleznable como la arcilla hu- 
mana, destinada a la muerte; sólo la materia dura y 
resistente es digna de dar albergue a la forma impe- 
recedera. El lento trabajo de estilo fue más lento aun 
por la vastedad del plan del libro, si he de juzgar por 
fragmentos publicados que tocan materias muy va- 
rias, entre el enjambre de problemas de política, de 
moral, de religión, suscitados o agudizados por la 
gran tragedia . . . Pasaron así, sin que vieran la luz 
más que fragmentos de "El Canto a Aegir*\ los años 
de la guerra. 

La paz, paz de harás tan trágicas y procelosas co- 
mo las de la guerra misma, impuso un cambio en la 
concepción del libro. Quien pasó de unos en otros 
años sin mudar juicio fue, o porque nunca tuvo hon- 
das convicciones, o porque vivió en ellos, sin vivir 
en ellos, sin quemarse el alma en las llamas del in- 
menso incendio espiritual. Un día "El Canto a Aegir" 
fue bautizado con nuevo nombre: **La profecía de 
Ezequiel". Con este título, hace un par de aííos cum- 
plidos, anuncié su inminente aparición a los lectores 
de La Nación, comentando algunas páginas sueltas, 
tomadas al azar, que me fueron anticipadas. Las di- 
vinidades hiperbóreas, los dioses del bélico mistlcis- 



[111] 



GUSTAVO QAUJNAL 



mo del César germánico, se refugiaron vencidos en 

su remoto Walhalla. sin que por eso se acallara el 
clamor de violencia y de venganza; no eran ellos los 
únicos poseídos de la embriaguez salvaje de la gue- 
rra y del amor a la gloria sangrienta. Con el triunío 
se inició una nuera Taloración moral, que traerá co- 
mo secuela, severas reodficaoionKs dol juÍLÍo y del 
criterio sobre los pueblos y sobre las ideas : 

Ai posten l'ardua sentenza... 

Zorrilla de San Martín se vio entre las manos un 
libro aún inédito y ya envejecido, con partes muer- 
las. Por ello la profecía de Ezequiel. la pavorosa vi- 
sión bíblica, dio nuevo título a la obra, cuyo eje se 
habia desplazado lentamente. Lentamente <:e fue for- 
mando un libro menos militante que el concebido en 
las primeras boras: invocación al espíritu, sobre el 
campo sembrado de huesos y despojos, como en el 
poema del enorme visionario de los sagrados libros. 

"El Sermón de la Paz", leo con sorpresa en la cará- 
tula del libro recién salido a luz. Noto la ausenria 
total, salvo algún rastro accidental, de lo que podría 
llamar prosa militante: páginas de concepción defor- 
mada por la pasión de la hora y por la información 
deficiente o tendenciosa. De aquel libro primero se 
ha desprendido este otro, sereno y meditativo, "caai 
místico, advierte el autor, un libro de lecturas espiri- 
tuales". £1 pensamiento del escritor se cierne cada 
vez en más altas y puras regiones. 

Renán tomó de Alfredo de Vigny y popularizó la 
expresión "el punto de vista de Sirio". Quiere expre- 
sar esta frase la perspectiva desdeñosa de una ironía 
trascendente, que se goza contemplando desde muy 



£112] 



LETRAS URUGUAYAS 



lejos la vanidad de las aociones y conflictos humanos. 
No 68 Zorrilla de San Martín del número de quienes 
aspiran a la tríate superioridad de contemplar las co- 
sas himianas como cosa extranjera, vista de un astro 
remoto. Nada más lejos de él que la ironía y el des- 
dén. Sus pensamientos acompañantes se llaman amor 
y caridad. "Cuando en nosotros no hay paz ni ale- 
gría, dice hermosamente, las cosas no son nuestras 
amigas; no nos acompañan. Se llenan, en cambio, de 
serenidades y de pensamientos caritativos y de conse- 
jos, cuando les damos la resignación de nuestras al- 
mas. Cuando no hay alegría, dice un hombre bien 
pensado (este hombre es Ortega y Casset, cuyas son 
las palabras citadas), el alma se retira a un rincón 
de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando 
en cuando da un aullido lastimero y enseña los dien- 
tes a las cosas que pasan ... Y, además, cuando no 
hay alegría, creemos hacer un atroz descubrimiento: 
percibimos con extraña evidencia la línea negra que 
limita cada ser y lo encierra dentro de sí mismo, sin 
ventanas hacia afuera". Es éste el tema central del li- 
bro; un sermón de consejos ^quietadores, que intenta 
enseñarnos a sentir amable la sociedad de nuestros se- 
mejantes y de las cosas. Un libro de lecturas espiri- 
tuales, fervoroso y cristiano, que predica la resigna- 
ción con la suerte propia y el cariño a las altas o 
humildes cosas que nos rodean; todas ellas se ensom- 
brecen y tornan hostiles envueltas en la bocanada del 
humo de nuestro tedio y se esclarecen, en cambio, 
radiantes con la luz estelar, de U estrella interior, de 
nuestra serenidad. "Si así como ponemos un poco de 
agua en nuestro vino aceptamos un poco de dolor en 
nuestra dicha, la hacemos más sana, por más en ar- 



[113] 



GUSTAVO GALUNAL 



monia con el universo y más soluble en la dicha, 
siempre relativa, de los demás. No desentonamos; no 
trazamos las rayas negras de la tristeza y de la negra 
envidia. El hombre bueno y generoso, cuando es muy 
feliz, debe sentirse endeudado y casi avergonzado ante 
los que sufren*'. Ta] es el tono de esta homilía. Su 
punto de vista seria el dé la vieja fórmula teológica, 
cien veces más humana que la del ironista: contem- 
plar las cosas "Sub specie aeternitatis". Horadar, ca- 
lar las efímeras apariencias, para tocar las esencias 
eternas; adentrarse hasta las entrañas mismas de la 
realidad. He aquí de qué manera este libro en el que 
diserta de la guerra, del patriotismo, de muchas cosas 
que están en la raíz de las inquietudes universales de 
los años en que vivimos, ha parado en sermón de me- 
ditaciones morales. 

Zorrilla de San Martín ha consagrado gran parte 
de su vida, casi toda su actividad de escritor y de ciu- 
dadano, a plasmar, robustecer, crear el sentimiento 
nacional. A ese fin tiende "Tabaré", evocación del 
paisaje nativo, elegía sobre las razas sin historia que 
sembraron sus huesos en la tierra patria; para eso 
fue escrita "La Epopeya de Artigas'*, epopeya de la 
formación histórica de la nacionalidad; "La Leyenda 
Patria", nacida del mismo intento, canta la resurrec- 
ción del año 25 y la independencia final. Esta trilo- 
gía es lo fundamental de su obra: en ella sube el alma 
del poeta de la tradición nacional como triple espiral 
de incienso quemado en el ara cívica. 

Frente a los nacionalismos irreductibles y agresi- 
vos que engendraron el conflicto y mantienen la alar- 
ma en el mundo, se pregunta Zorrilla de San Martin 
81 ese concepto de patria no llevará en si un germen 



[114] 



LETRAS URUGUAYAS 



de mal. Sería negar lo evidente, negar que el falso 
concepto de patria ha influido para desatar la tormen- 
ta e influye para mantener los horizontes encapota- 
dos y eléctricos, mientras áe cuando en cuando un 
trueno sordo rueda en las lóbregas profundidades. 
"Hay un germen de mal, dice, bien a la vista está, 
que contamina a todo pueblo que se congrega y le- 
vanta una bandera. El hombre ha sido concebido en 
iniquidad, no hay que ponerlo en duda. Desde el 
instinto que aficiona al niño a jugar con soldados 
de plomo y a seguir los de carne y hueso, cuyas mu- 
sicales bayonetas brillan al sol; desde el amor pre- 
ferente de la mujer al hombre vestido de uniforme, 
hasta el numen inspirador del poeta que canta al dios 
de la guerra y lo llama Gloria, todo nos revela que 
estamos bajo el enorme mi&terio del bien y del mal y 
de la muerte." Clarificar cada día más ese sentimiento 
esencial del patriotismo, turbio como todos los que 
manan de la cenagosa fuente del corazón del hombre, 
es el designio de este sermón de paz, en ci que se 
habla más de moral que de política. Predica el es- 
critor la continencia, la re&ignación a la propia suer- 
te» la caridad con los extraños; recibamos, nos dice, 
como im beneficio, alegremente, nuestro retazo de 
sol gratuito, eterna maravilla; aun queda sol para los 
otros; sofoquemos los instintos inferiores y ávidos que 
anidan como alimañas en las tenebrosas cavernas del 
alma. Limpie y depure cada uno su propio corazón, 
antes de aspirar a renovar la patria o el mundo; acate 
la ley moral si quiere que ella sea también ley de la 
sociedad y de la sociedad InternacionaL Parecerá in- 
genuo, agrega el poeta, pronunciar palabras tales, 
amor, caridad, moral, en este conflicto de á&peros 



[115] 



GUSTAVO GAIiLINAL 



egoísmos; no andaba extraviado^ sin embargo, Lloyd 
George, un político y no poeta, cuando las pronun- 
ciaba en plena asamblea internacional. 

Repugna a Zorrilla de San Martín inclinarse ante 
la fuerza, aunque sea la de una mayoría. La ausencia 
de autoridad espiritual fue el vacío que sintieron mu- 
chos moralistas y pensadores del siglo XIX ante el 
avance triunfal de la democracia. Sólo un falso, bas- 
tardo concepto de la democracia pudo proclamar la 
ley del número como suprema y única ley, "No me 
gustan los templos sin más Dios que la muchedum- 
bre", se lee en alguna página de ''La Epopeya de 
Artigas". La verdadera soberanía debe ser también 
una autoridad espiritual, fuente de una jerarquía 
constituida conforme a un orden moral justo y be- 
néfico. Del mismo modo, la autoridad internacional, 
en la Sociedad de las Naciones, no ha de dimanar 
sólo de una liga de vencedores. 

Las más hermosas páginas de '^El Sermón de Is 
Paz", son, sin duda, las que componen el capítulo ini- 
cial, *'E1 alma de las cosas". En ellas dice el encanto 
de su patrimonio familiar en Punta de Carretas, casi 
al borde del mar, en un recodo de la rambla costa- 
nera, no lejos de un faro enclavado en las rocas, po- 
see Zorrilla de San Martín una casa. Los motivos 
íntimos de amar esa casa, no suntuosa, ni rica, pero 
hecha por los suyos, techo de los hijos sustentado 
en ]o9 restos de la derruida casona de ios abuelos, 
surgen de esas preciosas páginas, que contienen al- 
gunas acuarelas montevideanas, de claras tonalidades, 
y son de las más diáfanas y bellas que Zorrilla de 
San Martín haya escrito. La idea de patria, el con- 
cepto de patria, son como la prolongación y el natu- 



[116] 



LETRAS URUGUAYAS 



ral ensanchamiento de la idea y el concepto del ho- 
gai doméstico, regida, como ésta, por una ley moral 
La patria es la tierra de los padres, consagrada por 
sus reliquias; es el solar de la estirpe futura. Nuestro 
ensueño de perennidad se satisface au, dilatándose en- 
tre Ib doble lontananza infinita, como el mar y el cielo, 
de la esperanza y el recuerdo. El capítulo preliminar, 
en el que Zorrilla de San Martín muestra, en imágenes 
poéticas, BU sentimiento de patria, es inspiradísimo. 

Teje luego la apología de las patrias chicas, el elo- 
gio por las colinas melodiosas y suaves de la suya. 
Primero el poeta deja florecer en imágenes "las ra- 
zones del corazón*'; y luego, la razón razonante se 
apodera del tema y lo extiende y desenvuelve. Con- 
fieso que muchas de estas págmas segundas ni me 
convencen, ni me gustan. Constituyen la parte más 
endeble del libro: una armazón dialéctica, artificiosa 
y frágil, compuesta para proteger un sueño del sen- 
timiento. ¿Por qué ha de ser Bélgica, la bilingüe 
Bélgica, por pequeña, el tipo más perfecto de unidad 
nacional? La encina gala tiende múltiples y robustos 
brazos; pero su tronco es recio y duro como una 
piedra y sus raíces se hincan hasta largas profundi- 
dades en el subsuelo histórico. Suiza, patria pequeña, 
como Bélgica, infinitamente simpática, no es una uni- 
dad nacional más consistente que Italia o Alemania, 
Noto también la falla de sólida, de seria información 
en algunos capítulos. Así el que se titula "Signo de 
vida y de paz": una disertación sobre Rusia, el na- 
cionalismo de Ukrania y su poeta Taras Schevchenko, 
a quien sin conocimiento directo, reconoce Zorrilla 
de San Martín como el verbo musical de su nación; 
refleja en este capitulo conceptos de Carlyle, muy du- 



£117] 



GUSTAVO GALLIHAIi 



dosos por lo menos. Carlyle es uno de los maestros 
predilectos de Zorrilla de San Martín y algunas de sus 
frases ha quedado ahí incrustada íntegra entre la 
prosa de esle capítulo. Estas digresiones, demasiado 
alejadas de otros temas del libro, permanecen como 
reliquias de la ohra más vasta de la que ha sido des- 
prezidido. 

He leído, pues, con el afecto que merece, el bbro 
del poeta, que dice su anhelo del predominio de la ley 
moral en la sociedad de los hombres y en la más vas* 
ta de los pueblos, que predica "la depuración evan- 
gélica" del sentimiento del patriotismo, que invoca 
al Espíritu para que descienda a desvanecer y limpiar 
de la frente de la humanidad las salpicaduras del 
fango primitivo. 

El ejemplar del libro que llega a mis manos es 
portador de palabras de dedicatoria que desean para 
mí y para los míos el don de la paz, "donum pacis", 
y la alegría interior, "donum laetiae". Los dones ex- 
celsos de la paz y del contentamiento espiritual, diré, 
respondiendo a esta salutación, séanle concedidos du- 
rante largos años al poeta, honor de mi tierra uru- 
guaya, a la que su obra enaltece; séanle concediólos 
largos años para ver en paz florecer y fructificar en 
el solar paterno sus pensamientos y sus palabras, co- 
mo quien en el sosiego del patio familiar bañado de 
sol ve jugar y crecer los hijos que han de perpetuar 
su nombie sobre la tierra. 

1924. 



[118] 



COm NACIO "LA LEYENDA PATRIÁ 



Databa, en 1879, de seis años atrás, la constitución 
de la Comisión a cuyo caigo conia hacer que pasara 
de patriótico deseo a realidad la idea de levantar 
un monumento a U Independencia en la Villa de 
Florida. Presidíala el doctor Alejandro Magariños 
Cervantes, patriarca entonces indiscutido de las letras 
uruguayas. Era don Alejandro de prestancia procer; 
gallarda la estatura, espesas y blancas las barbas de 
abuelo. Procer, también, en definitiva, la silueta mO' 
ral, a pesar de los ribetes de vanidad extremosamente 
sensible, y malgrado la fragilidad de su obra literaria. 
Ruinosa la obra, quedará sin embargo, en la historia 
social e intelectual del país, en la centuria XIX, la 
silueta del ciudadano, propulsor de la cultura de su 
patria, enamorado de los tipos y de las cosas en que 
perduraba el sabor del alma criolla. Nada en sus es- 
critos es apenas más que un anticipo, vislumbre, atis- 
bo: el acento americano en la poesía, el aliento heroi- 
co de la novela gaucha, el poema del indígena roman- 
tizado, el sentimiento de restauración tradicional de 
sus primeros ensayos históricos, nada está sino abo- 
cetado, indicado con un trazo roto; nada en estado 
de perfección y de total acabamiento. Tenia más alta 
la ambición que la fantasía. Toda empresa de cultura 
nacional tuvo en él o un iniciador o un secuaz fervo- 
roso. Es así, en 1879, fue alma del movimiento para 
erigir el monumento a la Independencia. Un año an- 
tes, para arbitcar fondos y cubrir los déficits de la 



10 



[U8] 



GUSTAVO GAIXINAL 



Comisión, entregó a las cajas su ''Album de poesías 
uruguayas", antologia que Uegó a ser, durante mu- 
chos años, la única fuente accesible al público para 
el conocimiento de la exigua producción nacional 
durante los tres primeros cuartos del siglo. Superados 
los tropiezos, üegí a su término la erección del mo- 
numento, no sin que fuese preciso reducirlo y muti- 
larlo, con menoscabo de sus proporciones. Era su 
autor Juan Ferrari, artista italiano. Sobre una base 
sencilla, en la que están grabados los nombres de los 
Treinta y Tres, álzase una columna; en su vértice, 
una Libertad, sacudiendo en alto con la una mano, los 
anUlos de una cadena destrozada, empuñando la es- 
pada con la otra, abre aus labios de mármol de los 
que parece desgarrarse un grito heroico que rueda 
en el aire puro sobre las calles y los campos de la 
Florida. Mediano es el monumento; pero la afirma- 
ción de fe patriótica de una generación está en él 
simbolizada. La inspiración del poeta encamaría la 
idea colectiva que lo engendró en más gloriosas for- 
mas. 

£n 26 de marzo de 1879 se dio a publicidad la 
convocatoria para el certamen con que se solemniza- 
ría el acto inaugural. Convocábase a "los poetas y es- 
critores nacionales" para presentar una Memoria en 
prosa o ima poesía cuyo tema, había de ser "el hecho 
y la idea que simboliza el monumento^'. El premio 
consistía en una medalla de oro para cada uno de los 
mejores trabajos, y una de plata para la segunda poe- 
sía; el autor de la memoria en prosa seria, además, 
gratificado con la suma de doscientos pesos. Forma- 
ban el jurado, bajo la presidencia de don Alejandro, 
Jacmto Albistur, José IP. Ramírez, Enrique Arrascae- 



£120] 



LETRAS URUGUAYAS 



ta y Angel Floro Costa; todos más o menos escritores 

y poétaa, al uso del tiempo. 

Pocos meses hacía que Juan Zorrilla de San Mar- 
tín había regresado de Chile, con la aureola de sus 
iniciales ensayos poéticos. Recrudecía la luclia reli- 
giosa y filosófica. Mudas estaban las voces en las 
tribunas polílicaa, ahogadas por la tiranía; las con- 
troversias científicas y religiosas llenaban los centros 
intelectuales de incesante rumor. Trascendentales eran 
los temas, pero menudeaban también las estocadas a 
las personas. "El Bien Público", fundado por Zorrilla 
de San Martín en 1878, llevaba la voz del pensamiento 
católico. La inauguración del monumento a la Inde- 
pendencia abría en aquella incesante lucha un momen< 
to de patriótica tregua. Algunos principistas irreduc- 
tibles, hostiles al poder público que patrocinaba los 
festejos, permanecieron retraídos y silenciosos en me- 
dio de la emoción que sacudió al país entero. 

Cuéntase que don Alejandro Magariños Cervantes 
impulsó a Zorrilla de San Martín a concurrir a dispu- 
tar el premio en el certamen. Nació así "La Leyenda 
Patria"» en algunos días de trabajo febril, sostenida, 
vivificada por un solo aliento de inspiración caudalo- 
sa y potente. 

Acercábase la fecha fijada para el acto solemne, 
cuando una nota estridente vino a perturbar la unidad 
patriótica del momento. Fue la protesta famosa de 
Juan Carlos Gómez rehusando la adhesión a la cere- 
monia. Desde su exilio en Buenos Aires, el tribuno y 
pubbcista formuló bu profesión de fe política y con- 
densó sus ideas sobre la formación histórica de la 
nacionalidad oriental, provocando ruidosa y enconada 
polémica. La Argentina desgarrada por la anarquía, 



[121] 



GUSTAVO GALLINAL 



el Uruguay disuelto o en vía» de inminente disolu- 
ción, parecíanle expiar un crimen, un crimen contra 
la naturaleza de las cosas. "Las dos fracciones de la 
antigua república han pagado bien caro el error de 
1828", fraguado en las combinaciones de la diploma- 
cia, burladoras de la voluntad de los pueblos. La in- 
dependencia oriental, fue "el presente griego de Do- 
rrego y del Emperador del Brasil". Repud.aba Juan 
Carlos Gómez la tradición del "gaucho enchalecador" 
Artigas. Juan Carlos Gómez, para que bu repudio de 
la tradición nacional fuese completo, negó también, 
en esa ocasión, rotimda, categóricamente, la gloría 
de 1830. "Pedro Primero y Dorrego, pues ni siquiera 
fueron el Brasil y la República Argentina, aquél sin 
consultar a la Asamblea Legislativa del Imperio (el 
estado era él), éste sin mandato, simple gobernador 
de provincja, celebraron la paz, imponiéndonos la 
independencia. Nos ordenaron darnos una Constitu- 
ción, con calidad de sujetarla a su beneplácito. Y nos 
dimos la Constitución, obedeciendo las órdenes y la 
sometimos a su aprobación, y le concedieron el pase, 
como a una bula del Papa, y quedamos en la condi- 
ción de libertos. ¡Vergüenza! ¿Y usted (se dirigía a 
Magariños Cervantes) acepta la presidencia de loa que 
conmemoran esta gloría?" 

Razón tienen los que defienden de vulgares de- 
nuestos la memoria de Juan Carlos Gómez; no fue 
un criminal, ni nn traidor. Hombre de poca fe, viejo 
soñador cansado, sucumbió a la melancolia de los 
terribles años que corrían. Asediaba su espíritu la vi- 
sión evocada de los tiempos que habían desfilado des- 
de la independencia, años espectrales como una ronda 
de fantasmas manchados de sangre. Se lisonjeaba aca- 



[122] 



LETRAS TTBUGTJAYAS 



rielando la ilusión de que su juicio era el de la ma- 
yoría de loa orientales, "porque ningún pueblo es tan 
estúpido para preferir la vida desesperada del Estado 
Oriental en estos cuarenta y nueve años, a una situa- 
ción en que sería el árbitro de los sucesos desde el 
Río de la Plata a la cordillera de los Andes". En su 
espíritu apocado zozobró la fe en loa destinos de la 
patria, la fe que sabe, según la palabra del Apóstol, 
esperar aún contra toda esperanza, la que anhna y 
conforta en las horas negras del desaliento y de la 
derrota, a los predicadores de ideas que miran al por- 
venir. Y se refugió en el ensueño; lejos del presente 
tétrico, voló su espíritu a la región de las vagas en- 
soñaciones. En su corazón cansado de idealista ro- 
mántico, se asiló, para morir, la quimera de una gran- 
de y única patria platense, que otros habían cobijado 
antes que él. Negó ta existencia del sentimiento na- 
cional en el pasado y desesperó por lo mismo del 
presente. Mientras el país eregía el monumento con- 
memorativo, llegó vibrando, desde la otra ribera del 
Plata, esa voz negadora de su sentido esencial, que 
era, a pesar de todo, ana noble voz de hijo, próxima 
a extinguirse para siempre. 

Amaneció, por fin, el fausto día 18 de mayo, con 
el ceño oscuro y cargado. El travieso y retozón in- 
genio periodístico de Daniel Muñoz, que en "La Ra- 
zón" esgrimía entonces su pluma pecadora, en una 
furibunda campaña racionalista y anticlerical, ha na- 
rrado, con el psendónindo de Gil Blas, el desarrollo 
del 'memorable acto: la partida y el viaje a frente 
descubierta, en las zorras del ferrocarril, bajo una 
lluvia traidora y tenaz, que obligó a suspender para 
el siguiente día la ceremonia; el pernoctar en las ma- 



[123] 



GUSTAVO GALLINAL 



las fondas de la villa y ¡por fin! la llegada el 19, 
más descubierto que el día anterior, y sin lluvia, aun- 
que hermoso. Congregóse una multitud recogida frente 
al monumento: estaba representado lo más selecto de 
la intelectualidad nacional, de los poderes públicos y 
veteranos de la independencia, como Cipriano Miró; 
envió 8U adhesión el único sobreviviente de los Cons- 
tituyentes de 1830, Alejandro Chucarro. Formaba guar- 
dia en torno a la columna el 5*^ de Cazadores. Laa 
ceremonias civiles y religiosas se sucedieron según el 
orden acostumbrado. Rasgóse luego la tela celeste que 
cubría el monumento y la Libertad, simbólica en su 
candida veste de mármolj revelóse a los ojos del pue- 
blo, mientras sonaban las campanas y se enardecían 
los himnos patrióticos. 

Sonó la hora de recitar las composiciones premia- 
das: correspondía el primer premio a Aurelio Berro, 
Ministro de Hacienda y poeta, quien asistía al acto 
en representación del Gobierno. Su composición, flui- 
da y correcta, con aquella inicial reminiscencia es- 
proncediana, "¡Para cálido sol, tu raudo vuelo!" fue 
leída con extranjero acento, y perjudicada ante el 
público oyente, por el señor Bemat. El doctor Angel 
Floro Costa dirigió la palabra al poeta laureado, en 
un discurso empedrado de palabras geológicas y fra- 
ses pedantes, en el que había de hincar más tarde 
Gil Blas el diente de su sátira. Leyóse luego la com- 
posición del doctor Joaquín de Salterain, que había 
ganado la medalla de plata, *'La lira rota*', elogiada 
a continuación por el señor Albistur. Y se adelantó, 
por fin, en el tablado, Juan Zorrilla de San Martín; 
su poesía "La Leyenda Patria" había sido declarada 
fuera de concurso por exceder de la medida máxima 



[ 124] 



LETRAS URUGUAYAS 



de doscientos versos, fijada en las bases del certamen, 
pero recomendada para la lectura por sus claras be- 
llezas. La voz del poeta, ana voz cálida y juvenil, lle- 
na de vibraciones musicales y profundas, echó a volar 
la primera estrofa: 

Como d ala aterida de un inaonmio 
Siento qae abruma el pensamiento mío. 
Noche de soledad, de amargaa horas... 

Como al sonar e! primer golpe de los bronces que 
preludian una siníonía heroica, un estremecimiento 
sBcudió las carnes de los oyentes. Sobre las cabezas 
inclinadas, una Iras olra, las estrofas volaron, batien- 
do sonoramente sus alas magníficas. Al conjuro de 
aquella voz inspirada se alzaron del sepulcro de la 
historia memorias olvidadas," recuerdos de dolor y de 
gloria, nombres de héroes, y de batallas, lustros de 
nialflición y horas de triunfo. Kl tropel de evocacio- 
nes de una historia que cobraba la hermosura de la 
leyenda rodó largamente en el aire, escoltado por 
imágenes rotundas y exultantes. Entre estrofa y es- 
trofa parecían oírse palpitar los corazones conmovi- 
dos. Una ovación frenética saludó la última estrofa, 
que dejó en todas las almas, después de los recuer- 
dos heroicos del pasado, la visión de un porvenir 
hermoseado por la esperanza, por la robusta fe del poe- 
ta en los destinos de la patria. El público a grandes 
voces reclamaba el premio para Zorrilla de San Mar- 
tin. £1 nobilísimo Aurelio Berro hizo ademán de 
arrancarse del pecho la medalla para entregarla al 
triunfador; pero fue detenido por el doctor Magariños 
Cervantes. De entre los espectadores, alguien anóni- 
mo, que resoltó ser un inglés, Mr. Williams, remitió 



C125] 



GUSTAVO GALLINAL 



a MagariñíM Cervantes «na medalla de oro, para que 
fuera a entregarla a quien juzgara digno de ella la 
Comisión, y con la intención notoria de que le fuese 
dada al poeta, Magariños Cervantes, celoso en extre- 
mo de hacer respetar el fallo del jurado, la remitió a 
Montevideo al veterano patriota Alejandro Chucarro 
quien la entregó a! sargento Tiburcio Gómez, único 
sobreviviente de los Treinta j Tres. Mientras tanto, 
Aurelio Berro, recibía en sus brazos abiertos a Zo- 
rrilla de San Martín. El día ee había despejado y el 
sol volcaba sobre la escena una lumbre de pálido oro. 

Así fue consagrada por el veredicto del pueblo, en 
un día memorable, "La Leyenda Patria", cuyos ecos 
resonaron en todo el país. Amigos y adversarios reco- 
nocieron la justicia del fallo popular. Desde Paysan- 
dú, Carlos María Ramírez, — que había pronunciado 
el mismo día de la inauguración de la estatua, un dis- 
curso elocuente, una de sus mejores oraciones, — en- 
vió a Zorrilla de San Martín una felicitación entusiasta. 

Acabo de leer su magnifica composición, desbordan- 
te de inspiración j de patriotismo; reciba las ardientes 
felicitaciones de un compatriota que no es su amigo 
ni su correligionario pero sí su admirador"; a cuyas 
palabras contestó Zorrilla, al expresar su gratitud que 
A "corazón es campo neutral". Dos vocea patricias, 
de las más gloriosas voces de la histoña uruguaya, 
se unieron entonces para formular la misma rotunda, 
espléndida afirmación de amor a las tradiciones pa- 
trias y de fe en el porvenir. 

£1 Uruguay tenía su poeta por cuyos labios rom- 
pía a hablar el ahna colectiva. 

1925. 



tl261 



CARLOS ROXLO 



(Discurso pronunciado td exhumarse los restos del 
poeta) 

Señorea : 

Uno de los más hondos intérpretes del dolor y de 
la miseria hunianoSt ha esculpido un símbolo poicate 
para mostrar ese género de invalidez de los poetas, 
caballeros del ideal y del ensueño, creados para vivir 
en regiones hasta donde no alcanza el eco de las pa- 
siones inferiores y de los intereses subalternos por 
los que se afanan los hombres. Como el albatro's, la 
gran ave marina, tiende sus vastas alas como velas 
palpitantes a los vientos del océano y boga en una 
serenidad gloriosa en la calma y en la tormenta, por 
sobre las nubes, contemplando extenderse en lo hondo 
la inmensidad de los mares y las coatas, victoria del 
ala y del vuelo, así los poetas. Nacieron para cernerse 
en las alturas, en el éter inmaterial, que es el elemento 
natural en que se mueven. Pero, forzados a descen- 
der al duro suelo de la prosa, se les ve arrastrarse 
torpes y vencidos; es un espectáculo de infinita me- 
lancolía el de contemplarlos andar por la tierra. Les 
estorban, para moverse en ella, las alas enormes, he- 
chas para las amplias curvas del vuelo y no para gol- 
pearse y ensangrentarse chocando contra las realida- 
des implacables. Penetrante tristeza del símbolo eter- 
no, ¡cuántas veces hemos sentido destilar en nuestra 
alma tu sentido al ver moverse, al ver sucumbir en 



[mi 



GUSTAVO gallutal 



medio de la miseria y del dolor, a alguno de esos 
seres hechos de ensueño y de idealidad! Será verdad 
mientras existan poetas. Así pasaron, entre los nues- 
tros, por el mundo. Floreiicio Sánchez, José Enrique 
Rodó y tantos otros. Así ha pasado también Carlos 
Roxlo, espíritu nacido para volar en las altas y des- 
pejadas regiones, incurable bohemio que llevaba en 
EÍ la más radical despreocupación de todo interés 
egoísta. Para él la cruda realidad solo existió como 
materia para ser transformada en poesía, en músicas 
interiores, en ensueños civiles. Fue, en todo, poeta. 
Desde que. niño prodigio, abrió los ojos asombrados 
a la luz del mundo, fue presa del deslumbramiento 
producido por el despertar de la facultad interior. 
Quiso abarcar todo en una mirada amorosa y mara- 
villada, para reflejarlo luego en sus estrofas. Tuvo el 
sentido del color de las cosas nativas. Pasó la vida 
transfundiendo en sus Tersos y en sus prosas las vi- 
siones del terruño. Heredero de los hijos de la gene- 
ración romántica, romántico él mismo hasta la mé- 
dula, en la vida y en el arte, porque si hay una poesía 
romántica hay, sobre todo, un modo romántico de 
vivir la vida, quiso amasar su obra con el limo y el 
agua del terruño. Volcó en i>us cantos el color de nues- 
tros campos, la música de nuestros bosques semi-vír- 
genes, la paleta inexhausta de sus cielos esplendorosos, 
la dulzura de sus mañanas y la suave melancolía de 
sus atardeceres. Todo lo nuestro fue para él digno 
de ser cantado. Poeta de la luz y del color, de la es- 
tirpe espiritual de aquel Zorrilla español de las le- 
yendas caballerescas, hermano de Salvador Rupda, e) 
opulento cantor de Andalucía, su obra es caudalosa, 
desaliñada, desigual. Sintió, como nadie antes que él 



[128] 



LETRAS TJBUGUAYAS 



entre nosotros, la vida miserable de nuestras ciuda- 
des. Basta nombrarlo para que aletee en todas las me- 
morias aquel su poema que es acaso la nota magis- 
tral de su espíritu; aquel Andresíllo, poema profun- 
damente humano del niño que cae transido de hambre 
y de frío en las calles de la ciudad, a la luz azulada 
de la aurora^ después de haber sellado su vida de 
abandono en un gesto de bondad conmovedora; poe- 
ma en el que Carlos Roxio puso su alma buena, em- 
papado de emoción y que imaginamos escribió en un 
papel mojado con la humedad de las lágrimas; poema 
de la vida oscura, digno del Víctor Hugo de las po- 
bres gentes o del Coppée de los humildes. Alentó 
Carlos Roxlo un deseo ardientísimo de justicia social, 
en la vida política y en la vida económica, deseo no 
menos grande ni vivo porque no haya revestido for- 
mas de utopía, ni mucho menos se haya manchado 
con impuros halagos a las masas populares. Deseo de 
justicia que se transparenta en su vida pública, toda 
desinterés, toda abnegación. De ahí nacieron los ga- 
llardos gestos del rebelde de 1897 y de 1904, forjador 
de democracia; de ahí las iniciativas memorables del 
legislador; de ahí aquella su serena aceptación pe- 
renne de la pobreza, lote de los soñadores, y, más de 
una vez, del ostracismo voluntario. Todo lo sufrió, 
todo lo sobrellevó con estoico corazón. En la justa 
parlamentaria, su voz llenó varios períodos: su verbo 
caudaloso, empenachado de imágenes, de romántica 
frondosidad, resonó encendido en llamaradas de pa- 
sión; orador de genuina cepa española e hidalga apos- 
tura, como los tribunos de las Cortea liberales, como 
el Castelar de las arengas o el Argüelles de las reso- 
nantes oraciones a la libertad. Aún me parece verlo, 



[129] 



GUSTAVO GAIXINAL 



en la época de sus rictorías, cuando su oratoria hacía 
vibrar como cuerdas las almas nacionalistas. De sus 
labios caían en torrentes las palabras: idea, música, 
ensueño. Parecía que se entregaba todo a la multitud, 
tembloroso de entusiasmo y de fervor lírico, con la 
voz quebrada de emoción. Y al bajar de la tribuna, 
todavía palpitante, la muliitud lo recibía en sus bra- 
zos fraternos. Era de una prodigalidad soberana. No 
le pidamos orden, medida, serenidad. No le negue- 
mos e] mayor goce de su vida: la embriaguez de dar- 
se sin medida, con una generosidad sin límites. Así 
fue en el arte, porque así fue en la vida. En el arte, 
un largo florecimiento interior, traído por la pre- 
mura de la savia que subía a torrentes por 9U médula 
fuerte. En la vida, una constante oblación de sí mismo 
raí aras del ideal; una vida que también florece lar- 
gamente en obras de bien. En todo, poeta. ¿Qué goce 
le hubiera quedado sobre la tierra si le negáramos el 
placer genero.=>o del que todo lo entrega? Cuando la 
miseria golpeaba a las puertas de su casa, olvidaba 
&US amenazas, absorto en el desfile de las visiiones in- 
ternas, rozada la frente por las alas impalpables 
Cuando el dolor acosaba al ciudadano, al patriota 
ejemplar, se consolaba encendiendo en su espíritu la 
visión luminosa de un porvenir mejor y trabajando 
con sacrificio para acercarlo a nosotros. No cometa- 
mos, en esta suprema hora, la injusticia de compa- 
decerlo por los dolores de su vida. Llevó en sí una 
potencia idealizadora, lámpara prodigiosa, que trans- 
forma toda realidad, el más ¿nvidiable don que haya 
sido concedido a I09 hombres. En todo, poeta. No fue 
para él la vida una brega egoísta, sino una noble 
justa de ideales. Si se ha ido trágicamente, y este es 



UEIRAS URUGUAYAS 



el recuerdo único de amargura inconsolable que nos 
(üt'ja, su espíritu estará siempre presente entre noso- 
tros, estimulándonos para la conquista del bien, de 
la justicia y de la belleza. En nombre de la Cámara 
de Diputados rindo homenaje a la personalidad ilus- 
tre del legislador, del poeta, del tribuno, del ciudadano. 

Noviembre, 1926. 



JULIO RAUL MENDILAHARSU 



''La emoción de Montevideo ante la muerte del poe- 
ta Julio Raúl Mendüaharsu"; tal reza, líricamente la 
carátula de un alLum recordatorio aderezado por un 
escritor peruano incorporado a nuestras letras: Juan 
Parra del Riego. Homenaje delicado se tributa en él 
a un escritor desaparecido. £1 diálogo postumo de la 
amistad, las palabras de numerosog representantes de 
la intelectualidad nacional, acompañan una selección 
de poesías del autor, ilustradas con grabados de nues- 
tros mejores artistas del color y del dibujo. Algunas 
composiciones de Juana de Ibarbourou, de Fernán 
Silva Valdés, de Sabat Ercasty-, de Gastón Figueira, 
tejen a continuación el elogio rimado del poeta muer- 
to. El homenaje es de la calidad que Mendilaharsu hu- 
biera aquilatado. Permítaseme decir, que noto la au- 
sencia de algo esencial 7 útilísimo en publicaciones 
de esta índole: una concisa nota informativa biográ- 
fica de datos depurados, que evitaría a los que dentro 
de algunos años se impongan la tarea de remover la 
relativamente copiosa producción contemporánea 7 
quieran fijar el puesto que dentro de ella corresponde 
a Mendilaharsu el engorro de una búsqueda menuda 
y fatigosa. Falta aquella clara nota cuya necesidad 
dicen predica Brunetiére a sus discípulos con insisten- 
cia que algunos de éstos, hoy a su vez maestros, cor- 
dialmente le agradecen. Sería una sola página, hoy 
muy fácil por cierto de escribir tratándose de vida tan 
breve y transparente y de una producción corta. Ha 



[132] 



LETRAS imUGUAYAS 



de perdonárseme que eche de menos ese renglón de 
prosa en esta lírica ofrenda. 

Siempre, aun después de haber él publicado varios 
libros, sentí junto a .Mendilaharsu la impresión da 
ponerme en contacto con uD espíritu irrelevado; lle- 
vaba indudablemente en su mundo interno, extensas 
Romarcas vírgenes cuyas imágenes sólo muy imper- 
fectamente liabía acertado a reflejar en sus escritos. 
Era más inspirado que sus libros. Sus lectores podían 
sentirse con frecuencia tentados a dudar de su don 
de poesía; sua amigos, nunca. 

No olvidaremos, los que fuimos sus compañeros 
de aulas, a aquel muchacho indisciplinado, de inteli- 
gencia abierta y rica, rebelde a toda norma, pero más 
dócil que la de un niño al redamo del afecto. Nació 
en Montevideo el 4 de diciembre de 1887. Fue hijo 
de un ciudadano y publicista que actuó en la fila 
destacada en la vida pública del país, y que falleció 
en el extranjero; sus restos precisamente en estos días 
han sido devueltos al suelo patrio: el Dr. Domingo 
Mendilaharsu. Recuerdo con claridad la figura er- 
guida y juvenil, la romántica estampa de Julio Raúl, 
tal como era cuando paseaba su entusiasmo siempre 
en llamas, por los claustros de la vieja Universidad 
secundaria, instalada entonces en un enorme y dea- 
apacible hotel, a la entrada del puerto, muy junto al 
mar. Eran aquellos los tiempos en que leíamos y co- 
mentábamos a Gorki y a Tolstoi; en los entreactos 
de las clases Mendilaharsu se embriagaba con los eflu- 
vios de aquel cristianismo humanitario y anárquico 
que siempre hizo vibrar una intima cuerda de su ser. 
Entonces, durante uno de loa diarios paseos por junto 
a los graníticos y ennegrecidos muraUones del auti- 



[133] 



GUSTAVO GALUNAL 



guo Montevideo, en una calle barrida cruelmente en 
invierno por el viento helado de la bahia, le oí reci- 
tar con ademanes fogosos las primeras composiciones 
suyas que conocí, consagradas al "moujick". Las mis- 
mas ideas traducía, con gesto de prot^ta juvenil, en 
las inofensivas polémicas de las aulas. 

Mendilaharsu abandonó Montevideo sin concluir la 
carrera de Derecho. Mientras sus condiscípulos pro- 
gresábamos en las Facultades superiores, viajaba él 
por Europa, y desde allí enviaba sucesivamente, como 
mensajeros espirituales, sus primeros volúmenes: *'Co- 
mo las nubes", de 1909, con prólogo de Francisco 
Viliaespesa y "Deshojando e] silencio" de 1911, re- 
editado más tarde con prólogo del poeta argentino 
Leopoldo Díaz. Volvió a Montevideo, y en 1915 fun- 
dó una revista ilustrada, de vida efímera, "Tabaré", 
que sostuvo con su prodigalidad de g;ran señor y en 
la que se iniciaron algunas vocaciones nueras, desti- 
nadas a madurar fructuosamente. Publicó por esa 
misnia época tres folletos de guerra, en los que hacía 
sus votos por el triunfo de Francia, a la que amaba 
como a su segunda patria: "Franjas tricolores", "Al- 
lar de bronce" y "Ante la Victoria'*. "La Cisterna", 
de 1919. y. particularmente, "Voz de Vida", de 1923, 
contienen lo mejor de su cosecha poética. En 1922 
se publicó una selección de sus poesías traducidas al 
italiano por el publicista Folco Testena con el título 
de "Poemi dell* Anima e del Mare". Deja dispersos en 
dianos y revistas discursos, artículos y correspon- 
dencia. Murió en 1923» el 1* de diciembre, poco des- 
pués de salir a luz su último libro, el más alto tramo 
ascendente de su carrera trunca. Fue real y viva la 
emoción de Montevideo ante la desaparición de aque- 
lla gallarda y generosa figura juvenil. 



[134] 



LVIBAS TJBUOUAYAS 



Viajero infatigable, su obra refleja múltiples visio- 
nes de sus andanzas. Tierra de América o tierra de 
Europa, todas con intensidad lo atrajeron. Llenos es- 
tán sus libros de las memorias de ese "vagabondag- 

gio" perpetuo. Su predilecrlón fue hacia algunos rin- 
cones de la vieja Francia, de donde arrancaba una de 
las raíces de su estirpe: así, la placidez monacal de 
Aix de Provenza, vida adormecida dulcemente en el 
regazo de la tradición, le inspiró felices versos. Via- 
jero infatigable: Pedro Blanes Viale, el pintor de pai- 
sajes luminosos, poeta del color, ilustra con un gra- 
bado una composición, '^Ante la rada", de las más 
típicas de Mendilaharsu, en la que éste dice la emo- 
ción, llena del deseo de recorrer tierras lejanas, 
que hacía presa de él al ver partir los barcos: "¡To- 
dos mis fervores líricos y traníHu mantés — hunden 
su amor en el mar!" Por eso supo, con honda unción, 
saludar en sus versos el recuerdo de Sir Eduardo 
Sackletoa cuando ancló en Montevideo el barco que 
portaba los restos del explorador audaz hacia su glo- 
rioso sepulcro. Era de la familia de los grandes "se- 
dientos de lo ignorado" que celebró en una de sus 
composiciones. Pero andando, andando por tierras le- 
janas, le mordía el alma la nostalgia de la tierra na- 
tiva, sentía agrandarse en su interior "el vacío de 
orfandad" de los desarraigados ; le crecía dentro el 
ansin de volver a traer el fruto espiritual de sus pe- 
regrinajes como una ofrenda al seno de los suyos. La 
tierra patria lo seducía también con la perspectiva del 
combate posible por alguna causa buena; porque nun- 
ca quiso resignarse a ser un lírico y un sonador no 
más, ni renunció a las promesas de la acción, del ím- 
petu vital. Sólo que nunca halló causa a la que con- 

[135] 

11 



GUSTAVO OALUNAL 



sagrarse enteramente y con constancia fructuosa, y 
fue una fuerza batalladora que se consumió en el va- 
cio. Lo mareaban hasta el rértigo las grandes palabras 
sonoras; fraternidad, justicia, humanidad. Faltó un 
puño firme en la rueda del limón de aquella alma di- 
námica, sin norte seguro ni firme derrotero. Se agitó 
así perennemente azotado por las ráfagas contradic- 
torias de entusiasmos fugaces y súbitas decepciones. 
Un vago idealismo, un vago cristianismo, un vago hu- 
manitarismo, un vago socialismo, se repartieron suce- 
sivamente el imperio de su corazón generoso. Toda 
su vida se fue tras el vuelo arrebatado de una ima- 
ginación desordenada. Temperamento exuberante y 
eléctrico, naturaleza rebelde al esfuerzo metódico y 
llena de las más ricas posibilidades, alma, en fin, mu- 
cho más hermosa que sus libros: así fue Mendila- 
harsu. Llevó una inquietud inaplacada hincada en el 
costado como una espuela; fue su fiebre y su goce y 
le impidió recogerse en silencio propicio para madu- 
rar la obra reflexiva y lentamente forjada en la que 
acaso hubiera revelado la integridad de su tesoro es- 
piritual. Jamás ninguna de sus mutaciones y cambios 
fue provocado por el inter^; era plenamente gene- 
roso y sincero; nada la repugnaba tanto como la si- 
mulación y la mentira. Su obra, cada una de sus 
composiciones, muestran altibajos constantes de ins- 
piración y de prosaísmo, que denuncian la labor más 
o menos improvisada, concluida al resplandor de la 
primera llamarada de un entusiasmo siempre pronto. 
Nunca pudo vencer del todo la resistencia del verso, 
que le sahó con frecuencia inarmónico y duro. Tal 
vez en la serenidad de sus años maduros, hubiera en- 
gendrado la obra que diese toda la medida de su 



[138 3 



lATRAS URUGUAYAS 



espíritu. Aunque su palabra no haya expresado to* 
talmente su pensamiento, deja algunas composiciones, 
las mejoren, que serán recogidas sin duda en las an- 
tologías de la lírica uruguaya. 

Esta mañana, releyendo algunas de ellas, he sen- 
tido que fue inconcluso el destino de ese viajero al 
través del mundo 7 de las ideas. Cantó en mí m«moria 
la estrofa de "El viaje", de Baudelaire, una de las 
más bellas, en su amargura, que haya inspirado el 
ansia de espacio y de vida libre al hombre, prisio- 
nero de sus propios irrealizables deseos, al "hombre, 
cuya esperanza jamás se fatiga y que buscando el 
reposo corre siempre locamente...'" Ahora, en tanto 
que vuela y se aleja, empujada por brisas misterio- 
sas, la fúnebre nave que la muerte aparejó demasiado 
pronto para el último viaje, antes de que el abismo 
cierre sobre la estela el límpido cristal de las aguas 
eternas, yo depongo aquí mi palabra de amistad y 
de recuerdo. * 



• En 1926 se ha publicado una "Selección de poesías", pro- 
logada por Emilio Frugonl, que contiene alflunaa poesías Iné- 
ditas, y dos poemss en prosa de un bbro que meditaba 
escribir MandUaharsu con el título "Poemas del Nlfto". 



[137] 



EMILIO FRUGONI 



En 1902 Emilio Frugoni surgió a la vida literaria 
con el folleto "Bajo tu ventana". Piimicía de la ado- 
lescencia, este libnto de ingenua frescura, orlado de 

flores en el margen, está consagrado a una musa re- 
vestida de miembroa femeninos, *'la mejor musa es 
la de carne y kueso", que aparece entre el marco 
primaveral de una ventana enguirnaldada de cálices 
purpúreos con el cálido rojo de la sangre moza. Una 
sola composición contiene: una "mattinata", en que 
una mirada simpática hubiera adivinado al lírico que 
dos años después darla a las prensas el libro *'De lo 
más hondo". Libro de intimidad, cuyas mejores cora- 
posiciones, de sencilla elegancia, revelaban una per- 
sonalidad que se formaba un poco al margen de las 
corrientes literarias entonces en boga. Poesía de alma 
adentro, de una fina j pura melodía. José Enrique 
Rodó, que firmaba el prólogo, elogiaba en el nuevo 
poeta, en lo que toca a la ejecución "un sentido muy 
fino de lo plástico y musical de su arle"; en lo que 
se refiere al contenido, notaba la sinceridad del sen- 
timiento, inmune de afectación. "Libro, decía, íntimo 
y general a la vez por la índole de los sentimientos 
que exprega...; libro de intimidad: poesía de reco- 
gimiento y confidencia. . . ensimismada, dulcemente 
egoísta. No sé si habrá quien, después de conocida la 
obra, aconseje al autor que atienda a lo que pasa en 
torno suyo; que confunda su personalidad de poeta 
con la personalidad colectiva de su pueblo, o con la 



[138] 



LETRAS URUGUAYAS 



de una comunión ideal, a la que muevan hondos in- 
tereses humanos." No se destaca el libro por notas 
originales, ni es la originalidad la preocupación pri- 
mordial del escritor. Formas puras, talladas en cristal 
o en diáfano alabastro filtran tamizándola en suave 
tonalidad la luz interior de ese lirismo sereno. Al- 
gunas de sus composiciones caben en cualquier selec- 
ción hecha con criterio de severidad de la cosecha 
poética de FrugonL 

"El eterno cantar", de 1907, es un libro ya bien 
granado, que rezuma la miel del fruto en sazón. Es 
la misma índole de poesía, enriquecida con nuevos 
matices. Contiene algunas composiciones de cálida 
sensualidad. Podríanse borrar de sus páginas con ven- 
taja, entre otras cosas un pobre boceto psicológico 
titulado "El místico". Pero las caídas son compensa- 
das por indudables aciertos; tal la composición que 
abre el volumen^ y "Suprema loa", bello y pulido 
canto de amor con algo como de gracioso discreteo 
"petrarquizante". Frugani es todavía el poeta de me- 
dias tintas de su primer modalidad, que, 

ignora que a bus pies cone la vida 
con {raioso impulio de toxrente. 

el poeta de intimidad y de confidencia, que anhela 
por la perfección de la forma para revestir sus can- 
ciones y las elegías que sueña, 

elegínB tan dulces que paiecen 
Uenarin de emoción a lu estrellas.,. 

Nueve años corrieron; nueve años de rumorosa ac- 
ción, de luchas y de trabajos. Frugoni desmintió los 
presagios de sus libros primeros. Abrió su espíritu 



[ 139] 



GUSTAVO GAUJNAL 



a las repercusiones de la vida exterior; dejó que los 
aentimientos colectivos llenaran su corazón. Bajó a 
la candente palestra de laa luchas sociales y políticas. 
En el lírico despertó el hombre de acción. Frugoni 
acaudilló al naciente Partido Socialista y su persona- 
lidad intelectual se perfiló con enérgicos rasgos de 
luchador. Lanzado a lo más recio del entrevero, dis- 
persó su espíritu en una labor de combate, apresu- 
rada y múltiple. Profesor de literatura en la Univer- 
sidad; polemista de acerada y temible pluma, crítico 
que escribió algunos de los mejores comentarios que 
haya inspirado la obra de Florencio Sánchez. . . ejer- 
ció en suma ese oficio complejo del publicista mo- 
derno, del hombre que pluma en ristre pelea en todos 
los campos y a todas horas, armado caballero andante 
de una causa. Poseía todavía un instrumento de más 
directa eficacia para la propaganda, de fuerte poder 
sobre las multitudes; la palabra, una palabra elo- 
cuente. No creo en la crítica sistemática que para 
definir y para forjar fórmulas hueras simplifica y 
mutila. La pluma del crítico debe ser un instrumento 
de precisión y de fineza, apto para la delicada labor 
de analizar la trama oculta de la obra de pensamien- 
to, más intrincada y compleja que la red sutilísima 
de tejidos vivos que constituye la divina sencillez y 
armonía del capullo de la flor o la seda de la pluma. 
No se define una personalidad por ningún carácter 
dominante. Pero, si se me forzara ahora s hacerlo así 
con ésta de muchas facetas, diría sin vacilar: Emilio 
Frugoni, orador. Orador de los más elocuentes que 
han honrado la tribuna uruguaya es, sin disputa, el 
"leader*' socialista. Su palabra, de registros riquísi- 
mos, se adapta a diversos auditoiios con flexibilidad 



[140] 



LETRAS URUGUAYAS 



extraordinaria: es orador de mítines callejeros y es 
también orador parlamentario. Sus discuraoB de la 

Constituyente han sido reunidoa en volumen con el 
título de *'Nuevo9 Fundamentog". Le oí no ha mucho 
tiempo, saldando con palabras conmovidas una deuda 
de amistosa gratitud postuma a Julio Raúl Mendila- 
harsu. Por una coincidencia que ahora recuerdo, Men* 
dilaharsu, poco antes de morir, habiéndome de sus 
trabajas futuros me había dicho: quisiera abordar la 
crítica; intentaré escribir un ensayo sobre la persona- 
lidad de Emilio Frugoni. Fue magnífica la oración 
fúnebre con que Frugoni despidió al amigo, alma bon- 
dadosa, eternamente inquieta, alma generosa y ex- 
pansiva que alentó sueños de hermosura que no acer- 
tó a expresar cabalmente en sus libros. Sobre la es- 
calinata de la rotonda, entre un grupo meditativo de 
oyentes, erguíase la figura un poco aburguesada del 
orador, pálido de emoción. Con pleno señorío de la 
palabra, con limpia dicción, volcaba sin aparente es* 
fuerzo BUS frasea fluentes en aquel silencio lleno de 
recogimiento. Emanaba del orador una sensación de 
vigor mental, la seguridad de una riqueza interior que 
se desbordaba caudalosamente en cascadas de imá- 
genes. Su brazo derecho se movía con gesto de viril 
elegancia: era, como en la clásica imagen, brazo de 
sembrador que rítmicamente se alzaba echando cada 
vez al aire, un caliente puñado de semillas, el verbo 
sonoro. Aseguro que las palabras con que Frugoni 
pagó su deuda sentimental al amigo muerto, caían 
con vibración del más noble metal. 

No niego al poeta; pero veo más alto al orador. 

la voz del orador también la que suena en los discur- 
sos rimados de '*Lo8 Himnos", publicados en 1916. 



[1411 



GUSTAVO GALLINAL 



Con este libro ha querido asumir el significado del 
poeta civil, poeta de las reivindicaciones socialistas. 
El verso que fue antes cuerda de lira, es tensa fibra 
que despide silbando apostrofes e imprecaciones. He 
releído el libro con impresión menos favorable que 
en la primera lectura, recién salido a luz. Hay com- 
posiciones de inn^able vigor; hay fragmentos elo- 
cuentes: tal el consagrado a Juárez. Pero prefiero la 
elocuencia sin reatos de su prosa. La fraseología de 
arenga, callejera, enfática y declamatoria, afea cons- 
tantemente las páginas con notas de estridente vio- 
lencia, o con rasgos como éstos: 

Piensa en ellos y envíales conmigo 
Más que ana maldición, Qna amenaza 
Y sobre el Smaf de la conciencia 
Quede vibrando como un puño el alma. 

Separo entre otras que podría, algunas estrofa? que 
resaltan entre una loa a la Comuna, un cuadrito de 
hogar campesino, un cuadrito geórgico pintado con 
pinceladas de clásica purera. Separo también, con 
particular predilección, un elogio de la décima, es- 
crito en entonadas décimas que se balancean llenas 
de brío refrenado, obedientes a la rienda del buen 
gusto, gallardas y escarceadoras como el corcel de la 
imagen en que se desenvuelven: 

Metro rítmico y ponoro 

que como aldabón golpea 

en el alma y centellea 

con diez chispazos de oro... 

Vaso de sonuridad; 

bajel de alada annonía; 

ánfora de poesía; 

llena de ensueño y verdad; 



[142] 



lATHAS URUGUAYAS 



címbalo de eternidad 

cuyo son las almas llena; 

potro que pisa la arena 

de la vida con donaire, 

iqué bien se estremece el aire 

cuando su paso resuena! 

Frugoni muestra una nueva faceta de gu espíritu en 

el reciente libro "Poemas de Montevideo". En pági- 
nas de sencillo realismo evoca lugares, escenas, aspec- 
tos del nativo solar urbano. Esos cuadros del natural, 
rimados con pulcra sobriedad, me traen a la memoria 
el plácido realismo de Coppée en "Los Humildes**. 
Aquí la simpatía por los humildes se emplea en ha- 
cerlos revivir poéticamente. La imagen de la ciudad 
surge de sus paginas con verdad y con belleza. Las 
calles abiertas sobre azules perspectivas de mar y de 
cielo, la plaza Constitución con "su placidez de cora- 
zón aldeano de la urbe": la avenida de cipreses y de 
mármoles del Buceo tendiéndose hacia una maravillosa 
lontananza de llanura marina; las viejas quintas del 
Paso del Molino, con grandes araucarias de grave- 
dad mayestática, verdes pirámides pobladas de pájaros 
cantores; las vetustas verjas de lanzas cubiertas de 
mallas tupidas de enredaderas, por cuyos claros se 
columbran desordenados jardines, húmedos muros, 
rincones afelpados de musgo, ante los cuales más de 
una vez me he detenido, lamentando no ser dueño de 
un pincel y una paleta en lugar de esta pluma inhábil; 
la rosaleda del Prado, cara al fácil y efímero roman- 
ticismo de las niñas casadeias; las calles de la Unión 
flanqueadas a veces por algunos caserones con re- 
cuerdos de los tiempos de Oribe, o de aquellos otros 
mucho más cercanos, de aquellos de tardes de toros 



[ 143] 



GUSTAVO OALLINAL 



que fueron delicias de nuestros mayores, por cuyas 
venas corría con no enfriado ardor la sangre espa- 
ñola; el abigarramiento de feria del Parque Rodó, 
ensordecedor de músicas de organillos y de chirrian- 
tes orquestas; el palio antiguo con arriates de florea 
y aljibe en el centro en cuyos azulejos brillantes se 
quiebran en astillas de oro los rayos solares. Estas 
cosas 7 muchas otras de nuestro Montevideo, que nos 
son familiares, desfilan en las estrofas de Emilio Fru- 
goni, amables y evocadoras. Mil aspectos, mil rinco- 
nes risueños y típicos de la ciudad, pinta y ensalza el 
poeta con filial afecto: 

Con cuanto amor le canto, Montevideo, 
a pesar de lo amarga que haces mi vida 
Eres en mi existencia llaga y recreo, 
herida y 'venda y bálsaroo de mi herida. 
Apuro el dulzor sua^e de tus sedfñas 
horas que se deslizan sm hacer ruido 
cuando de cara al cielo, duermes y sueñas 
tu sueño de grandezas jamás cumplido, 
i Cómo te amo en la gloria de tus mañanas 
y en tus alucinantes atardeceres 
y en el mundo llamado de tu3 ventanas 
y en los ojos amigoa de tus mujeres! 
iQué placer si yo fuese como un viajero 
que a tus playas desciende sin otro fin 
que el de guitar con ánimo placentero 
de tu tranquilo encanto de grao jardín! 
¡Cómo quifliera entonces poder quedanne 
mecido por tus brazos toda la vida, 
ciudad de donde el mundo quiere arrojarme 
bacia no aé qué playa desconocida! 

Algunas pasajes del libro caen en el prosaísmo. Pe- 
ro, en otros, sobre la realidad vulgar pintada con 
verdad y sencillez, hace flotar la poesia un impalpable 
halo de fina luz idealizadora. 



E144] 



URSAS TTRUGUAYAS 



Lo típico de nuestro país para los artistas ha sido 
híista hoy casi únicamente el campo. De la ciudad, 
pobie del llamado color local, inescrupulosos fabri- 
cantes de hilvanes de escenas han visto casi tan solo 
el arrabal, en lo que tiene de innoble y de guarango. 
Libros como el de Fiugoni, si no existieran otros, bas- 
tarían para probar caántos rincones, cuántos lugares 
y aspectos urbanos esperan al artista que sepa con- 
templarlos con aquella simpatía capaz de sorprender 
secretos de hermosura, invisibles para los ojos vulgares. 



1924. 



tl45] 



ANDRES HECTOR LERENA ACEVEDO 



Hace pocos días leía una recopilación lírica de Tei- 
xeira de Pascoaes, el gran poeta portugué?. Me ha 
quedado en el alma la musicalidad triste y querellosa 

de aquellas estrofas llenas de "saudade", para em- 
plear la intraducibie palabra, en las que las ideas 
parecen diluirse blandamente en el nimbo que las ro- 
dea, en las que las palabras pierden su precisión y 
se prolongan en melodiosos acordes; poesías hechas 
de sombra y de ensueño, llenas de vaguedades y mis- 
teriosas penumbras. He aquí por qué ahora, al reco- 
germe en momento, demasiado breve, para meditar 
en la vida de este poeta niño, caído en plena adoles- 
cencia lírica, he sentido cantar en mi memoria los 
versos de Teixeira de Pascoaes: 

Para dizer adeus ao mundo vim, 
un adeus me persegue de meDÍno; 
onda na minha sombra, vive em inín. 

Porque la vida de este poeta, que fue mi amigo, 

fue "una hora incesante de partida". La eterna y des- 
garrada elegía que llora las promesas irrealizadas po- 
cas veces entre nosotros ha rodado en tomo de un 
motivo más hondamente sugeridor, que en torno del 
nombre de Andrés Héctor Lerena Acevedo. 

Las primicias de su adolescencia presagiaban una 
juventud fuerte, poseída de la embriaguez sagrada del 
ideal, consagrada al culto de las cosas altas y bellas. 



[146] 



LETRAS URUGUAYAS 



EiB de aquella escogida legión de los destinados a 
no dejar disiparse como sombras vanas, como efíme- 
ras nubes, los ensueños de la juventud, sino a reci- 
birlos en el alma, rocío fecundador, para que todo 
su mundo interior se empapara de esa agua purísima, 
y, terreno generoso, rico en savia, diera una profusa 
floración lírica. 

Más soñados que vistos, los paisajes de ése su pri- 
mero y único libro, "Praderas soleadas". Aparecen 
columbrados en el encantamiento de las lecturas que 
abren a la imaginación adolescente maravillosas pers- 
pectivas, extraños horizontes, una inmensidad de mar 
y de cielo; claustros remotos, hechos para el recogi- 
miento y la meditación, poblados de efigies ideales 
y de plegarías; alegría sagrada del despertar en los 
campos de labor, cuando las alondras desgranan so- 
bre los surcos mojados su cristalina canción matinal; 
vuelos de pájaros hacia horizontes desconocidos, por 
sobre montes y praderas llevando tras si también el 
vuelo anhelante del espíritu; "convalecencia del alma 
en las campiñas"; baladas de la primavera abierta en 
flor, perfumada y fecunda como un lecho nupcial; 
partir de barcos sobre el dorso salvaje del mar, mien- 
tras la luz del crepúsculo prende un lampo de púr- 
pura en las velas, alas "que huyen enamoradas del 
misterio y del mar..." En todas estas imágenes, en 
todos los temas aprendidos de sus líricos predilectos, 
puso este poeta joven un acento lírico personal, el 
sentimiento inconfundible que es signo de los predes- 
tinados de la poesía. Para dar digna voz a sus cantos, 
emprendió con ardor la búsqueda ansiosa de palabras 
expresivas, música, color, sugestión. Por lo empeñoso 
de esa búsqueda suelen mostrar sus versos una pro- 



[147] 



GUSTAVO GALLINAI. 



digalidad verbal excesiva y muestran también hallaz- 
gos de palabras vivas, como en el "¡Adiós!" de Tei- 
xeira de Pascoaes, que filtran luz interior de alma; 
la fusión amorosa de la imagen, la idea y la palabra 
que es el don no aprendido de los que nacen poetas. , . 

Se ha ido llevando en el corazón la intacta virgini- 
dad del sentimiento, cuando todos esperábamos la 
obra futura tras la revelación lisonjera y simpática 
de la adolescencia. En su libro quedan, guardados 
como en un arca íntima, sus mejores recuerdos; y en 
verdad que muchos de ellos tienen el valor de joyas 
preciadas. Al abrirlo se exhala un aroma de "sau- 
dade". Está impregnado de una melancolía que acaso 
fue un presentiniiento. Porque como en el Adiós!" 
de Teixeira de Pascoaes, pudiéramos repetir del niño 
poeta que su vida fue una incesante hora de partida . . . 



1921. 



ri48] 



EMILIO ORIBE 



Es Emilio Oribe un escritor complejo. Su labor, 
ya crecida, no podría ser definida con una fórmula 
única y cerrada. Ha publicado media docena de vo- 
lúmenes dando la impresión de un espíritu que se 
busca 9Íu encontrarse del todo, pero movido por ac- 
tivo deseo de superación. Su último libro, buena se- 
ñal» marca un progreso sobre los anteriores. 
■ Sus libros de los veinte años, "Alucinaciones de Be- 
lleza" y "Letanías Extrañas", lo libertaron del moder- 
nismo preciosista, pagando a éste el inevitable tri- 
buto. Aquí y allí, entre pedrerías falsas y profusos 
abalorios, destellan aciertos fragmentarios, notas per- 
sonales, que, si no salvan un libro, cuando menos 
salvan a un autor joven y lo destacan como una es- 
peranza. Desde entonces (1912 y 1915) con regulada 
laboriosidad ha dado a la prensa "El Castillo Inte- 
rior" (1917)» "El Halconero Astral" (1919), "El 
nunca usado mar" (1922), y "La Colina del Pájaro 
Rojo" (1925), libros de poesía todos ellos. El crítico 
que vela en Oribe junto al poeta, es poco vigilante y 
severo; escritor de suyo abundante y proUfico, ga- 
naría con tener menos complaciente corrector, Anun- 
cia ahora una nueva edición de sus libros primeros. 
Si inc fuera licito — derecho que los escritores ja- 
más otorgan de buen grado a lo« críticos — opinar 
en lugar de ese demasiado blando censor, diría en esta 
emergencia al poeta: *'Su3 libros primeros^ querido 
poeta, fueron una honrosa iniciación; pero usted fe- 



tl4ft] 



GUSTAVO GALUNAL 



lizmente no se ha estancado en ese punto; hasta 
ahora cada libro suyo ha sido un peldaño; aún puede 
usted aspirar a subir más. Pague su deuda sentimen* 
tal a los compañeros de las primeras jornadas. Selec- 
cione lo más característico de su producción hasta el 
día de hoy en un volumen, un volumen no muy denso ; 
haga en vez de una reedición de sus obras un libro 
depurado con paternal severidad. Dicen que un pue> 
blo debe ser juzgado por sus minorías elegidas, no 
por las espesas y confusas mayorías. Por lo menos, 
es para mí evidente que un poeta tiene derecho- a 
que se le juzgue por la minoría esclarecida de los 
hijos de su ingenio. No renuncie a ese derecho. £1 
arte no es una democracia igualitaria, como dicen 
muchos bárbaros de hoy. Aun entre los hijos del 
mismo tronco hay vastagos orgullosos y esbeltos y 
otros que nacen desmedrados y entecos, como si los 
primeros desviaran para sí y captaran lo más rico y 
caudaloso del torrente de la sangre del procer, que 
sólo en ellos libremente florece. La poesía lírica no 
tolera medianía. La fecundidad es un mérito muy re- 
lativo. Podría decirse, y no seria defender una tesú 
paradójica, que una escuela, una generación de poetas 
líricos, que lega a la posteridad cincuenta páginas dig- 
nas de tener lectores desinteresados después de cin- 
cuenta años, no es una generación estéril ni desafor* 
tunada. La poesía líiica es como el diamante que la 
combustión de una selva entera deposita en las en- 
trañas de la tierra entre yacimientos de carbón no 
tiii [Infigurado por la llama devoradora. Pero soy hu- 
mano; no exijo a usted que aplique a su obra un 
criterio de puritanismo inclemente. Sea su propio 
antologista; haga un florilegio de sus mejores versos, 
un libro selecto, un volumen no muy denso ..." 

[150] 



UETRAS URUGUAYAS 



Una selección representativa de la labor de Oribe 
tendría composiciones de varia índole. Ha escrito pie- 
zas simbólicas y leyendas; ha rimado episodios de la 
conquista y fundido en verso bustos de caudilloB, sol- 
dados y caciques; ha copiado paisajes del país y de 
lejanas tierras, marinas, cuadros siempre centrados 
con un motivo espiritual; ha escrito versos arcaizan- 
tes, odas bárbaras, sonetos, composiciones de versi- 
ficación regular e irregular y otras totalmente amor- 
fas. Es la suya una lira multicorde. Prolijo sería, y 
de secundario interés, rastrear influencias en quien 
las ha sufrido muy diversas, como escritor de vasta 
cultura, sin maestro ni modelo único; ha refundido 
en las cóncavas sonoridades del yo propio ecos múl- 
tiples y entrecruzados para reflejarlos al exterior en* 
vueltos en su acento íntimo. Desde sus primeros en- 
sayos ambicionó '*una poesía nueva y no explotada*'. 
Médico y especialista en psiquiatría, buscó pronto au- 
dazmente en los temas que le brindara la vida estu- 
diantil y profesional un venero de originalidad. Na- 
cieron asi algunos de sus motivos de estudiante, in- 
cluidos en "El Halconero Astral*', y muchas compo- 
siciones dispersas en otros libros. Son versos con- 
cebidos en las aulas o en la Morgue de la Facultad 
de Medicina, en la cámara de rayos X o frente a es- 
cenas de hospicio, de maternidad y de clínica. Lu- 
chando con materia de suyo tan rebelde ha diseñado 
cuadros de crudo realismo, que le sugieren amargas 
y pesimistas r^Iexiones y crueles análisis. 

El ulencio penetra hasta mU huesos 

y surge del ambiente 

una fascinación trágica y dará 

como en el cuadro eterno de Rembrondt. 

[151] 

u 



GUSTAVO GAUJNAL 



exclama, contemplando en la aala de disMción la re- 
saca humana de loa derrotados, arrojada allí por el 
oleaje de la vida. La mayoría de estaa composiciones 
adolecen de vicios de prosaísmo ingénito, que agrava 
el uso inmoderado del léxico científico. Mal sienta a 
tales temas y notas la leve túnica del verso. Cuando 
acierta, siempre íragmenlari amante, a comunicar vi- 
bración a esta pesada materia lírica, logra trozos de 
real originalidad, una poesía sin gracia ni seducción^ 
pero cargada de pensamiento, y con frecuencia cris- 
pada de angustia ante el dolor y la miseria humanos. 
Con idéntica seriedad pensativa se ha asomado al 
borde de la sima interior, en cuya profundidad mur- 
muran los manantiales de la conciencia y la vida psí- 
quica se desliza y fluye perpetuamente. De la intros- 
pección ahincada, del atento auto-análisis surgieron 
composiciones muy personales; '*Yo", "Perfección de 
la Pampa", "Palos telefónicos". "El grito". "La Clep- 
aydra". En una de esas absortas contemplaciones, el 
poeta ha visto huir por las paredes de la caverna es- 
piritual la sombra de su íntimo ser: 

Una sombra que duda, que razona 

y vacila ante todos los enigmas... 

Tiene una frágil voluntad dispersa 

y hiBta habla cod íantasinis como Hjunlet . . . 

Sirva "La Clepsydra" de ejemplo de esta manera. 
Reclinando la sien en la almohada, en una noche in- 
somne, cuenta los latidos que su corazón vuelca uno 
a uno, como gotas de agua o granos de arena, en el 
vacío de las horas; oyendo retumbar así en el silen- 
cio los sordos martillazos del carpintero interior que 
Heme cantó en un lied exquisito y triste, nota entre 
pulsación y pulsación una pausa que quiebra la ca- 
dencia vital, una pausa arrítmica, y se abandona con 



[192] 



LETRAS URUGUAYAS 



voluptuosidad de melancolía a sus pesares, presin- 
tiendo la fragilidad, como de delgado cristal de mu- 
selina, del vaso que guarda el rojo y sacro licor que 
riega las raices de bu vida: 

Cada latido deja en la clepsydra 
de mi vivir 

dcBcender una peila irreemplazable: 
Qepsydra mía, singular clepsydra, 
¡cómo se agota tu vital latido 
mi corazón] 

Copiaré la composición que titula "Nada", impreg- 
nada de una fina emoción intelectual y bella a pesar 
de la monótona jaculatoria de sus estrofas paralelas: 

En la niñez 

Despertará con inqoietud alada 

Lb tranapamitfl copa de tu espíritu. 

En la adolescencia 

Dilatará una múúca encantada 

La transparente copa de tu espíritu. 

En la juventud 

Se mojará en los labios de la Amada 

La transparente copa de tu espíritu. 

En la madurez 

Tendrá sernudad afortunada 

La transparente copa de tu espintu. 

En la v«]ez 

Se aquietará como agua congelada 

La transparente copa de tu espíritu. 

En un fugaz minuto 

Se romperá suavísima y callada 

La transparente copa de tu espíritu. 

Después, nadie sabrá, 

Que existió nunca en esta orilla odiada 

La transparente copa de tu espíritu. 

Ya ves ¡qué poca cosaí 

Ya ves ¡triste mortal, nada de nada! 

La transparente copa de tu espíritu 



£153] 



GUSTAVO OALUNAL 



"La Colina del Pájaro Rojo", el reciente libro de 
Emilio Oribe, es un claro esfuerzo hacia la sencillez 
de la expresión lírica. Nunca fue Oiibe un desarrai- 
gado, sino un espíritu abierto» de múltiples curiosi- 
dades. En muchas composiciones de sus libros ante- 
riores se columbraba la visión poética del terruño; 
cuadros, bocetos, figuras, paisajes. Vive ahora en San 
José, en una población interior, ejerciendo su pro- 
fesión, y en ella ha concebido y escrito este nuevo 
libro. El paisaje le da temas de meditación, imágenes, 
tenues lineas y colores suaves, algunas, puras suges- 
tiones de la hermosura. No se detiene en lo pintores- 
co, en la sobrehaz; no explota lo accidental y anec- 
dótico; no tiene nada de costumbrista; en sus versos 
no hay gauchos ni gauchescos accesorios. Su poesía 
afinadísima se tiende sobre la desnuda realidad como 
un velo idealizador de policromáticos reflejos. Miran- 
do con amor las cosas que desfilan ante su vista, ha 
ideado algunos poemas de lirismo diáfano en los que 
la realidad bellamente se transmuta y quiebra en iri- 
sadas imágenes. Hay un arle pintorreo, espejo de la 
realidad, al que pertenece la poesía regional, que pue- 
de sin duda ser admirable en su género. Pero hay 
otro arte que sólo toca la realidad y se apoya en ella 
para alzar el vuelo hacia la más alta esfera de lo 
universal y humano. Es así la poesía de Emilio Oribe. 

En el primer poema, *'La simetría", celebra con una 
manera elevada y un tanto abstracta la euritmia de 
su casa y el orden de su vida. "El canto de las coli- 
nas", enhebra elogios de las líneas esenciales del pai- 
saje de su tierra, de las largas curvas de las colinas, 
graciosas en su desnudez de flancos femeninos, lim- 
pias y libres bajo la rotonda dd cristalino cielo. El 



[154] 



LZTHAS URUGUAYAS 



"Nocturno de las Tres Matías" es una poética inter- 
pretación de la leyenda popular de la estelar triólo- 
gia y íorma pareja con la "Alabanza del lucero de 
la mañana" en la que se desgrana una letanía de elo- 
gios cuyo tono va creciendo en lírica intensidad hasta 
la exaltación de la postrer estrofa. El coloquio de la 
estrella, que arde en belleza en el remoto firmamento, 
y del grano de trigo, cuyo destino es deshacerse en 
blanca harina como en cristiana oblación de caridad 
para los hombres, llena una inspirada composición. 
Desearía repetir casi todas las lindas comparaciones 
que le sugieren "las piedras pequeñas de los ríos"; y 
algunas, dice, son rosadas como los pies de los niños; 
otras redondas como los ojos de los bueyes que ba- 
jan a beber al río; semejan aquellas, diminutas san- 
dalias que los astros se han ceñido para andar por 
las aguas; aparecen estotras, estrellitas caídas en las 
ondas; y todas, ruedan, besadas por la luz, adornadas 
por las espumas, pulidas por el roce del agua y de 
la arena, oscuras, o diamantinas o transparentes, to- 
das son arrastradas dando tumbos hacia el abismo 
del mar. Prefiero transcribir, por más breve, y para 
comunicar a loa otros lo que a mi fue dedicado, la 
composición titulada "La oración en la hora de ce- 
nar". Ved con qué expresiva simplicidad y sobriedad 
de color y levantado sosiego dncribe la familiar y 
cotidiana escena: 

La caaa es pobre 7 se abre al campo inmenso 
De blanco está la mesa y nos agnttda. 

Es al anochecer. 

La madre ha dicho: 
]La hora de cenar! 
Traicíende a cosa «anta el comedor, 
"Sube Ift uocb«. Csmao & lo lejos 



[155] 



GUSTAVO GALLINAL 



Hacia la luán llena 

Las avea vigilantes. 

En mi caaa. la lámpara doméstica 

Su llama eleva aquí, al lado mío. 

La madre toma asiento Las hermanas 

Y loi bermanos, cuando llegan, mueven 
Grandes sombras oscuras 

Que huyen por la puerta 

Y penetran de nuero cual fantasmas. 

De madera loa bancos. Muy pobre la vajilla. 
El agua clara 

Del manantial en él jarrón de barro. 
Loa pálidos metales 
De loa cubiertos. .. 

Y él gran pon redondo 
Que se destaca en el mantel de lina 
Dorado está en el centro de la mesa. 
La madre de nuevo 
Nos habla: — [Todos de pie 
Oremos antes de cenar! — 
Inclinando el rostro, 

sobre el pecho. 
Yo, el soñador, por la ventana miro 
Hacia los campos cayo fin no veo... 
La luna está en el cielo 
Como el pan en la moM. 

— Oremos — 
Dios dará la porción a cada uno. 

Al trarés de máltíples experiencias. Emilio Oribe 
ha conquistado la sencillez, la difícil sencillez que es 
flor exquisita de arte cultísimo. Fáltale conquistar aiín, 
concillándola con ella, una forma más disciplinada, 
más ajustada. La forma en poesía es esencia. Su 
hermoso talento toca en la plenitud. 

1925. 



í 156] 



BOY 



Antes de popularizar entre nosctros, adoptándolo 
para sus crónicas, el nombre de Boy, liviano y des- 
dichado protagonista de mediocre novela del Padre 
Coloma, Antonio Soto, se inició con fortuna en el 
periodismo, explorando varios caminos. Escribió cró- 
nicas teatrales; marginó con finas glosas las chis- 
peantes y regocijadas comedias de ambiente andaluz 
de loa hermanos Quinteros; andaluz de nacimiento, 
la tarea le fue gratísima. Hizo también crónica de 
toros durante una temporada, que señala el crepúscu- 
lo lamentable de *'la afición" taurina en Montevideo. 
Fue hace algunos años, cuando la vetusta plaza de 
la Unión (hoy por ventura demolida o ruinosa), se 
engalanó por última vez con chillonas percalinas, ban- 
deras, gallardetes y perifollos para la exhibición de 
alguno, no recuerdo cuál, Je los maestros del arte de 
Cúchales y de bu troupe trashumante, que iniciaron 
"la faena" coreados por las voces de entusiasmo bas- 
tante artificial de una parte del público, fiel a la fiesta 
por alarde de ruidoso españolismo. Los toros eran 
embolados; los jacos no eran muertos, pero en cada 
nueva corrida entraban al redondel más temblorosos 
y pusilánimes, adornados de enormes quistes y costu- 
rones; se raleaban domingo a domingo las filas del 
público, descontento y asqueado. Los manes del viejo 
Acuña de Figueroa, alegre cantor de las "Toraidas", 
debieron de estremecerse de ira contemplando la bur- 
lesca decadencia del "arte", el mercantilismo de los 



[157] 



GUSTAVO GALLINAXj 



artistas, la resignación exasperante de los toroa y la 
ignorancia y desamor de la gente. El gracejo y el 
ingenio de buena cepa serillana de Soto, cubrieron 
tales escenas con risueños comentarios. Boy ha es- 
crito también novelas, "El molino queraajo" y "Un 
hombre perdido"; a mí no me gustan; no es la no- 
vela el género que mejor conviene a sus dotes litera- 
riaa. Ha cultivado con mucho ingenio y no poca re- 
sonancia la crónica festiva y zumbona. La tela gris 
de la vida parlamentaria le sirve para trazar escenas 
y perfiles, dibujados como al desgaire con trazo li- 
gero y pluma ilexible, en páginas que el público re- 
cibe con vivo deleite. 

Ázorín fue su maestro. Un orador parlamentario 
sorprendido por la pluma del cronista, hermana del 
lápiz intencionado del dibujante; un gesto personal y 
característico; un diálogo sabroso; un cuadro tomado 
del natural y con su grano o su puñado de sal que 
lo sazone, tales son los asuntos de esas crónicas, a 
veces primorosas. Como Samuel Blixen en su tiempo. 
Boy en el nuestro, ha impuesto un diario con sus ar- 
tículos ligeros, ha contribuido a difundir en su ciu- 
dad el guato por un periodismo más moderno, más 
ágil y curioso que aquel a que estábamos acostum- 
brados, siempre solemne y tieso, doctrinario y de 
combale, que parecía reclamar lectores de rostro ce- 
jijunto y avinagrado. Las selecciones de sus crónicas 
afrontan con éxito la prueba del libro, se releen con 
gusto, dada la mucha fineza de las cualidades litera- 
rias del escritor. 

A un género afín al de estas crónicas pertenecen 
los artículos que Boy ha reunido y publicado bajo el 
titulo "£1 libro de las rondas". Rondas de recuerdos 



[158 3 



UTTRAS TniUGUAYAS 



varios, evocaciones de escenas, sucedidos, figuras di* 
bujadas con breves e incisivos rasgos. Vive ahora Boy 
en Las Piedras. Es Las Piedras uno de los pueblos 
que se escalonui a lo largo de la vía férrea en los 
alrededores de Montevideo, entre quintas, avenidas 
de árboles, rosaledas» olivares y viñedos; un pueblo 
sosegado, con algunas casonas de patios toldados de 
parras y cuya vieja Iglesia yei^e sus torres ingentes 
sobre frondas verdinegras de eucaliptos. Es sitio de 
veraneo y de reposo. Mi abuelo, hombre que luchó 
mucho, gustaba dar allí al olvido sus afanes de ma- 
gistrado, regando un jardín y cultivando un viñedo; 
había plantado allí su huerto horaciano, cercado de 
paz. Son muchos los que ahora van por las tardes a 
descansar en esos pueblitos vecinos, del tráfago de 
sus negocios ciudadanos. En Las Piedras mora Ma- 
nuel Rosé, quien entre los labradores de los contomos, 
en lag chacras y jardines, ha sorprendido aspectos de 
naturaleza, tipos, escenas, que ha copiado en lienzos 
realistas de cantantes colores. Ensaya ahora Rosé, 
recogido en el pueblo, el cuadro histórico, pintando 
para el Palacio Legislativo una gran tela, "Artigas 
frente a Montevideo después de la batalla de Las Pie- 
dras". Las avanzadas del ejército insurgente avistan 
la' ciudad, cuyos escuetos y castellanos perfiles se es- 
fuman en un fondo lejano, mientras un grupo de fa- 
milias expulsadas por las autoridades españolas lle- 
gan a confundirse con los soldados; tal es el tema de 
ese cuadro cuyo escenario histórico fue en ios aleda- 
ños del pueblo. Desde Las Piedras me ha enviado días 
pasados Antonio Zorrilla de San Martín un opúsculo, 
"La escondida senda". Las gracias (en esta ocasión 
pudiera hablar en singular para que la palabra no 



[159] 



GUSTAVO GALLINA!* 



perdiera su teológico sentido), le han sugerido allí sus 

"carmina sacra'', loas de franciscano y sencillo can- 
dor, concebidas entre meditaciones y coloquios con 
los árboles. Pudiera Antonio Zorrilla de San Martín 
ser uno de los neófitos para quienes Louis Le Cardon- 
nel, discípulo ortodoxo de Lamartine, rima algunas 
de sus canciones ds otoño, en estrofas de claro fervor 
religioso, por las que parece resbalar el aire sutil y 
cristalino, como una linfa purísima, de su Provenza 
nativa. En Laa Piedras ha escrito también Boy mu- 
chas de las rondas que componen este libro. Anécdo- 
tas de viaje, cuentos hrevea, siluetas apenas aboceta- 
das, tipos de escenas de la vida pueblera, aparecen 
subrayados con matices de comicidad discreta, cosas 
fugaces vistas por un observador ingenioso y conta- 
das por un hábil prosista. El género tiene una sola 
regla intransgredible : no ser pesado, no aburrir ai 
lector. Boy es siempre ameno. 

1924. 



[1601 



LAUXAR 



Entre lo8 escritores que en el Uruguay ejercen el 
presunto magisterio de la crítica, sobresale uno. culto 
y perspicaz, que ha publicado ya varios libros con 
el seudónimo de Lauxar. No es para nadie misterio 
su nombre: e\ doctor Osvaldo Cri^o Acosta, catedrá- 
tico por oposición del aula de Literatura de la Uni- 
versidad de la República. Pertenece el doctor Crispo 
Acosta al grupo selecto de profesores que, en años 
de postración y descrédito intelectual de los valores 
universitarios, particularmente en la enseñanza media, 
maittienen una promesa y una esperanza de resurgi- 
miento. Los estudiantes tachan de rígida y adusta su 
rectitud; es uno de los prestigios intelectuales y mo- 
rales bien saneados de aquella casa de estudios y un 
buen mentor de la juventud. Hállase en la madura 
plenitud de su inteligencia, consagrada desde hace 
largos años a la oiseñanza. De filiación ideológica 
conservadora es Crispo Acosta un espíritu ponderado 
y moderno. Su labor crítica es síntesis y coronamiento 
del magisterio docente, difusión de ideas y opiniones 
coadyuvante con las enseñanzas que desde la cátedra 
derrama año tras ano sobre los jóvenes. Sus librM 
están destinados en primer término a los estudiantes 
del aula de Literatura que regentea. 

Pocos calificativos con tanta justeza desmonetiza- 
dos como el de libro didáctico. Pero, seria injurioso 
comparar éstos de Lauxar con las paupérrimas elucu- 
bradones que aborta él ambiente universitario, con 



[161) 



GUSTAVO GALLINAl, 



los libros sosos o plagiados, inferiores e inferiorizan- 
tes, fabricados de ajenos retazos y con las costuras 
visibles a poca luz por un zurcidor cualquiera que 
pone a logro su menguado saber para explotar los 
apremios de sus alumnos en vísperas de exámenes. 
Debatióse no ha mucho en Francia la llamada cues- 
tión de los manuales. Fue una faz de la querella se- 
cular entre *'los nuevos" y los clásicos o consagrados. 
El agravio de los noveles, o de sus partidarios y ad- 
miradores, que, en esta ocasión, como siempre, mo- 
vieron la algarada de protesta, tenía como causa la 
resistencia de algunos autores de textos a incluir en 
ellos, como valores de buena ley y ya reconocidos 
quilates, a algunos de los maestros predilectos de las 
generaciones jóvenes,. Por obra de ese criterio ciega- 
mente conservador, permanecen exilados de los ma- 
nuales, o sólo tienen en ellos estrecha y vergonzante 
entrada, algunos de los escritores más vivos y ac- 
tuantes en el campo de la novísima literatura. Algunos 
de los libros combatidos, blanco de los disparos de 
los ofensores, son, sin embargo, no menos que pe- 
queñas obras maestras didácticas... Manuales de esa 
jerarquía son dechados de todas las perfecciones ima- 
ginables parangonados (si cabe parangón que no sea 
risible) con otros que en nuestro medio universitario 
suelen rodar de fila en fila por los escaños estudian- 
tiles. Se justifica que muchos profesores, alecciona- 
dos por la realidad circundante, más que guiados por 
razones pedagógicas, hagan gala de radical desdén y 
menosprecio por los manuales. Aun los más tolerables 
fabricados en el país, suelen no tener otro mérito que 
el de ofrecer molidas en blanda papilla, nociones ele- 
mentales mal depuradas. Un buen libro escrito para 



[162] 



LETRAS UROaUAYAS 



la juventud de las aulas es* no sólo una obra útil, 
sino una buena acción. Así son los libros de Lauxar. 
La exacta comprensión de las necesidades didácticas 
se aduna en ellos a la seriedad de U información y a 

un claro valor literario. 

Desde luego, poca labor personal cabe en los dos 
volúmenes de "Lecturas literarias", de 1920 y 1921, 

crestomatía de autores españoles e hispano-america- 
nos. En su prólogo expone Lauxar algunas ideas so* 
bre la enseñanza de la Literatura. En reacción contra 
la tendencia predominante en los viejos programas, 
se ha abierto paso el método que pone al alumno en 
contacto directo y frecuente con las obras estudiadas. 
Cada día se aparta más la enseñanza del sistema ne- 
motécnico, que convierte al espíritu del niño en depó- 
sito o troje para amontonar y acopiar datos y noticias 
cosechados por manos extrañas. La tendencia nueva 
es saludable y benéfica; no así los programas, que 
urge someter a proUja revisión; no me ilusiona, sin 
embargo, demasiado el resultado, porque las lagunas 
y vacíos de que adolecen derivan en gran parte de los 
términos angustiosos en los que debe condensarse y 
resumirse la enseñanza de la Literatura, supuesta la 
abrumadora profusión de materias que integran los 
planes de estudios y su pésima distribución. El mal 
radica especialmente en los planes totales de la ense- 
ñanza secundaria y preparatoria. Hubo momentos en 
los que la torpe imitación de métndos extranjeros no 
bien asimilados, sugirió la tendencia de absorber la 
enseñanza literaria en la gramatical, tendencia que 
Lauxar combate. No disimulo estas deficiencias de los 
programas; pero un viento de modernidad ha soplado 
en las aulas de Literatura. La glosa y el comento di- 



[168] 



GUSTAVO GAUJNAI^ 



rerto de las obras originales asume amplio lugar. En 
"Motivas de Crítica hispano-amerícanos'* (1914), hay 
artículos de prosa elegante y juicio sagaz y mesuTado; 
pertenecen a este número los dedicados a Zorrilla de 
San Martín, Magaríños Cervantes y Acuña de Figue- 
Toa. Hay otros más deficientes, como los que tienen 
por temas la literatura gauchesca y los caracteres ge- 
neralps de la literatura de Hispanoamérica. Ha levan- 
tado protestas el juicio sobre Julio Herrera y Reiasig. 
Contrastó tal articulo con las demasías laudatorias de 
la critica indocumentada, con las monótonas letanias 
de alabanza que, al hablar del poeta, desgranaban por 
aquellos años todavía los neófitos modernizantes. El 
artículo de Lauxar es polémico; no una crítica se- 
rena de la vida y la obra de Herrera y Reissig. Des- 
vanece sin desmedro de la fama del poeta, un insulso 
cuento biográfico de bohemias y hospitales, rectifica 
y depura noticias de su vida. La reputación de He- 
rrera y Reissig nada gana con la difusión de una 
leyenda tonta, calco de otras biografías de todos co- 
nocidas. Es lástima que, a pesar de esas fundadas 
rectificaciones, la versión novelesca encuentre asilo en 
libros como la "Antología hispano-americana" de Ca- 
lixto Oyuela. En lo que toca a la apreciación crítica 
que hace Lauxar, ella desmerece mucho pues versa 
casi exclusivamente sobre la parte negativa, sobre la 
parte muerta de aquella obra desigual, y, en una mí- 
nima, aunque imperecedera parte, exquisita. Falta la 
ecuánime apreciación de ésta, como el propio crítico 
lo reconoce y advierte, anunciando para más ade- 
lante un juicio más completo. Ciertas son las puerili- 
dades en que el poeta se complació; comprobadas 
quedan algunas sofisticaclones, por demás inocentes; 



[1G4] 



UETRAS URUGUAYAS 



innegables son también los absurdos y extravagancias 
que prodigó en sus versos. . . Pero nada de eso im- 
pide que Julio Herrera y Reissig sea un poeta admi- 
rable; una alondra de trinos y de luz, semejante a 
una estrella alada, gorjea como en un árbol de oro 
en los versos de este puro lírico. 

En la extensa monografía consagrada más adelante 
a Carlos Reyles analiza detenidamente Lauxar las in- 
fluencias que han pesado sobre el autor, lo sitúa en 
su época, descubre el origen y procedencia de sus 
ideas madres y los tonos de originalidad que adquie- 
ren en los escritos de Reyles; sigue en sus vueltas y 
revueltas y complicados meandros el pensamiento de 
escritor tan personal y móvil. Un retrato literario de 
rasgos bien grabados sirve de proemio a esta excur- 
sión al través de los libros de Reyles. Lo muestra 
surgiendo a la vida de escritor con una explosión de 
romántica rebeldía en "Por la vida"; lo presenta lue- 
go en "Beba" y en las "Academias" en búsqueda afa- 
nosa de una nueva manera, del tropel en que vació 
"La Raza de Caín"; señala en "El Terruño" la acep- 
tación de la disciplina fuerte de la vida . . . Analiza 
también las ideas de Reyles. Las ideas políticas, como 
uno de los promotores que fue de la acción rural, 
en una interesante aunque demasiado pronto abando- 
nada tentativa de encauzamiento de fecundas energías 
dispersas, para las que formuló programa. Estudia 
luego la ideología del ensayista diletante de 'Xa muer- 
te del cisne", escasamente original en su exaltación 
de energías imperialistas de raíz nietzscheana. No al- 
canza Lauxar a comentar las últimas producciones; 
su libro es de 1917. Si la laguna que por ello queda 
en el ensayo no « aensiUe por la omisión de los 



[185] 



GUSTAVO GALUNAL 



"Diálogos Olímpicos", es muy grande por la ausencia 
del libro intenso que se titula "El Embrujo de Sevi- 
lla". Reyles, en quien admiro al artista novelador, no 
ha escrito libro tan bello, como esa evocación de 
Sevilla cristiana y moruna» voluptuosa y cruel; pa- 
rece en las páginas de esta novela cobrar vida y 
realidad el mundo afiebrado y barroco de bailarinas 
y cantadores; reverbera el sol en las arenas empapa- 
das en sangre de toros; revuelan faldas y mantillas 
en los ruedos y aleteos y arrebatados giros de la dan- 
za flamenca; solloza ei canto hondo y vibra en el 
aire incendiado una saeta disparada por los más ro- 
jos labios. . . Reyles no logra convencerme de la tras- 
cendencia sociológica de sus doctrinas; pero, si no 
seducen las fórmulas del instinto de dominio y la 
ilusión vital aplicadas a las cosas de torería, sí loa 
parlamentos y discursos de los personajes carecen de 
virtud suasoria, es maravillosa de color y de relieve 
la evocación del ambiente de Andalucía en este libro 
cálido y suntuoso, bordado en realce de oro sobre 
seda escarlata. 

El último libro de Lauxar, recientemente publicado, 
comprende dos ensayos, ampliación de artículos an- 
teriores: "Rubén Darío y José Enrique Rodó". Es el 
mejor sazonado fruto de su labor literaria; supera a 
los anteriores en fineza analítica y en elegancia. Esa 
prosa sobria y transparente deja percibir alguna frial- 
dad, ausencia de íntimo calor y de emoción personal. 
Es Lauxar un analista de erudición bien asimilada y 
armónica. Su método es expositivo; si adolece de pro- 
lijo, es por que así lo exige el destino didáctico de 
bUs bbros. Se propone principalmente hacer compren- 
der a los autores que comenta. La critica es género 



f 186] 



LSTRAS URUGUAYAS 



de fronteras indefinidas y abiertas, lindantes con mu- 
chos campos. Este linaje de crítica expositiva requiere 
principalmente amplitud de comprensión, lealtad con 
el pensamiento ajeno y mucha capacidad de simpa- 
lía. "Rubén Darío" tiene serenas páginas en las que 
se diseña con nitidez la curva espiritual del poeta, se 
muestra la formación de su arte y sus varias etapas. 
Paso a paso lo sigue el crítico a partir de los balbu- 
ceos primeros en su patria tropical que en los años 
de la niñez y de la adolescencia estampó indeleble se- 
llo en su mente "adormeciéndole la voluntad y el pen- 
samiento en la pereza deliciosa de un deliquio pe- 
renne". Estudia la obra en sí misma y en su poder 
renovador y suscitador. Así, hasta el final, lamenta- 
blemente de desamparo y de gloria, tal como lo ha 
pintado Valle Inclán en el "Esperpento" "Luces de 
Bohemia"; arrinconado en un café madrileño, mudo 
ante el vaso colmado de ajenjo, sumido en letárgico 
sopor sólo cruzado por alguna ráfaga de inspiración 
fugaz, y llevando retratada en el rostro "la tristeza 
basta y enorme esculpida en los ídolos aztecas". Qui- 
siera hallar en el en&ayo de Lauxar mayor compren- 
sión del lirismo dolorido y humano que llena la 
última parte de la producción de Rubén Darío. 

Penetrante es también el esfuerzo para aprehender 
y definir el espíritu de Rodó. Abomina Lauxar de lo 
inconcreto y lo vago; ciñe con precisión y suave fir- 
meza el pensamiento del escritor. £1 ensayo, conce- 
bido con no disimulada simpatía, dista mucho, sin 
embargo, de las loanzas de los aspirantes a discípu- 
los; se guarda bien Lauxar de repetir las pamplinas 
seudo idealistas de los jóvenes "arielizanles", de las 
que Rodó no es responsable, como no lo es Rubén Da- 

[187] 

13 



GUSTAVO GALLINAL 



tío de los desvarios cursis de los cantores de prince- 
sas lilas y cisnes albos. Lo primero que ha de exigirse 
a un escritor es suficiente independencia mental y 
hombría como para no ser una personalidad refleja, 
un segundón. Lo que Rodó tenía que decir, lo dijo, 
y bien. Quien nada original pueda agregar, obrará 
discretamente arrumbando la pluma y dejando que la 
coma la herrumbre. 

He aquí un libro exento de improvisación, conce- 
bido y escrito en levantado sosiego, ennoblecido por 
la compañía de esos espíritus egregios. Una cultura 
finamente decantada, un fervoroso amor a las cosas 
del alma, una vocación magistral afanada en educar 
con el ejemplo de las grandes vidas a las nuevas ge- 
neraciones confiadas a su custodia, han colaborado 
acordes en su gestación. Concluyo la lectura en una 
tarde primaveral, limpia y diáfana; la luz alegre re- 
brilla en la verdura de las tiernas hojas que coronan 
los árboles; un inconsútil velo luminoso desplegado 
desde el cielo de cristal parece vestir los objetos todos 
de claridad; una brisa blanda atempera el vaho so- 
lar. . . La serenidad de los paisajes espirituales que 
he visitado en la lectura predispone mi espíritu para 
sentir y gozar la serenidad de las cosas. 

1924. 



[188] 



ADOU-O AGORIO 



De Qeanto, aquel que dio estoico ejemplo de vo- 
luntad y dignidad de espíritu en la miseria conquis- 
tando cada noche en rudos trabajos manuales la li- 
bertad de consagrar el siguiente día a las pláticas d« 
los filósofos en el pórtico de Zenón, toma Cicerón 
una escena simbólica ideada para combatir las doc- 
trinas de los epicúreos. Solía Cleanto en sus leccio- 
nes pintar a sua oyentes un cuadro en el que figura- 
ban todas las virtudes que enaltecen la vida humana, 
pero tan sólo como servidoras de la voluptuosidad, 
la que ocupaba bajo solio el puesto de honor, cu- 
bierta de manto suntuoso y adornada con las insig- 
nias de la majestad, como reina en medio de su 
corte; satirizaba así aquel sutil y sofístico artificio 
por el cual, después de fundar Epicuro la moral sobre 
el placer, desterrando de ella a las virtudes honradas 
por común consenso de los hombres, las introducía 
luego en la escena por oblicuas entradas no en cali- 
dad de señoras, sino de vasallas. ¿Por qué recuerdo 
ahora esta anécdota? Me viene a la memoria por aso- 
ciación de ideas y me da una imagen para lo que 
quiero decir, Adolfo Agorio ha publicado un ensayo, 
un libro impreso en Madrid, **Ataraxia'\ Esta pala- 
bra, cara a los epicúreos, y sobre cuyo alcance dispu- 
taron los moralistas antiguos y disputan los moder- 
nos, contiene en si la idea que es el nodulo del libro. 
No afírmaréi tomando a la letra el parangón, que 
Agorio escritor posea todas las excelencias, pero si 



[169 3 



GUSTAVO GALUNAL 



que ostenta algunas hennosas cualidades. Es dueño 
de una cultura no estrechamente literaria, cultura de 
perspectivas hondas que lo distingue de la mayoría 
de nuestros intelectuales, dominados por cierta nove- 
lería instaUe y caprichosa. Escribe una prosa de tra- 
zo firme y rápido, realzada con frecuencia por el 
toque de luz de la metáfora, y en la que el pensa- 
miento, en lugar de desenvolverse con lentitud discur- 
siva, se concreta fácilmente en frasea cortas y densas, 
que se desprenden como frutas maduras brindando 
BU carne jugosa. Escritor reflexivo, sazona, exprime 
lentamente sus obras en lugares de meditación y re- 
poso.,. Tiene, pues, algunas virtudes excelentes en 
un publicista y de las más raras en nuestro medio 
intelectual. Pero la voluptuosidad también (aquí de 
mi reminiscencia ciceroniana), la voluptuosidad en 
una de sus encamaciones más refinadas, la voluptuo- 
sidad verbal, manda sobre esas virtudes y las ordena 
bajo su soberanía. Expone Agorio su doctrina de 
ataraxia, doctrina de soledad intelectual y de renun- 
ciamiento; pero el espíritu secreto del libro es mucho 
menos severo de lo que tales palabras sugieren: del 
principio al fin noto en el delicado epicureismo del 
escritor que sabe del placer de hacer estilo y lo sa- 
borea sabiamente. La voluptuosidad de la palabra, for- 
midable instrumento de goce y de dolor, reina sobre 
la obra. En los cuadros, evocaciones y fantasías que 
la esmaltan y decoran, el pensamiento central sude 
ser no más que un hilo próximo a quebrarse, apenas 
un pretexto para que ss ensaye en múltiples Taiiacio- 
nes la virtuosidad de un artista que juega con su 
instrumento, la palabra, 

£1 "ser fuerte es estar solo" del pesonaje de Ibaen, 
podría ser divisa para el intransigente individualismo 



1170] 



lbtrAs uruguayas 



de que Agorio alardea, "Vida intensa, escribe, no ei 
otra cosa que meditación de alma y cuerpo, que so- 
ledad enérgica. La buma aueite ablanda los músculos 
y seca el corazón. Nada más prodigioso que el infor- 
tunio. El éxito es paraíso de los tontos". 

La suprema sabiduría está en la rrívindicación y 
conquista de nuestra libertad interior, en nuestra 
emancipación del yugo del juicio extraño, en el ol* 
vido de los móviles subalternos y en purificar el alma 
de las escorias pasionales. Romper las cadenas de lo 
contingente y de lo actual; asediar con paciente es- 
trategia y disciplina mental el baluarte del propio 
espíritu hasta tomar por entero posesión de él: tal el 
móvil supremo de una vida profunda aplicada a su 
progresivo perfeccionamiento. 

Soledad estimulante y enérgica; libertad interior, 
sumo bien confesado por todas las filosofías. Llamé- 
moslo ahora, ya qae Agorio lo quiere así, ataraxia. 
Expresemos por esa palabra el deseo benéfico de vida 
espiritual libre y ferviente. La discordancia entre él 
y nosotros saldrá a la superficie al intentar definir 
con precisión y nitidez el sentido de esta concepción 
griega. Concebimos una ataraxia de esceptícismo y 
de desencanto; una ataraxia que sea el coronamiento 
de una doctrina de epicureismo sonriente y blando; 
una ataraxia vigorizadoxa y estoica. La ataraxia que 
florece en una Bonrísa de desdén contemplando la in- 
finita vanidad de todo; la que tiende hacia la volup- 
tuosidad solitaria, un placer limpio de toda hez de 
dolores; la que es reposo austero después de la ac- 
ción y preparación para el nuevo esfuerzo. Tomamos 
la palabra, el concepto de ataraxia, como una cáscara 
hueca y lo llenamos con nuestro pensamiento. Cabe 



im] 



GUSTAVO GAIXINAL 



concebir la libertad interior como proveni«ite de una 

suprema comprensión y aceptación del orden prees- 
tablecido de las cosas, una conformidad libertadora 
por la cual el destino ineluctable parecerá plegarse a 
ser una determinación de nuestra voluntad estoica: 
acordaremos así el latido de nuMtros corazones pere- 
cederos al vasto y sagrado ritmo del Universo. Puede 
la nuestra ser ataraxia de impasibilidad, alma <iorda 
a los ruidos exteriores, alma de paz, sustraída al tor- 
bellino que arrastra y azota a los hombres y las cosas, 
como la ráfaga inaplacable del infierno del Dante. 
Como el Hylas o Narciso de los sutiles mitos beléni- 
cos, podemos hacer de nuestra soledad, espejo en que 
deleitamos en el goce de la propia contemplación. Y 
existe también la soledad que es atalaya» arduo risco 
para dominar más amplios horizontes, mientras se 
acerca la hora de lanzarse al combate del mundo, 
ataraxia . . . 

Tomado de este delgadísimo hilo conductor, Agorio 
eslabona sus meditaciones y las ilustra con variados 
ejemplos. Bajo el rótulo, ataraxia de lo inactual, habla 
de la música de Beethoven, que se derrama desde un 
alma solitaria en oleadas de claridad y de armonía 
que al volcarse apagan en silencio augusto a los rui* 
dos vanos y efímeros. Desenvuelve en otro capítulo, 
— ataraxia de las fuerzas creadoras, — una interpre- 
tación simbólica del mito de Prometeo, libertad en el 
tormento de los creadores, condenados a expiar ex- 
celsamente la virtud de su grandeza. Dedica un capí- 
lulo, — ataraxia de la dispersión, — a celebrar la es- 
tupenda gesta de los conquistadores hispánicos, y otro 
capítulo, — ataraxia de los místicos, — a las discipli- 
nas ardientes y magníñcas de Teresa de Jesús y Juan 



[172] 



LETRAS URUGUAYAS 



de la Cruz. Un concepto muy atitilízado, que a Teces 

lio es más que una sombra verbal, serpea enlazando 
en sus vueltas, personajes y asuntos tan dispares y 
remotos. Soledad enérgica, purificación espiritual, 
exaltación, ataraxia; tales ?on las palabras que apa- 
recen y reaparecen en ios diversos capítulos. Pero el 
numen que fielmente acompaña al autor en sus pere- 
grinaciones mentales, sn demonio familiar, se llama 
el demonio de la voluptuosidad verbal. Gs el mismo 
mago insinuante que con mañosa traza consigue ¡tan- 
tas veces! que el moralista de *'Motívos de Proteo" 
olvide o relegue a secundario plano la severa prédica 
de renovación, fin confesado del libro, y ceda la pri- 
macía al artista que se goza en pulcras afinaciones de 
estilo, de tal manera que la doctrina permanece tan 
sólo como el tallo erigido para que columpie en el 
aire su pompa triunfal la artificiosa flor de la pará- 
bola. Agorio puede estar agradecido a su "demos", 
pues le debe algunas buenas páginas. 

Anteriormente Agorio había publicado tres libros 
formados por la reunión de crónicas y artículos es- 
critos en la prensa diaria para glosar los sucesos de 
la guerra mundial: "La Fragua*', "Fuerza y Derecho", 
"La sombra de Europa". £1 poder de realzar el co* 
mentarlo escrito para la hoja que ha de vivir sólo 
unas horas en el interés de las gentes, nadie entre 
nosotros después que desapareció Rafael Barret lo 
tuvo ni lo ejerció con tanta eficacia como el Agorio 
periodista de estos primeros libros. De entre las cró- 
nicas que ya han sufrido, con toda evidencia, el co- 
mún destino de tales escritos, que han perdido ya, con 
la novedad y frescura, el interés del momento en que 
nacieron, es fácil extraer algunas otras dignas de vi- 



tl78] 



GUSTAVO GAUJNAI. 



vir más tiempo. El último libro *'La sombra de Eu- 
ropa", es el mejor construido, y sus artículos f^ravi- 
tan en tomo de algunas idea? medulares, integrando 
varios pequeños ensayos. Libros son de ideología 
amarga, impregnados de pesimismo ante el ejemplo 
de la violencia y la brutalidad desencadenadas y sin 
ley. Entre elogios a la democracia jacobina, asoman 
ya en sus páginas loa sentimientos de desvío para la 
democracia que tiene en "Ataraxia", acerada y pun- 
zante expresión. Pensando que sin fuerza no hay de- 
recho, creyendo que ninguna idealidad, por más di- 
vina que sea au belleza^ puede triunfar si no embraza 
escudo y lanza como la Minerva de ojos azulea. Ago- 
rio remata sus reflexiones con la utópica aspiración 
hacia una fuerte asociación política y militar de los 
pueblos de Hispan o- América, juntos en recio haz de 
energías y de propósitos. 

Más tarde publicó Agorío un libro raro, contami- 
nado de cierta nebulosa retórica de misticismo orien- 
tal: "La Rishi-Abura", subtitulado "Viaje al país de 
las sombras". Novela de aventuras exóticas y sinies- 
tras, recuerda por su argumento algunas narraciones 
fantásticas de Cenan Doyle. Las encarnaciones de la 
Rishi-Abura, la bruja de los pantanos, engendrada 
en el misterio de las supersticiones hindúes, forman 
la trama de esos relatos. Aunque ostenta algunas bue- 
nas páginas, el libro es un error de Agorio, Tiene 
partes concebidas en tono por demás sibilino, que no 
está tampoco del todo ausente de "Ataraxia'*. "Soy, 
escribe en este ensayo, probablemente un anacrónico 
que he pasado sin cambio a través del tiempo. Me be 
filtrado mal. He traído conmigo un sueño de belleza 
y de mdancolía que debía de haber dejado en los 
siglos." 



[174] 



LETRAS TmUGTTAYAS 



Solidificado sobre un penaamiento de soledad, de 
orgullo y de pesimúnio, forjado quietamente en una 
ardiente fra§[ua, surge a la luz "Ataraxia". Proclama 
Agorio el culto del yo, en palabras de fervor barre- 
tiaiio, palabras dfi un "hombre libre" que todavía no 
ha meditado en las capillas y cementeiioa de su Lo- 
rena interior y persiste armado en actitud defensiva 
contra los bárbaros. "Defended, dice, vuestro egoísmo, 
pues ahí reposa vuestra originalidad. Cultivad un ideal, 
cualquiera que sea. La suprema ataraxia llega a la 
verdad por el desprecio. La opinión de la mayoría 
es siempre una corte brutaL pues le falta tiempo para 
ser justa; pues en alguna forma ha de justificar su 
razón de existir." Gusta Agorio de acuñar su pen- 
samiento en fórmulas sentenciosas^ breves, metálicas. 

No ha resistido a la tentación de asestar algunos 
flechazos contra la democracia. Su desdén asume for- 
mas violentas. Abomina de la estupidez democrática, 
del absurdo sin elegancia de la democracia... Sus 
acusaciones, ni nuevas ni originales (¿ea fácil decir 
algo nuevo y original sobre esto?), tienen como blan- 
co el culto seudo-democrático de la medianía nivela- 
dora; presume que la ley del número excluye el per- 
feccionamiento selectivo y acarrea fatalmente la des- 
composición de los valores morales que hacen la 
única digna del hombre. Avanzando en esta direc- 
ción, llega, por senderos que tienen aun impresas las 
huellas reci«ites de pasos de ilustres predecesores, a 
justificar al buen tirano, cuyo culto es la reacción 
contra el culto excesivo del rebaño. Afirma que la 
humanidad moderna ha visto aliñarse el sentido de la 
ingratitud para con los verdaderos servidores de los 
pueblos, los artistas, los creadores. "La edad moderna 



C175] 



GUSTAVO GAUJHAL 



ha TÍ»to sutilízaise prodigiosamente el sentido íntimo 
de la gratitud. La existencia del ser elegido es penosa 
cadena de calvarios." 

Nada mejor defendido que estas paradojas, sobre 
todo cuando las recoge y hace suyas, escritor de reales 
dotes. Para contestarlas hay que tener a veces el di* 
fícil valor — el más difícil valor, según Faguet — de 
repetir verdades ya convertidas por el uso en lugares 
comunes, patrimonio de todos. Sin duda, no siempre 
el honor, el premio y el agradecimiento popular re- 
caen sobre el mérito real. Los hombres que en al- 
guna manera suben más alto del nivel general no se 
sustraen por eso a la ley de instabilidad de los desti- 
nos humanos. La gloria es muchas veces una coro- 
na sobre una lápida. Justicia, la de los hombres, 
imperfecta. Si fuera infalible, la vida perdería su sen- 
tido trágico profundo; los monólogos de Segismundo 
y de Hamiet no subirían a las estrellas como gritos 
inmortales de la conciencia de la humanidad. 

No diría yo tampoco, con Agorío, y sin prudentes 
atenuaciones, que son minorías inteligentes las que 
han hecho marchar al mundo. Aun sin rozar la eterna 
disputa sobre el papel respectivo de las muchedum- 
bres y el de los hombres superiores, aun considerando 
tan sólo las obras cuyo recuerdo cabe vincular en 
justicia a un hombre individual, no es claro que siem- 
pre los más altos y puros servidores de la humanidad 
y de los pueblos, pertenezcan a esas legiones que 
constituyen las minorías inteligentes. Si en el princi- 
pio de muchas obras grandes está el impulso de al* 
gún iniciado glorioso, no es menos cierto que otras 
se hubieran realizado sin el esfuerzo, la inmolación 
anónima de ignoradas muchedumbres. La inteligencia 
es una fuerza que ha menester norte, un instrumento 



[17«3 



UBTRAS UnUGUAYAS 



para el bien d para el mal; merece loa o vituperio; 
eslá aometida a sanciones. Infinitas e imponderables 
son las fuerzas espirituales y materiales que impulsan 
al mundo. La inteligencia es una de ellas. El vicio del 
juicio sobre la democracia está en aceptar previa- 
mente de ella una definición tosca e inferior: la ley 
omnímoda y brutal del número, que anula la acción 
de los factores morales. Error que está también en la 
raíz del sofisma de Maurras, el doctrinario de la Ac- 
ción Francesa, cuyo pensamiento está unido por tenuí- 
simo pero real nexo ideológico al del despiadado teo- 
rizador de Zaratustra; "no se organiza la democracia; 
organizar la democracia es instituir aristocracias". 
Oposiciones verbafes: la vida no se mantiene, rica y 
ferviente, en las capas que están más altas, sino por 
la agitación y el hervor continuos de las capas pro- 
fundas: la democracia es la forma, la organización* 
que hace más fácil ese intercambio permanente de mo- 
léculas y de átomos, de modo que una corriente vigo- 
rosa se derrame por todas las extremidades del cuerpo 
social. Una democracia fuerte y sana, una democracia 
viva, gesta en su seno el grupo siempre renovado de 
hombres rqjresentativos y de guías espirituales, tan 
naturalmente como la planta condensa su savia vital 
en la flor y en el fruto. 

Marcados éstos, puedo pasar por alto otros moti- 
vos de disentimiento personal con las opiniones que 
vierte Agorio en el libro que he comentado, uno de 
los más sugeridores que ae haya publicado en el país 
«1 los últimos tiempos. 

1924. 



£177] 



PEDRO LEANDRO IPUCHE 



Un grupo de escritores jóvenes triunfa imponiendo, 
en la poesía lírica particularmente, el tema nativo. La 

reacción contra las tendencias literarias que el moder- 
nismo puso en boga se ha precipitado desde hace al- 
gunos años. Reacción en las formas. El modernismo 

Tefinó las formas, innovó la métrica, labró una poesía 
de orífices, propensa a la sutileza y al alambicamien- 
•lo. Abrió, también, el camino para las reacciones, y 
una parte de su obra es el precedente imnediato en 
que se apoyan quienes hoy proclaman y practican la 
libertad sin trabaa, en busca de nuevas y expresivas 
formas. Reacción también en cuanto al espíritu mis- 
mo. Reinó, cuando el modernismo prevalecía, una poe- 
sía inactual, desviada de la realidad circundante y 
humana; se aclimató el gusto de lo original y lo raro; 
todo lo que era exótico y lejano aparecía revestido 
de prestigio. 

Los escritores nuevos de que hablo han "descubier^ 
to" el tema nativo. Claro es que, cuando se trate de 
acreditar la prioridad del derecho, surgirán de todos 
lugares predecesores que harán respetar títulos añe- 
jos. Pero ello no quita interés, ni aun novedad, a la 
aventura, ya en buena parte coronada por d éxito, 
de los nuevos exploradores. Hace algunos años loa 
libros más celebrados se llamaban *%os peregrinos de 
piedra", "Los cálices vacíos", "Las lunas de oro", 
"Los arrecifes de coral". Hoy los jóvenes escritores 
cifran el ideal da sus libros con títulos diversos: "Raíz 



[178] 



LSTRAS TrnUGUAYAS 



salvaje", "Agua dd tiempo», "Voz de la vida", "El 
libro del mar", . . Vida floreciente y libre, salud y 
aire de campo, oleadas de luz solar. . . 

£n eaa briosa falange se ha alistado Pedro Leandro 
Ipuche con sus libros "Alas nuevas" y ^Tierra honda", 

que perfilan con nitidez su personalidad, después de 
algunos ensayos menos felices. Gusta Ipuche de rei- 
terar una profesión de rudeza y de tosco vigor: 
"Yo soy brusco y ardiente como una llama dará*', 

escribe, y reitera en otros versos: 

Ya veía que soy un gaucho. Conozco la aspereza 
De la sierra más dura y larga y primitiva. 
He sentido mi cuopo gozoso en la fiereza 
De los caballos rjpidos, de mirada más vivo. 

Ingenuo sería aceptar esa autodefinición. Ipuche es 
un escritor culto que acentúa su nota original hasta 
dar en el alarde, muchas veces mal sonante, de mas- 
culinidad y de rispida fiereza. Odia el ablandamiento 
sentimental, la feminidad del corazón. Pluma en 
mano aspira, no siempre con la necesaria mesura, a 
hacer obra de varón, y piensa acaso que ciertos mo- 
tivos melosos y lánguidos serán en el porvenir, patri- 
monio exclusivo de las poetisas, cuyo número se acre- 
ce asombrosamente. Con ímpetu y alacridad juveni- 
les celebra la rusticidad de los hombres y las cosas 
de su campiña criolla. La mejor parte, la parte buena, 
de su libro, despide sensual y profunda fragancia. 
Recoge, para renovarlos, temas que trataron los gau- 
chescos, que abordó también la poesía culta en la al- 
borada romántica, tan llena de presentimientos y de 
intuiciones proféticas, aunque sin hacer en au tiempo 
casi más que desflorarlos. Su sensibilidad se anuda a 



[179] 



GUSTAVO GAUJWAL 



la tierra con vínculos suaves y fuertes como raices 
ávidas. Ha transvasado a sus versos las emociones de 
sus correrías de niño por los campos natales de Oli- 
mar. 

Acierta hermosamente cuando describe el añoso aro- 
mo de su casa natal, al que los veranos echaban sobre 
los hombros un chai de oro undoso y fragante, árbol 
patriarcal y hospitalario cuya ancianidad engendra- 
dora cubría de renuevos y retoños el anchuroso patio 
de la estancia. Acierta también cuando evoca la vie- 
ja higuera: 

Arcana hija de las piedras rola», 
LongevEt cenicienta, contrahecha, 
Pezonada de grietas y de mieles. 

Leo la composición, una de las buenas del libro, y 
me viene a la memoria aquella página hermosísima 
en la que el enternecido atleta de "Recuerdos de Pro- 
vincia", habla de la higuera cuyas ramas sombrea- 
ban en las tardas siestas de San Juan, el rústico telar 
de su madre y con la que, cuando cayó trozada por 
el hacha, desapareció sigo del intimo encanto del 
hogar paterno. 

Traza Ipuche cuadros de realismo crudo e intenso, 
impregnados de sensualidad sana y de emoción real. 
La poesía criolla, la de las décimas para cantar con 
guitarra, explotó lo pintoresco vulgar de las costum- 
bres ; fue casi siempre expresiva de sentimientos tri- 
viales; pero conservó algo de color local y esto fue 
suficiente para asegurarle el éxito del momento; ex- 
plotó en suma una mina a ñor de tierra, ya exhausta. 
Los cáteos de estos escritores de ahora van profun- 
dizando hasta vetas más profundas, de filones aurí- 
feros. Es gallardo el intento y la realización ha sido 



[180] 



UTRAS URUGUAYAS 



muchas veces digna de elogios. Esa oríentacínn de 
sano nacionalismo, repudiable en lo que tiene de ex* 
elusiva y en los vanos alardes doctrinarios, ha dado 
nacimiento a obras de real originalidad entre las que 
se cuentan algunas de tanto mérito como las de Juana 
de Ibarbourou y de Fernán Silva Valdés. En "Tierra 
lionda", particularmente, Pedro 1^ Ipuche destaca con 
vigor 8U personalidad. Los escritores de la genera* 
ción roiiiántíca presintieron estos tesoros; más aún, 
los descubrieron. Si fracasaron muchos de sus bien 
encaminados ensayos fue en parte por lo prematuro 
entonces del arduo intento, peio también porque cre- 
yeron demasiado en el don, en la inspiración, en el 
poder de la fantasía suelta y desordenada. No hay 
poesía digna de este nombre si falta el "quid divi- 
num" que otorgan gratuitamente la naturaleza o la 
providencia. Hay artistas de dones extraordinarios 
que cantan espontáneamente, como los pájaros del cie- 
lo, canciones no aprendidas. El horror a lo ''libresco" 
de que hacen ostentación los escritores jóvenes, en- 
vuelve una justa abominación del arte artificioso y 
reflejo, hecho de imitaciones y resonancias ajenas, sin 
originalidad y sin frescura. Pero suele encubrir tam- 
bién una mala incitación a la pereza intelectual, a la 
incultuia, a la improvisación, la creencia excesiva en 
el "don", o en el instinto. Compadezcamos al "prin- 
cipe que todo lo aprendió en los libros" porque fue 
privado del conocimiento y la contemplación de mu- 
chas cosas hermosas y admirables. Pero el arte que 
podemos aspirar a crear en nuestra época no ha de 
ser flor silvestre, sino flor de cultura. Hennosa as- 
piración es la de dar nacimiento a un arte en el que 
■e copien nuestra tierra, nuestra vida, nuestra espíri- 



[181] 



GUSTAVO aAUJNAI. 



tualidad en lo que tienen de originales y genuinas. 
Paro, ¿cuál podría ser la actitud 4e un alma puesta 
frente a las cosas, desnuda de loa prejuicios de la 
cultura? ¿Es posible tal aLbsurdo? Hay que ensan- 
diar y dilatar los horizontes, el conocimiento de las 
cosas universales y humanas que da la cultura. Hay 
que amar, amar ardient^ente, a los libros, instru- 
mentos de cultura, de cuyo trato los espíritus elegidos 
salen nutridos, ágiles y prontos para los esfuerzos 
gloriosos; sólo los espíritus entecos ae inmorilízan en- 
volviéndose en las doctrinas de los maestros como en 
sudarios. Ea preciso cuidar la forma, ningún artista 
ofende impunemente el sentido de la forma; es pre- 
ciso estudiar cada vez con más ahinco el idioma 
nuestro, instrumento en el que duermen maravillosas 
posibilidades musicales y plásticas. El triunfo más 
alto y perdurable será de la fuerza segura de ú mis- 
ma, disciplinada por la cultura intensa; no del vigor 
agreste, ni del instinto virgen y selvático. 

1924. 



[182] 



UNA CONFERENCIA SOBRE EL 

SENTIMIENTO HISPANO - AMERICANISTA 
EN LA LITERATURA URUGUAYA 

I 

Al pronunciar la palabra hispano-amerícanismo, 

tema central de esta disertación, quiero precaverme 
contra torcidas interpretaciones. Incalculable es el po- 
der de las fórmulas. Las palabras ejercen potentísimo, 
maravilloso inílujo sobre los hombres. La ilusión 
verbal, la seducción engañosa de un verbo sonoro, 
con harta frecuencia sirven para propagar falsos y 
nocivos conceptos, ideas que caen como simientes en 
las almas de los hombres y en las almas colectivas de 
los pueblos. Ellas difunden sentimientos y pasiones 
que luego son causas secretas o manifiestas de hechos 
de proyecciones incalculables; hacen un camino es- 
condido y subterráneo y luego aparecen de pronto, 
surgen a la luz, estallan en las misteriosas acciones y 
reacciones de la historia. "En el principio era el ver- 
bo", dice el sagrado texto. En el principio era la fuer- 
za, en el principio era la at;ción, traduce en las filo- 
sóficas meditaciones de su gabinete de alquimista, el 
personaje eterno en cuyos labios puso Goethe nume- 
rosas sentencias de hondo e imperecedero sentido. La 
palabra es fuerza y acción, está en el principio de toda 
humana obra. No son fórmulas áridas y secas de no- 
taciones matem^cas esos signos convencionales del 
lenguaje; no tienen el valor inmutable de las cifras 

[1«31 

14 



GTTSTAVO GAUUNAK. 



algebraicas. Palabras idénticas, despiertan resonancias 
múltiples, infinitas, ecos lejanos y diversos, al caer en 
las conciencias de hombres distintos, y más aún, al 
derrumbarse en esas simas insondables de la subcon- 
ciencia, llenas de temerosos silencios y de profundos 
misterios. Palabras hay que al través de nuestra vida 
psíquica, hemos cargado de recuerdos; al pronunciar- 
las, sentimos que suben en bandadas a la luz de núes* 
tro espíritu, memorias que paiecían desvanecidas para 
siempre en los limbos del olvido donde más se espesa 
la penumbra. Otras hay que nos basta decir mental* 
mente para que llenen nuestra conciencia las ondas 
de una prolongada vibración musical, como si dedos 
intangibles tañeran las cuerdas del arpa íntima. Las 
hay, que hacen revivir en nosotros un mundo de suti- 
lísimas correspondencias en el que los sunes se tras- 
mutan en recuerdos, los periumes se truecan en visio- 
nes, las vocea evocan paisajes o figuras. La palabra, 
condensación del aliento del alma, surge tibia, cuan- 
do es sincera, del calor más hondo de nuestro ser. 
Es formidable instrumento de goce o de dolor que 
pulsa sabiamente la mano del artista. Guarda en sí 
posibilidades inagotables. De alianzas inconsútiles, de 
palabras que pueden hacer melodías jamás oídas, tré- 
molos suavísimos, austeras, y prodigiosas smfonias. 
En sus virtualidades pictóricas hay colores paia es\rc- 
lar las orgias de los maestros venecianos, claridades y 
sombras como las que lucen en las evocaciones trá- 
gicas y visionarias de Rembrandt, mauces tenuísimos, 
brillos triunfales, florecimientos esplendorosos, rom- 
pientes de luces, taies como jamás se extendió el pin- 
cel sobre el lienzo. La palabra destella y fulgura co- 
mo una gema o salpica y ensucia como el lodo; pro- 



[184] 



LETRAS imUGUAYAS 



voca exaltaciones de férvida espiritualidad, o prodiga 
caricias sensuales y enervantes; ea filtro que rinde 
voluntades, venda de piedad sobre la herida, hoja ta- 
jante que blande un brazo heroico... Pensamiento, 
sentimiento, música, idea, color, perfume, el verbo está 
en la raíz de todo humano impulso. 

Epocas hay del espíritu humano que son abiertas 
por una inesperada insurrección verbal. Recordad los 
manifiestos del romanticismo en su periodo de ata- 
que. £1 arte clásico puro mataría la belleza por cris- 
talización. El puro espíritu romántico lo disolvería. 
Chateaubriand descubre la palabra "con gusto a car- 
ne" según la frase de Maurras; Hugo desata sus to- 
rrenciales orquestaciones verbales; Cauthier enriquece 
la frase como el pintor carga de colores la paleta . . . 
El romanticismo es una grande renovación verbal. Es 
también todas las otras cosas que sabéis y cuya im- 
portancia histórica no necesito explicar ahora. Un es- 
critor de España, cuyo nombre poco se conoce y se 
pronuncia en nuestras tierras de América, Juan Ma- 
ragall, patriarca de las letras del renacimiento catalán, 
el que escribió el "Cántico Espiritual", una de las ins- 
piraciones perdurables de la moderna literatura pe^ 
ninsular, ha escrito un delicado elogio de la palabra, 
"la maravilla mayor del mundo porque en ella se 
abraza y confunde toda la maravilla espiritual de 
nuestra naturaleza. Parece, concluye, que la tierra usa 
de todas sus fuerzas en llegar a producir al hombre 
como al más alto sentido de sí misma y que el hom- 
bre use toda la fuerza de su ser en producir la pala- 
hra". Aladas las llama Homero, con primoroso epí- 
teto, Y hoy leemos las suyas, inmortales, y pejiaamos 
que casi nada más que palabras, palabras aladas y 



[lai] 



GUSTAVO OALLmAL 



mánooles lotos, quedan de una de laa más hacendó- 
saa colmenas humanas que hayan fabricado su miel 
en las ramas del tioopo. Todo lo demás &e derritió 
como cera blanda. . . 

Pesemos, puee, las palabras a las que hemos de atar 
nuestro pensamiento. Si amamos la verdad, hablemos 
con palabras veraces* no manchadas de falsedad o de 
insinceridad. 

Entre las palabras, las hay que son cordiales y eim- 
páticÉis, y suenan como lemas de nobles cosas y de 
^tOB efectos, porq^ evocan férvidos ideales de la 
conciencia odactiva: patriotiamo, nacionalismo... A 
la par de ellae, otras análogas: hispano-americaniS' 
mo . . , EUas han de ser definidas con claridad antes 
de servirse de ellas. Por eso dije al comenzar que 
quería precaverme desde luego contra interpretacio- 
nes equivocadas. Tienen esas palabras, una faz de 
simpatía; pero como medallas que ostentaran en una 
de sus caras el laurel pacífico y en el reverso la efi- 
gie agresiva y bélica, sirven también de consignas de 
la discordia y el odio. Las buenas palabras generosas 
se trasmutan fácihnente en leyendas de la pasión agria, 
se cargan de sentido negativo; el espíritu del mal les 
infunde un aliento ponzoñoso. Así suelen sonar a 
cosas inicuas las palabras patriotismo, nacionalismo, 
cuyo germen está en un santo amor. Cuidemos, pues, 
el precisar nuestras palabras. Crear la fórmula es for- 
jar el grillete del pensamiento. 

Mal entendida, esta voz "hispuio-americanismo'\ 
puede revestir sentido indeseable. Nace entonces la 
oposición con aquella otra que he pronunciado, pan- 
americanismo, se pronuncia la hostilidad de los diver- 
sos conceptos de' '*la patria magna". Frente a la uni- 



[136] 



LfiTRAS XTRUOTTAYaS 



dad labrada por la raza o el idicona, la TÍncutación 
de la unidad territorial o contínental; el lazo atado 

por la geografía frente al anudado por la historia o 
la estirpe o la política. Entonces la palabra que signi' 
ficaba unidad buena de familia dentro de la comuni- 
dad de los pueblos, se toma en veibo negativo, eriza- 
do de incoraprenaiones. signo de pasión, entrañado 
como activa levadura en un grupo humano, fórmula 
de contradicción y de lucha. 

Insisto, puea, en mi afirmación inicial, de que. fer- 
voroso hispano-americanisla, si ello dice amor al 
vínculo de la tradición, no profeso tal palabra como 
fórmula de doctrina, antes bien expresamente quiero 
despojarla de sentido político. £1 hispano-ameríca- 
nismo de que hablo ^ de cristalina sencillez: pero tic^ 
ne primordialmente, valor sentimental. Por eso escribí 
el título publicado de esta disertación: el sentimiento 
de hispano-americanirauo en la literatura uruguaya. 
No por eso le atribuyo valor ínfimo. El sentimiento 
es una fuerza invalorable. No sólo los artistas, los 
poetas, también los hombres de Estado, los que ma- 
nejan humanos intereses, debea calcular el poder de 
irradiación y expansivo dd smtñaaieBto. Sus proyec< 
tos serán errados, cuando en ellos no pese como algo 
real, eficiente, ese factor del sentimi«ito, que puede 
llegar a ser todopoderoso; el sentimiento es magné- 
tica corriente que galvaniza a un pueblo entero 7 lo 
alza pronto para viriles empresas o que pasa de uno 
en otro pueblo, salvando las fronteras materiales, re- 
vela profundas afinidades y toca y exalta las almas 
para gestas que tuercen el curso de la historia y ha- 
cen violencia al destino. Hispano-americani&mo, en la 
intención de esta coolerencia, es vinculo de aimpcdía 



[1W3 



GUSTAVO GALLINAL 



y afinidad entre España y América. Lo estudiaré reflc' 
jado en nuestra literatura uruguaya. El tema, dema' 

siado vasto para una lectura, podiía tener fases múl- 
tiples. Aún concretado a su mera expresión literaria, 
desbordaría de loa límites fatales en los que debo en- 
cerrarme. Podría comprender el e&tudio. aún no rea- 
lizado en forma aceptable, del influio de la mentalidad 
española en las diversas época? de la literatura patria. 
Se podría, por ejemplo, escribir un ensavo sobre el 
paralelismo de ambas literaturas, sus diferencias y 
simpatías. Cabría medir la influencia de los escrito- 
res españoles en nuestra producción. Algunos de ellos 
— Larra, Zorrilla, Bécquer — darían materia para 
interesantes notas. Podríamos smtirnos tentados a 
trazar las semblanzas de los españoles de origen, in- 
corporados como nativos a nuestra historia literaria, 
símbolos vivos gue revelan hondísima afinidad v com- 
penetración intelectual y sentimental. Citemos sólo un 
nombre, y muy reciente: **EI Viejo Pancho", el poeta 
criollo por excelencia de nuestro tiempo, el más ge- 
nuino de los modernos payadores, cantor del pago y 
del terruño, fue español de nacimiento. Si quisierais 
saber cómo y por qué el más penetrante intérprete ac- 
tual del alma de nuestros hombres de campo, el que 
infundió más emoción al habla característica de nues- 
tros "gauchos" de ahora, acertó a hacerlo sin ha- 
ber visto la luz de nuestros pagos, tendríais que des- 
cender a ese oscuro fondo étnico, a ese secular depo- 
sito de sentimientos que pasa de padres a hijos v don- 
de yacen adormidas, pero siempre vivas, profundas 
simpatías, impulsos capaces de abrirse en los corazo- 
nes como florecimientos espontáneos de lo más íntimo 
de nuestro propio ser. Así se abrió un día de pronto 



[188] 



LEmAS TIHUGUAYAS 



en el corazón de "El Viejo Pancho", amasado con 
tierra española, la flor de la nativa poesía que pen- 
samos que sólo podría germinar en barro de América. 

No es ese ^rupo de semblanzas el que voy a tratar 
ahora. He circunscrito más mi tema. Al comenzar mí 
escrito, suspensa sobre el papel la pluma, pensé que 
el título pudiera ser éste o parecido: De cómo se re- 
fleja el sentimiento de amor a España en alguno? de 
los escritores uruguayos representativos de nuestras 
diversas épocas literarias. Eslamos en el presente em- 
peñados en tma tarea de vinculación espiritual y ma- 
terial. Colaboran en ella instituciones tan beneméri- 
tas como e^ite "Centro Gallego" que hoy me honra con 
la hospitalidad de la tribima. La tarea es más fácil y 
fecunda hoy qne ayer, y también más necesaria. La 
renaciente cultura de España, en plena expansión, en 
rico y copioso fructificar, nos brinda cátedras, univer- 
sidades, centros de estudio y laboratorios. Rumores de 
taller en actividad llegan a instituciones como esa 
admirable Junta de Ampliación de Estudios que con- 
grega en su seno a algunos de los hombres cumbres 
de la intelectualidad de España, que irradia su pen- 
samiento en el interior y en el exterior y ofrece un 
vasto campo de estudio y de labor a los jóvenes es- 
tudiosos. Pero si la organización universitaria cuenta 
hoy con eficaces instrumentos de trabajo intelectual, 
la propaganda siempre ha tenido apóstoles. Esto es 
lo que pondré de relieve. Diré cómo trabajaron por 
esa vinculactón algunos de los más prestigiosos escri- 
tores uruguayos; cómo la sintieron y sirvieron. Pre- 
sumo que no habrá más grata manera de hacer discu- 
rrir con amenidad y deleite esta hora, que la de ce- 
der con frecuencia la palabra a esos escritores com- 



tl89] 



GUSTAVO GALUNAL 



patriotas. Leeremos, pues, juntos y en alta toz, algu- 
nas de las páginas más bellas que les inspiró el amor 
al genio matelmo de España, reanimando los acentos 
de algunas voces amigas y elocuentes que siempre nos 
será grato oír, a nosotros y a vosotros. 

n 

Podríamos pasar por alto los escritos de la pri- 
mera generación. Tiene ella nombre que plenamente 

la encarna. Francisco Acuña de Figueroa personifica 
el espíritu del Montevideo colonial y luego, durante 
largos años, ocupa la desierta escena literaria de nues- 
tro país. Por un sino curioso, pero revelador de un 
estado social, este hijo de Montevideo no se alistó en 
las filas revolucionarias al estallar el movimienlo eman- 
cipador. Permaneció fiel al rey Fernando VII y a las 
banderas españolas ¡Traición!, gritarán los eternos 
incomprensivos, o cuando menos señalarán al poeta 
como una excepción vituperable. Hay quienes creen 
aún que nuestra Historia está partida netamente en 
dos por la revolución: del lado de allá el pasado en 
sombras: hacia acá el resplandor de la nueva era. Por 
fortuna, ya hace muchos años que el progreso de los 
estudios históricos ha hecho saber que es necesario 
sepultar bajo siete llaves esos conceptos declamatorios. 

La situación personal de Figueroa, que coincide con 
la de muchos de sus contemporáneos nacidos en nues- 
tra tierra, está e^qdicada sin subterfugios en el prólogo 
del "Diario Histórico**, libro apelmazado y soporífero 
para quien pretenda hallar en él méritos literarios, 
pero lleno de interés para quien aspire sólo a rastrear 
datos y pormenores cuiiosos de los últimos años de 



[1»0] 



LETRAS XmuaUATAS 



la dominación española en nuestro suelo. Estuvo el 
poeta, junto con sus bennanos, entre los muros de la 

plaza, durante los años Je la encarnizada resistencia 
que opuso a las armas de la revolución; quiso, apro- 
vechando sus forzados ocios, trazar la crónica del si- 
lio. Como muchos otroa americanos, escribe Figue- 
roa, que después se han hecho Tecomendablea por las 
letras o por las armas, en honor y defensa de la pa- 
tria, ¿I, en los primeros años de la Revolución, y muy 
joven todavía, cedió a las simpatías de familia, a las 
preocupaciones de su educación y antecedentes y no 
comprendió a primera vista lo grande del movimiento, 
ni su impulso regenerador que debería fructificar en 
las generaciones del porvenir; asustado por el áspero 
sacudimiento y convulsión que aquél hacía experi- 
mentar a todo el antiguo orden social, se encontró 
colocado entre aquellos que pretendieron poner un di- 
que con sus pechos al torrente que se desbordaba, sin 
dejar por eso de amar mucho a su tierra natal, , . 
Fácil le hubiera sido borrar actualmente hasta los 
vestigios de sus antiguas opiniones, pero esto sería 
mentir a la patria y mentir sin utilidad para ella. 
La guerra de la independencíft es para Figueroa una 
guerra civil. El sentimiento patriótico no late en su 
espíritu en esta primera época de &u labor. Espaíía es 
la patria grande. Montevideo la aldea nativa querida 
con íntimo afecto. Nutre su pecho un vivo sentimiento 
localista. Más larde, el narrador en verso del sitio de 
1812 se trueca en el "poeta civil", — si cabe prodi- 
garle tal sonoro titulo — de la república recién cons- 
tituida. Con tal tiesura, requerida por tan empingoro- 
tado oficio, pulsa la lira de hierro. Maldice a España 
en versos que son ecos de la poesía española del si- 



Í1911 



GUSTAVO GALLINAL 



glo XVIII y principios del XIX. Prodiga sus versifi- 
cados anatemas, aunque no tanto como los sahums' 

rios a los proceres del nuevo régimen. Así vive medio 
siglo reflejando en su producción las variaciones po- 
líticas del medio en que vive. Escéptico y despreo- 
cupado, se consuela de sus errores con la liviana sá- 
tira horaciana. Nacido para la vida plácida y corte- 
sana, tocóle en suerte capear las tormentas de los años 
más turbulentos y borrascosos de nuestra historia. 
Abrid algunos de los tres gruesos volúmenes que en 
la famosa "Biblioteca de Autores E'^pañoles" de Riva- 
deneyra conservan una nutrida compilación. Os llama- 
rá de inmediato la atención la semejanza espiritual 
de Figueroa con estos escritores. Allí cabría un sitio 
para su producción. Fue siempre entre nopotro^ el 
poeta del buen tiempo pasado. Fluctuó sin convicción, 
arrastrado por las opuestas corrientes políticas que 
atravesaron su época, desde los días de la colonia has- 
la los de la formación constitucional. Acompañó en 
sus cambios y mutaciones a nuestro Montevideo, des- 
de que la ciudad comenzó a removerse en la celda de 
la crisálida colonial. 

No cabe hablar con propiedad del sentimiento hi?- 
pano-americanista en Figueroa. Espiritualmente es to- 
davía más español que americano. Es natural que 
fuera así. Los cambios intelectuales son siempre más 
pausados y lentos que los políticos. Las fechas de la 
historia política no marcan los jalones de la historia 
literaria. Acuña de Figueroa "sobrevive" medio aig^o 
a su época y es la encamación de la tradición espa- 
ñola en los primeros tiempos de la patria nueva. Si 
fuera necesario dnnostrar esto, que es la evidencia 
misma, bastaría su nombre para probar cuán falao y 



tl92] 



LErratAS URUGUAYAS 



deleznable es el concepto que pretende, existe un abis- 
mo cavado por la revolución emancipadora, que se- 
para al presente del pasado. La historia es continui^ 
dad, sucesión de hombres y pueblos, tradición, es 
decir, trasmisión, de unas en otras generaciones, de 
];i ILima sagrada de ]a vida. Cada generación, antes 
de disiparse para siempre, lega io mejor de sí misma 
a la que viene tras ella. Cada generación es el eslabón 
de una cadena que sostienen las manos de Dios. 

III 

Acuña de Fígueroa, sumergido a medias todavía en 
el pasado colonial, no goza aún de autonomía men- 
tal; es una prolongación de la vieja y empobrecida 
cultura española del siglo XVIII. Pero he aquí que 
la alborada romántica destella sobre los pueblos del 
Plata. El romanticismo mira por una de sus faces al 
pasado. Pero es al mismo tiempo un movimiento 
de libertad espiritual. Los corifeos del romanticismo 
americano aspiran con justicia a conquistar la inde- 
pendencia intelectual, que es para ellos complemento 
de la independencia política. Publicistas de aquella 
generación que removió tan hondos problemas litera- 
rios, políticos y sociológicos, sin acertar casi nunca 
con su solución, acuñan su pensamiento en una frase 
lapidaría: civilización y barbarie. Civilización, ea de- 
oír, euTOpeísmo, en el sentir de Sarmiento; -barbarie 
es decir, soledad de los desiertos, restos y resabios de 
la cultura colonial, todo lo que se opone al cambio 
de los espíritus. Buscad en Sarmiento, buscad en Al- 
berdi, buscad en Andrés Lamas o Juan María Gu- 
tiérrez los testimonios de esa guerra sin cuartel: los 



[193J 



GUSTAVO GAtUNAL 



hallaréis repetidos hasta la saciedad. Sarmiento, para 
citar un solo nombre, pasa por Monlevideo en tiem- 
pos de la Guerra Grande. La ciudad, guarnecida por 
numerosas legiones de extranjeros, mezclados con hi- 
jos del país, lucha contra el ejército de Oribe. Nues- 
tro viajero queda deslumhrado. Su famosa frase pa- 
radógica. cuya paternidad alguien ha discutido, paré- 
cele justificada y concretada en un ejemplo histórico: 
civilización contra barbarie. £q la carta en la que des- 
cribe, con su natural verba inconlinente, improvisa- 
dora y pintoresca, el ambiente cosmopolila del Mon- 
tevideo de la Defensa, está estampada la jubilosa im- 
presión que le causa el cambio profundo que nota, que 
él interpreta como un rompimiento a muertR con el 
pagado histórico español. "Buenos Aires leí Buenos 
Aires de la tiranía) España exclusiva; Montevideo, 
Norte America eosmopolita. ¿Cómo han de estar en 
paz el fuego y el agua?'' Y luego formula, contra los 
encastillados en el eí^pírítu de España, un anatema 
iracundo: "¡Raza infeliz, matate como el escorpión^ 
con el veneno mismo que circula en tus venasl" "¡Oh 
Montevideo, exclama dirigiéndose a la ciudad euro- 
peizada, yo te saludo, reina regenerada del Plata! Tu 
porvenir está asegurado; el incendio de los pajonales 
del desierto ha pasado ya sobre tu superficie; la yer- 
ba que nazca será fresca y blanda para todos. Pros- 
crito de mi raza, un día vendré a buscar debajo de 
tus muros las condiciones completas de hombre que 
las tradiciones españolas me niegan en todas partes". 

Un tema muy sugestivo acude a los puntos de la 
pluma al comentar estas apasionadas frases de Sar- 
miento. Hay que vencer un in^iulso espontáneo para 
resistirse a insinuarlo siquiera. Porque no creo que 



[194] 



LSTRAS URUGUAYAS 



podría demoBtrarse cumplidamente que este batalla- 
dor y encre^ado espíritu de Sarmiento, alzado en 
lecio gesto de rebeldía contra la tradición española, 
ea, sin embaído, paríi quien sepa calar hasta lo ín- 
timo de su espíritu, el más genuinamente caatizo de 
ioB cíioritores de América. 

Releed "Recuerdos de Provincia" y decidme si se 
ha escrito en América libro que. con más frescura 
que éste, ecmserve d aroma de los tiempos idos, en el 
que se evoque con una vivida emoción el ambiente 
cianstral de nuestras viejas ciudades, señaladas toda- 
vía por el austero sello de la España vieja. 

Dejemos de lado ese comentario tentador y vayamos 
a lo pertinente. Cuando el romantimismo erigió su 
enseña libertadora, pareció que bajo las oleadas de 
gloriosas novedades desaparecían sepultadas para siem- 
pre las reliquias de la tradición española. Concretémo- 
nos a los escritores uruguayos. Andrés Lamas pre- 
gona un ideal combativo: "Dos cadenas nos ligaban 
a España: una material, visible, ominosa; otra no 
menos ominosa, no menos pesada, pero invisible, in- 
corpórea, que, como aquellos gases incomprensibles 
que por su sutileza lo penetran todo, está en nuestra 
legislación, en nuestras letras, en nuestras costumbres, 
en nuestros hábitos y todo lo ata, a todo le imprime 
el sello de ia «sdavitud y desnuente nuestra emanci- 
pación absoluta. Aquélla pudimos y supimos hacerla 
pedazos con el vigor de nuestros brazos y el hierro de 
nuestras lanzas; ésta es preciso que desaparezca tam- 
bién si nuestra persosaiidad nacional ha de ser una 
realidad; aquélla fue la misión gloriosa de nuestros 
padres; ésta es la nuestra". Tal, el confesado propó- 
sito de Andrés Lamas. La realización, esto seria claro 



tl95] 



GUSTAVO OALLINAL 



para quien analizara su obra historial, es menos ab- 
soluta de lo que dicen estas palabras. En su labor de 
historiógrafo, versado en la ciencia de explorar los 
arcanos del pasado, abundan las declaraciones res- 
petuosas de la obra civilizadora de España en Amé- 
rica. Suyas son estas otras palabras, sólo en la apa- 
riencia contradictorias de las anteriores: justo 
abandonar las preocupaciones y el idioma de los cam- 
pos de batalla. No hay nación alguna que haya puesto 
menos trabas al desarrollo intelectual de gus colonias; 
sólo en las españolas se encuentran rastros de la en- 
señanza superior. Si lo que entonces se enseñaba casi 
no merece los honores de la ciencia, era, al menos, 
cuanto ella poseía". 

Andrés Lamas coincide en ideas, como muchos es- 

critorea americanos, con los partidos avanzados de 
la España de su época. Su repudio de la tradición se 
refiere a la parte muerta, caduca, del pasado; no a 
lo afirmativo y perenne. La posición espiritual de lo^ 
publicistas como él, se acerca a la que ocupan los 
publicistas liberales de la España misma, tal como 
los revolucionarios de América simpatizaban con los 
rebeldes constitucionales de la España de Femando 
VIL Atacan al absolutismo, a las instituciones retra- 
sadas, no al genio mismo de España. 

El sentimiento hispano-americanista tiene en las 
generaciones románticas un representante calificado, 
un propagandista infatigable cuya pluma jamás en- 
mohecida sirvió esta obra de vinculación mental: es 
Alejandro Magariños Cervantes. Muchos años ejer- 
ció el patriarcado de las letras uruguayas. Se han 
borrado y desvanecido los perfiles de su silueta de 
escritor. El tiempo ha marchitado sus obras, robán* 



[1961 



LETRAS imtTGÜAyAS 



doles frescura y color. Pero en la crónica de nuestra 
sociabilidad, aparecCTá siempre como una figura sim- 
pática. 

Es un iniciador, aunque no siempre o nunca, afor* 
tunado en la realización. Quien hable de nuestra no- 
vela cometerá injusticia si olvida a **Caramurú"f el 
ensayo de romance de ambiente nacional, en su tiem- 
po prestigioso, que marcó huellas útiles a los rastrea- 
dores del terruño. Quien diga del desarrollo histórico 
de nuestras letras no podrá pasar en silencio las le- 
yendas en las que Magariños tentó escribir poesía 
genuinamente americana y columbró horizontes des- 
conocidos. El echó a la circulación entre nosotros, si- 
guiendo la inspiración de los primeros románticos, 
los nombres, las cosas, los recuerdos patrios. Cierto 
que, en definitiva, el historiador literario mencionará 
estos libros en calidad de antecedentes, no de obras 
duraderas. Pero en la historia hay también glorifi- 
cador recuerdo para los iniciadores, los precursores. 
Magariños Cervantes lo fue entre nosotros en campos 
vanos de la actividad intelectual. Hay escritores ge- 
cundarios, para quien juzgue sólo la calidad de la 
obra escrita, que fueron personalidades de primera 
fila en su tiempo, y cuyos nombres sobrevivirán largo 
espacio al naufragio de su labor literaria. Así valió 
Magariños por su acción, por su influjo, por la 
irradiación de su personalidad. Cultor y pontífice 
en su tiempo del americanismo lilcrario. es decir 
del propósito de infundir color y sabor locales a 
la literatura, completó su amor a las cosas america- 
nas con el amor que profesó a las cosas de España. 
Vivió, muy joven, en España. Granjeó allí fama, re- 
nombre apreciable. Anudó amistades con los más pre- 



GOSTAVO GALLINAl* 



claros escrítoies y políticos. Poned ahora los nombres 
más insignes de España en la primera mitad del si- 
glo XIX; raro sería que alguno de ellos no haya es- 
tado vinculado a Magariños Cervantes. Fue éste un 
hispanista ferviente. Su libro "Estudios históricos 30- 
bie el Río de la Plata", interesante boceto de estudio 
sociológico, a pesar de ser obra improvisada de dia- 
rista y por muchos aspectos un panfleto político, con- 
tiene una interpretación no por completo despreciable 
del significado histórico de la tirania rosista. Obedece 
a una tendencia de acentuado hispanismo. Predica la 
unión espiritual de España con sus antiguas colonias. 
Pide que los gobernantes fomenten con predilección 
la inmigración española, a su juicio la más asimila- 
ble, la más benéfica para estos países, que deben afir- 
mar su civilización 7 su carácter propios de sello 
ibérico, frente al preponderante coloso yankee, cuya 
nación "pasmosa por sus progresos materiales, no ha 

cultivado los progresos morales " (Asoma el cargo 

que tiene elocuente expresión en el Ariel. . . ) Rechaza 
indignado Magariños Cervantes la pretensión de su- 
perioridad anglo-sajona. Nosotros, escribe en el ci- 
tado libro a mediados del siglo, apreciamos en mucho 
nuestra nacionalidad de raza; nosotros creemos que 
ese hidalgo pueblo español tan calumniado no cede 
a ninguno en virilidad, ni carece de aptitud para nada 
cuando Sdben dirigirlo. ¿Por qué, pues, se le muestra 
tanto desvío? Las provincias vascongadas, Aragón. 
Cataluña, las dos Castillas pueden enviarnos colonos 
ifln buenos o mejores como los ingleses y franceses. 
Estos acudirán siempre en sobrado número para in- 
clinar la balanza a su favor, al paso que los primeros 
nos son indispensables para mantener el equilibrio y 



[198] 



LETRAS URUGUAYAS 



para que haya siempre entre nosotros un plantel de 
rüza hispana, cuyos vigorosos retoños salven la na- 
cionalidad, la religión y demás gloriosas tradiciones 
españolas. Mezclemos nuestra sangre con la extran- 
jera, ya que ésa es la ley constante de la humanidad, 
pero no reneguemos de nuestro origen primitivo ..." 
Así, refutando juicios de Alberdi, escribía Magariños 
Cervantes en años en que el prestigio español en la 
intelectualidad de América padecía eclipse. No fue 
ónicamente entonces, ni principalmente, cuando don 
Alejandro rompió lanzas, desde su campo conservador, 
en pro del hispano- americanismo. 

Acometió y llevó a feliz término una empresa que, 
considerada la distancia en el tiempo y el estadq^de 
la cultura de entonces, puede ser alabada en calidad 
de meritísiino ensayo de irradiación intelectual por 
Hispano- Aménca. Publicó la "Revista Española de Am- 
bos Mundos", dotada de amplio programa hispano- 
americanista. Salió a luz la Revista en 1853; su co- 
lección tiene lugar en la historia de la cultura de 
América. "Esta publicación, estampó Magariños Cer- 
vantes en el prospecto, está destinada a América y a 
España; pondremos particular esmero en estrechar 
relaciones. La Providencia no une a los pueblos con 
los lazos de un mismo origen, religión, costumbres e 
idioma para que se miren con desvio y se vuelvan las 
espaldas, así en la próspera como en la adversa for- 
tuna. Felizmente, han desaparecido las causas que nos 
llevaron a la arena del combate y hoy el pueblo ame- 
ricano y el ibero no son ni pueden ser más que miem- 
bros de una misma familia, la gran familia española 
que Dios arrojó del otro lado del océano para que 
con la sangre de sus venas, con su valor e inteligen- 

[19fl] 

15 



GUSTAVO GAUJNAL 



cia conquistase a la civilización un nuevo mundo. Ixw 
nietos de los conquistadores nacidos en España pue- 
den y deben ayudar a siu hermanos nacido» en Amé- 
rica a llevar a cabo la grande obra que iniciaron sus 
gloriosos ascendientes al clavar U cruz y el victorioso 
estandarte de Castilla en las vírgenes playas del con- 
tinente indiano. "La. Revista consagrará artículos es- 
peciales al examen y solución de varias cuestiones en 
que están empeñados el porvenir y los más caros in- 
tereses de España y América. Asi se establecerá una 
noble emulación y alianza entre los escritores espa* 
ñolas y americanos. Aai se estrecharán por vez pri- 
mera la mano al través de los mares y de la univer- 
sidad. Los últimos tendrán además la ventaja de darse 
a conocer en Europa y de que su nombre desconocido 
aquí, y tal vez en el resto de América, pase la& fron- 
teras de su natal región. Nadie ignora que, por moti- 
vos que sería muy extenso enumerar, es más fácil la 
comunicación entre París y las nuevas repúblicas que 
la de éstas entre sí. La Revista impresa a la vez en 
la capital de Francia y en la de España podrá espar- 
cirse fácilmente y con regularidad por todo el hemis- 
ferio americano. París y Madrid, serán el centro en 
el cual convergerán para reflejarse enseguida en las 
dos Américas y en la península, como los rayos de 
un disco luminoso, las ideas confiadas a la Revista", 
Ambicioso fue el programa; la ejecución hizo honor 
a Maganños Cervantes. La "Revista Española de Am- 
bos Mundos" albergó en sus números colaboraciones 
de reputados escritores de España. Allí disertaron de 
historia, de sociología, de literatura, allí escribieron 
en prosa y en verso José Joaquín de Mora, Amador 
áo los Ríos, José Zorrilla, Bxetóa de los Heneroa, An- 



[200] 



LSTRAS URUGUAYAS 



tonio Cánovas del Castillo, Castelar. . . Al pie de 
composiciones literarias o de estudios sobre el pasa- 
do o el presente de nuestros países, lucen allí las fir- 
mas de celebrados escritores de América: Lamas, Al- 
berdi, Frías, AbígaU Lozano, Eduardo Aceredo y mu- 
chos otros. Publicó también en la Revista, Magariños 
Cervantes, varios ensayos históricos. No eran sino 
prosas de divulgación y de segundo orden, pero traían 
alguna estimable novedad que justifica su interés de 
momento, comparándolos con los escritos de su épo- 
ca. Ensayos sobre la obra histórica de Torrente, el 
furibundo detractor de la revolución emanciparándo- 
los con los escritos de su época. Ensayos sobre los 
priniitívog historiadores americanos. . . Defiende Ma- 
gariños el nombre americano contra las diatribas que 
fructifican copiosamente y en apariencia son justifi- 
cadas por la anarquía de estas jóvenes naciones. De- 
fiende también la obra colonizadora de España en 
tierra americana, con un í^onocimiento no vulgar de 
los hechos y un criterio que fue una reacción contra 
la constante diatriba que todavía predominaba entre 
nuestros publicií^tas, ya que aún no se habían apa- 
gado del todo las brasas del odio encendido por las 
luchas de la independencia. Qaro es que, junto a la 
vasta obra de reconstrucción del pasado de España 
en América que se ha ido erigiendo a lo largo del si- 
glo XIX y del siglo XX, cimentada en los materiales 
exhumados de los archivos y bibliotecas de Europa y 
de América española y en la que han colaborado in- 
tensamente los obradores de ciencia de los Estados 
Unidos, obra que realza la significación humana y el 
contenido heroico de aquella gesta prodigiosa, en que 
la historia rivaliza en grandiosidad épica con la le- 



[201] 



GUSTAVO GALLINAL 



yenda, nada valen ya, nada cuentan los modestísimos 
ensayos de nuestro Magariños Cervantes. No fue sin 
embargo inútil en su hora esa tarea de divulgación, 
ni cayó ea el vacío. '*Un pueblo sin historia, escribió 
al iniciar el ensayo sobre los primitivos historiadores 
de América, carece de la primera condición de la na- 
cionahdad, es un expósito entre los demás pueblos 
de la tierra. ¿Ignoran esto los que se empeñan en 
repudiar en todos los terrenos la tradición ibérica, 
que eslabona su pasado a nuestro presente, su vida 
a nuestra vida? No podemos menos, agrega, que con- 
fesar con íntima satisfacción, con la noble arrogancia 
de un hijo que lleva un nombre ilustre y se ve en el 
caso de hacer valer los antecedentes de su padre que, 
a pesar de todo, sean cuales fueren nuestros mutuos 
errores y desaciertos, jamás como hombres de pro- 
greso y de corazón, como americanos hijos de Eu- 
ropa y no de los infelices indios, debemos renegar 
nuestra nacionalidad de raza, ni olvidar nunca que 
es española la sangre que corre por nuestras venas. 
La razón de ese sentimiento (si es que los senlimien- 
toa se explican) ya la hemos dado en otra parte. Aun 
cuando nuestros ascendientes no fuesen españoles, pa- 
récenos que siempre España tendría nuestras simpa- 
tías, porque España es el país clásico en grandes acon- 
tecimientos y el pueblo en cuyo suelo pnvUegiado se 
han resuelto desde remotos tiempos todas las grandes 
cuestiones políticas de Europa, disputándose en su 
recinto el imperio del mundo Roma y Cartago, Julio 
César y Pompeyo, la cruz y la media luna, la reina 
de los mares y el capitán del siglo... y el pueblo 
que con el descubrimiento y conquista de América 
abrió una nueva era a la humanidad y legó otro 
mundo virgen al cristianismo, a la política, a la filo- 



[2021 



LETRAS VBUGVAYAS 



sofía, a la historia, al comercio, a la industria, a to- 
das las profesiones, ciencias y artes, el pueblo que 
elegido entre ciento? por la mano invisible del Altísimo 
tuvo la indisputable imperecedera gloria de iniciar 
ese fíran movimiento socialista y humanitario, para 
marchar a su frente y empujar al viejo V nuevo mun- 
do en una senda tan dilatada e inmensa, tan superior 
a todo cálculo y previsión como la perfectibilidad y 
el progreso de que es susceptible la humanidad en el 
girar de los siglos, ese pueblo ha hecho más por la 
civilización y el porvenir de la Europa y del mundo 
que todos los que se han enriquecido con sus despo- 
jos, su oro, con su sangre v sa inteligencia." Con ese 
espíritu de simpatía, en medio de su exhnberante bam- 
bolla declamatoria, pero que contrasta crudamente 
con el violento antiespañolismo de que se hacía gala 
entonces en muchos círculos intelectuales de América, 
escribió Magariños Cervantes sus juveniles ensayos 
históricos; ellos no tuvieron continuación en su pos- 
terior labor, pero fueron un esfuerzo loable por la 
reivindicación de la grandeza histórica española. La 
obra de acercamiento hispano-americano a la que 
consagró su laboriosa pluma no fue perdida. Tuvo 
en su época dilatada resonancia. Saludemos, pues, la 
memoria de aquel don Alejandro Magariños Cervan- 
tes de las largas barbas patriarcales; reconozcámosle 
el mérito no despreciable de haber sido su pensa- 
miento una fuerza orientadora, una fuerza desintere- 
sada y generosa, puesta al servicio de nobles causas. 
Aun disipada la aureola de escritor y de poeta que 
vieron brillar en torno a au frente los contemporáneos, 
basta ese mérito para que su nombre merezca du- 
rante largo tiempo el respeto acendrado y sincero de 
las generaciones uruguayas. 



[M3] 



GUSTAVO GALLINAL 



IV 

En esta rápida sucesión de nombres, saltando mu- 
chos dignos de recuerdo, llegamos' a nuestra época y 
a los escritores contemporáneos. No intento siquiera 
abordar el estudio de la influencia española en la 
última etapa de nuestras letras. Quedan, pues, de 
lado, numerosos escritores que no podrían aer omi- 
tidos en un estudio, a poco que éste fuese serio, y 
que aun en una somera reseña seria justo mencionar. 
Mi programa de esta lectura, lo dije al comenzar, me 
exime de compromisoi. Para ser fiel a mi propósito 
me bastará el^ii tres nombres de entre los publicis- 
tas que entre nosotros han propagado con verdadera 
unción el sentimiento de hispano-americanismo. 

El primero, maestro de la novela, fuerte, viril ar- 
tista creador, de vasta cultura y armónica personali- 
dad. Este ilustre novelador fue, en la aurora del si- 
glo, de los jóvenes artistas ávidos de cosas nuevas 
que abrieron una etapa fecunda para nuestras letras. 
Enemigo jurado del hueco idealismo, ha formulado 
un programa de acción — programa irrealizado — en 
folletos y discursos: ha sido iniciador de una poli- 
tica rural positiva; ha expresado sus filosofías de 
nietzscheneano valor en "La Muerte del Cisne" y en los 
"Diálogos Olímpicos" obras que^ a pesar de hermo* 
sas páginas Bu^as, son en mi entender mucho menos 
intensas y vivideras que sus novelas. Es el novelista 
nuestro más dueño de los secretos de su arte, más 
maduro y rico, en savia cultural. "La Raza de Caín" 
dice lo agrio de un alma torva y tiene capítulos de 
penetrante y cruel análisis. "El Terruño" desenvuelve, 
no sin algunas escenas demasiado lentas y algunos 



[204] 



LETRAS trnTronAYAS 



caracteres artificiosos, nn hermoso cuadro de la vida 
nacional. 

Por un azar feliz, este artista de cultura cosmopo- 
lita, este viajero infatigable al través del mundo y de 
los libros, fijó los ojos en la tierra española; de esa 
honda mirada de amor nació "El Embrujo de Sevi- 
lla", magistral interpretación del carácter español. El 
alma andaluza, late con latido ardiente y voluptuoso 
en ese libro. No comentaré ahora las teorías socioló- 
gicas, que no comparto, entretejidas por el autor en 
la trama de su novelesco relato. Exalta Reyles el amor 
al riesgo, signo de las razas fuertes, que perdura en 
la afición a los toros; ve condensadas ea él las áspe- 
ras virtudes de los pueblfia dominadores, capaces de 
ser señores de si misanos y del mundo. Esas virtudes, 
refugiadas hoy en un rincón del alma de España, po- 
drían despertar un día renovando las proezas de an- 
taño. . . 

La evocación, vivida y luminosa, de la ciudad an- 
daluza, vale por lo menos tanto como la más elo- 
cuente profesión de hispano-americanismo. ¿Qué me- 
jor homenaje puede rendir un artista a un pueblo que 
el de consagrarle la flor de su obra, la más egregia 
de sus producciones? Sevilla se vislumbra, en el libro 
de Reyles, con sus encajes de piedra dorados al sol, 
sus jardines florentfsimos y aus brillantes arabescos, 
con sus recuerdos milenarios y el fastuoso enjoya- 
miento de sus riquezas de historia y de arte, cristia- 
na y morisca, mística y sensual, uno de los sitios 
más propicios para embellecer la vida que el hombre 
haya creado. "En Sevilla, escribe el autor, donde la 
sangre corre por las venas rápida y sube al cerebro 
brincando, el poder de encantamiento es más gene- 



[205] 



GUSTAVO GALLINAL 



ral y visible que en otras partes. Todos somos artis- 
tas, todos sabemos fabricar ilusiones, todos vivimos 
soñando. Quien lo posee en alto grado lleva dentro 
de sí el manantial de las supremas embriagueces". 
¡Con qué fruición, con qué deleite lia hundiJo el alma 
el artista uruguayo en la fuente de encantamientos de 
Sevilla! Ha quedado con el alma hechizada, embru- 
jada» empapada de hermosura. 

Recordad sólo la página final en la que los prota- 
gonistas de la novela, desde lo alto de la Giralda, 
miran tenderse la ciudad a sus pies. "Guardaron si- 
lencio. Los dos contemplaron la ciudad ávidamente 
como si quisieran apresarla con los garfios del espí- 
ritu y chuparle los tuétanos. En lontananza, destacan- 
dose sobre un fondo de oro. Coria, Gelves, San Juan 
de Aznalfarache, Castilleja de la Cuesta. ,. Cerca, el 
Alcázar, la Lonja, la Fábrica de Tabacos, el puente 
de Triana. . . Las palabras de Rico, que tantas veces 
se habían repelido, acudieron a la memoria de la 
Pura. Le salían del alma como una oración y remo- 
vían el limo dulce y también el sedimiento amargo 
de sus amores, de aquellos amores que. éL lo sabia, 
habían de ser la cosa más salada del mundo, porque 
olerían a Jerez amontillado, a claveles reventones y 
a sangre de toros . . . Tierra alegre y triste, tierra de 
hechizos incomparables y de realidades sórdidas. 
¡Cuántas cosas, cuántas cosas! Los sultanes, los Re- 
yes, los Conquistadores, la manzanilla, las soleares, 
don Pedro, don Juan... ¡Aquí oió Colón, allí murió 
Hernán Cortés, allí está enterrado Guzmán el Bueno, 
en aquel sitio escribió Cervantes el Quijote, en ese 
otro habitó Santa Teresa! ¡Vaya canela y venga glo- 
ria! En Sevilla todo es hechizo, sortilegio, encanta- 



[ 206 ] 



LETRAS URUGUAYAS 



miento. Muere un bandido y el escultor Gijón hace del 
criminal un Cristo maravilloso; las niñas ponen unas 

macetas y unas jaulas en los balcones y como arte de 
magia truecan en alegría la miseria de la ciudad; 
los vinos de oro convierten la pena en fiesta, el lloro 
en canto, el canto en lloro. Sí ¡aquí todos son círculos 
mágicos! ; el sol, las calles embrujadas, los patios so- 
ñadores, las quejas quejumbrosas, las procesiones 
trágicas, los tablaos dislocadores, tierra gorda en la 
que florecen todo el año los claveles rojos de la pa- 
sión y del salero. Y el más grande de todos, la plaza 
de toros, el redondel divino. La arena amarilla pa- 
rece un topacio luminoso y ese topacio es un duro 
crisol donde se funden y aparecen, limpias de esco- 
rias, las broncas virtudes de la raza; un misterioso 
espejo, un espejo brujo, en eí cual los españoles no? 
vemos como quisiéramos ser'*... Así aparece Se\'í- 
Ila, iluminada de sol, de hermosura y de ensueño en 
el libro apasionado de Carlos Reyles. 

V 

Después del novelista, el crítico, el prosador cuyo 
nombre se difunde en alas de la fama por todos los 
países de habla española. 

Escritor de América, no tan «ólo del Uruguay, 
José Enrique Rodó unifica en su alma los sentimien- 
tos del coro de naciones de origen ibérico de Amé- 
rica. Para él la magna patria cuyas fronteras circuns- 
criben un continente entero fue una viva realidad 
moral. Quiso imprimir a su obra lo que llamó sello 
de "internacionalidad americana". Su característica 
es el sentido de los matices. Su arte es todo mesura, 



[207] 



GtrSTAVO GArJJNAI. 



equilibrio, ponderación. Cn los escritos de este após- 
tol del americanismo literario, hallaremos la persis- 
tente afirmación de un ideal de raza. No acepta este 
ideal como una limitación de perspectivas, un egtre- 
chaniiento de horizontes; está muy lejos en su culto 
a la tradición del cerrado y declamatorio espíritu 
conservador de Magariños Cervantes. La aspiración 
de americanismo, surgida en la alborada de su ju- 
ventud, fue mantenida hasta el declinar de su exis- 
tencia y cierra con indeleble cifra su obra integral. 
Siempre, como obsesionado por la idea del falsea- 
miento posible de su concepción, junto a la afirma- 
ción de americanismo, estampa frases que lo definen 
concillándolo con la legítima aspiración a la cultura 
y al arle humanos y universales. Loá pueblos de Amé- 
rica, para reconocerse unidos, piensa Rodó, para sen- 
tir su vinculación eterna, su unidad moral, superior 
a las divisiones políticas, necesitan descender hasta 
el tronco común de que derivan, cavar en la tierra del 
presente, para poner en descubrimiento la raíz, pro- 
fundamente hundida en el subsuelo histórico. En una 
palabra: americanismo, como símbolo de unidad es- 
piritual, jio tiene significado claro si no se arranca 
de la noción de raza y de tradición. Aspirar a formar 
en el futuro la conciencia de la América democrática 
y una, es un noble sueño, un ideal, y como todo ideal, 
una fuerza callada, silenciosa, que tiende a realizarse 
por su propia virtualidad. Si el porvenir ha de vincu- 
larnos en una suerte de confederación moral, reconoz- 
camos que ella está prefigurada en nuestro pasado. 
Volvamos los ojos a loa tiempos idos y proclamemos 
con orgullo la unidad de nuestra estirpe. "Los pue- 
blos americanos, dijo Rodó al celebrar el centenario 



[20B] 



larmAS uruguayas 



de Chile, en un discurso cuyos ecos resonaron por 
todos los ámbitos de América, comienzan a tener con- 
ciencia, clara y firme, de la unidad de sus destinos, 
de la inquebrantable solidaridad que radica en lo 
fundamental de su pasado y se extiende a lo infinito 
de su porvenir". La expresión hispano-amerícanismo, 
vuelve una y otra vez a los puntos de su pluma. "No 
necesitamos los sudamericanos, escribe en 1910. cuan- 
do se trata de abonar la unidad nuestra, hablar de 
Latino-América, para levantamos a un nombre gene- 
ral que nos comprenda a todos. Podemos llamarnos 
algo que significa una unidad mucho más Interna y 
concreta; podemos llamarnos ibero-americano», nie- 
tos de la heroica y civilizadora raza que solo politi- 
camente se ha fragmentado en dos naciones europeas. 
Y aún podríamos ir más allá y decir que el mismo 
nombre de hispano -americanos conviene también a 
los nativos del BrasU"... £1 intmto de restauración 
de la tradición histórica, en lo que tiene de viva y 
estimulante para el progreso, despojada de sentido 
netamente conservador, es uno de los propósitos car- 
dinales de Rodó. "Quien siga con atención el movi- 
miento de ideas que orienta y rige, en el presente, la 
producción intelectual de la América española, dice en 
uno de sus más medulosos escritos, percibirá, en parte 
óñ esa producción, por lo menos, ciertos rasgof. ca- 
racterísticos que parecen converger a una obra de 
conciliación, de armonía, de síntesis de enseñanzas ad- 
quiridas y adelantos realizados, con viejos sentimientos 
que recobran su imperio e ideas generales que reapa- 
recen a nueva luz tras prolongado eclipse. Uno de 
estos sentimientos e ideas es la idea y el sentimiento 
de la raza. Aquel género de amor propio colectivo 



[209] 



GUSTAVO GALLINAL 



que, como el amor de la patria en la comunidad de 

la tierra, loma su fundamento en la comunidad del 
origen, de la casta, del abolengo histórico y que, como 
el mismo amor patrio es natural instinto y eficaz y 
noble energía, pasó durante largo tiempo en loa pue- 
blos híspano-amerícanoa por un profxmdo abatimien- 
to. Los agravios de la lucha por la emancipación, y 
el dolorido recuerdo de las limitaciones y ruindades 
de la educación colonial» movieron en la conciencia 
de laa primeras generaciones de la América indepen- 
diente un impulso de desvío respecto de todo senti- 
miento de tradición y de raza. Parecía buscarse una 
absoluta desvinculación con el pasado y pretenrlersc; 
que con la independencia surgiese de pronto una nue- 
va personalidad colectiva, sin el lazo de continuidad 
que mantienen, a través de todo proceso de regene- 
raL'ión o reforma personal, la memoria y el fonda cl(;l 
carácter. . . Pero hoy, concluye, diríase que del mis- 
terioso fondo sin conciencia donde se retraen y aguar- 
dan las cosas adormidas que parecen KaLer pagado 
para siempre en alma de los hombres y los pueblos, 
se levantan, a un conjuro, las voces ancestrales, los 
reclamos de la tradición, los alardes de orgullo de 
linaje y preludian y conciertan un canto de albora- 
da". . . Asi pues, el sentimiento de la tradición his- 
tórica colora de vivo sentido hispano-amerícanista el 
pensamiento de Rodó; es uno de los elementos que 
forman el idealismo que predicó por América, de^de 
su cátedra de mármol, bajo el propicio numen del 
Ariel. 



í 210] 



LETRAS URUGUAYAS 



VI 

Réstame tan sólo hablar del hispano-americanismo 
de Zorrilla de San Martin. Una duda me asalta. Sien- 
do como es, el poeta por excelencia de la tradición 
nacional, la tarea parece superfina. Mejor que yo pue- 
do hacerlo, lo pregonan sus discursos; levantándose 
sobre todos ellos, aquel que en un día de gloria pro- 
nunció ante el monasterio de la Rábida, frente al 
paisaje de mar sobre el que palpitaron un día, un 
día del Señor, las velas de las naves de Colón como 
grandes aves de esperanza que tendieran el vuelo ha- 
cía el horizonte radioso del porvenir. Lo pregonan 
SU9 discursos memorables y sus trabajos históricos. 
Lo cantan en musicales estrofas los versos de Tabaré, 
eu cuyas páginas suenan plegarías de amor y de dolor 
para cl indio desventurado, pero se alza también un 
himno cordial y fraternal para exaltar las leones ci- 
vilizadoras de España, al conquistador y al mÍBionero 
que bautizaron con su sangre, !a tierra gentil y virgen 
de América. Hablar del sentimiento de hispano-ameri- 
canismo en la obra de Zorrilla de San Martin es tocar 
lo central de ella, la médula. En todos sus escritos 
palpita, por todos ellos se ramifica la profesión de 
fe Iradicionalista. Pienso que la página de Zorrilla 
que hemos de leer juntos esta noche podemos buscar- 
la en uno de sus libros menos difundidos, en ''Reso- 
nancías del Camino*'. Acaso tenga para muchos oyen- 
tes el encanto de la novedad, o porque nunca la 
leyeron, o porque de largos años la olvidaron. Hay, 
por lo demás, en ese libro, bastante deshilvanado, 
fragmentos encantadores, impresiones de viaje, acua- 
relas, meditaciones escritas al recorrer tierras de £s- 



[211] 



GUSTAVO OAlXmAL 



paña, de Francia, de Italia. España le inspiró algu* 
ñas breves iinpresiones. Separo esta página inolvida- 
ble, que no fue concebida y escrita frente a ningún 
solemne monumento, que no da voz a ninguna medi- 
tación sobre insigne obra de arte o lugar de gran- 
diosa historia, página intensa, mojada de emoción y 
rebosante de transparente poesía. Está escrita en el 
valle de Soba, el rincón en que vivieron los abuelos 
campesinos de Zorrilla antes de que partiera su pa> 
dre para trasplantar la estirpe a tierra uruguaya. £1 
cuadro, descripción de la llegada de! poeta a la aldea 
familiar, está lleno de ternura. Comienza contándonos 
la ascención a caballo por un abrupto camino de 
montaña. ''Tres caballos están prontos para trepar. ¡Y 
eche usted cerroa y peñas y lajas resbaladizas y es- 
calones toscos, lavados y removidos por las lluvias, y 
senderos estrechos y empinados y ásperos ! ... La tar- 
de va cayendo. Las montañas comienzan a envolverse 
en sus vapores grises en primer término y casi vio- 
letas más allá. Parece que la naturaleza cierra len- 
tamente los ojos con una sonrisa triste. Ix>s arbustos 
del borde del camino y las rocas van apareciendo casi 
repentinamente al Uegar a ellos, como si les interrum- 
piéramos el sueño. Todos seguimos silenciosos uno 
tras otro; el atajo es muy estrecho. Hasta mis mu- 
chachos *e han callado y ya nada preguntan sobre lo 
que ven a un lado y a otro medio esfumado. Un 
eco dulce salido de entre los cerros inmediatos llega 
a mis oídos; pocas veces una campana me ha produ- 
cido un efecto semejante. No había duda: aquella era 
una campana echada a vuelo. No era la lenta melodía 
del Angelus; su sonido era prolongado, alegre; no 
tenia la melancolía de la campana aislada, que pa- 



[212] 



LXTRAS VBUGUAYAS 



rece deleitarse en dejar morir ei eco con agonía larga, 
y en sentirlo hundirse en la distancia como en un 
sepulcro. Aquellas campanas reian. Sus notas se atre- 
pellaban como las de una carcajada. Me pareció sen- 
tirlas en medio de aquella tristeza azulada de las 
montañag dormidas, la risa de un niño en medio del 
silencio de una familia de luto. ¿Eran aquéllas las 
campanas de San Pedro, el pueblecito paterno? ¿Por 
qué reian así en vez de rezar, si era la hora del An- 
gelus? ¿Reían acaso conmigo las buenas campanas 
de la montaña? Yo empecé a presumirlo. Más aún; 
estaba seguro. Las entendía. Sin embai;go lo pregunté 
al guía interrumpiendo el silencio: 

— ¿Qué campana es ésa? 

— Son las de San Pedro. 

— ¿Y a qué tocui? 

— (Oh! los pobres de la aldea no tienen otro modo 

de manifestar su alegría al recibir a laa personas 
que quieren. Esas campanas lo reciben a usted. Mire 
además hacia adelante. El pueblo sale a su encuentro. 

Como de sorpresa, efectivamente, pue? no lo babía 
visto a causa del gris crepuscular que todo lo envol- 
vía, me encontré con un grupo de hombres casi a 
mi lado. Era un grupo de labradores que, con el da- 
lle al hombro» bajaban entre los riscos a mi encuen- 
tro, de vuelta de la faena del día. Un momento des- 
pués, yo me arrojaba entre ellos de mi caballo, y 
estrechaba sus manos callosas entre las mías, min- 
tiendo en los ojos el agrio de lágrimas. 

Más allá estaba otro grupo: el cura párroco, los 
vecinos, las mujeres, los niños. Estos últimos, al ver- 
me abrazar por sus padres que me saludaban a gritos, 
pronunciando su apdlido, el miaño mío, prorrum- 



[213] 



GUSTAVO GAUJNAIj 



pían en j vivas! clamorosos, cuyas notas unidas a las 
de la campana que seguia volteando como loca, foi- 
maban un acorde infantil y sagrado. . , 

¡La canción del regreso! Yo no llegaba por pri- 
mera vez a aquel valle que por primera vez pisaba. 
Yo regresaba a éL Mi padre había salido de allí casi 
niño, hacía sesenta años. Yo regresaba con sus nie- 
tos, con los nietos uruguayos del noble viejo monta- 
ñés de larga barba blanca como la nieve de estas 
montañas, no más blanca por cierto que su concien- 
cia de hombre de bien. íBendita sea su memoria! 
Todos sabían que yo pensaba entonces en mi padre, 
y, aunque ya era casi de noche, y no se veían bien 
las caras, todc» sabían que no hablaba porque tenia 
que llorar. 

Besé a algunas niñas que salieron tímidamente s 
mi encuentro, mientras que los demás seguían acla- 
mando como grillos, al son de las campanas. Tomé 
a una de aquéllas de la mano, a uno de mis hijos 
de la otra y subí la cuesta pedregosa en cuya cima 
blanqueaban entre los árboles las casitas de la aldea, 
y se proyectaba, sobre un fondo de altísimas monta- 
ñas, la sonora torrecilla cuadrada de la iglesia". . . 

. .¡Patria hermosa de mi padre a quien ayer no 
más dejé en su sepulcro en nuestra tierra! Esta fue 
tan suya como hoy siento que es mía la que piso, en 
que el buen viejo querido vio la primera luz: allí, 
en aquella antiquísima y casi ruinosa casa de piedra 
que estoy mirando como un santuario!"... 



[214] 



OSTRAS XmUOUAYAS 



VII 

Aquí señores, con esta página de nuestro Zorrilla 
de San Martín, nuestro y vuestro poeta de América 
con ideas de hidalgo español, aquí pongo punto final 
a este comentario y lectura de fragmentos de prosis- 
tas uruguayos. £1 amor al genio de la España ma- 
terna, habéis podido compiobarlo oyéndolos, nunca 
se ha apagado entre nosotros. En todas las épocas, lo 
mismo cuando aún persistían los ecos de la guerra 
de la independencia, que en los modernos tiempos, 
cuando rodaban sobre nosotros los aluviones cosmo- 
politas, en todas las épocas, ha corrido como un agua 
subterránea y espiritualmeate fecundadora la rica, la 
generosa tradición española. Los má? excelsos espí- 
riUis que nuestra sociedad ha engendrado bebieron 
en ella nobilísimas inspiraciones. Aun los blasones de 
la estirpe lucen en la portada de nuestra casa, demo- 
crática y hospitalaria, abierta a todos los hombres 
de la tierra y a todas las corrientes espirituales del 
uhiverso. La labor del por\enir no importa la ciega 
y funesta destrucción del legado de las generaciones 
extinguidas. Antes bien, en las jomadas futuras por 
el progreso y por la civilización humana, esperamos 
encontrarnos de nuevo juntos, americanos y españo* 
les, en tomo a la ensena idealista que siempre tremoló 
sobre los hombres de nuestra sangre hispánica, san- 
gre que hoy corre, canta, florece en las venas de 
veinte pueblos de la tierra nacidos del vuestro. 

1926. 



18 



[216] 



ORATORIA PARLAMENTARIA 



DIALOGO DE ANTESALAS 

Es en la galería de "pasos perdidos" del nuevo Pa- 
lacio Legislativo. En el suelo, en los fri&os, colum- 
nas y portadas compiten en brillo centenares de már- 
moles recién pulidos, de caprichosas vetas. La luz de 
la tarde de invierno, filtrándose por los vitrales de 
la altura, empaña con im vaho grisáceo los símbolos 
de la Justicia y del Trabajo, presuntos númenes del 
monumento, hermoso y frío como una basílica sin 
Dios. Pasean contemplando el palacio un diputado, 
caballero entrado en años, alto y canoso, una dama 
joven ataviada de hermosas pieles, y un hombre tam- 
bién joven, que es seguramente su esposo. Un ujier 
abre a la derecha una puerta y llegan hasta la gale- 
ría el martilleo insistente y metálico de los timbres 
de alarma y confusos murmullos. 

La señora. — (Acercándose a escuchar y apoyan- 
do la menuda mano enguantada en un mármol pre- 
cioso bruñido que parece húmedo al resbalar por él 
la difusa luz del recinto). — Me pesa haber tenido 
la idea inoportuna de arrancarlo de la sala de sesio- 
nes en momentos en que parece librarse una batalla 
trascendentaU . . 

El diputado. — (ApresurándosCj con gesto persua- 
sivo y sonrisa como de quien está en el secreto de 
los sucesos). — ¿Batalla? Suponga algo bastante me* 



[2161 



LETRAS URUGUAYAS 



nos trágico, amiga mía. Con ceiteza una simple es- 
caramuza; tal vez no pase de alboroto. 

La señora. — Pero los ecoa del debate, que llegan 
hasta aquí, prueban que se discute algún asunto 
apasionante. 

El diputado. — Apasionado, ea la palabra justa. 
El barómetro que señala la presión de ese ambiente 

parlamentario tiene una escala extravagante. 

La señora, — Habla usted con escepticismo. 

El diputado, — No, llevo algunos años de expe- 
riencia. . . Ahí adentro, en ese salón de proporciones 
como para escenario de sucesos resonantes, pasan los 
más de los días muy pocas cosas trascendentales. 
¿Oye usted ese coio apagado y discorde de voces? 
Se discute una gratificación extraordinaria propuesta 
para los conserjes. 

La señora. — La barra está atestada de público. 
En los corredores se forman corrillos en los que se 
conversa acaloradamente. 

El diputado. — [Oh! La nube de postulantes asedia 
a mis colegas. Hay pocos debates populares; pero, 
cuando se votan presupuestos, ios gremios interesa- 
dos abarrotan las graderías y silban. 

El marido. — La Cámara, querido legislador, está 
convertida en el foco de la burocracia nacional. Hace 
algunos años un presidente repartía algunos centena- 
res de puestos y cumplía con sus amigos políticos. 
Sus colegas dilapidan ahoia millones para halagar a 
sus presuntos electores. 

El diputado* — Efectivamente: la burocracia es una 
de las invenciones más ingeniosas para obtener el 
reparto de la riqueza social. El Estado socialista es 
el burócrata perfecto y omnipotente. Las Cámaras po- 



£217] 



OUSTAVO OALLXMAL 



pulaies fomentan la burocracia con más prudencia. 
£1 principio de economía social a que se ajusta el 
sistema, reposa sobre un fundamento del máa puro 
origen democrático: dar a cada parte del organismo 
social en proporción, no a lo que produce, sino a su 
fuerza electoral, a su contingente cívico, como se dice 
en la jerga del oficio. 

Íai señora. — Cuando se ocupa una posición des- 
tacada es elegante demostrar despreocupación. Ese 
tono "négligé*^ sienta bien... A mi, en cambio, la 
política me apasionaría .. . ¡Oh! (Con un mohín de 
disgusto.) ¡No me suponga sufragista, se lo suplico 
encarecidamente ! 

£ü diputado. — Le advierto que habla con un par- 
tidario del voto femenino. 

La señora. — Gracias por la íntemdón amable; pero 
es una conquista del sexo que no m<; seduce. ¡Lo que 
sería un placer magnífico, el más peligroso y atrayente 
de los sports, sería ejercer influencia en loa consejos 
secretos de la política! 

El diputado. — Opta usted por el feminismo "an- 
clen régime". £s el feminismo concebido con inteli- 
gencia de mujer. El otro es un corolario de nuestras 
doctrinas de origen masculino. Eri nuestra política 
de plaza pública los guantes estorban . , . , aunque 
sean esos ''mosqueteros^' que ustedes han puesto de 
moda y que antes servían para empuñar armas me- 
nos finas que las suyas, y tal vez también menos te- 
mibles. Pero la multitud es poco isensible a ciertas 
artes de seducción. Prefiere rendinie a fuerzas más 
rudas. 

La señora. — Escuchen, parece bítberse aplacado la 
batahola. Varios colegas suyos, todavía con la exci- 



[2181 



LETRAS URUGUAYAS 



tación de la refrita pintada en los rostros, salen a 
refrescarse. 

El diputado. — Lo probalíle es que se trate apenas 
de una tregua. Para ustedes será curioso saber que 
los asuntos magnos, que hav verdadero interés en re- 
solver con acierto y sin dilaciones, suelen ser san- 
cionados sin debate. Se acuerdan compromisos pre- 
vios sobre proyectos transacción ales elaborados en 
Comisiones numerosas, y la asamblea los aprueba en 
silencio. 

El marido. — Cuyo espediente no parece encajar 
en los cánones de la ortodoxia democrática. 

La señora. — iCómo que es hacer mangas y capi- 
rotes de la autoridad del Parlamento! 

Et diputado. — Exageran ustedes. No es más que 
un hábil arbitrio para asegurar la sanción de algu- 
nas leyes que no provocarían sino largos debates es- 
tériles. La ciencia política tiene doctores que defien- 
den su legitimidad contra los escrúpulos de los pu- 
ritanos. 

La señora. — ¡Pero se roba todo el interés a la 
vida parlamentaria! Una Cámara asi ha de ser un 
tratro muy poco provocante, sin sorpresas ni riesgos, 
atrozmente aburrido. 

El diputado. — La política es cada día menos es- 
pectacular. £1 Parlamento es una diversión en franca 
decadencia. £1 público en general hace bien en pre- 
ferir el football o el cinematógrafo a la barra de la 
asamblea. 

El marido. — Es que cunde el desengaño de la 
obra parlamentaria. Este estado de espíritu debe pre- 
ocuparles. No se ha escatimado sacrificios para tener 
leyes electorales casi perfectas. Los resquicios por los 



[219] 



GUSTAVO OALUNAL 



que podrían deslizarse el dolo o el fraude han sido 
cuidadosamente tapiados. Una renovación legislativa 
agita al paía durante algunos meaes. Se desencadena 
la propaganda; llueven alegatos de prensa, proclamas 
y manifiestos a favor de Juan García o de Pedro Fer- 
nández; se vota casi plebiscitariamente; el fiel de la 
balanza oscila mucho tiempo, y el triunfo se decide 
a veces por varias unidades en millares de sufragio?. 
Resultado muy frecuente para los intereses públicos: 
Pedro Fernández, igual a Juan García, igual a cero. 
Nos queda el consuelo de habernos divertido con las 
peripecias de la carrera y de ver algunas ambiciones 
apabulladas y algunas vanidades que se pavonean 
victoriosas. 

La señora. — ■ La verdad es que habría que p-xpli- 
carse por qué causa corren meses enteros sin que se 
pueda comentar una oración parlamentaria de vuelo. 

El diputado, — Señora, ya no se usa el término ora- 
ción parlamentaría. Si usted se empeña en juzgar el 
diario de nuestras sesiones romo documento literario y 
ameno, no queda sino confesar que raya a altura 
poco envidiable. 

La señora. — Casi siempre a la altura de una co< 
rrespondencia comercial o una plana mayor de dia- 
rio. No le cuesta reconocerlo a usted, a quien no roza 
la censura. 

El diputado. — ¡Y si ustedes viviesen lo íntimo de 
esa vida parlamentaria! Notarían aun hasta qué pun- 
to y por qué disuenan ahí adentro algunos de los 
discursos que a ustedes les placerá leer y mirarán 
como raros oasis del arenal del diario de sesiones. 
La Cámara siempre anda de prisa y carece del humor 
necesario para saborear con tanta fruición como los 
extraños esos intermedios líricos. 



[220] 



LETRAS URUGUAYAS 



El marido. — Despliega, a la verdad, una activi- 
dad paradójica. Debe absorber una suma fabulosa 
de energias. Su movimiento, por momentos vertigi- 
noso, sus numerosas sesiones diarias sin resultados 
tangibles, prorocan la imagen de la polea loca o la 
rueda de molino que voltea en el vacio. 

El diputado, — Es cierto que la asamblea derrocha 
enorme suma de energías espirituales. Fíjense ustedes, 
y esto no es una defensa interesada, que, juzgado en 
orden disperso, su nivel intelectual no decae. Por lo 
menos es evidente que todas las personalidades polí- 
ticas de algún volumen que afrontan la prueba elec- 
toral, con alonas muy contadas excepciones, se abren 
paso hasta los escaños parlamentarios. Hay siempre 
en la Cámara un montón de almas anónimas, pero 
hay también muchos espíritus rectos y sensatos; los 
partidos sostienen a sus estados mayores y no cierran 
el camino a las fuerzas juveniles ni a los hombres 
nuevos. Concedo que la resultante es mediocre, o por 
lo menos, que resultan fallidas muchas esperanzas que 
se cifran en la labor colectiva. Concédanme, a su vez 
para precisar nuestro juicio, que hay algunas expec- 
tativas que no son bien fundadas. Y, desde luego, la 
misión de la asamblea no es la de lanzar ideas origi- 
nales o vestidas de galas literarias. No es un taller o 
laboratorio de ideas nuevas ni de retóricas galas. Las 
ideas llegan hasta este recinto, no prístinas j recién 
creadas, sino convertidas en ideas prácticas. Nada 
importa que se hayan marchitado su novedad y su 
frescura, ai conservan todavía la virtud de dejar im 
residuo poaitivo, un precipitado útil. La Cámara tra- 
duce en preceptos legales, ideas sustentadas por las 
mayorías, ideas que acoge después que han cumplido 



1221] 



GUSTAVO GALLINAL 



un peregrinaje muy largo por calles y plazas públi- 
cas, voceadas por tribunos de clubs, glosadas por pe- 
riodistas repetidores. Debe manejar ideas vulgariza- 
das, es su sino. Con ideas vulg^ares se pueden hacer 
malos libros y leyes buenas. Exijamos a les asambleas 
políticas el sentido práctico y el don de la oportuni- 
dad. El Parlamento era hace algunos años el redondel 
donde se libraba una justa oratoria pomposa y casi 
siempre infecunda. Todo intelectual aspiraba a es- 
tampar su pensamiento en el Diario de Sesiones, era 
la única revista nacional de difusión alentadora. Exí- 
manme de la obligación desagradable de abrir iuicio 
sobre el valor de sus rancias colecciones. Pero es un 
error asistir al trabajo parlamentario de ahora man- 
teniendo anacrónicas expectativas. 

La señora. — ¿Por qué no ha de caber todavía 
igual que antea la posibilidad de que se pronuncien 
discursos de combate., de esos capaces de mudar de 
opinión a una asamblea y acusar en relieve algunos 
perfiles románticos? 

El diputado. — Es raro que lo% partidos o agrupa- 
ciones, frente a los asuntos trascendentales, no tengan 
de antemano definida su actitud por un programa es- 
crito de principios, o por precedentes de su actuación 
que constituyen programas no e&critos. En el debate 
parlamentario ocupan desde el primer momento po- 
siciones fijas, en laa que "quand méme*' se manten- 
drán siempre. Los partidos de tintes conservadores 
son los únicos que repudian el mandato imperativo y 
estiman en algo la libertad de sus miembros. Los 
grupos que blasonan de avanzados, instauran férreas 
disciplinas; el despótico comité presiona desde afuera 
a los legisladores. Algunos exigen a sus diputados, 



[222] 



LKTRAS TTttUGUATAS 



antes de ocupar sus bancas, la firma de una renuncia 
con la fecha en blanco. Tanto más pregonan su avan- 
oismo, tanto más inexorablemente jerarquizados se 
exhiben; y los diputados no ocupan los puestos supe- 
riores de la escala jerárquica, que corresponden a los 
miembros de los comités parlamentarios irrcsponpa- 
bles. Antes era deprimente votar contra la convicción 
personal ; hoy es muy fácil hacerlo invocando deberes 
de consecuencia parlamentaria. 

Et marido. — Es un progreso de la moral poli- 
tica. . . 

El diputado. — Es el sacrificio de los individuos, 
a las disciplinas. Ta democracia es una fuerte disci- 
plina o es el caos. En los grancíes asuntos casi siem- 
pre se cuentan y recuentan de antemano los votos 
Así se reducen las posibilidades de conquistar triun- 
fos serios por la fuerza suasoria de una hábil traba- 
zón dialéctica o por el contagio «nocional de un rapto 
elocuente. En un breve tratado, en el que da expre- 
sión, entre diálogos agradables, a alonas observa- 
ciones eternas, explica Tácito por qué fue fatal, pere- 
ciera bajo los Césares la elocuencia de orb de los 
díaa de Marco Tulio. Muchas veces he recordado 
una de sus frases: cuando la opinión está fija de 
antemano, ¿a qué los grandes discursos? 

El marido. — Pero en el caso más pesimista, po- 
dría quedar aun como factor de estímulo, la impre- 
sión fuera del recinto. Hay discursos clásicos que, por 
lo menos en la forma en que han llegado hasta noso- 
tros, no fueron pronunciados ante los estrados de los 
tribunales o las ágoras populares. Los redactaron, sus 
elocuentes autores para lectura de los contemporá- 
neos 7 de la posteridad: los que están en el secreto 



[223] 



GtrSTAVO GALLINAL 



sienten todavía el ruido de la lima paciente en los 
párrafos arrebatados y rotundos. El orador parla- 
mentario de nuestros días tiene presente en espíritu 
al pueblo, el juez supremo para conmover, al cual se 
acusan o justifican los partidos y los hombres polí- 
ticos. 

El diputado, — Si. Ese es el factor que a trueque 
de muchos discursos perdidos, inútiles o inspirados 
en una baja adulación, por un efecto contradictorio 
impide la degeneración total de la oratoria legisla- 
tiva. Se pronuncian discursos pensando en su reso- 
nancia fuera del recinto, como podría hablarse ante 
un aparato transmisor de radiotelefonía. Se presentan 
aun algunas ocasiones extraordinarias, casi siempre 
inesperadas, en las que una racha de pasión sopla so- 
bre la asamblea: es el momento fugitivo de las bellas 
frases y los gallardos gestos. Pasan meses, y aun 
años, sin que la asamblea viva una de esas horas, en 
las que la oratoria parlamentaria, género en decaden- 
cia, se aviva en una llamarada, que sirve para que 
los políticos viejos sientan las reliquias de la antigua 
llama y recuerden con nostalgia los torneos académi- 
cos de los buenos tiempos idos. 

La señora. — Tienen razón para recordarlos con 
cierta melancolía. Antes, la vida política y parlamen- 
taria se rae ocurre que era más lucida, abundaba en 
peripecias dramáticas, ofrecía ambiente más propi- 
cio para que se destacasen perfiles originales y enér- 
gicos. 

El diputado, — £1 lento choque de las masas orga- 
nizadas, de corrientes de ideas, como en la guerra, 

el duelo emocionante y rápido dp los individuos o de 
los primeros actores. Una asamblea es una aplastante 



[224] 



LXTRAS URUGUAYAS 



fuerza niveladora y de inercia. En el más innovador 
de los cenáculos, el pensamiento originario concluye 

cristalizando en doctrina quebradiza o en deleznable 
manifiesto. Observen con algún interés la actuación de 
los representantes de los partidos revolucionarios, de 
los heterodoxos del catecismo constitucional y social. 
Desempeñan un papel invalorable; a condición de 
persistir sinceramente violentos y agresivos, son cola- 
boradores útiles de la labor de las mayorías. Las doc- 
trinas se preservan más fácilmente puras en el seno 
de las comunidades, cuando éstas tienen que luchar 
contra heréticos y disidentes; la fe y la moral se re- 
lajan cuando el triunfo es demasiado fácil. Ninguna 
más corruptora para un partido, que la hora que 
sigue 8 la victoria. Los partidos revolucionarios fo- 
mentan en los conslitucionales el espíritu de crítica 
depuradora; son los opositores benéficos de las ma- 
yorías democráticas, demasiado descuidadas en la po- 
sesión plácida del mando, Y bien. Sus representantes 
se revuelven en violentas contorsiones luchando por 
mantener erizada su conciencia rebelde. Pero el espí- 
ritu de la mayoría los plasma y moldea con impla- 
cable lentitud. Las clarinadas de guerra son cada día 
menos estridentes y suenan entrecortadas de notas 
falsas. Persisten los grupos en son de batalla, merced 
a purificaciones periódicas decretadas por el comité 
externo. Cada tres o cuatro años el comité expulsa 
ignominiosamente a sus diputados, tachándolos de pe- 
queños burgueses. Se et^a en la masa un nuevo pu- 
ñado de fermento agrio. Y se inicia otra vez el cu- 
rioso y pequeño drama del representante revoluciona- 
rio, cuyo impulso bélico se gasta golpeando desespe- 
radamente contra el espíritu pasivo y prepotente de 



[225] 



GUSTAVO GALLINAL 



la mayoría. La Cámara burguesa no expulsa a los 
diputados comunistas; segura de su fuerza, se con- 
tenta con absorberlos y aburguesarlos. El comité He 
camaradas dicta penas de destierro inexorables por 
cualquier desviación baladí de la conducta cívica. 
Sólo los partidos conservadores reconocen todavía el 
derecho a la originalidad personal. En los partidos 
que hacen gala de avanzados, los individuos son pacri- 
ficados sin escrúpulo en los altares sociales: los ídolos 
del foro se comen a sus adoradores. Más fácil es que 
germinen en el campo parlamentario los lugares co- 
munes que las utopías. Se mudan las leyes de la es- 
trategia política. El viejo estilo oratorio es por ello 
un arma anticuada, de ésas que sólo se exhiben en 
los museos, y también en resonantes días de parada. 

El marido. — Entretanto, esa resultante media, co- 
mo usted llama al espíritu parlam.entario. no hace 
sentir con la intensidad que el país esperaba su in- 
fluencia buena en la marcha de los negocios públicos. 
La nación (las naciones también obedecen al instinto 
de imitación, como los individuos) empieza a rumiar 
esta idea; que su soberano de ahora, tan absoluto 
como los presidentes de antes, herederos de los anti- 
guos monarcas, gobierna desordenadamente, y aun 
descuida los intereses que se le confían, se agita por 
fruslerías y deja que asuntos vitales duerman sepul- 
tados en sus carpetas. 

El diputado. — Mi parcialidad, decidida por el nue* 
vo soberano, al que profesa una adhesión racional y 
no un culto, no me veda, se habrá ya convencido de 
ello, reconocer sus defectos. Muy superior a los an- 
teriores, está formado del mismo barro humano. Los 
poetas iracundos de la democracia, en su periodo de 



[226] 



UCTBAS URUGUAYAS 



asalto, acusaban a los tiranos de jugar con la suerte 
de los pueblos y montaban en cólera santa, por ejem- 
plo, si los gobernantes malgastaban el tiempo en ca- 
cerías en días de públicas calamidades. Nuestro so- 
berano no está por completo exento de análogos ras- 
gos de carácter caprichoso y voltario. Fácil es que 
el final de un campeonato de football lo conmueva más 
que un déficit millonario del tesoro. También a ve- 
ces se decide por motivos baladíes y obedece a razo* 
nes sentimentaleg más que a cálculos de Estado. Suele 
premiar a los que halagan sus oídos con lisonjas y 
postergar a los que tienm el coraje de cantarle ver- 
dades amargas y saludables. Sus privados se desvelan 
por adivinar sus vueltas de carácter y súbitas mudan- 
zas. £1 alma humane, amigos míos, cambia menos 
profundamente de lo que en general se piensa. 

Jai señora. — Una sentencia filosófica para con- 
suelo. 

El diputado. — ¡También pululan por aquí ingra- 
titudes y envidias! Las críticas más acerbas suelen 

partir de los mismos que tienen sus tienes, sus per- 
sonas, BUS conciencias protegidas por el régimen. Si 
desgraciadamente fuera derrocado, de lo que no co- 
rremos peligro, [ah! entonces pronto se formaría su 
leyenda. La época que este soberano preside sería en- 
salzada como una edad entre todas apacible. Ante el 
juicio inmediato lo perjudica una de sus más precla- 
ras virtudes. No tiene secretos de Estado; deja trans- 
parentar hasta los íntimos motivos de sus resolucio- 
nes. Diariamente publica y razona sus actos; es lí- 
cito a todos percibir y pregonar sua errores. No di- 
simula sus flaquezas exhibiéndose sólo en vistosos 
ceremoniales. Y aún no oculta que necesita de la 



[227] 



GUSTAVO GAXJJNAL 



oposición y cultiva con cuidado los gérmenes de des- 
contento, que son levaduras de progreso . . . 

El marido. — Sí, sí. . . En aquel vitral, la imagen 
de la Justicia, un poco turbia, es cierto, simboliza la 
rectitud del señor del palacio... 

La señora. — Un señor de nobles ambiciones, pero 
de guatos un poco excesivos y barrocos. Su palacio 
69 hermoso, pero un tanto recargado y deja adivinar 
mucho el deseo de deslumhrar. Un gran señor, según 
usted piensa; permítame agregar que se nota que en- 
tra recién en posesión de su fortuna. No olvide que al 
tiempo mismo que se vocean elogios por la magni- 
ficencia con que ha atendido el decoro de su propia 
casa, amenaza ser decretado el cierre temporal de 
las escuelas públicas que carecen de condiciones ele- 
mentales de confort para estos días de invierno... 

El diputado. — . . .Fue una "gaffe" considerable. . . 
Pero créame que está empeñado de todo corazón en 
hacerla olvidar; su generosidad en esa materia des- 
armará a los ciíticos más virulentos. Digamos, solem- 
nemente, que esto no matará a aquello ... No le . 
exijamos un acierto y un gusto de todo punto infali- 
bles, y alegrémonos de ver que laa artes y las cien- 
cias, figuradas en aquellos lindos mosaicos de lo alto, 
pueden aspirar a su protección ilustrada. 

La señora. — ¡El mármol de ese friso parece in- 
crustado de laminillas de nácar! ¡Este pórfido verde 
oscuro es admirable 1 

El diputado. — Me parece reconocer que es el mis- 
mo que sirvió para tallar el sarcófago dentro del que 
Amado Ñervo quedó acostado para siempre con su 
blanco perfil de asceta. Aquí no se ignora que los 
poetas son eminentemente decoratÍToa para loa Es- 



[228] 



LVTRAS UBUGUAYAS 



tados. El poder qae desde aquí se ejerce, digan lo 
que quieran los críticos poco penetrantes, es menos 
absoluto de lo que las apariencias indican. Las trabas 
constitucionales no son las únicas que lo limitan; aca- 
so no es paradoja afirmar que no son tampoco las 
más fuertes. La voluntad del dueño está reatada por 
mil liilos sutiles, pero fortisimos. Su principal ded>er 
es el de adaptarse, adaptarse siempre, tironeado por 
millares de voluntades contradictorias. Es esencial- 
mente oportunista. Cada acto suyo supone una serie 
de transacciones ocultas o públicas. Depende de ese 
algo indefinible y fluido que nombramos opinión. 
Recuerden el Napoleón sin aureola que Alfredo de 
Vigny perfila en "Servidumbre y grandeza militares", 
ese librito imperecedero. Alguien escribirá algún día 
de la servidumbre y grandeza parlamentarias. £s mo- 
da deprimir al Parlamento, como antes era exaltarlo. 
Siempre se oyen quejas en las antesalas de los que 
mandan. Aquí, en conjunto, se refleja, ni más ni me- 
nos, la mentalidad media del país, con sus virtudes 
y sus vicios, que en los días normales no alcanzan ni 
con mucho al grado heroico. El alma nacional, tal 
como aquí se proyecta, aparece dispersa, fragmentada. 
Diríase que reina mutua incomprensión: los intelec- 
tuales desdeñan a los políticos; las clases productoras 
desconfían de ambos; los periodistas, movidos por 
rivales profesionales, azuzan a los legisladores, pero 
no revelan conocimiento más profundo que ellos de 
las necesidades públicas ni mayor previsión, acierto 
o independencia de criterio. Vamos así corrigiendo 
los errores antiguos e incurriendo en otros nuevos. 
Hay en lo recóndilo del alma colectiva una reserva 
de sensatez, un instinto de prudencia que, si no son 



1229] 



GUSTAVO GALUNAI. 



origen de grandfs hechos y de acciones resonantes, 

mantienen sólidamente la normalidad y el orden so- 
cial Si se me preguntara cuál creo sea el progreso 
más deseable del momento, no hablaría de ninguno 
de orden político: diría que es el perfeccionamiento 
técnico de los órganos de la administración pública, 
que es demasiado cara, y rinde mucho menos de lo 
que loa contribuyentes tienen derecho a esperar. Labor 
que no es de un dia. . , (En esto, un ujier se acerca 
a nuestro político locuaz) ...Eg forzoso interrumpir 
nuestra conversación, amigos míos. Me avisan que se 
decide en tercer tumo y por -votación nominal el de- 
bate sobre gratificaciones extraordinarias a los con- 
serjes. No debo desertar mi puesto. 

La señora y el marido. — (A un tiempo). — No 
sabe usted lo que sentimos perder sus conclusiones. . . 

El diputado. — ¿Conclusiones? Tal vez ninguna, 
sino que lo más deplorable que pudiera acaecemos 
sería descubrir el gobierno perfecto. Sacrificaríamos 
el derecho a la murmuración, el más democrático de 
los placeres intdectuales. Y nos privaríamos de al- 
gunas Repúblicas ideales, que los pensadores fraguan 
para nuestro deleite . . . 

Se despide de la dama y de su acompañante, y se 
le ve alejarse presuroso por la hermosa galería de 
mármol, amplia y desierta como la nave de un tem- 
plo desafectado. 

1926. 



[230] 



NOMENCLATURA URBANA 



Hacía muchos años que los montevideanos asistia^ 

mos enlre protestas más o menos tibias y vehementes, 
pero siempre vanas, a la deslrucción de la nomen- 
clatura de la ciudad. Surge ahora del municipio la 
iniciativa oportunísima de restaurar en su integridad 
el plan racional, el excelente plan al que se ajustaba 
esa nomenclatura y que fue concebido por el Dr. An- 
drés Lamas. 

Los nombres de las calles, tanto como sus aspectos 
materiales, constituyen la fisonomía de una ciudad. 
El extranjero, que por vez primera pisa su suelo, lee 
en las lápidas callejeras los presuntos nombres máxi- 
mos y representativos del país; los repiten antes de 
aprender a leer los niños; son ostentados en carteles 
y rótulos; vuelan de boca en boca; alcanzan la más 
extensa y popular de las consagraciones. La nomen- 
clatura de una ciudad capital debe resumir y conden- 
sar la historia del pueblo que preside; sus episodios 
más característicos, sus estadistas más insignes, sus 
más altos hombres de pensamiento y de acción. Abre- 
viada en esas placas de esmalte o de bronce se ofrece 
al viandante una Iccciói] de historia o de geografía. 
La nomenclatura es una obra delicada y difícil. Una 
exclusión inmerecida nos tienta a la reparación. Un 
nombre indigno ofende y subleva nuestros sentimien- 
tos ciudadanos. Cuando vemos, una y otra vez, que 
con liviandad irreflexiva se remueven nombres que 
juzgamos bien puestos para ofrendar los sitios que 

[231] 

17 



017STA.VO GALLINAI. 



ocuparon en homenajes efímeroa, penaamos en un 
pueblo sin idea del valor de sus consagraciones. Me- 
dimos la distancia que hay de ana colectividad de 
ciudadanos a una muchedumbre desarraigada y feni- 
cia, a una multitud sin ayer, aglutmada en un mer- 
cado populoso y proficuo. Esa ausencia de afectos 
profundos y duraderos es lo que distingue a la plebe 
amorfa y paraBÍlaria de las grandes urbes, en cuyo 
tipo humana discierne el pensador alemán al prota- 
gonista de la decadencia fatal de la cultura de Occi- 
dmte, al "hombre puramente atenido a los hechos, 
hombre sin tradición que se presenta en masas infor- 
mes y fluctuantes". 

La ciudad que necesitamos crear en nuestras pa- 
trias americanas debe ser plasmadora de la nación. 
Centralizando, dando mma a nuestra civilización, de- 
bemos recoger y canalizar el fluir de las energías di- 
fusas en el territorio. Así fue en el período de ges- 
tación. Enhiesta en la ribera del río, enclavada en 
un inmenso campo de soledad, dio al territorio un 
corazón y un alma para que sintiese y pensase. Por 
ella una rica vaqueria, la linda estancia de que habló 
Dorrego, fue pueblo y ascendió a nación. Ciudad y 
campo (hay mucho de verdad en la concepción de 
Sarmiento) fueron enranigos, y luchando se comple- 
taron y fundieron en uno. Disociados son, de un 
lado, la rudeza primitiva; del otro, la civilización 
descastada. La ciudad impuso a los instintos origina- 
rios las normas civiles. Debe continuar decantando y 
filtrando la cultura universal para fecundar con ella 
los campos sedientos. No lo haría si abdicase total* 
mente de su carácter nativo, perdiendo su poder de 
asimilación. En lo alto de la urbe, sobre la confusión 



[232] 



LETRAS URUGUAYAS 



de techumbres y azoteas, tenues, sutilísimas antenas 

recogen la vibración espiritual del orbe. 

**La ciudad, ^críbió un poeta ciudadano de nues- 
tro tiempo, el exquisito Juan MaragaU, es la sinteaís 

de la patria. Es la casa "payral" adonde acuden las 
más lejanas comarcas que sienten que su alma está 
en ella.'' Preocupémonos, si es asi verdad» de que 
nuestra ciudad lleve estampados en su fisonomía los 
rasgos del pueblo que preside. Que el extraño que 
cruce sus calles no pueda mal pensar al verlas que 
llega a un pueblo sin alma. Que el hombre que acude 
desde remotos rincones del territorio reconozca aque- 
lla ciudad por suya; que al entrar en ella le diga el 
corazón que entra en la casa solariega de au estirpe. 

Data de 1845 la nomenclatura montevideana. En 
mayo, en el aniversario de la revolución, publicó "El 
Nacional" el plan que Andrés Lamas, Jefe de Poli- 
cía, elevó al Ministro de Gobierno y Relaciones Ex- 
teriores, don Santiago Vázquez. Fueron borrados, con 
los antiguos nombres, las huellas de la vida colonial. 
El sello de la existencia del viejo Montevideo, claus- 
tral, apacible, dulce en su limitación de horizontes, 
se desvaneció con los nombres del santoral españoL 
La calle San Gabriel, la calle San Carlos, la caite San 
José se llamaron Sarandí, Rincón, Guaraní... Una 
época nueva estampó sus cifras en el blasón edilicio. 
Sarmiento, que cruzó por Montevideo varios meses 
después, en enero de 1846, con el alma tensa como 
un arco pronto a disparar la flecha contra la "barba- 
rie" obsesora, anotó con júbilo la mutación, en la 
carta a Vicente F'idel López, impresa en el tomo de 
"Viajes". "Un dia habrá de levantarse el sitio de 
Montevideo y cuando los antiguos propietarios del 



[233] 



GUSTAVO GAIUNAL 



suelo, los nacidos en la ciudad regresen, ¡qué cambio, 
Dios mío! Yo me pongo en lugar de uno de aquellos 
proscriptos de su propia casa y siento todas sus pe- 
nas y su nialQstar, Quiere llamar a esta calle San 
Pedro, a aquella otra San Cristóbal; pero el pasante 
a quien pregunta no conoce tales nombres, que han 
sido borrados por la mano solícita del Progreso para 
ceder su lugar a los nombres guaraníes de la historia 
oriental"... Así continúa en su libro pintoresco, de 
prosa abundante y desconocida. Mudó con éste y 
otros cambios el semblante de la ciudad, que surgió 
remozada de aquel caos, enigmático de la Guerra 
Grande. 

La nomenclatura de Lamas, es una obra maestra 
de tino y de discreción. Parte en doa la ciudad — la 
nueva y la vieja — la línea de los muros ya desman- 
telados y la Cindadela. La Ciudadela permaneció to- 
davía de pie muchos años en el corazón de la ciudad 
renovada, trocada en mercado la plaza de armas an- 
churosa, en la que se agolpaban comercios de toda 
laya cuyos dueños ensordecían a los transeúntes pre- 
gonando las mercancías. Fue demolida muchos años 
después. Alberto Gómez Ruano, un estudioso modesto 
y por varios conceptos meritorio, que acababa de 
morir, talló en madera una hermosa e interesante re- 
producción en pequeño de la Ciudadela, que hoy ador- 
na una sala del Museo Pedagógico. La calle Sarandí 
se tiende sobre el dorso de la cuchilla en la ciudad 
vieja, desde el mar hasta el emplazamiento de la 
Ciudadela. A uno y otro lado se suceden los nombres 
de los fastos patrios. En la extrema saliente de la pe- 
nínsula montevideana, donde estuvo el poblado inicial, 
agrúpanse los nombres remotos de la conquista y de 



[234] 



LETBAS URUGUAYAS 



la era coIoníaL Luego, más céntricos, nombres de epi- 
sodios- casi todos guerreros, de la reconquista, de la 
Patria Vieja, de la revolución de independencia de 
1825. La calle Sarandí, consagrada a la batalla sal- 
vadora de 1825, es la centra! ¿e la vieja ciudad. Se 
abre y ensancha siguiendo la cumbre de la cuchilla, 
al penetrar en la ciudad nueva, formando la avenida 
18 de Julio, fecha de la jura de la Constitución: el 
guerrear de la independencia se corona con la orga- 
nización institucional. En la ciudad nueva se escalo- 
nan nombres de combates, como Mercedes y San José, 
o nombres de accidentes geográficos j grandes ríos del 
territorio. £s una concepción bien ajustada, un plan 
delineado con precisión y acierto. 

No hubo espacio para ninguna consagración per- 
sonal de persona viva entonces. Apenas algunos nom- 
bres de descubridores y fundadores o personalidades 
de la vida colonial ya muertas desde hacía muchos 
años: Pérez Castellano, el patricio de 1808; Maciel, 
el filántropo. Vivían aún muchos hombres civiles y 
soldados de la Independencia. Algunos eran cámara- 
das de lucha de Lamas en las trincheras de la Defen- 
sa o en los Consejos de Gobierno. Otros se mantenían 
apartados de las contiendas civil^, entre ellos proce- 
res tan auténticos como Larrañaga, a quien Lamas 
podía juzgar y que ciego y enfermo era vínculo de 
unión entre los bandos en pugna que al morir él, ri- 
valizarían en el fervor de sus homenajes. La regla 
impersonal no fue derogada. "Me he abstenido de 
tocar los nombres de los contemporáneos ilustres y de 
sucesos que deben esperar su sanción de la opinión 
tranquila e ilustrada de los venideros. Cuando des- 
aparezcan las pasiones y loa intereses que ha creado 



[235] 



GUSTAVO GAtUNAL 



la revolución, para dar campo a ios fallos severos e 
imparciales de la historia, Montevideo tendrá muchas 
bellas calles que ofrecer a los nombres de los guerre- 
ros, de los magistrados, de los hombres políticos". 
Esta lección de prudencia no fue imitada más tarde. 
Hemos visto prodigarse las conaagraciones prematu- 
ras, nacidas de arranques de sentimentalismo, las con- 
sagraciones pasionales que honran a figuras recien- 
mente desaparecidas, a las que falta perspectiva his- 
tórica, y aun las consagraciones adulatoiias. 

Las correcciones y enmiendas que sin orden ni con- 
cierto sufrió la nomenclatura de Lamas, fueron des- 
acertadas, acaso sin una sola excepción. Asombra 
pensar que hayan prosperado muchas de esas recti- 
ficaciones, destruyendo un plan armónico. 

Fue borrado, supongo que por falaces razones de 
laiciuno, el nombre de Santa Teresa, que no Tecor* 
daba a la doctora de Avila, sino a la doble y memo- 
rable victoria que el comandanlc Lfonarcío Olivera 
obtuvo en 1825 en el Fuerte fronterizo de ese nom- 
bre. Fueron desclavadas las chapas de la calle Cerro, 
que rememoraba el brillante ataque comandado por 
Oribe en 1826 contra las fuerzas imperiales. En 1845, 
cuando la calle fue asi bautizada, mandaba Oribe el 
ejército sitiador de Montevideo, de cuya defensa era 
Lamas personaje conspicuo. En ésta, como en otras 
denominaciones, un criterio sereno primó a pesar de 
la crudeza de los tiempos y de las peisiones de los 
autores. 

Fueron mudadas calles como Daymán, Queguay y 
Arapey, sustantivos típicos que dicen de cosas indí- 
genas del terruño, melodiosos nombres guaraníes de 
caudalosos e históricos rios patrios. El doctor Lamas 



[ 236 ] 



LETRAS UaiTGUATAS 



había enhilado una hermosa serie: Cuareim, Yí, Ibi- 
cuy, Uruguay, Yaguarón . . . Esa serie fue torpemente 
deshecha. En varios casos el ymo se dobló con im- 
perdonables herejías históricas. 

Daymán fue desterrado a un lejano suburbio; ee 
puso en BU lugar Julio Herrera y Obes. Fue un error 
vituperable. No opino movido por sentimientos de 
aversión a la memoria de aquel ciudadano. Conocí al 
doctor Herrera en sus años postreros. Vivía en una 
enorme soledad ; sobrevivía a la ruina total de su pres- 
tigio poUtico. Solo, y maduro para la muerte, imponía 
respeto. AI verlo cruzar las calles de Montevideo, se 
adivinaba la pobreza de su vida: miseria sobrelle- 
vada con altivez señoril. Más de una vez lo vi en un 
tranvía de las afueras, llevando en las manos un ramo 
de flores, diaria ofrenda de un amor romántico hasta 
la muerte. Tuvo por aquellos años un arranque en el 
que gastó sus últimos arrestos de luchador; quiso re- 
sucitar su "Heraldo" y por esa campaña, cas,i postu- 
ma, tentó afilar de nuevo su antes temible pluma: 
fue como un hombre que en un combale de ahora 
blandiera una vieja partesana oxidada. Hay finales 
de vidas humanas, de vidas intensas, que supieron de 
los halagos del poder y de la gloria, cuya contempla- 
ción produce en el alma un estado parecido al de 
"catharsis"' o purificación de pasiones secundarias que 
serenaba los ánimos de los espectadores en el desen- 
lace de la tragedia antigua. Así la vida de Julio He- 
rrera y Obes cuando declinaba hacia la sombra mortal 
en medio de un vasto silencio pensativo. Aquel hom- 
bre, de fina calidad intelectual y social, había en- 
trado ya en esa zona de penumbra en la que se su- 
mergen al dia siguiente de sn muerte — una muerte 



[287] 



GUSTAVO OAIXINAL 



que puede anticiparse a la desaparición física — los 

que han sido poderosos: resurgirá más tarde a la luz 
esclarecedora e inmóvil de la historia. Pronuncie ella 
la sentencia sobre el político y sobre la época de la 
que fue una de las personalidades representativa?. 
Entretanto, pienso que el homenaje de los suyos no 
es excesivo, dada la jerarquía espiritual del pióier. 
Si quisiera descender a la crítica personal pensaría 
en otras calles de cuyos nombres no quiero acordar- 
me. Censuro en este caso el poco tino de la elección 
del sitio. 

Errores nacidos de incomprensión, errores que di- 
manaban de estrechez de perspectiva, fueron poco a 
poco rompiendo la armonía del plan de Lamas Obe- 
decía esta nomenclatura a una concepción histórica v 
nacional. Las rectificaciones posteriores, como muchas 
denominaciones incluidas en la parte novísima de Id 
ciudad, derivan de crilérios ahistóricos y cosmopo- 
btas. Ahistóricos, propios de espíritus limitados a la 
visión del presente. Cosmopolitas, en el mal sentido 
de la palabra, que tiene otros excelentes; cosmopoli- 
tas por la ligereza con que acceden al sacrificio de 
lo propio, aun sin que lo justifique razón alguna su- 
perior, por indiferencia o ignorancia. Lo actual, que 
tal vez será pasajero, no tiene sistemáticamente dere- 
cho a desalojar a lo antiguo, que acaso, por perma- 
nente, seguirá siendo actual, cuando lo que constituye 
la novedad palpitante de hoy se haya esfumado en 
el tiempo. Los que viven sólo en la hora presente 
fueron con lento trabajo de zapa minando la armonía 
integral del plan. Desfiguraron asi algo de la fiso- 
nomía histórica de Montevideo con modificaciones 
determinadas por el azar de iniciativas desordenadas. 



[238] 



LETRAS URUGUAYAS 



La restauración de ese plan devolverá a nuestra no- 
menclatura céntrica algunos nombres muy típicos, evo- 
cadores y sugestivos. Aceptaría yo. si no fuese acicate 
para nuevos retoques, que se adoptase un nombre que 
encajaría coa precisión en el conjunto. La calle ''Cá- 
maras" fue llamada a^í en honor de la Asamblea Le- 
gislativa del Estado, que ha tenido su sede durante 
casi un siglo de vida constitucional en el edificio del 
Cabildo colonial en ella situado. Muy pronto se inau- 
gurará el nuevo y suntuosísimo Palacio Legislativo. 
"Calle del Cabildo"' sería el nombre adecuado para la 
calle "Cámaras", donde se ostenta el viejo edificio de 
grises sillares, simple y austera silueta, una de las 
joyas tradicionales del país. "Calle del Cabildo" en re- 
cuerdo de la Junta de 1808, episodio capital en nues- 
tra evolución histórica. 

No faltarán sitios dignos para los nombres que será 
preciso remover al registrar la nomenclatura urbana: 
nuevas calles, avenidas y paseos. Habrá también si- 
tios adecuados que recuerden episodios y nombres 
omitidos por Lamas, particularmente los civiles de 
la revolución, y para aquellos otros posteriores que 
merezcan tal honra. Ningún homenaje nacional o in- 
ternacional será derogado ni disminuido. 

Patrocinada por concejales de los dos partidos tra- 
dicionales, triunfará la idea de restauración de la no- 
menclatura. Es seguro que han de correr muchos años 
antes de que el cambio de perspectiva histórica, im- 
ponga rectificaciones de importancia en el panorama 
ideal que ella evoca. 

1924. 



[239] 



ACUÑA DE FIGUEROA Y LOS 
POETAS COLONIALES DE MONTEVIDEO * 

Una pintura de Montevideo en 1850 

En el mes de judío de 1850, un escritor francés, 
Xavier Marmiei, concluía en Montevideo un dilatado 
viaje al través del continente americano. Había reco- 
rrido primero los pueblos de la América septentrional. 
Había contemplado maravillado el espectáculo de la 
democracia de Estados Unidos que, en momentos en 
que su unidad nacional aparecía próxima a quebran- 
tarse, proseguía sin tregua la labor de forjar como 
en fragua de cíclope los metales de las varias razas 
humanas, preparando para el porvenir el bronce de 
una estirpe nueva. En el Canadá, en territorios que 
integran boy la Confederación del Norte, en islas de 
las Antillas, en los sitios de América en los que Fran- 
cia colonizadora posara su planta, había rastreado el 
viajero con singular complacencia las huellas de su 
pueblo, que persistían semiborradas en tierras con- 
quistadas al fin para la civilización inglesa o española. 
Espíritu nómada, devorado por "la nostalgia del es- 
pacio" era Marmíer de aquéllos siempre espoleados, 
como Loti, por inaplacable curiosidad más allá de la 
linea del borizonte, para reflejar en sus libros ímá- 
genes recogidas en újanos mares y exóticos países. 



* La Ifacldn Buenos Aire^ SO y 27 de abril; 4, 11 y 18 de 
mayo da 1924. 



[240] 



tETRAS URUGUAYAS 



Sus "Cartas de América*' foiman un libio de amena 
y fácil lectura» escrito en prosa elegante, la prosa de 

un *'causeur" espiritual que ha leído y visto mucho, 
dotado de extraordinario don de simpatía y de curio- 
sidad. Una tarde partió Marmier de Buenos Aires, 
ciudad de cuya vida bajo la tiranía esboza algunos 
cuadrítos, embarcado en uno de los paquebots ingle- 
ses que mensualmente y de paso para Europa tocaban 
en Montevideo, brindando comodidades que no po- 
seían otros barcos de la carrera. Por la mañana si- 
guiente veía por primera vez brillando a los rayos del 
sol de un día casi primaveral las cúpulas aporcelana- 
das de la Catedral de Montevideo. La nueva ciudad 
dio al viajero una sensación de blancura y despertó 
por momentos en ñu espíritu remiaiscencias de Orien- 
te: contemplándola de^de la bahía, sus callea escalo- 
nadas en el manso declive de la cuchilla destacábanse 
como las talladas graderías de una cantera de mármol. 
Ondeaban en la rada los pabellones de, guerra de doce 
navios franceses que autorizaban con sus bocas de 
fuego las gestiones del almirante Le-Predour. 

Vivía entonces Montevideo el séptimo año del Sitio 
Grande. Quedábanle tan sólo reliquias de la maciza 
armadura colonial de sus murallas, ya rota y desce- 
ñida por mandato de la Asamblea Constituyente. En 
los prósperos años anteriores al sitio, la expansión 
de la edificación urbana rebosó por las brechas del 
amurallado recinto y se tendió por las circundantes 
cuchillas. La sombra maléfica de Rosas había velado 
al viajero francés la visión de Buenos Aires. El Mon- 
tevideo de Ib Defensa ganó sus simpatías. La imagen 
de la ciudad ae levanta bella y nítida de sus páginas 
cordiales. Era aquélla la ciudad de casas con ventanas 
de voladas rejas y misteriosas penumbrs^ de encala- 



[241] 



GUSTAVO GALUNAL 



das paredes, de zaguanes con ancha franja de azule- 
jos y cerrados por el portón de hierro, tras del cual 
ábrese el florido patio, amplio, hospitalario y alegre 
bajo el toldo de la parra sombrosa; laa mismas casas 
que en nuestros mismos días caen una tras otra al 
golpe de la destructora piqueta. En las tardes serenas 
las azoteas de forjadas rejaa, los blancos miradores, 
son terrazas creadas por la blanda brisa del río y se 
enguirnaldan de frescos búcaros de mujeres. Pasean 
entonces por las calles amartelados galanes cuyas si- 
luetas románticas perduran en grabados y estampas. 
Son los tiempos heroicos del romanticismo platense. 
La clase pudiente de la ciudad mantiene, entre las 
estrecheces y las miserias del sitio, cierto bienestar y 
lujo materiales. Hasta a onza de oro se paga el ramo 
de camelias que ha de ofrendarse luego en pequeño 
estuche de plata o de oro, y aun alguna vez adornado 
de piedras preciosas. En lo espiritual, brisas europeas 
han renovado y refrescado el ambiente enclaustrado 
y austero de la sociedad coloniaL El viajero francés, 
que en más de una etapa de su viaje americano había 
podido dolerse de los inmensos campos de expansión 
perdidos en el continente por su pueblo, recibe en 
Montevideo una sorpresa grata. Aquella ciudad es casi, 
según sus palabras, una colonia industrial ganada pa- 
cíficamente y que en el porvenir, cada vez más, sin 
obra de armas ni violencias de soldados estará abierta 
al genio expansivo y laborioso de Francia. La colec- 
tividad francesa es la más numerosa de Montevideo. 
Pero hay un hecho ann más hondo. No hay orden de 
ideas, corao no existe tampoco producto industrial, 
que no tenga estampado el sello de Francia que, ape- 
nas roto nuestro aislamiento, ha afirmado su espiritual 

[242] 



LETRAS URUGUAYAS 



hegemonía, aun hoy indisputable. Ecos de su espíritu 
resuenan en loa escritos de los publicistas. En lengua 
francesa están los modelos que copian los poetas, lo 
mismo para entonar las elegías del destierro, que 
para enriquecer los cantos de amor o templar los 
yambos disparados contra la tiranía. 

"Todo se ha transformado: las cosas y los hombres 
mismos", escribe en 1846 Sarmiento en la carta a 
López, publicada en el tomo de sus viajes. Concreta 
su impresión en una {Ónnula extremada y paradojal, 
una fórmula agresiva que hace violencia a la realidad 
para oponer al estancamiento del medio de la tira- 
nía el triunfo del europeismo civilizador, cuyo soplo 
poderoso agitaba y removía profundamente el ambiente 
montevideano : "Buenos Aires, España exclusiva ; Mon- 
tevideo, Norte América cosmopolita. ¡Cómo han de 
estar en paz el agua y el fuego!". Comenta luego 
Sarmiento con verba pintoresca, en página briosa y 
colorida, la mutación profunda acaecida en Montevi- 
deo. Si alguno de sus antiguos y expulsados dueños 
retornase hoy, medita Sarmiento, ¡qué cambio, Dios 
mío! Buscaría en vano en calles y plazas los nombres 
del santoral español; no lejos de la Catedral vería 
con escándalo alzarse el templo protestante; hallaría 
hombre libre al que dejara esclavo, y trocada en 
"auberge" la randa fonda española. . . Todo se trans- 
formaba, en efecto, en la ciudad: las ideas, las cos- 
tumbres, los prejuicios que circunscribieran el hori- 
zonte espiritual caducaban, no de otra manera como 
cedían y se desmoronaban las murallas que la ciñeran 
otrora. 

El viajero francés recibe la misma impresión de 
cosmopolitismo de tintes afrancesados. Traza Marmier 



[243] 



GUSTAVO GALUNAL 



algunas semblanzas de las personalidades que en Mon- 
tevideo integraron el grupo procer de los proscriptos 
argentinos, los varones de aquella esclarecida genera- 
ción aventada trágicamente hacía todos los ámbitos 
de América, y que en todas parles, entre el desamparo 
y el ostracismo, mantenía para calentar y abrigar sus 
espíritus con la caricia de sus llamas sagradas, el 
nostálgico recuerdo de la patria negada y el amor 
de la libertad escarnecida. 

Reseñando las nuevas tendencias literarias, señala 
las primeras etapas de la conquista espiritual del ro- 
manticismo y consagra a Esteban Echeverría algunas 
páginas empapadas de simpatía. Comenta la labor 
de los innovadores románticos, cuyas innovaciones 
eran en gran parte, como lo han sido por lo general 
en América, traiisplantes más o menos afortunados a 
nuestro suelo de gajos brotados en el último floreci- 
miento francés o europeo. Tiene una mención espe- 
cial para Hilario Ascasubi, el trovero gauchesco, tosco 
y sin almo en la forma, pero cuya obra autóctona 
está nutrida por los jugos silvestres extraídos de la 
tierra americana, heredero y continuador de la poesía 
que amaneció en la aurora de la emancipación, en los 
versos de Hidalgo. Finalmente, escribe el crítico de 
Otro poeta, de obra también, aunque por diverso 
modo, hondamente enraizada en el suelo nativo, voce- 
ro de la tradición urbana, cuyos versos forman como 
una crónica animada y varia, una pintoresca evoca- 
ción del viejo Montevideo que desaparecía ya por la 
acción del tiempo inevitable. Hay en el juicio, desde 
luego sobrado benévolo de Marmier, una frase que 
hizo fortuna: "junto a los innovadores románticos 
hay allí un poeta del buen tiempo pasado''. Es verdad 



[244] 



UmiAS XmUOUAYAS 



esto, cuanto pueda ser verdad entre nosotros esa eter- 
na ilusión del sentimiento por la cual a nuestro pare- 
cer es mejor cualquier tiempo pasado. La frase certe- 
ra quedó para Figueroa como la frase consagratoria 
que ha menester a nuestro juicio cualquier doméstico 
renombre. Poique difícilmente entre oosotros entra 
nadie, ya no en el templo, pero ni siquiera en el atrio 
de la fama, si no es apadrinado por escritor de Fran- 
cia o de Europa que le dé el espaldarazo sacramental 
y se digne ungirlo caballero. Fue aquélla para Figue- 
roa la frase ritual, que con frecuencia sonó en sus 
oídos en tono de alabanza y que después de morir fue 
repelida sobre su féretro como el elogio mayor y pos- 
trero: "un poeta del buen tiempo pasado". 

Leamos ahora en su integridad el juicio de Mar- 
mier: "Junto a los innovadores románticos hay en Mon- 
tevideo un amable poeta del buen tiempo pasado, Fi- 
gueroa. Este no ha querido ab'audonar las regiones 
mitológicas que aprendió a venerer en los bancos del 
colegio. Canta a Febo y a la Aurora de rosados dedos 
como sus maestros del siglo di^ocho. Cabalga en su 
Pegaso y trepa alegremente al Parnaso, deteniéndose 
a beber a la vera del camino en la fuente Castalia. 
Todas las reglas de las antiguas escuelas le son que- 
ridas y todos sus caprichos le sonríen. Un Dios le ha 
prodigado dulces ocios y los consume en los juegos 
del enigma, de la charada y del madrigal. Realiza las 
violentas proe2as del anagrama y del acróstico como 
aquellos hábiles versificadores cuyas composiciones 
más excéntricas ha coleccionado el erudito Peigoot. 
Plasma como Panard, (poeta del antiguo régimen), 
la canción para beber, tallada en forma de botella. 
Pasa con ágil facilidad de lo grave a lo dulce, de lo 



[245] 



GUSTAVO GALUNAL 



entretenido a lo severo. Aguza el epigrama cáustico 
como Marot en su juventud galante y como el Marot 

de la madurez traduce devotamente los salmos. No 
traduce sólo himnos bíblicos: Jos compone también 
originales, con religioso espíritu. Porque, si su ima- 
ginación 66 complace vagando entre las paganas tra* 
diciones. su corazón pertenece a la pura doctrina 
evangélica. Como el autor de "Las Lusíadas" mezcla 
en la odisea de su vida las fábulas del Ohmpo a las 
austeras creencias del cristianismo. Luego de cele* 
brar al Amor y a las Gracias con ritmo anacreóntico 
deja esas estrofas profanas para escribir con sincero 
recogimiento una paráfrasis del Pater, una epístola a 
su cura o unas letanías a la Virgen. Tal aparece en 
sus obras, tal en las diversas fases de su carácter: 
afable y jovial, espiritual y tierno, lleno de indul- 
gencias para los otros y de desconfianza para sí mis- 
mo. . . Es un placer leer sus versos; es grato cono- 
cerlo". 



Semblanza de Fi^teroa 



La personalidad de Francisco Acuña de Figueroa 
es la central de este breve ensayo sobre nuestros poe- 
tas coloniales. Le corresponde de pleno derecho un 
capitulo inicial de nuestra vida literaria. Es justo 
hacer de la figura del fecundo poeta la personalidad 
central y representativa de una larga época de nues- 
tra poesía que llena con sus producciones, agrupando 
en tomo suyo a los demás rimadores que, con mayor 
o menor fortuna, fueron sus compañeros o sus ému- 
los. La tarea por momentos nimia y prolija de escri- 
bir una biografía que carece de hechos heroicos y 



£246] 



lATRAS URUGUAYAS 



memorables, sería amena y hasta presumo que grata 
si el cronista acertara, como vivamente lo anhela, a 
trasladar a sus páginas algo del color, del aroma de 
los viejos tiempos montevideanos, en estos artículos 
que ha conipueato, alternando con otros trabajos con- 
sagrados a materia viva y actuaL Poique cree que nun- 
ca es tan dulce la imaginada visión del pasado, como 
cuando se lucha y vive en el presente, atento a todas 
las vibraciones y estremecimientos del espíritu nuevo. 
La critica puramente negativa es fácil, es demasiado 
fácil, aplicada a estas obras iniciales en las que la 
primera mirada del observador descubre lo que tienen 
de hojarasca amarillenta, de vacua y envejecida re- 
tórica que a nadie engaña. 

Poeta secundario para un criterio rígido y justi- 
ciero, aun puesto en parangón con los ingenios del 
siglo XVIII español de que el suyo en ios comienzos 
directamente procede, Figueroa prolonga durante lar- 
gos años en nuestro ambiente embrionario los ecos de 
una escuela de decadencia. Con tales deficiencias, los 
frutos de su ingenio son todavía los mág sabrosos y 
más sazonados que la cultura colonial dio de sí en 
nuestro solar montevideano. Solo, o coreado por otros 
rimadores de menos relieve, de rasgos más borrosos y 
desdibujados, llena una etapa de nuestia crónica poé- 
tica, en la poesía culta. Surge literariamente a la luz 
en el año inicial de la revolución oriental, en 1811. 
Suyos son de los primeros versos de la primer im- 
prenta montevideana. No hay, desde entonces hasta 
su muerte en 1862, apenas diario o publicación a la 
que no haga oblación de parte de su caudal. La vena 
afluente y copiosísima de su inspiración se vuelca 
durante medio siglo en el árido arenal del ambiente 

[247] 

u 



GUSTAVO GAÜIHAL 



de un pueblo novísimo, exento de tradiciones intelec- 
tuales, donde todo había de crearse lentamente en el 
campo de la cultura. El encarna y personifica litera- 
riamente entre nosotros, con más títulos que nadie, eaa 
cultura empobrecida, pero que es uno de loa elemen- 
tos prímarios de nuestra formación intelectual y so- 
ciaL Perteneciente por tradición y por vínculos de 
familia al núcleo conservador de la ciudad, al estallar 
la revolución, como muchos otros, no acierta a vis- 
lumbrar sus proyecciones, ni a comprender su gran- 
deza. El cronista de la aldea colonial encuéntrase con- 
vertido con el rodar del tiempo y de los sucesos, en 
el ciudadano de una nueva y turbulenta República. 
Intenta entonces ser en algima manera su "poeta civiV ; 
suyos son también himnos de la primera época; sus 
canciones acompañan todos nuestros acontecimientos 
cívicos. El narrador en verso del sitio de 1812, el 
festivo coplero de la vida doméstica y municipal, 
pulsa con la solemnidad y el decoro requeridos la 
lira de bronce y merece ser el Rouget de FIsle de dos 
naciones jóvenes de América, según la frase de Gar- 
cía Calderón. Uno de los tres tomos del primer can- 
cionero patrio le pertenece. Al margen, diría, de esta 
labor "oficial", va concluyendo otra, acaso para é] 
más deleitosa, varia y multiforme. Traduce himnos sa- 
cros y versos clásicos, y, como siempre la rima y el 
ritmo se le rindieron dóciles, lo hace con soltura a 
veces DO exenta de elegancia. Ensaya el cielito gau- 
chesco en la vihuela de Hidalgo. Lleva en la sangre 
la hispana afición de la plaza de toros e inventa la 
"Toiaida", poemita de tono regocijado en el que pinta 
con risueña animación los incidentes y lances de la 
lidia. Las giand» palabras de libertad, de gloria, 



£248] 



UETRAS URUGUAYAS 



con que esmalta sus cívicas canciones, no le engañan, 
ni ignora las míseras realidades que suelen revestirse 
de tan vistosas y sonoras apariencias; las rispidas pa- 
siones irracionales de épocas bravias, de tiempos de 
hierro; las encrucijadas y cenegales de la baja políti- 
ca; las secretas vanidades y flaquezas de los hombres 
públicos; las declamaciones mendaces y los histiionis- 
mos merced a los cuales en su tierra y en todas partes, 
en su época y en todas las épocas, suelen granjear 
aplausos del necio vulgo. Derrocha su ingenio fértilí- 
simo para acribillarlos a epigramas. Maneja con sol- 
tura y agudeza la letrilla satírica, la décima y el in- 
tencionado romance. Traduce del italiano clásico y 
amplifica extensos poemas jocosos. Redacta, en la 
jerga burlesca y torpe de la plebe africana legalmente 
redimida que se hacina en los suburbios, himnos y 
canciones para sus fiestas y candombes. Aun desciende 
más su musa; se mancha con el epigrama sucio, la 
composición licenciosa y procaz que circula secreta- 
mente de mano en mano y se festeja a carcajadas en 
las ruedas de "hombres solos". Diestro versificador, 
ágil y flexible, recorre toda la gama poética. Durante 
la lectura de esa obra copiosa y desigual que llena, 
sin ser completa, doce volúmenes, se dibuja en la ima- 
ginación una personalidad de inconfundible y, en 
nuestro ambiente, original perfil. La primera genera- 
ción romántica no dio de si tampoco en el Uruguay 
ningún poeta capaz de eclipsarle. El personaje reinante 
llegó a ser el romántico soñador y melancólico, que 
desde entonces ocupó' un lugar prominente en la esce- 
na literaria. Protagonista natural de un siglo agitado 
por angustiosos problemas espirituales y sociales y de 
una época cuyos cimientos eran socavados poi subte- 



[249] 



GUSTAVO GALUNAL 



rráneas corrientes de ¿deas y de sentimientos. Había 
allí, nadie lo ignora, un avance, alma adentro de la 
poesía y el descubrimiento de nuevas idealidades, de 
nuevas y maravillosas surgenie>í de poesía y de belle- 
za. Pero nuestra primera generación romántica no 
tuvo poeta que acertara a dar digna, musical y per- 
durable expresión a esas idealidades y a esos ensue- 
ños. Reinó durante largos años la insincera afectación, 
poesía quejumbrosa mas que doliente, que por una 
inquietud verdadera mentía cien tristezas no sufridas. 
Inundáronse las letras de impotentes remedos; la 
imitación desatentada y servil rebajó admirables mo- 
delos al nivel de la vulgaridad. En medio de este coro 
lloroso ocurre echarse de menos el numen regocijado 
y chispeante del viejo poeta, aquella sana sonrisa 
que retoza en sus labios; apartados los oropeles de 
la decadencia, conserva su obra reflejos del ingenio de 
castiza cepa española. Echase de menos también aquel 
noble fondo de clásica cultura que él poseyó, disci- 
plina insustituible áeA espíritu, y su castellano, si no 
rico y numeroso, limpio y discreto, que hace de él 
en la dicción, uno de los escritores más puros que en 
América pueden encontrarse, según el juicio de Me- 
néndez y Pelayo. Frisaba ya en los sesenta años cuan- 
do Marmier le conoció y (razó la silueta recordada 
anteriormente. Achacoso, pero sin perder su optimis- 
mo ingénito, adelantaba sin temor ni tristeza por la 
avenida invernal de los años de la ancianidad, como 
hombre bien dispuesto para con el mundo, al que 
nunca pidió más de lo que razonablemente pudiera 
darle. Gozaba de la consideración de sus convecinos; 
alcanzaba, sino la fama, una modesta glorióla, con- 
fundida en la estimación casera y en la propia con la 



[250] 



LETRAS imUGUAYAS 



reputación de hombre ingenioso y decidor, repentista 
incorregible, numero obligado de toda solemnidad 
civica y sociaL Así, el enorme caudal de versos que 
compone su obra llegó a formar, según la frase de 
Menéndez y Pelayo, una especie de crónica muy diver- 
tida de las costumbres de Montevideo durante medio 
siglo. No brillaba esperanza de mejoramiento o de 
progreso que no exaltara alguna composición suya; 
no ocurría duelo sobre el cpie no arrojara — ofrenda 
jamás negada — el tributo de algún verso; como la 
copa henchida para el brindis de espumoso vino, alza- 
ba siempre alguna estrofa en las horas de júbilo colec- 
tivo. ¿Para qué analizar tan efímeras obrillas? No 
preguntemos si el licor de la copa es fino y exquisito ; 
el gesto es siempre amistoso y cordial. . . Pagaba 
demasiado caro, en elogios ditirámbicos a todos los 
caudillos que se alternaban en el "jus ulendi et abu- 
tendi" del poder público, su deseo de vivir consa- 
grado a sus plácidas tareas literarias. Le faltaban 
altivez y austeridad. Para ganar un precario pasar 
quemaba pródigamente su incienso ante los ídolos del 
foro. 

Si al menos hubiese ahora 
Quien comprase poesías, 
Yo pusieiA aa baratillo 
De aonetoa y letrillas. 

Clamaba el vate acosado por la pobreza, apurando 
su ingenio para dar de reír a ministros y presidentes 
a costa de sus propias penurias, relatadas entre chan- 
zas y retruécanos en largos mranoriaks rimados; 

Si mis zapatos st ríen 
Mis pantalones suspiran, 
Y el paleto más parece 
Fariseo que levita. . . 



[251] 



GUSTAVO GAr.LINAL 



Y tengo que andar ■ veces 
doblando vanas esquinas, 
por evitar con gambetas 
acreedores que me espían. 

El ha trazado su retrato en zumbonas letrillas, in- 
tencionados juguetes donde perduran rail detalles y 
escenas de la vida íntima de nuestros abuelos: allí 
aparece en las tertulias de la antigua sociedad mon- 
tevideana, de gustos sencillos y aemipatriarcaleB, 
donde sus ocurrencias y chistes eran festejados entre 
una y otra partida de mus o de báciga, mientras circu- 
laba el mate de labrada plata o ardía el braserillo con 
la bien provista y repujada salvilla, de vista grata y 
reconfortable aroma. 

¿No es una ñgura casi familiar y simpática la que 
se perfila con amable llaneza e indudable gracejo en 
los fáciles lasgos de este auto-retrato? 

Eia algo tngneGo, 
De roittio festivo. 
De talle mediano, 
Ni grande m chico. 
De nariz y lioca 
Un poco provisto 

Y el lacio cabello 
Algo enrarecido. 
Eran apacibles 
Sus OJOS y vivos, 
A veces locuaces 

Y a veces dormidos. 
Su rostro era feo 
Mas no desabrido, 
Sino que inspiraba 
Confianza y cariño 
Tuvo algunas veces 
Defectos y vicios, 

Mas su alma era noble. 
Su pecho sencillo. 



[252 ] 



LETRAS URUGUATAS 



Un lunar tenh 
Con vello crecido 
Fijado en el medio 
Del dieBtro canillo. 
Sn Rceato era snave 

Y asaz expresivo, 
Ma* una dolencia 
Le puso ronquillo. 
Usaba antiparras, 
Tomaba polvillo 

Y era con lae damas 
Atento y rendido. 
No era su carácter 
Adusto ni esquivo 

Y asi en de todos 
Amado y bienquisto. 
Contaba mil cuentos 
Con sus ribetillos 
Dejando lo exacto 
Por lo divenido. 
Formaba renglones 
Largos y chiquitos 
Que se le antojaban 
Versos percErinofl. 
No invocaba a Apob 
Por ser mascnlino 

Y sólo a las Musas 
Pedia sn auxilio. . . 

Tal era Francisco Acuña de Figueroa; hombre en 
todo, de índole mansa y benigna, que en la literatura 
y en la vida no aspiró más que a la dorada medianía 
que envidió el poeta latino amable y liviano, cuyo 
Ubre nunca empolvado fue consuelo y confidente de 
todas sus horas y cuyo "Carmen secular'* vertió al 
castellano en formas no indignas. 

El cantor del Montevideo español, cuya primera 
obra tan solo estudiaré en estos artículos, descuella 
más tarde en el grupo de los poetas de la patria recién 



[253] 



GUSTAVO GALLINAI. 



formada; alfema luego con los poetas y publicistas de 
la primera generación romántica en los años del Sitio 
Grande, y sobrevive aún largo tiempo al desenlace 
de ese vasto drama política y social. Unico en este 
amor entrañable y exclusivo de los hombres de su 
generación^ sólo aspiró a ser poeta: sólo al morir soltó 
su mano la pluma nunca ociosa. 

El despertar de 1806 

La exaltación cívica y el ardor guerrero de las lu- 
chas contra los invasores ingleses, turbaron el sueño 

plácido de la aldea colonial cuyas horas se deslizaban 
lentas y felices, medidas por los pausados toques de 
las campanas, agitadas tan sólo por querellas y dispu- 
tas de preeminencia entre cabildantes y gobernado- 
res o autoridades eclesiásticas. En aquella alta y me- 
morable ocasión, dos rimadores se alzaron a cierta dib- 
creta notoriedad aldeaniega; personalidades ambas de 
borrosos perfiles, cuvo estudio detenido se justifica por 
el mérito de la prioridad en el tiempo y porque sus 
canciones fueron en Montevideo el único acompaña- 
miento lírico de la gesta viril: José Prego de Oliver y 
Juan Francisco Martínez. 

El primero de ellos gozaba ya de cierta aura en los 
ralos cenáculos literarios platenses. En los padrones de 
Montevideo de 1812 y 1813 he leído los datos corres- 
pondientes a Prego de Oliver, distintos en ambos docu- 
mentos. D. José Prego de Oliver, domiciliado en la calle 
San Miguel, de cincuenta años de edad, hijo de D. 
Pedro, español por ambas líneas, dice uno de ellos; 
natural de Catahma, precisa el otro. Por catalán, pues, 
le tengo, salvo contraria prueba. Era administrador de 
la Real Aduana, en cuyo puesto sucedió a D. Miguel 



[254] 



LETRAS XmXTGUATAS 



de Luca, padre del poeta Esteban de Luca. Era Prego 
persona de cierto relieve social; en su casa se hospedó 
Mlchelena, aspirante a gobernador, cuando los famosos 
incidentes con Elio en 1808, y celebraba fiestas y 

saraos. 

Ya el poeta aduanero había hecho gemir más de una 
vez las prensas de los Niños Eiqpósitos con piezas como 
una sátira, ejecución literaria consumada con el ensa- 
ñamiento característico de las rencillas entre letrados 

del siglo XVIII, y cuya víctima fue un nialaveníurado 
vate, el licenciado Echave, culpable de haber preten- 
dido introducirse de contrabando en el Parnaso, fra- 
guando unas poesías fúnebres a D. Pedro Meló de 
Portugal y Villena: 

El coro de las Musas 

Antes llenas de gracia y genHlcza, 

Ahora todas confusas 

Desteñido el fulgor de su belleza. 

Lanzan suspiroa, y en sa pena grave 

Piden de IHoa venganza contra Echave. 

Respondió, destilando hiél, el ofendido licenciado, 
y los ecog de aquellas enconadás cuanto fútiles reyer- 
tas resonaron largo tiempo en el quieto ambiente de 
la capital del Virreinato. 

Desde bu bufete de Montevideo, Prego de Oliver 
colaboró en la curiosa tentativa cultural que tuvo por 
iniciador al coroné Cabello y Mesa y que se concretó 
en la edición "El Telégrafo Mercantil", primera pu- 
blicación periódica del Rio de la Plata. Una onda de 
la corriente de ideas que en la Península había susci- 
tado la política reformista de los primeros Borbones, 
alcanzó a tocar en estas lejanas playas. Si pudiera, sin 
temor de incurrir en anacronismo, decorar con rótulo 



[2551 



GUSTAVO QAUJNAL 



moderno a la tendencia de conjunto de aquella publi- 
cación, diría que ella alentaba un espíritu *'america- 
nista". No porque participe de la opinión impresio< 
nista y ligera, ya suficientemente desacreditada por 
los críticos, de quienes le atribuyen oculta trascenden- 
cia y no aé qué móviles siniestros de heterodoxia poli- 
tíca, véladoB en la conocida fórmula del epígrafe, 
calcada sobre nn verso de Tíbulo, de intención mucho 
más modesta; 

AI Inocente addo a ta cadena 
L« espeiEnzu conaoela y acaricU. 
Suena el hierzo en bus pies, 7 dale pena; 
Mm canta confiado en la justicia. 

Pero la predilección con que acogió en sus paginas 
todo lo que atañía a la naturaleza, a las industrias, a 
la población y a la historia de estas regiones, realza 
y avalora la colección del periódico del publicista ex- 
tremeño. El conocimiento circunstanciado de las di- 
versas regiones del Virreinato, el interés por la exhu- 
mación de sos recuerdos históricos, la polémica sobre 
sus posibilidades económicas, la crítica relativamente 
libre de las costumbres y hábitos sociales, tuvieron 
órgano que las promoviese y divulgase. El espíritu 
ilustrado del siglo XVIII alargó un pálido destello 
que alcanzó a esclarecer ese centón de páginas pro- 
miscuas. Tocan particularmente a Montevideo, en otras, 
algunas notas sobre las ventajas de su puerto, otras 
que se refieren al estado social y religioso de la cam- 
paña oriental y una "Relación histórico'geográfica" 
con noticias sobre las poblaciones, la fauna y la flora 
del territorio, cuyo autor se disimuló con el seudónimo 
de "Juan Pueblo». 



[256] 



LETRAS tmUGITAYAS 



Fue acontecimiento justamente , sensacional, en su 
hora, la publicación en el númeio primero de "El Te- 
légrafo" de la "Oda al Paraná", del Dr. Labardén. Al 
modo clásico personifica Labardén al río Paraná, divi- 
nidad fluvial, padre río, genio propicio y tutelar, de 
aquellos a quienes los pueblos se confiesan deudores 
de la fecundidad, la riqueza y la hermosura de au 
suelo. El sentimiento virgen de la naturaleza argen- 
tina pugna por abrirse paso entre los inevitables re- 
medos de escuela. Una corona de retorcidos juncos 
y de silvestres camalotes ciñe la frente del numen del 
rio. La invocación al Paraná fue, a partir de aquella 
revelación, lugar común de los pocos poetastros pla- 
tenses; poblaron de nereidas y tritones las undosas 
y apacibles corrientes de los nos indígenas; prodiga- 
ron doseles de oro, doradas cornucopias y sonantes 
caracoles marinos; con tan infantiles recursos de esce- 
nografía poética, trazaron cuadros menos ricos y luci- 
dos que el de Labardén, atestados como él de remi- 
niscencias y muletillas retóricas, pero en los que se 
echa de menos aquel vislumbre de la auténtica natu- 
raleza de América, aquella vaga, incierta visión del 
porvenir que parece flotar, como nid>la dorada por la 
primer flecha ardiente de la aurora, sobre las invoca- 
ciones del poeta: 

Ven, sacro río, para dar impulso 
Al ínBiñracIo ardor; bajo tu amparo 
Corran, como tus aguas, nuestroa versos . . . 

Prego de Oliver descolló junto a Labardén en aquel 
grupo de rimadores: Azcuénaga, Miguel de Belgrano, 
Mediano, Rivarola... En "El Telégrafo" publicó una 
"Canción" en elogio de la oda de Labardén. Colaboró 

[2571 



GUSTAVO 6AUJNAL 



también en el *'CorKo de Comercio", publicado por 
Belgrano en 1810, próxima a sonar ya la hora de la 

revolución; lucen al pie sus iniciales una "Oda a la 
luna", otra titulada "Himeneo y una Sátira", Pero 
8U mejor titulo al recuerdo, según unánime consenso 
de los eBcritorea, es el folleto que contiene los "Cantos 
a las acciones de guerra contra los ingleses en las Pro- 
vincias del Río de la Plata en los años de 1806 y 
1807", impreso en 1808 por la prensa de los Expó- 
sitos, y cuyas piezas incluidas (aunque truncas, poda- 
das de las alusiones realistas) en la colección de "£] 
Parnaso Oriental", como cantos cítícos. 

La América en sí vuelve, 

decía Prego sin sospechar el inesperado sentido con 
qne el rodar de los sucesos cargaría a estas palabras 
inofensivas. £n estrofa? de agradable corte, para tan 
alto y severo juez como Menéndez y Pelayo, ensalzaba 
la figura de Liniers y glorificaba a esa "persona" anó- 
nima del pueblo, verdadero protagonista y triunfador, 
cuyo oscuro seno comenzaban a agitar los latidos pri- 
meros de una conciencia colectiva en gestación: 

Cual Anda el pueblo lleno de heroiemo] 

El pueblo, cuyos brazos 

Al enemigo hicieron mil pedazos . . . 

Pueril juego y notorio yerro sería el (3e falsear el 
claro espíritu de los "Cantos" de Prego, aguzando el 
sentido de frases inddenlsles. Los versos del español 
Prego de Oliver no pudieron, al interpretar el senti- 
miento legítimo de orgullo cívico de los vencedores, 
mostrar estampada la huella del sentimiento local pís- 
tense, ni siquiera en la manera como ella aparece 



[268] 



patente, en escritos como *'E1 Triunfo Argentino" de 
López y Planes, dentro de términos de acrisolada leal- 
tad a la gran patria ibérica. 

Forman el folleto de Prego cuatro composiciones. 
La oda "A la reconquista de la ciudad de Buenos 
Aires", abrevia en cuadritos de muy relativa plastici- 
dad escenas de la reconquista: finge el poeta que las 
inevitables náyades del Paraná, sorprendidas al cho- 
car con las quillas ferradas de las naves que han trans- 
portado a la expedición reconquistadoraf suben, aban- 
donando sus líquidas moradas, a ver el campamento 
sobre el cual tremolan los estandartes y en el que se 
aprestan los soldados para el combate y liberación de 
la capital, deacritos en las estrofas finales. 

"A la gloriosa memoria del teniente de fragata D. 

Agustín Abreu, muerto en la acción del campo de 
Maldonado el 7 de noviembre de 1806*', dedicó Prego 
su segundo canto, ^ustín Abreu fue jefe de una ex- 
pedición enviada por Sobremonte con el propósito de 
batir a los ingleses adueñados de Maldonado y blo- 
queados allí por partidas volantes de caballería; la 
columna a sus órdenes luchó contra fuerzas superiores 
y al comienzo de la acción cayó herido gravemente el 
jefe, recibiendo después de derribado del caballo al- 
gunos golpes de sable; también fue herido su segundo, 
el capitán de dragones D. José Martínez, debiendo 
emprender retirada, falta de mando, la expedición. 
Prego de Oliver ensalza el fin heroico de su amigo en 
estrofas húmedas de emoción, "no sin expresiva ter- 
nura'', al decir de Menéndez y Pelayo. 

*'A Montevideo, tomada por asalto por los ingleses 
en 3 de febrero de 1807, siendo gobernador de dicha 
plaza el brigadier de la Real Armada D. Pascual Ruiz 



[259] 



GUSTAVO OALLZNAIt 



Huidobro" reza el largo título de la tercera composi- 
ción y no faltan entre la bambolla sonora que la llena, 
algunos versos menos malos, en los que se entrevé la 
imagen de la ciudad dormida, sobre cuyos muros se 
destacan rígidas las vigilantes siluetas de los centinelas: 

. . solirc el arma 
Apoya el bia¿o en que reclina el cuerpo 
La circunvalacii'in del muro lodo 
De trecha en trecho míIitCE susienla, 
Que inmóviles y stentos representan 
Estatuas del silencio, que interrumpe 
El eco bronco de olas encrespadas, 
Que azotan el peñasco y luego humilde 
Bésanle el pie y sECÚrrenBe a aa centro. 

Cierra la pequeña colección una Oda "al Sr, D. 
Santiago Liniers, brigadier de la Real Armada, y ca- 
pitán general de las Provincias del Río de la Plata, 
por la gloriosa defensa de la ciudad de Buenos Aires 
atacada de diez mil ingleses el 5 de julio de 1807", 
que se inicia con claras reminiscencias clásicas: 

Gloria inmortal al héroe, que al britano 

Lanzó del patrio suelo* 

Bajo la augusta bóveda del cíelo 

No resonó, Señor, tu nombre en vano: 

Tu tiijhtar denuedo 

Dio al hispano salud, al anglo laíedo ... 

Recae sobre el maestro insigne Menéndez y Pelayo 
la culpa de haber bastardeado la crítica, tan simple, 

de estas prímtíras composiciones cívicas ainfiricanas, 
con importunas quisquiUosídadea y resquemores pa> 
trióticos. que debieran ser patrimonio exclusivo de es- 
critores menores, en quienes no asombra tal desviación 
del criterio. 



[260] 



UTRAS DRUGUATAS 



Si una jerarquía cabe señalar en obrillas de esta ca- 
lidad, en un plano de aerera verdad crítica, es de co- 
rrección y de buen gusto relativos dentro de la fraseo- 
logía hinchada y pedante que *'todas'* exhiben. Afirmo 
que todajs, sin olvidar la Oda de Juan Nicasio Gallego, 
ponderada desmesuradamente por Menéndcz y que, 
siendo sin duda la más pulida y discreta de cuantas 
en aquella ocasión se escribieron en España y en Amé- 
rica, está todavía repleta de rasgos de intolerable gusto 
y empedrada de burdos ripios. No he de renovar aquí 
el análisis que Rojas hace de ella en "Los Coloniales". 
Todas »tas obras saben a "literatura muerta" según 
la frase de Juan María Gutiérrez. Los "Cantos" de 
Prego de Oliver, examinados en ese conjunto, son to- 
davía de los más fluidos y correctos y, a falta de reales 
bellezas, tienen estas cualidades negativas, denuncian- 
do en su autor a un escritor de cierta ilustración para 
el medio y el momento y de alguna facilidad y de^ 
treza en el manejo del verso. 

Presumía Prego de usar con propiedad el idioma 
castellano y escribió una "Crítica Jocosa" de los ame- 
ricanismos y corruptelas que lo viciaban en estos paí- 
ses. Conozco algún expediente de presas maritimas en 
el que el incorregible versificador quiebra a destiempo 
una lanza por los fueros del idioma, hollados por al- 
gún docto curial y, olvidando el asunto de su informe, 
arremete contra los que "hacen fuerza a la pureza vir- 
ginal de la lengua castellana trastornando el sentido 
de las voces, introduciendo sin discernimiento otras 
nuevas", innovadores que en su opinión debieran ser 
perseguidos "con más saña que la que manifestó la 
Inquisición en quemar las brujas". . . En "El Parnaso 
Oriental'* se induyó entre otras c(»ao suya la "Oda" 



[261] 



GUSTAVO OALUKAL 



de JoveUanos a la decadencia de España; sin sospe- 
char ests falsa atribución de paternidad, Gutiérrez la 
ponderó por sobre todas las de Prego; levantó ya este 
yerro don Benjamín Fernández y Medina. Afirma 
Gutiérrez que el buen administrador de Aduana se so- 
lazaba escribiendo versos de daoideatina circulación y 
temas vedados por la decencia, los que por fortuna 
suya no le han sobrevivido... Estas muestras de su 
ingenio le valieron durante largos años la considera- 
ción y la estima de ¡^us émulos de la capital. En estilo 
pasablemente ridículo se le llamó el **Cisne de la otra 
ribera del Plata". Un admirador lo consagró aolem- 
nemente a la inmortalidad, enderezándole lui ditirambo 
que comienza de esta manera: 

ímnoTtál Prego (si es qae este dictado 

Tu carácter exprime) nuevo Apolo 

Que emulando dulzuras det piiinero 

Le has menguado la glona de ser aolo — 

Figueroa, en el "Diario Histórico" habla de Prego 
como del "más famoso poeta de su tiempo"; el elogio 
es suficientemente relativo — A partir de 1814 no he 
hallado rastros suyos en los archivos de Montevideo, 
que en los años anteriores abundan en documentos 
que llevan su firma, aunque de índole administrativa 
y rutinaria. La última noticia suya que poseo es la 
de su asistencia, como miembro de la Junta mixta con- 
sultiva creada por Vigodet» a la asamblea reunida en 
la sala del Fuerte el 19 de junio de 1814 para delibe- 
rar sobre las condiciones de capitulación de la plaza 
(v. "Diario Histórico"). 

Poeta lírico, épico y dramático fue el sacerdote Juan 
Francisco Martínez, hijo de Montevideo, según los tes- 



[262] 



LETRAS URUGUAYAS 



timonioa que poseemos, que no he podido corroborar, 
individualizando su partida de nacimiento entre las dos 
o tres de idéntico nombre y apellido de la época. Era 
hombre de algunas luces e ilustración, consagrado a 
Ib enseñanza. En el año 1805 eolicitó del cabildo y 
obtuvo permiso para fundar en Montevideo un aula 
pública de latinidad en la que, según expone "siguien- 
do siempre los impulsos de sus deseos en aprovecha- 
miento de la juventud e ilustración de ella, puede 
enseriarle al mismo tiempo la Gramática Española en 
que podrían los jóvenes perfeccionarse en su nativo 
idioma, teniendo de él los regulares y debidos conoci- 
mientos como también en el arte de bien hablar o retó- 
rica". Despachó favorablemente el pedido, el síndico 
procurador, ponderando la utilidad que traería al ve- 
cindario "siendo moderada la contribución que exija 
de los discípulos y mucho máa si este sacerdote estimu- 
la con su notorio celo la aplicación de la juventud con 
certámenes públicos u otros atracLívos". Accedió a la 
solicitud el gobernador Ruiz Huidobro, asesorado por 
el Cuerpo Capitular que se congratulaba al expedir 
su dictamen de que, con la apertura de esa cátedra 
"repartidos los jóvenes y minorado su número en la 
de San Francisco, debía prudentemente prometerse ma- 
yor adelanto en un idioma que abre la puerta de las 
ciencias mayares para los que quieran continuar la 
carrera de las Letras". Como el padre Martínez había 
cursado estudios en las aulas de Buenos Aires se le 
ordenó adoptase en su cátedra los métodos y reglas 
en ellas vigentes. 

En el año 1807 el padre Martínez ofreció al Cabildo 
un "Poema épico", en el cual cantaba... ''las glorias 
de sus compatriotas en la admirable reconquista de 

[268] 

19 



GtTSTAVO OALLUf AL 



Buenos Aiies^^. Presentó, también, más tarde, al Cuerpo 
Capitular un drama que se representó en el teatro de 
esta ciudad para la primera función que se hizo en 
memoria de aquel acontecimiento, y otras composi- 
ciones poéticas escritas para la misma función, para 
solemnizar la jura de Fernando VII y para las sun- 
tuosas exequias hechas en homenaje a los hijos de la 
ciudad, muertos en las acciones de guerra contra los 
ingleses. 

De esta copiosa producción salvóse hasta hoy del 

olvido el drama, de nombre, de tan acentuado sabor 
clásico español, "La lealtad más acendrada y Buenos 
Aires vengada". En la Casa de Comedias, el rústico 
caserón de Cipriano de Meló, subió a escena la primer 
pieza dramática de autor montevideano, cuando aún 
palpitaban en todos ios pechos las emociones de las 
magnas jomadas históricas que le dieron argumento. 
Treinta años después, el autor del "Parnaso Oriental" 
acogió en las páginas de su obra esta composición, no 
sm poner a salvo a la vez su escrupulosa conciencia 
de antologista y sus gustos artísticos: ''aunque casi 
todos los personajes son alegóricos y la estructura de 
la composición de un género reprobado por la escuela 
moderna, el editor del Parnaso ha creído de su deber 
publicarla sin permitir se hicie«« en ella alteración 
alguna". Ignoro si la pieza, tal como allí se publicó, 
es la primitiva versión o alguna posteriormente en- 
mendada por su autor, ya que el padre Martínez soli- 
citó del Cabildo, devolución temporaria de su manus- 
crito en 12 de octubre de 1810 con el fin de adaptarlo 
a las nuevas circunstancias y convertirlo en pieza apta 
para seguirse representando en todos los aniversarios 
de la Reconquista. Presumo lo primero, por las aIu- 



C3643 



LETRAS UBUGUATAS 



aiones finales a la expectativa de una nueva invasión 
inglesa. Aunque no he visto el códice del Archivo 
Mitre, puedo afirmar que esta obra es la misma a que 
Ricardo Rojas se refiere como un auto patriótico iné- 
dito en la página 491 de "Los coloniales"; falta en la 
edición del "Parnaso" la copia final "Adición por el 
día", que, como Rojas lo presume, hubo de servir 
para una representación con motivo de la jura de 
Femando Vil. 

La acción pasa en una selva. Sentada en un trono, 
coronada de flores, la Ninfa Montevideo se revuelve 
en las divagaciones de una pesadilla ; una música ocul- 
ta acentúa los sentimientos del recitado. Este musical 
acompañamiento, característico de los juguetes escéni- 
cos, loas, autos, unipersonales, desenvuelve sus varia- 
ciones ora alegres, ora lúgubres, ora marciales, lán- 
guidas o "furiosas", a lo largo de la representación: 

[Oh, cuánto nu pecho ailigea 
Los recelos de esla Escuadra! 
[Dónde vendrá a descargar 
La tempestad que amenaza! 
£Btos cimbreados pinos 
Que en el Río de la Plata 
Surcan ¿adonde sna proas 
Dirigen con tanta audacia? 

Irrumpe ahora en escena la Ninfa Buenos Airea, 
con grande aparato de consternación, enlutada, llorosa, 
suelto el cabello. Se entabla un diálogo en d que 
Buenos Aires describe su opulencia, su prosperidad y 
hermosura, señuelos de la codicia inglesa: < 

En delicia» gozaba 
Los halagos nsueñrjs 
Con que Apolo y Minerva 
Fox Mja me aplaudieron. 



GUSTAVO GAtUNAli 



Ceras con aa abundancia 
Empeñada en mí obsequio 
Viabó el campo de flflcea 

Y llenó con bus mieaes mis granexo*. 
La candida Latona 

Y el lefulgente Febo, 
Del Perú en las entrañas 
Tesoros produjeron, 

Y puestas a mis plantas 
Riquezas me ofrecieron 
Que envidiarlas podría 

El opulento rey de I^dia, Creso. 

Narra luego la conquista, siguiendo una pueril es* 

cena que remata en un desmayo de ambas Ninfas — 
ciudades; ha desaparecido por escotillón su inlerlo- 
cutora, cuando Montevideo vuelve en si iniciando un 
parlamento, con altos y bajos de energía y de abati- 
miento, alzándose al fin con la resolución de lanzarse 
sin más a la empresa conquistadora, para la que al 
instante convoca a sus hijos. Asistimos ahora a un 
desíile que encabeza el gobernador y del que forman 
parte el Cabildo, el comercio, los hacendados, todas 
Jas corporaciones de la ciudad, que oyen relatar el 
infortunio de la capital y responden con gritos de gue- 
rra y de venganza, acompañados también por voces 
del pueblo. Se hace el recuento de los recursos bélico» 
y el elogio de las diversas unidades de guerra. Uno 
tras otro se adelantan el Cabildo, el comercio, los ha- 
cendados, y ofrendan a la patria sus haciendas, sus es- 
fuerzos y su sangre, rivalizando en generosa decisión. 
£1 gobernador reclama para si el honor y el riesgo del 
mando, pero se le hace presente quR su juramento le 
obliga a no desamparar la plaza. En este instante apa- 
rece un ofidal cuyo nombre no se pronuncia en escena, 
como no se pronuncia el del gobeinador Ruia Huido- 



[2661 



LETBAS URUGUAYAS 



bro, ni el de ningún otro personaje: la "loa" es a la 
ciudad, a la entidad colectiva, a la "patria*' y no decae 
en glorificación personal y adulatoria. El oficial Li- 
niers, descubre la impaciencia de Buenos Airea por 
quebrantar el yugo isleño, recibe el bastón de mando, 
y desaparecen todos para ultimar los aprestos de mar- 
cha. Vueltos a escena poco después, se anuncia estar 
ya concluidos los preparativos y el general arenga a 
las tropas, recomraidándolea el valor frente al enemigo 
y la humanidad para con los vencidos, española virtud: 

Que el enemigo humillado 
Pasa a ser henuno nuestro. 

Montevideo despide a las tropas con palabras de 
aliento y de esperanza y desaparecen todos entre vi- 
vas, acompañamientos de parches, de brillantes músi- 
cas y estruendo de fusilería. Concluye asi el primei 
acto. 

En el mismo escenario está la Ninfa Montevideo, 
al abrirse el segundo, aguardando con mortales ansias, 
noticias de la expedición, cuando surge en escena Nep- 
tuno, en medio de súbita tempestad, para jactarse ¿e 
su poderío y recriminar a Montevideo el agravio de 
resistir a su pueblo predilecto, Albión. Y cuando la 
Ninfa temerosa va a arrojarse a las plantas del dios, 
aparece Marte y aocorriéndula, hace a su turno un 
enfático elogio de su grandeza, confesando predilec- 
ción por la Nación Española. Entre rumores de tem- 
pestad abandonan la escena ambas divinidades, tren- 
zadas en singular batalla. 

Ahora vuelve a escena, por breves momentos, la 
Ninfa Buenos Aires, pero jubilosa y triunfal, coronada 
de flores y vestida de gala, trayendo la nueva de su 



[267] 



GUSTAVO GALLIKAL. 



liberación. "Vicloria para nuestras armas*', gritan vo- 
ces, que, luego de desaparecer Buenos Aires, interrum- 
pen un monólogo de Montevideo. Ei gobernador entra 
a dar cuenta del parle del triunfo, que se festeja con 
grande algazara, música y bullanga. Salen de nuevo 
el Cabildo, el comercio y hacendados, y el oficial con- 
ductor declama un "Poema" en octavas reales, con la 
descripción de las acciones de guerra, invadiendo la 
eacena un tropel popular. Montevideo, 

Bella Ninfa de catas selvas, 
Dulcísima patria amada. 

según e">cpre5Íones de los actores, hace el elogio dfi 
todos los soldados y partícipes de la empresa: 

Hijo& de Monievideo, 
Con todos mía voces hablan: 
Vuestras mn aquestas gloria» 
Vuestras s'ni \icloríds taulaa; 
Vuiíatro ["I ju£lÍ8imo elogio 
Con q\n- hs de decir la fama 
Pur la ifdondez de] orbe 
Que a Buenos Aires vengada 
Dejasteis, maDifestando 
La lealtad mis acendrada. 

Esta apoteosis colectiva, impregnada de orgullo re- 

gional montevideano, tiene inesperado y aparatoso 
desenlace con la entrada de Neptuno, a quien Marte 
arrastra y humilla a sus plantas, entre relámpago» y 
truenos. Finaliza la obra con un cartel de desafio que 
el vencido dios queda encargado de conducir a su des- 
tino y cuyas arrogantes palabras debieron recitarse en 
aquellas horas primeras, coreadas por varoniles y enar- 
decidas voces: 



[2M] 



UrrOAB TTRUGlTAyAS 



Levanta, y a la Inglaterra 

Comimícale tu agravio: 
Dile que a vengarlo -vuelva, 
Que la fiel Montevideo 
Y Buenos Aires esperan 
Con ansia qae sai eacuadraa 
Segunda vez acometan. 
Para que con nuevos triunfos 
Coronadas sus cabezas 
De laureles, en sus manos 
Nuevas plantas reverdezcan. 
Hijos de Marte, giloriosos 
De serlo, habéis dado pruebas 
Haciendo flamear laureadas 
Las españolas banderas; 
Pues, decid, triunfantes héroes, 
De tanta alegría en muestras: 
¡Vivan las dos más ilustres 
Ciudades de nuestra América! 

Este drama intenta abarcar el episodio total de la 
reconquista. Obra de circunstancias, nacida en mo- 
mentos de entusiasmo y de orgullo ciudadanos, su 
acción es desmayada y lánguida; la disposición de las 
escenas obedece al claro propósito de formar grupos 
plásticos que han de lucirse en las tablas con acompa- 
ñamiento de músicas y exhibiciones de banderas y 
emblemas patrióticos. Las alegorías son frias y artifi- 
ciosas. La tramoya, fabulosa y mitológica, raya en 
bufonería. Resalta el parentesco de esta obra con las 
producciones seudoclásícas del teatro español de deca- 
dencia del siglo dieciocho. Así lo comprendió acerta- 
damente Francisco Bauzá en su ensayo "Los poetes 
de la revolución", lo que no fue óbice para que muy 
luego avanzara la afirmación horrenda de que la obri* 
lia del padre Martínez es de "corte griego", perdién- 
dose en reflexiones sobre el fatalismo, para concluir 



[269] 



GUSTAVO GAUJNAL 



por reprobar al autor, sacerdote católico, el haber sa- 
crificado en los altares de esa ciega divinidad pa- 
gana ... 

Por nota inédita suya al Cabildo tenía noticia de 

que el padre Martínez había, además de este drama, 
escrito un "Poema'*, cuyo asunto era también la Re- 
conquista. El manuscrito original — o copia de la 
época — llega ahora a mis manos, cedido generosa- 
mente por 9U actual poseedor, el señor Angel H. Vidal. 
Es un cuadernillo de doce fojas, cuya carátula reza 
así: "Octavas. — A la pérdida y reconquista de Bue* 
nos Aires, por un defensor de la patria. — Año de 
1806. Compuesto por el presbítero don Juan Francisco 
Martínez". Es un canto en cincuenta y seis octavas 
reales. Veinte de ellas, con otras cuatro nuevas, forman 
el "Poema" intercalado en el drama; el padre Martí- 
nez desglosó del canto épico esas estrofas para formar 
con ellas un recitado de su obra dramática. El poema 
completo, las cincuenta y seis octavas del manuscrito 
de la época, fue publicado, con muy leves diferencias, 
provenientes de errores de copia, en la "Antología" del 
señor Juan de la C. Puig, atribuyéndose su paternidad 
al oidor de Barcelona Manuel Pardo de Andrade, de 
quien da cumplida noticia J. T, Medina en su monu- 
mental "Bibliografía". Pero Medina dice tan sólo que 
el magistrado barcelonés escribió dos "Silvas", refe- 
rentes a los sucesos del Rio de la Plata, una de las cua- 
les fue reimpresa en Buenos Aires. Que el "Poema" 
pertenece al padre Juan F. Martínez es un hecho sufi- 
cientemente acreditado por la existencia del manus- 
crito montevideano de la época que lo contiene, por la 
inclusión en el drama de su fragmento y por las noti- 
cias de los documentos del Archivo Administrativo, 



[ 270 ] 



LETRAS URUGUAYAS 



según las cuales, aquel hijo de Montevideo fue autor 
de un "Poema" heroico, escrito en la misma ocasión 
histórica que su drama, poema que el Cabildo oir«ció 
imprimir a costa del erario comunal, cuya promesa no 
pudo o no quiso cumplir más tarde. 

Reivindicada para el padK Martínez la legítima pa- 
ternidad de esta obra, diré que su valor literario es 
nulo. Difícil es hallar algún rasgo vivo, algún trazo 
animado o feliz, algún hilo de oro, o si quiera de 
plata, en el descolorido canavés de ese poema. El autor 
parece haber gastado sus escasos alientos de poeta in- 
terpretando el sentimiento español, piálense, montevi< 
deano, cuando las victoriosas jornadas contra los in- 
vasores ingleses. £n ninguna otra composición de la 
época está tan cargado el matiz region^ista, tan fuer- 
temente marcado el acento montevideano. Todo él es 
un panegírico de su pueblo natal, cuya lealtad y es- 
fuerzo se enaltecen con visible delectación y clara pre- 
ferencia, pintándose lo vigoroso y unánime de la de- 
cisión popular. En el "Drama" se han suprimido 
algunas de las estrofas más significativas en ese senti- 
do, estrofas que sólo en Montevideo pudieron escribirse 
entonces, a raíz de los sucesos, cuando la disputa sobre 
los trofeoa de la victoria era cuestión candente de 
honra y de vanidad para los buenos vecinos de la muy 
leal y reconquistadora ciudad. 

Focas noticias más tengo del padre Martínez. Pasada 
aquella hora de cívica racaltación, parece haber dejado 
dormir su lira, cubierta de polvo. En 1811 fue nom- 
brado censor de teatros por el Cabildo de Montevideo 
para examinar y expurgar los papeles de comedia que 
se dieran al público. Figuró más tarde en las filas 
patriotas. Con fecha 9 de abril de 1814 fue nombrado 



[271] 



GUSTAVO GALUNAL 



capellán del regimiento número 9, que a las órdenes 

de Pagóla marchó al Ejército del Alto Perú después 
de la capitulación de Montevideo y que tuvo lucida 
actuación en aquella campaña. Al partir para ese des> 
tino compuso una "Canción" de despedida a Buenos 
Aires, que está en "La Lira Argentina" y en "El Par- 
naso Oriental**. 

El "Diario Histórico de 1812-1824" 

El fundador de la familia monterideana a la que 
pertHiecló nuestro poeta fue D. Jacinto Acuña de Fi- 

gueroa, quien ocupó en la plaza y desempeñó con 
decoro y competencia uno de los más encumbrados 
puestos de la burocracia colonial. Los abuelos pater- 
nos del poeta, D. Domingo de Acuña y Gregoria 
Lase (o Lagos) Figueroa, fueron gallegos, del pueblo 
de San Martín de Salcedo, de la jurisdicción de San- 
tiago de Compostela. Allí nació también D. Jacinto 
Acuña. Habitó en Cádiz cosa de tres años antes de 
pasar a radicarse en las Indias, arribando a Montevi- 
deo en 1774. El 23 de noviembre de 1782 contrajo 
matrimonio con doña María Jacinta Bianqui, de die- 
cinueve años dd edad, natural de Buenos Aires, aunque 
su familia se hallaba avecindada en Montevideo; su 
padre, D. Domingo Bianqui, era subteniente del Regi- 
miento de Infantería de Buenos Aires; llamábase bu 
madre María Josefa Bertelar y Vega. Nacieron de 
aquel matrimonio ocho hijos; Juana, Gregorio Ma* 
nuel, Vicente, Raymundo, Agustín, Francisco Esteban 
Claudio, Joaquín y María Francisca. D. Jacinto Acuna 
de Figueroa gozó durante toda su larga vida de inal- 
terable consideración en la sociedad de Montevideo. 



[272] 



LETRAS trnUGUAYAS 



Ajeno a las pasiones políticas y a los partidos, sin que 
fueran obstáculo las mutaciones profundas de la épo- 
ca procelosa en que vivió, permaneció confinado en su 
bufete, ceñido a la rutina de su oficio de burócrata, 
senda apartada y llana. Fue desde su llegada empleado 
de las Reales Cajas. Antes de 1810 ejerció el carfío de 
ministro de la Real Hacienda. En octubre de ese año 
fue designado también por Vigodet vocal de la Junta 
de Real Hacienda y Arbitrios, compuesta de siete veci- 
nos de autoridad y creada para asesorar al goberna- 
dor en las críticas circunstancias que traía para Mon- 
tevideo la Revolución de Mayo. Alejado de su oficio 
temporalmente en 1814 durante el gobierno de Alvear, 
en 1815, al ocupar las fuerzas artiguistas la plaza, fue 
repuesto en su empleo con carácter provisional por 
oficio de García de Zúñíga, sucediendo a Ignacio Nú- 
ñez, que lo desempeñara interinamente. Por resolución 
de Otorgues, de abril 18 de 1815, fue confirmado en el 
puesto con la asignación de 1500 pesos anuales que 
disfrutaba bajo el gobierno español; al cargo de oficial 
mayor y ministro sustituto fue promovido entonces 
con ochocientos pesos anuales D. Bartolomé Hidalgo, 
nuestro primer poeta criollo. Hidalgo sustituyó a Fi- 
gueroa durante los intervalos en que éste debió ale- 
jarse de su empleo en 1815, atacado de una afección 
a la vista. Recomendando a sus superiores a Bartolomé 
Hidalgo, el viejo funcionario lo pinta como hombre 
"muy acreedor a esa confianza por su delicadeza, inte- 
ligencia y conocimientos'^ Ejerció de esa manera el 
cargo, Hidalgo, hasta que en agosto, Figueroa ocupó de 
nuevo el Ministerio. Del mismo año es un documento 
que lleva la firma de Jacinto Acuña de Figueroa y da 
testimonio de su competencia: se titula ''Instrucción 



[ 273 ] 



GUSTAVO GAUJNAL 



que forma esta Contaduría de Hacienda del Estado 
para gobierno de los comisionados que con <A cargo 
de ministros sustilutoa de Hacienda y Rentas se nom- 
brarán por D. Fernando Otorgues, coronel de Dragones 
de la Libertad y jefe de Vanguardia del Ejército de 
la Banda Oriental y Gobierno de Montevideo para 
servir interinamente los Ministerios que se establece< 
rán en Maldonado y en la Colonia". Esta instrucción 
contiene normas concretas sobre reorganización eco- 
nómica del territorio, trazando las jurisdicciones de 
arabos Ministerios y abrazando varias suerte» de ma- 
terias financieras y administrativas, como ser percep- 
ción de rentas, fiscalización de tráfico terrestre y ma- 
rítimo, arreglo de hospitales, contabilidad, manejo de 
caudales públicos, represión del contrabando Ja- 
cinto Figueroa prestó servicios al Estado hasta mayo 
de 1829. El Gobierno patrio provisional resolvió en 
esa fecha, por un laudatorio decreto, su jubilación del 
puesto de contador liquidador, cuando contaba 52 años 
de no interrumpidos servicios. Aún sobrevivió tres 
años. Murió en Montevideo en junio de 1831, siendo 
sepultado en el cementerio de la Iglesia Matriz. 

Uno de los hermanos del poeta, Agustín Acuña de 
Figueroa, prestó distinguidos servicios en las luchas 
contra los ingleses. En el Batallón de Partidarios de 
Vázquez Feijóo tomÓ parte, junto con Bartolomé Hi- 
dalgo, en el combate del Cardal, siendo herido en una 
pierna. Sirvió valerosamente su puesto administrativo 
durante el asedio de Montevideo y en la noche que 
aguió al asalto y toma de la plaza, atravesó las líneas 
sitiadoras, uniéndose a su padre, quien, poniendo a 
salvo los archivos de su cargo, estaba a la sazón ei\ 



[2741 



UmiAa URUGUAYAS 



Santa Lucía, acompañándole luego en un penoso viaje 
hasta Buenos Aires. Más tarde fue comisionado para 
conducir a España, pliegos del Real Servicio y otros 
que confió a su custodia el ministro en el Janeiro, su- 
friendo una odisea que culminó con el naufragio de la 
fragata que lo conducía, a la entrada de Cádiz. Sus 
servicioa fueron reconocidos y premiados por el Su- 
premo Consejo de España e Indias, brindándosele un 
puesto administrativo. 

Otro de los hermanos Acuña de Figueroa, Claudio, 
militó en el Regimiento del Fijo durante el segundo 
sitio por los patriotas. En la batalla del Cerrito luchó 
heroicamente hasta caer con catorce heridas de sable, 
bayoneta y bala, recibiendo en su lecho de muerte los 
despachos de alférez con que Vigodet lo galardonaba. 

Manuel Acuña de Figueroa hizo una honesta ca- 
rrera administrativa: fue contador de la Nación y 
murió rodeado de estimación social en 1860. 

Era Francisco Esteban el quinto de los hijos de D. 
Jacinto Acuña de Figueroa. Nació en Montevideo el 
3 de setiembre de 1791, siendo bautizado el mismo día 
en la Iglesia Matriz por el teniente cura y beneficiado 
D. Pedro de Pagóla, siendo padrinos de pila D. Fran- 
cisco de Paula Ihetbery y María Bertelar y testigos 
D. Gerónimo Bianqui j D. Joaquín Pelegrím. Reci- 
bió su primera educación en los claustros del con- 
vento montevideano de San Francisco. Pasó luego a 
completarla al Real Colegio Carolino. Salió de allí 
buen latinista y acopió los primeros sólidos elementos 
de una ilustración literaria y una cultura clásica por 
las que descolló entre los rimadores de su tiempo. 

Ya en 1807 aparece agraciado con la plaza de su- 
pemuinenrio de U Real Caja, iniciando su carrera 



[275] 



GUSTAVO OALLINAL- 



burocrátíca a la sombra tutelar de su padre. Un certi* 
ficado autorizado en 1^ de octubre de 1810 por él go* 

bernador D. Joaquín de Soria Santa Cruz acredita 
que desde el l'-' de diciembre de aquel año servía su 
jiUKsto con contracción y celo ejemplares en la oficina 
y junto al gobernador, en el despacho de piídos reser- 
vados a la península. Ese puesto de confianza ocupaba 
al pronunciarse la Revolución de Mayo. En 1813 fue 
promovido al cargo de guarda-almacén interino de ar- 
tilleria. No es de extrañar que permaneciera fiel a la 
causa a la que servía por la alta posición de su padre 
y por sus estrechos vínculos con los centros más con- 
servadores de la ciudad. Como muchos otros que luego 
prestaron eminentes servicios a la causa de la Inde- 
pendencia o escalaron en la República elevados cargos, 
no comprendió en el primer momento la trascenden- 
cia de la revolución. Su actitud espiritual frente al 
movimiento emancipador quedó definida con precisión 
y creo que en lo fundamental con indudable sinceridad 
en el "Diario Histórico". La facultad poética había 
sido flor tempranera de su ingenio: desde niño versi- 
ficaba con cierta fluidez. En "La Gaceta" de Monte- 
video, publicó, poco antes del sitio, sub primeras com- 
posiciones, dos poesías que más tarde desdeñó incluir 
en sus obras. Su primer folleto es uno escasísimo, al 
que no he visto nunca referenciaf editado en 1811 en 
la Imprenta de la Ciudad: la victoria contra Masse- 
na por el ejército combinado". Celebra en octavas rea- 
les ios triunfos de la lucha de la independencia espa- 
ñola. Aparece ya eslu jdeza salpicada de las inevitables 
alusiones mitológicas, Martes, Parcas y Belonas, toda 
la moneda de vellón del tesoro retórico de los versifi- 
cadores al uso. La estrofa final servirá para muestra 
de lo que ea esa composición de perverso gusto: 



[276] 



UiTRAB mtUGUATAS 



Felice España! ya rayó la aarora 
Del día que tus Clonas eternice 
A tus hijoe con palma vencedora 
Tiiunfantea ves cual otra Berenice 
Montevideo de alegría llora. 
Viva Femando tiernamente dice. 
Viendo reaplandecer con do» nortcB 
El Consejo Regente con laa Cortes. 

Por fortuna, sólo fragmentos d^l "Diario Histórico 
ílel Sitio de Montevideo en los años 1812-13-14", están 
concebidos en el mismo tono heroico. £1 buen sentido 
del autor le aconsejó renunciar a la epopeya. Esa deci- 
sión privó a nuestras letras de un enorme poema en 
octavas reales de tediosa y mortal lectura. Tuvimos, en 
cambio, un "Diario" a ratos divertido, escrito con pro- 
lijo realismo y escrupulosa nimiedad y con gran va- 
riedad de metros y de acento. Toma nota el autor de 
los sucesos cotidianos, narrándolos en verso con aque- 
lla afluencia extraordmaria que fue, a la vez, su don 
y su capital defecto. No llegó a su conocimiento, deta- 
lle vulgar o prosaico, ni hecho de armas, no sucedió 
accidente de reír o de llorar, que él no pusiera en 
verso con aquella minuciosidad paciente de que dan 
idea los tomos de sus manuscritos que guarda la Bi* 
blioteca Nacional, de clara y mediana letra, aderezados 
con perfiles y primores caligráficos, trazados con mano 
lenta y experta, con voluptuosidad de oficinista de los 
tiempos viejos. 

Salvó así del olvido un cúmulo de noticias cuyo 
conjunto hoy avalora su obra y cuya descripción hu- 
biera desdeñado si. por desgracia, su musa calzara el 
trágico coturno. Más vida tiene y más interés su libro, 
considerado como documento histórico que por su es- 
caso valor estético. Sus fuentes de infonuación eran 



C2T7] 



GUSTAVO GAUJir AL 



muchas y seguras, dada au posición personal en las 
oficúias de Gobierno y el rango de su padre que ínter- 
venia en los detalles de la administración cotidiana y 
en las secretas e importantes deliberaciones de go- 
bierno. La versión del *' Diario Histórico'* publicada en 
las "Obras Completas'' no es la primitiva, sino la que 
pulió, limó y aumentó con datos tomados de docu- 
mentos en 1$44. 

"Cuando cuarenta inviernos, escribe, han cubierto 
y templado con su nieve el fuego de las rivalidades 

en las guerras de la Independencia, se puede ya con 
menos inconvenientes evocar de sus sepulcros la som- 
bra de los guerreros que en au olvido silencioso ya- 
cen; renovar a ios viejos que han sobrevivido sus 
recuerdos de gloria; contar a los hijos y a los nietos 
los timbres y proeza^a de sus mayores; a los vencedo- 
res y vencidos ponerlos frente a frente, porque se han 
extinguido sus rencor^ y con la voz de la imparcia- 
lidad invocar au Justicia.*' Reivindica Figueroa para 
si cierta imparcialidad en el reconocimiento y distri- 
bución de méritos y loas, y la reivmdica con verdad. 
Le era fácil esa ecuanimidad hasta por el escepticismo 
de su blando carácter; era más que un actor, sin per- 
juicio de sus simpatías, un espectador capaz de cierta 
indulgencia, capaz de templar sus apasionamientos 
con buena dosis de incrédula ironía. £ra un tempera- 
mento nada heroico y poco inclinado a comprender 
los sacrificios iiechos en aras de una causa política. 
Interesante sería, sin embargo, el conocimiento de la 
versión primera y auténtica de su *^Diario", despo- 
jado de las posteriores correcciones y enmiendas. £1 
manuscrito original fue regalado por el poeta a la 
esposa del General Rivera y más tarde Adqmrido por 



[2781 



UETBAS URUGUAYAS 



el conlraaímiraiite 0. Miguel Lobo, durante su estada 
en Montevideo. 

El almirante Lobo emprendió en 1876 la publica- 
ción de este manuscrito, ponderándolo en oposición 
al que poseía la Biblioteca Nacional de Montevideo y 
que sirvió para la edición conocida como "producto 
genuino de una imaginación y de un corazón libre 
aún por completo de toda prevención política, que no 
a otra cosa aspiraba sino a narrar con fidelidad los 
hechos". De la edición hecha por Lobo sólo conozco 
un fascículo o cuadernillo que existe en la Biblioteca 
Nacional y salió de la Imprenta de la Idea. Contiene 
sólo numerosas correcciones de estilo y de minucias 
y de alguna insignificante anécdota omitida en la pos- 
terior versión. D. Gregorio F. Rodríguez ha recogido 
en su "Historia de Alvear" noticias que el general 
Mitre hubo de labios del poeta durante la Guerra 
Grande y consiguió luego en papeles inéditos refe- 
rentes a las negociaciones de Vigodel con Artigas y 
Otorgues, durante el sitio de 1812 a 1814. Valiosas 
son ya las noticias que el "Diario" publicado con- 
tiene; pero las referencias verbales parecen ir más 
allá. Es éste un motivo más para desear el hallazgo 
de la primitiva versión. 

En cuanto a la situación personal del poeta, está 
explicada con indudable veracidad en el prólogo. 
"Como otros muchos ammcanos, que después se han 
hecho recomendables por las letras, o por las armas, 
en honor y defensa de la patria, é!, en loa primeros 
años de la revolución y muy joven todavía, cedió a las 
simpatías de familia, a las preocupaciones de su edu- 
cación y antecedentes, y no comprendió a primera 
vista lo grande del movimiento ni su impulso regene- 

[279] 

20 



GUSTAVO OALLINAL 



rador, que debería fructificar en las generaciones del 
porvenir; asustado por el áspero sacudimiento y con- 
vulsión que aquél hacía experimentar a todo el anti- 
guo orden social, se encontró colocado entre aquéllos 
que pretendieron poner un dique con sus pechos al 
torrente que se desbordaba, sin dejar por eso de amar 
mucho a su tierra natal y aun de experimentar nobles 
simpatías hacia sus compatriotas libertadores, como 
se manifiesta en muchos pasajes de esta obra. Fácil 
le hubiera sido borrar actualmente hasta los vesligios 
de sus antiguas opiniones; peto esto seria mentir a la 
patria y mentir sin utilidad para ella . . . Además, tan 
notoria superchería en el escritor haría sospechosa la 
ingenua veracidad de la obra. Sus correcciones en este 
particular han sido bien ligeras: sólo ha suprimido o 
templado la acritud de algunas frases o reflexiones 
impregnadas del tinte dominante de la época'*. 

Para Acuña de Fxgueroa la guerra de la Indepen- 
dencia asume los caracteres de una guerra civil, una 
discordia fratricida, cuyaa proyecciones lejanas no 
alcanza a columbrar, envueltas como están en la ne- 
bulosa incertidumbre del amanecer. Tiene su libro un 
sentido netamente conservador. Narra cómo, cuando 
se abren los portones de la muralla para dar paso a 
negociadores, sitiadores y sitiados se abrazan jubilosos 
y se juntan entonces las familias divididas. Hay un 
tesoro común y perenne de simpatías y de recuerdos 
en aquella pequeña sociedad oriental, desgarrada por 
el grande infortunio de la gufrra. Después la bata- 
lla del Cerrito, hijos de la ciudad que están en el 
campo sitiador suscriben donativos para auxiliar a 
los heridos de la plaza. £1 sentimiento regionalista, 
el sentimiento localista, eterno fondo del patriotismo 



[280 ] 



IXTRAS URUGUAYAS 



español, se trasparenta también en sna páginas. El 
amor de la patria chica, del recinto familiar de la ciu- 
dad natal, está entrañado en el amor de la magna pa- 
tria, abstracta y lejana^ y le infunde su intimo calor: 
es el fuego central de ese pequeño mundo de senti- 
mientos. 

De día» en su oficina del Parque de Ingenieros, 
Figueroa va poniendo en verso, prolijamente, los epi- 
sodios, aun los más nimios de la guerra y de la vida 
interna de la ciudad. Libre y ligera vuela la pluma 
rasgueando el papel y dejando en él trazadas, no co- 
lumnas de números o párrafos de notas oficiales, sino 
las estrofas en que se vuelca sin agotarse la irresta- 
ñable vena del joven poeta; alguna vez el olvido de 
un borrador denimcia a los superiores cuál es la fri- 
vola tarea con que el amanuense suple las obligacio- 
nes de su cargo, falta que agrava el tono satírico de 
las anotaciones. Queda así, en octubre de 1812, aban- 
donada sobre la mesa de trabajo, la diaria elucubra- 
ción conteniendo una censura que roza a las autori- 
dades de la plaza, por Haber albergado entre muros 
al autor de una sangrienta tropelía en el campo sitia- 
dor. El mayor de plaza y jefe de la oficina, Diego 
Ponce de León, en cuyas manos cae el manuscrito, 
escribe despectivamente al margen: "disparate de 
poeta''. Pero al volver al siguiente dia encuentra, como 
caído por azar el papel, que tiene escrita esta limada 
léplica, venganza del festivo poeta: 

Cuando yo pienso y medito 
Sin cegarme la pa^iún 
Para mí una iafamc accjón 
Doquier se halle es un dt;Iilo; 
No sancionaré en mi escrito 
Una abeiración completa; 



[281] 



GUSTAVO GALLINAL 



Y así la razón decreta 

Que es error lo que esiampáw 

Y acierto el que vos Usmáís 
Disparate de poeta. 

Es de noche, robando horas al sueño, cuando Fi* 
gueroa, en la casa paterna, va narrando para la poste- 
ridad la lenta y trágica agonía de la ciudad protago- 
nista. Afuera, en la falda del Cerrito, arden las lumi- 
narias y los fogones del campamento sitiador. Se han 
corrido los cerrojos de los ferrados portones. En los 
muros se encienden barricas de grasa ¿t; lobo y a su 
trémula claridad se perfilan vagamente las siluetas de 
los centinelas. Por las calles, muy junto a las paredes, 
se deslizan sombras famélicas y plañideras. Mujeres 
acosadas por ei hambre se ofrecen a los lr¿uiBeúntcs. 
£d los huecos del amanzanamiento acampan y pade- 
cen, diezmadas por el hambre y la peste, numerosas 
familias sin abrigo que al acercarse las fuerzas patrio- 
tas se refugiaron en la ciudad. Las noches de bombar- 
deo discurren sobresaltadas e inquietas; las campa- 
nadas de la Matriz claman alarma cada vez que el 
vigía apostado en la torre ve estallar a lo lejos el 
fogonazo de un disparo y las espoletas de las grana- 
das rubrican las sombras con rojas parábolas. 

En las noches tranquilas, junto a las murallas, el 
paso rítmico de los centinelas resuena hondamente en 
el silencio, interrumpido sólo por el alerta que llega 
de un cercano puesto, por el disparo del fusil de algún 
soldado medroso que hace fuego contra algún desertor 
que ae descuelga del muro o contra algún bulto que 
cree ver acercarse embozado en la noche. Cuando la 
jomada ha sido triste y luctuosa — al llegar la nueva 
de San Lorenzo, en. la noche del Cerrito o después de 



[282] 



LETRAS mUGUATAS 



la rota de la escuadra — las fogatas, los festejos, los 
ecos de músicas marciales que llegan del campo sitia* 
dor traídos por él viento, insultan la quietud fatigada 

de la playa. 

Algunas noches, de pronto, tras el "glacis" de la 
muralla, del lado del campo, suenan ruidos de voces 
que se acercan; los rasgueos de una guitarra prelu- 
dian luego un estilo criollo y las palabras de una dé- 
cima, de una copla o de un cielito suben vibrando en 
Is serena noche. Es un grupo de soldados temerarios 
que vienen a cantar las toscas canciones de la patria 
naciente al pie de los inexpugnables baluartes espa- 
ñoles; es, si no una voz femenina, la de "Victoria la 
cantora", alguna cruda hembra de campamento como 
la que ha pintado en "Ismael" Eduardo Acevedo Díaz: 

El ratón en au cueva 

huye del perro 

y de susto prefiere 

morirse adentro. 

Así cobardes, 

lo» godo» van muriendo, 

pero no salen. 

Otras veces los audaces cantores entonan en coro 
burlescos responsos. Pero en alguna ocasión también 
la canción de desafío es interrumpida por el disparo 
de una morterada; en la mañana siguiente las patru- 
llas que rondan en las cercanías de los muros hallan, 
junto al terraplén sembrado de sangrientos trofeos, la 
rota lira del payador nocturno... Acuña de Figueroa 
traslada a su "Diario" y conserva estas estrofas, algu- 
nas de las cuales cuentan entre las atribuidas a Hi- 
dalgo. 



[283] 



GUSTAVO GALLINAL 



Día a día, hora a hora, narra el poeta la lenta 
agonía de Montevideo, postrada por el hambre, por 
la peste, por el fuego enemigo. Pcto no todo es lúgu- 
bre en el relato. Hay también e-spacio para el episodio 
jocoso que torna máa livianas y llevaderas las mise- 
rias. Tal un asalto nocturno del poeta a los jardines 
del fuerte para hurtar verduras. La chispa epigramá- 
tica salta irreverente y jovial en lances como el del 
predicador que dice su sermón en día de bombardeo 
y tranquiliza a su auditorio: 

"Hijos no hay que tañer, Dios nos escuda — gri- 
taba con fervor el misionero; — mas silbó una redonda 
y el buen padre desconfió del "escudo" y saltó al 
suelo.'* 

Vemog también resaltar numerosos cuadritos de la 
vida familiar, como aquella celebración de la noche 
de Navidad a la usanza española, en horas de amarga 
zozobra y de amenaza, que alegra las desiertas calles 
con rondallas de guitarras y zambombas y sonar de 
villancicos. . . 

Hasta que un día blanquean en el horizonte las 
velas de los barcos de la escuadra de firown. Desde 
las azoteas de la plaza, los vecinos siguen más tarde 
con ansia las incidencias del combale naval en que la 
escuadra española sucumbe sin honor y sin gloria; con 
ella se rinde la última esperanza de la ciudad. El largo 
drama toca a su histórico desenlace. El 23 de junio 
de 1814. a mediodía, la guarnición de Montevideo 
sale al campo al son de trompas y cajas por el portón 
de San Juan; poco después avanza hacia el portón de 
San Pedro una lucida columna que hace estremecer 
el aire con la sonoridad de sus músicas triunfales: es 
la escolta "i esplandeciente de acero" del general Al- 



[284] 



LETRAS URUGUAYAS 



vear, quien, jinete en fogoso corcel bañado de espuma, 
entra con sus tropas a tomar posesión de la plaza. La 
dominación española en Montevideo ha concluido. 
Toca con ella a su fin la obra del poeta, la más im- 
portante de nuestra opaca literatura colonial, escasí- 
sima, como correspondía a una pequeña ciudad pobre, 
fundada en pleno sigjo XVIII para plaza fuerte y 
cuya sociabilidad había crecido lentamente, orientán- 
dose entre las naturales incertídumbres de todos los 
orígenes hacia un destmo propio, aún no despejado 
y claro. 

Eb poco el valor literario de este "Diario". No es 

la evolución luminosa y colorida de un artista, el cua- 
dro en que se funden armoniosamente lineas y mati- 
ces. Pero como guía histórica es inestimable y preciosa. 
Hemos de agradecer al viejo poeta la afanosa solicitud 
y la precisión veraz con que hizo el recuento de los 
hechos cardinales y de los detalles e incidencias me- 
nudas de aquellos memorables años. La imagen del 
Montevideo de los últimos tiempos de la dominación 
española resurgirá gracias a él, nítida y precisa, llena 
de vida y de intenso color, en los relatos del futuro 
historiador artista que acierte a revivirla en la mente 
y a trasladarla a las páginas del libro con verdad y 
hermosura. 



[285] 



ELABORACION Y FUENTES DE 
"LA MALAMBRUNADA" * 



Bajo el nombre de "La Malambrunada", de cer- 
vantina estiipe, publicó Acuña de Figueroa, en el ter- 
cer volumen de "El Parnaso Oriental", los dos prime- 
ros cantos de un poema jocoserio. Su titulo recuerda 
al encantador gigante Malambruno, héroe de la estu- 
penda y memorable aventura de la dueña Trifaldi. 
durante la estada de don Quijote en el palacio de los 
duques. 

Esta publicación provocó una curiosa reyerta poli- 
tico-literaria que hizo mover las plumas y las lenguas 
en el Montevideo de 1837. Acuña de Figueroa desem- 
peñaba entonces el cargo de censor de teatros y ofi- 
ciaba también de poeta áulico del gobierno de Oribe, 
colaborando en el periódico "El Defensor de las 
Leyes". Durante la representación de una pieza titu- 
lada "El diablo predicador'' se entretuvo uno de los 
actores salpicando los diálogos con chistea j payasa- 
das de BU cosecha. Asistían a la función el vicepresi- 
dente de la República y una granada concurrencia, 
quienes, al decir de los cronistas de la fiesta, sintieron 
ofendido su decoro por las improvisadas gracias del 
cómico. Las protestas contra estas licencias subieron 
a Ib prensa y rebotaron contra el censor, responsable 
de la corrección y moralidad del espectáculo. Se des- 



* Revista Histórica Año XLII (2a época). Montevideo, 
diciembre de 1948 Tomo XVI. págs 503 a £25, 



[286] 



LETRAS URUGUAYAS 



tacó entre los críticos por la virulencia de sus ataques 
un versificador de circunstancias, Manuel Carrillo, 

quien con el seudónimo "El canario" vomitó una anda- 
nada de diatribas contra "El poeta oriental", título 
que Figueroa monopolizaba en su calidad de autor 
del himno patrio. Salió a relucir la flamante Malam- 
brunada, ejemplo poco edificante de la flojedad del 
criterio moral del guardián oficial de la decencia del 
teatro. 

Carrillo ridiculizó a Figueroa trocando en sus ar- 
tículos el título solemne del que se jactaba por los 
moles enfáticos de Epico del Arroyo Seco y Cisne del 
Miguelete: lo llamó gran poeta Ronquillo, aludiendo 
a su afonía crónica. Los poetas se han distinguido 
siempre, según el testimonio eternamente válido de 
Horacio, por el genio irritable y la incurable fatuidad. 
No es de extrañar que la rencilla de nuestros versistas, 
cuya virulencia delataba una enemistad anterior a la 
nimia -y ocasional discrepancia que la hizo estallar, 
degenerara desde el primer momento, convirtiéndose 
en enconado pugilato verbal. Como los maestros clá- 
sicos castellanos, los Lope, Góngora y Quevedo, y los 
neoclásicos más cercanos, los Fomer, Triarte y Sama- 
niego, sus discípulos montevideanos se vapulearon con 
saña en prosa y en verso. Figueroa retrucó con una 
"breve, compendiosa y poética contestación a la cho- 
carrera carta" de Carrillo, al que colgó los apodos de 
Panuncio y Cuervo de Lanzarote, cuyo origen ignoro 
y no vale la pena investigar, y se vengó de lo del ron- 
quido con referencias infamantes a las tareas secretas, 
físicas y morales, reales o calumniosas, de su contrin* 
cante. El cambio de libelos hizo sudar a las prensas y 
atizó las murmuraciones de las gentes desocupadas 



[287 ] 



GUSTAVO GALLINAI. 



de los corrillos y los cafés a costa de la fama de ambos 
contendientes: tanto más cuanto que las pa&iones polí- 
ticas se complicaban con las rivalidades literarias. 

La dispula se extendió pronto con la llegada de 
refuerzos para el bando de Carrillo. Entre los emigra- 
dos argentinos en Montevideo se contaba Bartolomé 
Mitre, que era entonces un adolescente de 16 años. 
Radicado en la ciudad en compañía de su padre Am- 
brosio Mitre, desde fines del año 1833 o comienzos 
de 1834. Mitre había estudiado en la Escuela Normal 
que dirigió el educador y calígrafo Besnes e Irigoyen 
y más tarde en la Escuela de Comercio del Consulado. 
En esos mismos días, precisamente el 1° de julio de 
1837., había de ingresar en la Academia Militar. Como 
muchos de los hombres superiores de su generación, 
urgidos a improvísarpe obreros t!e todas las obras 
útiles f)ara las sacieclades nacientes a cuyo servicio 
estaban, era un autodidacto y completaba las enseñan- 
zas que bebía en las aulas, con largas y afanosas vela- 
das de lectura en las más variadas disciplinas. 

En una inolvidable página de los "Recuerdos de 
Provincia", en la que vuelve el pensamiento a los diaa 
de su infancia, evoca Sarmiento, con la entrañable 
ternura propia de los hombres fuertes en las horas 
de íntima confidencia, al pequeño minero de Copiapó 
"a quien siempre se encontraba leyendo" en los des- 
cansos de sus rudas faenas: es como el húmedo surco 
de una lágrima cruzando por entre las arrugas que 
el tiempo, los dolores y las pasiones han cavado en 
un rostro varonil. Si menos hermo&a. no menos reve- 
ladora de la vocación precoz y la voluntad indomable 
que se muestran desde los primeros pasos de una vida 
llamada a grandes destinos, es la anécdota que pre- 



i:288] 



LETRAS URUGUAYAS 



aenta a Mitre niño, devuelto a su padre por el admi- 
nistrador de la e&tancia del Rincón de López, donde se 

ensayaba en las tareas rurales, con la frase liviana: 
"es un caballerito que no sirve para nada: en cuanto 
ve una aombrita se baja del caballo y se pone a leer". 
En 1837 había formado considerable bagaje de lec- 
turas, y, al tiempo que balbuceaba en verso las prime- 
ras ilusiones y esperanzas de la vida, ensayaba en 
artículos de crítica y de polémica su ardor combativo. 

Amigo de Carrillo, terció en la polémica llevando 
un doble ataque a "La Malambrunada" y a la persona 
del autor, desde las columnas del ''Diario de la tarde'*. 
Editaban este periódico montevideano totro de igual 
título veía la luz en Buenos Aires) Bernabé Guerrero 
Torres y Andrés Lamas. Jactábase la hoja de no mili- 
tar ni con los ministeriales ni con los opositores: 
"dedicado a los libres", fue el sugestivo lema que 
lució en su primer número y que fue eliminado de 
los siguientes. Desde acpella gaceta se ametrallaba a 
Figueroa con criticas y epigramas, rebotes y jacula* 
torias, por el estilo del siguiente, que no es, por cierto, 
un prodigio de ingenio: 

En el Parnaso arrojó 
De basura un esportillo, 
El gran poeta Ronquillo 
Que a Malambruna cantó. 
Suaves tirones de orejas 
Mandó Apolo a discreción 
Pelo con la condición 
Que se los dieran las Viejas. 

"El infernal poema" la Malambrunada (;no es 

para tanto!) escribió el Joven Mitre es fólo un com- 
pendio de la causa más iiiHeceute de la Inquisición; 



[289] 



GUSTAVO CAIXINAI. 



y citó en apoyo de su aserto al libro de Llórente, auto- 
ridad muy llevada y traída por aquellos tiempos, en 

uno de cuyos capítuEos. al relatar los procesos por bru- 
jería instaurados por los inquisidores de Logroño se 
describen los aquelarres y ritos demoníacos que tuvie- 
ron por teatro cierto prado del Cabrón. Entre los 
antecedentes de la obrilla mencionó a la Gatomaquia 
y al Orlando, que "por desgracia son buenos". Jíepro- 
cbó a Figueroa el que imitara en el siglo XIX a 
Quevedo, quien no obstante sus méritos es calificado 
de poeta de bodegón por Quintana, en cuya autoridad, 
y en la de Martínez de la Rosa se escudaba el novel 
critico, que arremetió también de paso contra Gón- 
gora y trajo a colación "La Mosquea" de Villavicíosa 
para destacar que no contiene chocarrerías como las 
que afean a la Malambrunada. Si el célebre Voltaire 
se infamó con publicar "La Doncella", si la Academia 
francesa cenó sus puertas a Pirón por el debto contra 
el buen gusto de rimar cierta oda innominable, "un 
pigmeo", copli&ta y plagiario ¿se engrandece con es- 
cribir La Malambrunada en el estilo más soez y 
menos decente?" Después de soltarle este trabucazo 
a boca de jarro se encaró con Figueroa para amones- 
tarlo en tono solemne: "¿quién ha dicho que el len- 
guaje de los dioses es para profanarlo de este modo? 
El talento divino de pintar en verso (dice Quintana), 
no debió emplearse jamás sino en dar atractivos a la 
verdad y exaltar loa ánimos al bien y a la verdad*'. 
Figueroa era el turiferario del gobierno de Oribe y de 
todos los gobiernos, y Mitre concluyó su artículo acu- 
sándolo de cometer, además de sus pecados literarios, 
el pecado de adulación, "e! más vil de lodos los abusos 
que se hacen del talento poético... Ea vergonzoso 



t^nilAS URUGUAYAS 



para los poetas haber tenido en todos loa tiempos el 
privilegio de adular sin advertirlo ellos y sin que los 
demás lo extrañen". Puso el dedo en la llaga con este 
"envío" final; por supuesto, que, de esta dedicatoria 
Figueroa no se tuvo por notificado. 

Para hacer frente a la pedrea que granizaba de 
tantas partes sobre su obra y sobre su persona, repli- 
có Figueroa tomando a la chacota al "afiligranadísi- 
mo, Narcisímo y Delicadísimo señor don Bartolomé 
Mitre — Poético — Trágico — Cómico — Greco 
latino — Anglico — Itálico — Gálico — Hispánico — 
Antiguo — Moderno**. Rimó una danza en la que se 
exhibían con burlescos disfraces sus dos principales 
enemigos : 

Fanuncio baila el minué 
y Bartolomé el ondú... 

contra Carrillo dos epigramas de venenosas 

Don Cuervo en aire burlón 
Llamó Ronquillo a un cliente 
Pensando que tiene el diente 
Tan débil como el pulmón: 
Cuidado con los ronquillos, 
Que hay alguno que en dos verboa 
Sabe desplumar lÜez cuervos 
y comer a dos carrillos. 
Panuncio grazna o relincha. 
Diciendo con voz menguada 
Que tiene una antigua espada 
Que ya ni corta ni pincha. 
Así el pobre, en la azotaina 
Que le llovió de Helicona, 
Largó la inútil tizona 
Y se quedó con la vaina. 

Los ñojos versos de Mitre le ofrecían blanco fácil 
y seguro para sus chanzas. 



Y soltó 
colas: 



[2911 



GUSTAVO GALLINAL 



En cuanto a "La MaIambiruoada'\ sus licencias (y 
en esto tenia razón I son mucho menos gravea que las 
que pululan en los poemas burlescos más famosos, 
como el Orlando. "¿Dónde han visto esos zopencos, 

retrucó, qufi un poema cómico pueda ser escrito en 
el mismo e&tilo que una anacreóntica?'^ Quejóse tam< 
bien de que las agresiones contra su obra obedecían 
a una intención política- 

£1 "Diario de la tarde" siguió publicando criticas 
contra nuestro poeta. Alguien salió a la defensa de 

Mitre: "ese joven ha marchado 17 años por la senda 
del honor y Vd., señor don Francisco, ha marchado 
50 años por la senda de la degradac¡ón'\ Un oriental 
tomó a su caigo pimtualizar sus claudicaciones cívi- 
cas: "¿a qué clase de individuos pertenecerá el que 
fue español durante los dos sitios, portugués bajo el 
gobierno de don Juan, imperial cuando subdito de 
Pedro 1 y, después de bautizado en la sangre de los 
patriotas, de todos los que ocuparon la poltrona del 
gobierno?" Otro, al fin, sacó la moraleja en un dís- 
tico: 

Así w >ive en puestos y en honores 
Cun sólo en li opinión mudar colores. 

Se lo dio por difunto rezándole jaculatorias satíricas 
y se le pusieron epitafios a imitación de aquellos en 

los que Quevedo sef)u]tó en vida a Góngora bajo un 
montón de chistes pringosos. Vaya uno para muestra: 

El cantor de Malambruna 
Reposa aquí en sueño eterno: 
For alnbuto hay un cuerno 
Y por adorno la luna . . 



[292 3 



LETRAS URUGUAYAS 



Al fin, el aporreado yate recurrió a la intervención 

de Ambrosio Mitre, con quien mantenía amistad, ob- 
teniendo que éste tirase paternal y públicamente de 
las orejas al novel polemista que se le había subido a 
las barbas y abandonó el combate con estas resigna* 
das reflexiones: "como por una expiación de algún 
arrebato de impaciencia con que habréme expresado 
respondiendo a una lluvia de diatribas que debí haber 
mirado con impasibilidad, me he propuesto en ade- 
lante contestar a cada ofensa con una composición 
poética absolutamente extraña a la cuestión, que ya 
debe haber fastidiado bastantemente al público. ¿No 
seria Vd., don Francisco, el fastidiado? Quiera Dios 
que estos insulsos versos merezcan más indulgencia a 
mis antagonistas que los de la infeliz Malambruna". 

Así terminó la polémica, que he extractado al de- 
talle porque muestra cuáles eran las costumbres lite- 
rarias y el estilo de la prensa de la época, abierta a 
las puerilidades y personalismos y también a los 
desahogos y procacidades; ningún recurso estaba ve- 
dado: el mote infamante, la impúdica exhibición de 
las miserias o fallas más secretas, la calumnia capaz 
de tiznar reputaciones o violar el sagrado de la vida 
intima : que todo llevaba por delante en sus desbordes 
la pasión personal o política. 

Son de imaginar las escandalosas proporciones que 
hubiera alcanzado la discusión si Acuña de Figueroa 
hubiera osado publicar las primeras versiones de su 
poema, que desde años atrás hacía circular manus- 
critas, condenándolas, en razón de su contenido, a la 
difusión clandestina de las obras non sanctas. Porque 
"La Malambrunada" del Parnaso era un texto expur- 
gado y corregido. Loa manuscritos anteriores que 



[293] 



ÜUSTAVO GALLINA!. 



conozco datan de 1829. Reza así la portada de uno de 

ellos: *'Poema épico intitulado/ la conspiración do 
las/ Viejas contra las jóvenes:/ compuesto por el 
Ame/rícano D° Francisco Figueroa, Autor/ del Him- 
no Oriental de los treinta y/ tres, y de olraa produc- 
ciones, entre/ ellas, la traducción al Castellano, y/ en 
hermosas décimas del sublime / cántico del Te Deum 
Laudamus-/ Año de 1829'\ Es una composición en un 
canto y en 67 octavas reales. Describe la batalla de un 
escuadrón de viejas contra un batallón de jóvenes, en 
el que figuran, con nombres y apellidos, mujeres de 
la sociedad montevideana de Id época. 

La versión trunca del Parnaso de 1837, ampliación 
corregida de la anterior, tiene por escenario a Mon- 
tevideo, señalándose la llamada Peña del Bagre de la 
antigua ciudad como sitio de reunión de las viejas. £n 
ella figura por vez primera Malambruna, que da nom- 
bre al poema, subtitulado "la conjuración de las viejas 
contra las jóvenes". Se introduce también un elemento 
fantástico, loa aquelarres de brujas y apunta tan sólo 
una alusión política. El poema completo se desarrolla- 
ba o proyectaba a la sazón en cinco cantos: "El pro- 
yecto; — La reunión de las viejas; — El alistamiento 
de las jóvenes; — £1 Congreso y la discusión — Los 
himnos de guerra y la biblia". Sólo salieron a luz 
los dos primeros cantos y quedó prometido el resto 
para el cuarto tomo de aquella antología, que no fue 
publicado, 

Paraldamente a este poema montevideano, no sé a 
ciencia cierta si antes o después, presumo que antes. 
Acuña de Figueroa concibió y escribió una obrita 
muy aemejante, de la que poseo dos versiones. Una 
de ellas, incluida entre los manuscritos inéditos que 



[294] 



LETRAS URUGUAYAS 



custodia Ib Biblioteca Nacional, se titula "La Carli- 
nada o el triunfo de las doncellas". Es un canto en 79 
octavas reales y una canción guerrera: la escena se 
supone en San Carica y el batallón triunfante está for- 
mado por jóvenes de esa población. En el Instituto Na- 
cional de Investigaciones y Archivos Literarios existe 
una vanante de este poema carolino, "La conspiración 
de las viejas y el triunfo de las jóvenes", poema joco- 
serio fechado en enero de 1829, en 75 octavas y divi- 
dido en tres cantos: "El levantamiento de las viejas; — 
El armamento de las jóvenes; — La Batalla y el triun- 
fo de las jóvenes". También en este texto figuran, con 
nombre y apellido, jóvenes de la sociedad de San 
Carlos. 

"La Malambrunada", con su título y versión defini- 
tivos, en tres cantos, salió a luz integramente recién 
en el Mosaico poético de 1857. En ella refundió Fi- 
gueroa el poema del Parnaso y las composiciones Ca- 
rolinas. En nota inédita declara el autor haber tomado 
muy en cuenta los consejos de Juan Cru2 Várela a 
cuyo juicio sometió sus manuscritos. 

Trátase, pues, de un poema cuidadosamente elabo- 
rado, corregido y pulido una y otra vez al través de 
muchos años, como lo prueba la comparación de los 

cinco distintos textos que he enumerado. En este pa- 
ciente trabajo demostró Figueroa como en ninguna 
otra ocasión su destreza de versificador, logrando la 
mayor perfección formal y dando a algunos de sus 
cuadros y figuras, intencionadamente deformadas con 
sentido caricaturesco, un reheve plástico digno de un 
verdadero artista, siquiera manejara la brocha gorda 
más que los finos pinceles y prefiriera la sal gruesa a 
condimentos más delicados. 



21 



C295] 



aVSTAVO GAU4MAL 



£1 motivo cómico persistente surge desde la primera 
estrofa por el contraste entre la solemnidad de la ento- 
nación épica y la nimiedad del asunto, según la técnica 
tradicional de la parodia desde el lejano modelo de la 
Batracomiomaquia ; 

No el ungriento combate de Lepanto 
Mi del Tioyano el hórrido destino. 
Ni dd griego Jaaón la empresa canto 
Arrebatando el ioreo vellocino. 
Mas la gnerrat los odio» y el espanto 
Que vio d mundo en d bando femonino* 
Por negra mvidia e infnndadu quejas 
Que sUmentaban las tremendas viejas. 

En sonoras estrofas una doble invocación pone al 
poema bajo el patrocinio del dios de la hermosura y 
de las divinidades infernales: 

En tan duro canflícto, yo 09 imploro 
Turbio Pintón, y Apolo eaclarecido. 
Porgue ora discordante, ora sonoro. 
Imite el vario asunto en d sonido; 
Venga una musa con su flauta de oto, 
O un vestiglo con cuerno retorcido. 
Para hacer resonar en eco alterno 
Unas veces la flautai otras d cuerno. 

Malambruna, vieja sesentona, bizca y hombruna, se 
revuelve en su lecho desvelada por la envidia y el de- 
seo. Aspira a disputar a las jóvenes los triunfos del 
amor y los favores masculinos, revolviendo en su espí* 
ritu planes de lucha y de dominación. 

Introduce aquí Figucroa el motivo político, ausente 
de las primeras versiones del poema. La empresa des- 
tinada a entronizar al viejo bando se identifica con la 
Santa Federación: 



[296] 



IJnSAS UBUOUATA8 



Seré la restauradora 

Del viejo bsndo, ezclamabt, 

Y a mi dominio sin traba 
Llamaré. . , Federación. 
Federacián, Palriotiamo, - 
Constitución... vanos nombreíl 
He aprendido de los hombrea, 
Sólo el mando es lo real... 
Pondré en Us aras mi imagen 
Me ensalzará la Gaceta, 

Que a la virtud con careta 
' Aplande el vulgo lerril. 

Se incorpora en el lecho, para poner en acción sus 
planes, vistiéndose apresuradamente. La escena en que 
se describe la confusión de Malambruna imita un epi- 
sodio de "La secchia rappiUa" del Tassoni: 

Incorpora su mole, y se oye el lecho 
Crujir bajo la masa corpulenta, 

Y esperando sacar honra y provecho 
De su plan endiablado, se calienta 

Y arroja con furente desaliño 

Una mano al jubón, otra al corpino. 
La ropa en el desorden y presteza 
En 9U3 trémulas manos se trabuca, 
Ya lleva un escarpín a la cabeza 
Ya ensaya en una pierna la peluca; 
Vístese finalmente, se espereza 
Salta del pabellón la enorme cuca. 
El elástico muelle da un gemido, 

Y queda un pozo en el colchón muUido. 

El motivo recuerda el sobresalto, la confusión de 
los modeneses ante la invasión boloñesa en el canto 
primero del Tassoni: 

II martellar de la maggior campana 

Fe piú che ín fretta ognun «altar dal letto. 



[297] 



GUSTAVO GAUJNAL 



Diedeú a ramia: a cfai hakó le scale, 
Qui corsé alia finesb-a, e chi al pítale; 
CM BÍ nuae una acarpa e una pianella, 
E chi nna gamba wla avea calzata; 
Chi si vestí a rovescio la gonneUa, 
Chí cambió U camicia con l'amata: 
Fu chi prese per larga una padella, 
E un Bccchio in testa in cambio di celata; 
E chi con on roncone e la coram 
Corve hravando e minacciando in piazEB. 

Sale Malambruna al campo empuñando un cuerno, 
reliquia de au difunto marido, a cuyo sonido acude 
volando un enjambre de brujas, quienes celebran con- 
seje bajo la presidencia de Satán. 

En un cuadrito que recuerda las aguafuertes fan- 
tásticas de Goya y en el que figuran los versos de más 
color y resalte de la obrita, pinta Figueroa el aque- 
larre y los ritos demoníacos. Arenga Malambruna a 
sus huestes, cuya unión estará simbolizada en los gra- 
nas apretados de la mazorca. Aprueba Satán los pla- 
nes de guerra y parte con su legión de brujas a des- 
pertar a las viejas. Vuelta a su mansión, se arma 
Malambruna con grotescos arreos de guerra y sale al 
campo, jinete en un asno, que 

En proyectos asninos 

Tal vei piensa también, y corre y salta, 

Sin errar loa caminoa; 

Sólo el habla le falu. 

Como a otroB vice-versa, en sua destinos 

Falta el rebuzno, para ser pollinos. 

Describe el canto segundo el armamento de las vie- 
jas, cuyos escuadrones capitaneados por jefes de sono- 
ros nombres lucen extravagantes armas y atributos. 
Curtamona con cien sayones de grotescas figuras, 



[298] 



UGTRAd URUGITAYAS 



Falcomba mandando un batallón de trescientos mari- 
machos, la fornida catalana Arcisona, la beata Pluto- 
nina que encabeza un regimiento de mojigatas. Salo- 
mona con sus mazorqueras . . . Muchas aspiran al 
mando; otras se conforman con los empleos y despo- 
jos del reparto pensando que les tocará gobernar el 
tesoro, regir la aduana, participar de los contratos y 
abastos, o pescar un ministerio o un comisariato... 
Encumbrada Malambruna al mando supremo, pronun- 
cía un discurso en el que parodia la fraseología vaga 
y exaltada del romanticismo político: 

"Capitanas» Ies dice, estas legione» 

Que un talismán satánico coutoci, 

A una alta empresa a dirigir me obUgo, 

Vuestro es el porvenir! ¡bastante os digol 

Santa es nuestra misión; de ensueños de oro 

Surge etérea visión, con blanda brisa. 

Maldición y anatema' ya insonoro 

Ruge el volcán, y el caos se divisa." 

A tales frases, el victuato coro 

Murmurar este demonio en aua relatos 

Nos dice mucho, y nada* entre doa platos. 

Después de una disputa de Malambruna con Fal- 

comba desfila el ejército entonando una canción gue- 
rrera cuya letra es un remedo de los himnos patrióticos 
por el estilo de los que Figueroa componía con 
ine^chausta vena: 

Amor con aiia gocea 
Nos llama a la lid; 
Juremos, o viejas, 
Gozar, o monrl 

El tercero y último canto relata el armamento de 
las jóvenes y el triunfo de la hermosura. Al abando- 



[209] 



OVaTAVO OAUJNAL 



nar el tema bufo, decae el valor literario del poema: 
la evocación del batallón de jóvenes es enumerativa, 

la descripción pálida y sin brío. Vejius da la señal de 
alarma al bando juvenil. Comparecen Citerea seguida 
de las Tres Gracias y conducida en un carro tirado 
por dos blancas palomas; no faltan tampoco mil Cu- 
pidillos que revolotean como mariposas... Las jóve- 
nes tienen nombres convencionales: Cloris brilla como 
una azucena; Lesbia luce como una rosa; Violante 
recibe de la diosa del amor un jazmín; desde luego» 
que la azucena .es cándida, la rosa, purpúrea y pálido 
el jazmín... La capitana maneja el arco de Cupido 
y la lanza de Mavorte. 

Esta cursi mitología, esta retórica arrugada y seca 
como una pasa, aburren pronto al autor, quien pre- 
siente los bostezos de sus lectores y abrevia la des- 
cripción intercalando una canción guerrera de festivas 
notas. La batalla, salpicada con algunos rasgos pican- 
tes, concluye con la derrota de las viejas que se 
arrojan en tropel a una laguna donde Plutón las con- 
vierte en ranas. Y el bando triunfador vuelve a la 
ciudad entre músicas y aclamaciones. 

En un ensayo sobre Figueroa, publicado hace algu- 
nos años, llamé la atención sobre la identidad del 
título que ostentaban las primeras versiones del poemi- 
ta con el de una obra italiana del siglo XIV, de Franco 
Sacchelli: "Quatro cantara de le belle donne di Fi- 
renze, e la bataglia fanno con le vecchie". Entre loa 
supuestos antecedentes de "La Malambrunada" cita- 
dos al publicarse en el Parnaso, nadie recordó el 
poema de Sacchetti, del que Figueroa tomó el tema y 
algunos de los motivos esenciales de su composición. 
Tratábase de una obra rara, aiuique corría ya impresa 



[300] 



UEIBAS XniDOUAyAS 



en tres ediciones recientes: las primeras, incompletas, 
fueron publicadas en 1819; en 1S2S el poema integro 
fue incluido en una colección de poesías de autores 
italianos de los siglos XIV al XVIII, editada en Flo- 
rencia. ^ 

Franco Saoc^etti, conocido por el renombre univer- 
sal de 5U9 trescientas novelas florentinas, escribió su 
poema en cuatro cantos y en octavas reales. Es una 

exaltación, una glorificación de las doncellas de las 
preclaras estirpes florentinas contemporáneas del au- 
tor, las que desfilan por sns versos adornadas con los 

atributos retóricos convencionales y luciendo las ense- 
ñas de los escudos de las casas nobles y eligen reina a 
Constanza, del tronco de los Strozzi. Sacchetti coloca 
su poema bajo la doble y divergente protección de la 
Virgen María y de la Santa Venus. En sus eruditos 
y bellos estudios sobre la poesía de Dante, Carducci 
ha rastreado los antecedentes de esta obra. Algo de la 
poesía trovadoresca, de las Cortes de Amor y las 
Cazas de Diana, sobrevive aún en las mortecinas ocla- 
vas de Sacchetti. El Dante mismo pagó tributo a esta 
moda en los serventesios de su juventud que enumeran 
las_ sesenta jóvenes más bellas de Florencia. Amor es 



1 La Bataglia / delle / vecchJe con la gtovani / cantl 
due / di / Franco Sacchetti / publlcati per la prima volta 
/ ed illustraU / da Basilio Amati / da Savignano / Bologna 
/ MDCCCXUC / Ptt' FratelU Mari e Compagno / Con apro- 
bazlone. 

La segunda edición, por e! mismo Amati. es de Imola, tam- 
bién de 1819 Fue publicada completa en Saggio / di rime 
/ di / diverst buonl autorl / che fionrono / dal Xrv imo al 
3CVIII aecolo / Flrenze / I4«Ua Stamperla Honchi e C« 
/ MDCCCXX7. 

Los datos sobre «tai edlclonea se encuentran en las Motas 
8 la edición moderna Incluida en la colección Sentón d'Itaha 
/ Franco sacchetb / La battaglia dalle belle donne / Le 
lettm / Le «posulonl de Vangeli A cura di / Alberto Chlarl- 
Barl / Qliu^tma ngli / Tlpografl - editor! - Llbrtl / 193B 



[íon 



6VSVKVO GAIXmAX. 



todavía en los versos de Sacchetti una fuente de valor 

y de virtudes caballerescas. Un eco de los versos del 
máximo poeta parece sonar en sus estrofas; 

Amore in ciior villan no ha auo loco... 

Pero, en la prosaica concepción del autor burgués 
de la Batalla, se diluyen estos dorados recuerdos de 
una edad pasada, y aparecen apenas como pálidas ale- 
gorías de un mundo ya desvanecido de ilusión y de 
magia. Ea una obra de transición, degeneración de la 
antigua poesia trovadoresca basada en el culto a la 
mujer y en el concepto místico del amor. Sacchetti 
desarrolla, luego, una idea curiosa y extravagante: las 
viejas de Florencia, movidas por la envidia a la belle- 
za triunfante y glorificada, se reúnen en consejo para 
tramar la ruina de las doncellas. La reunión de las 
viejas tiene lugar en un caserón *'cerchiato da ogni 
bruttura*'; en torno de ellas, ge agolpan para srcuiular 
sus propósitos, los representantes de la más envilecida 
chusma. Los escuadrones de viejas, como en '*La Ma- 
lambrunada^*, montan en asnos y otras exóticas cabal- 
gaduras, tremolan grotescos estandartes y se movilizan 
con infernal algazara bajo el patrocinio del demonio 
y de Proserpina, esgrimiendo como armas instrumentos 
de toda laya: 

Erano ármate d'uncinwti raífi, 

Di palé, coitcllacci e di schedoni... 

Eligen capitana a una bruja llamada Ghisola, una 
"falsa btrega invidiosa", que arenga a sus hueste 
como Malambruna: 

Chisola 5¡ levó con un gran tuono, 
E la fiua atnma paorou epnne, 



[302] 



LBIAAB tTSUOrrAYAB 



Dicendo: En nome dd crudel dimono, 
Silla, Cuiddi, e tiitte altta ruine 
Adempían oggi il nostro mal volcre, 
Si eh'ogu ben ai posu far eadere... 

Los fieles amantes del amor ideal y platónico, 

Amora é tanto quanEo onesta brama, 
Nongiá carnal disio... 

acuden en sacoiro de las doncellas. 

Se traba una descomunal batalla en la que Iss viejas 

y sus escuadrones son derrotados, quedando los cadá- 
veres tendidos sobre el campo para pasto de lobos, 
cuervos y aves de rapiña. Así se consuma el triunfo 
del amor y de la beimosura y se cierra el poemita de 
Sacchetti, escrito 

A onta de le vecchie dolorose 
E degli avari tristi smemoraü; 
A b«ie e pace de íc valoróse 
Leggiadre doone e de gli innamorati. 

El tema, la lucha de las viejas contra las jóvenes, 
no es enteramente original de Sacchetti, En la litera- 
tura clásica griega hay un modelo de superior jerar- 
quía. £1 contraste cómico aparece en *'La Asamblea 
de las mujeres" de Aristófanes, escrita para clavar en 
la picota de la sátira las quimeras comunistas de los 
filósofos. Las mujeres de Atenas, disfrazadas con los 
mantoa de sus maridos y empuñando sus bastones 
lacedemonios, invaden una madrugada el Pnix capi- 
taneadas por Praxégoras y se adueñan de la asamblea, 
decretando la comunidad de bienes, comunidad que 
incluye la de mujeres y de hijos, como en la repú- 
blica platónica. Una de las escenas presenta a una 



[308] 



GUSTAVO OALLIHAI. 



mujer vieja trenzada en ruidosa gresca con una joven 
por la primacía en ^us derechos al amor. El tema 
cómico se desprende con clara lógica eslética de la 
concepción de Aristófanes y se desenvuelve con chis- 
peante malicia y desenfrenada obscenidad. £1 motivo 
que había rodado con soberano impudor y orgiástica 
libertad sobre la escena de la antigua farsa, se con- 
vierte, en el desmayado poema del florentino, en una 
invención absurda y sin sentido, rellena de sentimien- 
tos convencionales y de recursos truculentos. Que para 
algo Aristófanes es un creador genial y Sacchetti tan 
sólo un prosaico versificador burgués. 

las mujeres guerreras, tan numerosas en la leyenda 
y la poesía grecolatinas, pulularon en los poemas épi- 
cos de la Europa moderna. El lema debía tentar a los 
Horneros bufones, valga el epíteto de Hugo en su reso- 
nante manifiesto romántico, que surgieron al agotarse 
la savia del viejo tronco épico medioeval. Por el mun- 
do encantado del Ariosto vagan escuadronea de mujeres 
que militan en la andante caballería y luchan con tanto 
furor en los combates de Marte como en loa de Venus, 
protagonistas de lances tan peregrinos y lascivos como 
las aventuras de Flor de lis y Ricardetto del canto 
XXV del Orlando. Las Clorindas, Doralisas, Maríisas 
y Bradamanles emulan lag proezas de las Amazonas, 
Pentesileas y Camilas. No faltan tampoco las viejas 
armadas en guerra. Batallones de doncellas guerrean 
en el poema burlesco de Tassoni. Triunfos y vilipen- 
dios de las mujeres aparecieron en todas las litera* 
turas europeas, desde el declinar de la Edad Media. 

El espíritu travieso de Figueroa tomó directamente 
de Sacchetti el tema de su intrascendente juguete có- 
znico. Aunque se complació en destacar algunas remi- 



[304] 



IflRAS URUGUAYAS 



niscencias clásicas de su Malambrunada, se guardó 

bien de citar al autor y a la obra de quienes tomó la 
concepción y loa motivos cenitales del poema. Segu- 
lamente ninguno de sus críticos de 1837 conocía la 
obra de Sacchetti, exhumada hacía pocos años de 
viejos códices y que corría en tres modernas ediciones. 



En sus dos primeras formas, la batalla montevideana 
y *'La Carlinada"» el poema de Figueroa era una sáti- 
ra local en la que hacía intervenir el autor a personas 
reales, como en el triunfo de Sacchetti. AI refundir 
estos ensayos en la versión del Parnaso de 1837, Fi- 
gueroa eliminó los nombres y apellidos de jóvenes de 
la saciedad montevideana y de San Carlos cuya publi- 
cación hubiera escandalizado al pequeño mundo lite- 
rario y social de la época. Su obra, a pesar de esas 
prudentes podas, fue calificada de cínica y obscena. 
Los rasgos groseros y de mal gusto que la afean, sal- 
tan a la vista. Sin embargo, Figueroa tenía razón 
contra sus impugnadores cuando protestaba que su 
obra era más decente que la mayoría de los poemas 
fantásticos o burlescos famosos, donde toda licencia y 
chocarrería tienen lugar. "La Malambrunada" es un 
pasatiempo inofensivo si se le pone en parangón con 
las desvergüenzas blasfemas de la Puceile, la enorme 
y lujuriante obscenidad de Rabelais, las fantasías libi- 
dinosas de Ariosto, el cinismo del don Juan de Byron 
o las licencias del poema trunco, de estupenda riqueza 
verbal, en el que Quevedo rebajó las fabulosas aven- 
turas de Orlando al nivel de un cuento apicarado y 
tabernario. 



[305] 



GUSTAVO OALUNAL 



Pero, "La Malambrunada" es un anacronismo lite* 

rario. Dijo Figueroa, y juzgó bien con ello el alcance 
de su obra, que ella era no otra cosa que un juguete 
trivial. ¿Cuál puede ser el simbolismo trascendente, 
capaz de dar al poema valor humano y permanente? 
¿La victoria de la juventud y la hermosura sobre la 
ancianidad y la decrepitud? Pensamiento tanlaa vpces 
expresado en los viejos modelos de los Triunfos per- 
tenece a un fondo de filosofía vulgar, vieja como el 
mundo, que es ya de todos y de nadie. 

En la última versión dio entrada Figueroa a la 
sátira política y literaria. Tardíamente, cuando Rosas 
y la Federación no eran más que recuerdos históricos, 
los abigarrados batallones de viejas que capitanea 
Malambruna, aparecieron en las páginas del Mosaico 
entonando himnos federales jocosos, por el mismo es- 
tilo de los que antes el autor escribiera en serio para 
las solemnidades cívicas, y la protagonista parodió 
las ambiciones y las simulaciones de los actores del 
régimen desaparecido. A decir entera verdad, los tiros 
burlescos de Figueroa no se concentran únicamente 
contra la Federación y el sistema rosista. Cuando arre- 
mete contra ellos no eran más que desvencijados moli- 
nos de viento; su burla alcanza también a las asam- 
bleas públicas, a los vanos nombres de ley, unión e 
igualdad, al voto popular, formas todas, para el dea- 
creído poeta, de la mentira política que diera abun- 
dante tema para los sarcasmos de sus epif^ramas y 
letrillas. Seria un contrasentido suponer al antiguo 
turiferario de Rosas hombre capaz de atacar al sistema 
caduco en nombre de un nuevo ideal político. 

También hace burla del romanticismo, o mejor de 
la exaltación y la vaguedad de alguna fraseología de 



[SOS] 



LETRAS ÜSUGUATAa 



los románticos, porque sería falsear los hechos conce- 
der a esas alusiones superficiales y ligeras la jerarquia 
de una sátira literaria contra el romanticismo. Cite al 
azar, sin que se sepa por qué y para qué, a Ducange 
y a Víctor Hugo. 

El romanticismo era el hecho nuevo y Figuerca el 
sobreviviente de un tiempo pasado que, desmintiendo 
la inmortal melancolía de la copla de Manrique, no 
había sido mejor. En literatura como en política, Fi- 
gueroa fue siempre un conservador apegulo al statu- 
quo y hundido hasta las cejas en la prosa cotidiana 
de la vida. Es. pues, falso y de mal gusto suponer 
que por esos postizos aditamentos su pasatiempo lite- 
rario pueda alcanzar el valor de alegoría de la lucha 
entre pasado y presente. Mucho más falso todavía pre- 
sentar a Figueroa como campeón del espíritu nuevo, 
siquiera sólo en sus versos y circunstancialmente. 

Considerada como sátira "La Malambrunada" ca- 
rece de interés y de sentido. La burla de la vejez, de 
sus aspectos físicos e intelectuales, tristes o deformes, 
fue Uno de los temas que nuestro Quevedo oriental 
explotó con más frecuencia. £1 poema está marcado 
por cierto sello de vulgaridad, o, si ee prefiere, de 
insensibilidad humana y moral. Todo satírico de ver- 
dad es, por definición, moralista. La sátira social, 
política, literaria, cabe dentro de la mejor tradición 
de la parodia burlesca. Los ejemplares más vivos del 
género conservan interés actual o humano, o por lo 
menos liistórico, gracias a la fuerza y empuje demole- 
dores de su concepción satírica. La reyerta entre los 
canónicos de una iglesia de París por un facistol que 
narra Qoileau en *'Le lutrin", no es tema capaz de 
rozar nuestro espíritu ni nuestra sensibilidad: la obra 



[307] 



GUSTAVO OAIXINAL 



es, en deñnitiTa, de soporífera lectura, a pesar de su 
frío y acicalado estilo. En cambio la guerra entre 

boloñesea y modeneses por trofeo tan insignificante 
como Un recipiente de agua no es más que un pre- 
texto para el desborde dü una sátira agresiva y multi- 
forme, que se rompe en espumarajos alrededor de loa 
hombres, las costumbres, las instituciones de la decaí- 
da Italia del siglo XVII. Juzgó con ligereza Voltaire 
en su Guerra de Ginebra al autor de "La secchia ra- 
ppitta" cuando lo apostrofó: 

¡O TaaBoni, pías lon^ daña tes diKOura 
De vers prodige et d'esprít fort avara 1 

El poema erosatiricómico al que Tassoni se jactaba 
de haber dado ciudadanía en la república de las letras 
no es sólo una parodia bufa de las formas de la epo- 
peya renacentista ya en plena degeneración. Es una 
caricatura de la sociedad italiana del 700, humillada 
bajo la dominación española, de una sociedad que ha- 
bía perdido su alma y era incapaz de concebir el 
mundo heroico del Tasso o de soñar de nuevo las 
fantasías maravillosas del Ariosto. Al través de sus 
mascaradas, más allá de las feroces venganzas perso- 
nales que animaron al autor y crearon al estrafalario 
conde de Culagna, su mirada lúcida y burlesca nos 
muestra, con variedad de estilos y en abigarrada con- 
fusión, el espectáculo de una nación en decadencia, 
vacía de ideales y de aspiraciones superiores. "Si no 
crea formas nuevas y vitales, escribe Francisco Man- 
nucci, uno de sus editores y críticos modernos, les 
deja el campo libre, triturando las antiguas con el 
martillo de la comicidad.'' 

El poema de Fígueroa es un puro anacronismo lite- 
rario. Su embotada sátira no hiere a nada y a nadie 



[308] 



LRTEtAS URUGUAYAS 



que merezca ser herido. Imita y prolonga a un genero 
ya caduco. Toda la obra de Figueroa es eco de {orinas 
y géneros literarios destinados a desaparecer junto 
con el régimen político y «ocíal al que pertenecieron. 
En sua epigramas y letrillas hay más» mucho más, de 
imitación de géneros cultivados por los clásicos, que 
de sátira nacida de la observación de la realidad y 
dispuesta a enfrentarse a ella para aleccionarla y sa- 
cudirla rudamente. 

Los poetas españoles del siglo XYIII habían escrito 
memoriales como aquellos suyos, no desprovistos de 
algunos granos de ingenio, en los que pide auxilio a 
los poderosos de la época para remediar crónicas pe- 
nurias económicas; ya en el fondo del siglo XV espa- 
ñol Menéndez y Pelayo ha iluminado la silueta de 
aquel Antón de Montoro que practicaba la mendicidad 
poética, extendiendo las manos pedigüeñas con mano- 
jos de rimas: 

Si vuestro buen Tcmediar 
ríoD viene con manos llenas, 
Habis de ix t «compañu 
A Ub que Dios faga buenas... 

Las profecías del año por entrar que escribió Fi- 
gueroa tenían asimismo modelos abundantes en las 
letras europeas. Ya siglos antes Rabelais había escrito 
los pronósticos pantagruelinos ciertos, verdaderos e 
infalibles, cuya paternidad atribuía al Maestro Alco- 
fribas. Mientras la sociedad se renovaba en tomo suyo, 
Figueroa divirtió sus ocios rimando en '^'La Malam- 
brunada" una imitación de un viejo poema italiano. 
Fue primero algo así como una crónica local escan- 
dalosa por la presencia en ella de personas de carne 
7 hueso, a costa de los cuales obtenía fáciles efectos 



[309] 



GUSTAVO GAXjUNAL 



cómicos en los corrilloa de la ciudad por los que circu- 
lalja clandestinamente. Luego fue depurando su obra, 
larga y premiosamente trabajada. Introdujo en ella 
el t^ua fantástico y de brujería. No era una novedad, 
¡desde luego!, en la literatura universal. Ni siquiera 
en la escasa literatura piálense; Echeverría había 
esbozado en 1332 la descripción de ua aquelarre de 
brujas en su romántico engendro "Elvira o la novia 
del Plata". Pero no podrían compararse los versos 
ramplones de Echeverría con las octavas de Figueroa. 
No vale la pena discutir si tomó de Llórente o de 
cualquier otra parte, incluso los libros que cita, los 
datos en que se basó para diseñar la escena. 

Esta tiene pintoresco relieve y acertados toques de 
plasticidad y de color. Las estrofas bien buriladas abun- 
dan en los dos primeros cantos de "La Malambru- 
nada". Supuesta la índole propia del género, los efectos 
de bufonería son por momentos de buena ley y de la 
mejor cepa clásica. Las partes mejor trabajadas del 
poemita, las más ingeniosas y de más valor artístico, 
el aquelarre del canto primero y loa estrafalarios es- 
cuadrones vejestorios del segundo, son las que presen- 
tan más escabrosidades y crudezas; la deformación 
caricaturesca era propia del asunto, como lo es tam- 
bién de la opereta cómica que tiende a lograr efectos 
análogos. 

Zum Felde ha señalado acertadamente que el poe- 
mita cuyos dos primeros cantos vieron la luz en el 
Parnaso Oriental ea en conjunto más armonioso y 
mejor concluido que la versión posterior; aunque hay 
algunos aciertos parciales en las correcciones, por 
ejemplo, la sustitución de la peña del bagre por el 
campo abierto como OBcenario de una parte de la 



[310] 



LBIBAS UBUGUAYAS 



acción. Figueroa varió la versificación en sus versio- 
nes últimas obedeciendo al influjo romántico; tampoco 
mejoró con ello el poema; poeta fácil y exceaivamaite 
fluido ganaba Figueroa sometido a la ceñida disci- 
plina de la octava clásica. Para vencerla y ayudar a 
su fantasía, puso a contribución lo mejor de bu cultu- 
ra clásica y acertó a dar a sus fantáeticoa cuadritos y 
evocaciones una realidad casi palpable. 

Si crítico tan dotado del don de simpatía por los 
maestros españoles de la edad de oro como Pfandl 
califica de fruslería poética a la Gatomaquia de Lope 
de Vega, a pesar de su ingeniosa invención, de la 
elegancia y graciosa soltura de sus silvas, bien puede 
afirmarse que "La Malambmnada" de Figueroa, des- 
pojada, como corresponde, de cualquier sentido sim- 
bólico y trascendente, es nada más que un juguete 
literario. Cuando se publicó su primera versión, Acu- 
ña de Figueroa era ya el representante del tiempo 
pasado, ajeno a las ideas, a las aspiraciones, a las 
inquietudes políticas, sociales y literarias de las nue- 
vas generaciones. Brisas de renovación comenzaban a 
orear el ambiente de la aldea colonial. Tras la primera 
emigración unitaria, la tormenta política arrojaba a 
las playas de Montevideo los dispersos de una nueva 
generación, ni unitaria ni federal, que buscaba elabo- 
rar una docti-ina propia para alzarla como lábaro de 
combate. Se rompían los secos y rígidos moldes del 
clasicismo de Luca y de Juan Cruz Várela que diera 
8U acento a los primeros himnos y las primeras odas 
a la libertad y a la independencia. Los jóvenes se 
reunian en salones y sociedades donde se comentaban 
Ubros recién llegados de Europa en cuyas páginas 
bullían ideas que hacían vislumbrar bomontes intelec- 

[311] 

22 



GirSTAVO GALLINAL 



tuales deaconocidos y bajo cuyo influjo proclamaban 
dogmas de contenido revolucionario más profundo que 
el de una revolución política. AI conjuro mágico del 
romanticismo, la virgen naturaleza de América se os- 
tentaba revestida de deslumbrante belleza. Se exhuma- 
ban las reliquias del pasado para intentar por vez pri> 
mera la reconstrucción de su historia. Echeverría 
proclamaba la misión "socialista" del arte. La pluma 
del escritor era un arma siempre afilada para el com- 
bate. 

En este escenario social sacudido hasta los cimien- 
tos, entre este trágico y fecundo torbellino. Acuña de 
Figueroa, como en los quietob días del antiguo régi- 
men, gastó su más reflexivo y prolongado esfuerzo en 
un poema burlesco, volcando jo mejor de su ingenio 
en las formas caducas de un género muerto. 



[312] 



EL CAMINO DE PAROS ♦ 



Fue al salir de la sala de lectura de la Biblioteca 
Nacional, en una tarde del ínTÍerno de 1916, cuando 
mantuve la última conversación con Rodó. Lo encon- 
tré en el claustro bajo de la Facultad de Derecho; lo 
acompañé algunas cuadras, marchando pausadamente 
y platicando de lecturas. Después de varias horas de 
concentración estudiosa una dulce fatiga se posaba en 
loa ojos. Un fugaz movimiento de extrañeza se reno- 
vaha al hallarnos en el mundo de la realidad, bulli- 
cioso e inquieto, después de una larga, férvida excur- 
sión por el encantado mundo de las ideaa. En lo intimo 
"se verificaba ese fino destilar de la meditación, ab- 
sorta en cosas graves, que un alma santa ha compa- 
rado exquisilamenle a la caída lenta y tranquila del 

rocío sobre el vellón de un cordero". Los últimos 
lampos de un mustio sol de invierno se diluían ya en 

las sombras presurosas . . . Era Rodó más bien esquivo 
y apartadizo. A falta de exterioridades brillantes y 
seductoras poseía para vincular a su persona, el afecto 
y el respeto, un fondo daro de bondad caballeresca; 
se recibía a su lado la emanación de un espíritu de 
la más acendrada lealtad y de sinceridad transparente. 
Trayendo hasta nosotros el estremecimiento de la ner- 
viosidad ambiente voló, rasgando el aire, el metálico 
estridor de la sirena de un diario. Nos despedimos. 



* La Nación. Buenos Airea, domingo 34 de diciembn dt 
1922. 

[313] 



GUSTAVO OALUNAL 



Cierro ahora loa ojos y aún roe parece verlo que se 
aleja, con su pesada marcha. Veo su alia y desgar- 
bada silueta: ceñido el cuerpo por un jacquet, los 
brazos abandonados, con las manos hacia atrás, rígi* 
das, en un gesto muy suyo, la cabeza hundida entre 
loa hombros, los lentes muy bajos, la mirada abstraída 
y como ausente de las cosas. . . 

Las resonancias de la guerra mundial mantenían 
por aquellos días los espíritus en tensión. Cortadas a 
veces por anhelantes treguas se sucedían las noticias 
que recibíamos con estupor semejante al que embarga 
los ánimos de quienes ven quebrarse en una costa con 
temeroso fragor, las montañas de aguas negras, carga- 
das del aliento salvaje de una tempestad. Todavía era 
motivo de preocupación entre nosotros la política in- 
terna, áspera y bravia entonces. La reforma constitu- 
cional era causa de enconada lucha. Creo que Rodó 
atravesaba en aquellos días una crisis espiritual, 
aunque j amás le oí hablar de ella. Era reacio a la con- 
fidencia, a la expansión íntima, en la vida como en la 
literatura. Jamás se daba del todo, ni sabía el goce, 
la complacencia de exprimir la voluptuosidad de un 
dolor secreto diluyéndolo en melodiosas frases. 

En su actuación, destacada y gallarda, en la arena 
política, había recibido alguna profunda herida, exacer- 
bada luego en el largo combate. La lesolucióji que lo 
llevó a bajar, muy joven, a mezclarse en el tumulto 
de la vida pública, obedcfiió a un impulso reflexivo, 
tendiente a realizar una doble aspiración: una aspi- 
ración "de cultura armónica y de vida integral". Vivir 
la vida en su plenifud, ensueño y acción, ¿no es éste 
uno de los consejos de Próspero, junto a la estatua 
de Ariel? 



[314] 



LETRAS URUGUAYAS 



¿Y no urgía también restablecer la entereza del arte? 
A las corrientes literarias que prevalecían en América 
al llegar Rodó a la madurez precoz de su talento, 
enrostró siempre, como causa de insanable inferiori- 
dad, su desvío de la realidad social. Le pareció abo- 
minable cobardía, o perniciosa disminución, el aparta- 
miento en solitarias capillas o cenáculos, donde la po- 
tencia de crear belleza y difundir verdad se agota en 
juegos del espíritu, efímeros y pueriles. £1 escritor, 
laureado por círculos de quintaesenciados estetas, es- 
cribiendo para ellos, pierde el necesario contacto con 
la realidad social de que procede, se entibia en su 
corazón — y en su obra — el calor humano, se estre- 
cha y aminora la amplitud del pensamiento. Se ahonda 
cada día la incomprensión mutua entre el artista y la 
sociedad. Se perpetúa la disociación de las energías 
aplicadas al trabajo de la inteligencia y las dirigidas 
a le acción. Al modelar su personalidad quiso Rodó 
que todos pudieran también reconocer en ella di severo 
perfil del ciudadano. 

Se ha publicado — muy incompleto — un Episto- 
lario que abre algunos resquicios sobre la intimidad 
de su pensamiento, velada al público como por un 
sentimiento de pudor varoniL La verdad es que, a 
pesar de aquellas ideas suyas, quedó siempre en su 
espíritu un látate sentimiento de duda, una descon- 
fianza germen de íntimas vacilaciones. Faltóle la con- 
vicción robusta y enteriza, la que infunde ánimo para 
desdeñar las impurezas inevitables de la acción, y a 
cuyos pechos se nutre la fortaleza que hace apretar el 
puño para los golpes sin misericordia y que torna 
insensible al agravio y a la ofensa inmerecida. No 
había nacido para soportar el contacto con las bajas 



[315] 



GUSTAVO GAIXINAL 



realidades que forman la urdimbre de la política, ni 
para afrontar la lucha con las fuerzas secundarias que 
la gobiernan. Casi en su iniciación nació en su pecho, 
y fue luego creciendo^ un deseo de apartamiento de la 
política militante. Sintió dolerle en la entraña lo que 
en el estudio sobre "Idola Fori" llamó las torturas da 
la adaptación. Alguna vez en la intimidad de su co- 
irespondencia, el espectáculo que ofrecía nuestra 
vuelta y ensangrentada arena política, le arrancó frases 
de desusada crudeza, en las que se adivina el instintivo 
movimiento de repulsión de su sensibilidad de artista y 
de cabaliero: hay una amarga carta escrita a raíz de 
la guerra de 1904. en la que flagela con áspero sar- 
casmo a eate pueblo de Montevideo, entregado a los 
festejos de la paz que parecían insultar ''tanto dolor 
inmerecido y tanta desgracia irreparable, arrojándo- 
les al rostro la risa burda de las francachelas popu- 
lares, el regiieldo tabernario de la hez de los arrabales, 
desatada por la calle como en noche de carnaval", . . 
Resta aún la acción política que cabe ejercer desde el 
libro, la cátedra o la tribuna, un magisterio que res- 
cata en pureza y en proyecciones lejanas en el espacio 
y en el tiempo, lo que abandona de eficacia momen- 
tánea y éxito sonoro. "Mi Durandaina será mi plimia. 
Con ella lidiaré siempre. £n los puntos de la pluma 
está mi verdadero yo intelectual. ¡Y cuánto hay que 
hacer en nuestra América por medio de la pluma, así 
en materia literaria como en la propaganda de ideas 
morales y sociales!" La aspiración a ejercer como una 
cura de almas, derramando su prédica desde las altu- 
ras, fue la perdurable, la más viva ambición de su 
vida. Su vocación no era encauzar y señalar rumbos 
a las grandes fuerzas colectivaa y dinámicas de la 



[3161 



LÍTRAS URUGUAYAS 



democracia. Para aer guía y pastor de muchedumbres 
hubiera debido pensar, con el poeta de la moderna 

Bélgica, que "afrontar todo es mejor que compren- 
derlo todo". Ser omnicomprensivo era uno de sus sue- 
ños intelectuales. Renán, aquel encantador nihilista, le 
había inyectado au veneno sutilísimo, compuesto de 
las mis finas y costosas esencias espirituales. Su pré- 
dica hubiera sido, era, screnadora y balsámica... Y 
luego ¡de cuántos pensadores, de cuántos artistas, de 
cuántos poetas podría repetirse lo que Ega de Queiroz 
dice en un ensayo maravilloso, de Antero de Quental: 
hubiera querido ser pastor de hombres, pero era un 
pastor que, infelizmente, no podía tolerar la grosería 
y la materialidad del rebaño ' . . . 

Sólo en la vida intelectual pudo ser verdad para 
Rodó el dannunziano "crear con alegría". En la época 
de las citadas cartas, jcómo parece sentirse el suspiro 
de alivio que ensancha su pecho, cuando el sosiego 
espiritual le permite consagrarse al amoroso cuidado 
de su Proteo, hijo predilecto en tomo de cuya cuna 
revuela la musical bandada de las ideas! 

En julio de 1916 sonó por fin la hora, tantas veces 
invocada, del viaje a Europa, del viaje libertador. 
Acaso él no sospechaba cuántos brazos se tenderían 
para intentar detenerlo. Fue, luego, como si miles de 
manos amigas esbozaran en el aire matinal laigoa y 
conmovidos saludos, mientras el *'Amazón" abría en las 
a^uas de la bahía un ancho surco espumoso con el 
empuje de su jadeante pecho de acero. Y la palabra 
que murmuraban los labios del viajero que inclinado 
en la borda meditaba afinidades de su alma con "el 
errabundo ser de la ola" no era ¡adiós! sino ¡hasta 
pronto 1. , . 

• ♦ • 



[317] 



GITSTAVO GALLINAL 



Ignoro quién dio titulo al libro que un editor espa- 
ñol ha integrado con las correspondencias de viaje de 
Rodó, acompañadas de un puñado de páginas sueltas, 
ya publicadas en libro unas, otras repetidas, el inevi- 
table relleno para formar un tomo: un lomo en el que 
sobran algunas páginas y faltan otras duraderas. 

"La impura fealdad es la reina del mimdo: hemos 
olvidado el camino de Paros". Tal cantó el poeta para 
quien la evocación de las antiguas civilizaciones fue 
conauelo al dolor de vivir sin sentirse hijo de su siglo. 
(El camino de Paros.' ¡La ruta bordeada de mármoles 
sagrados y de cipreses que cruza las tierras solariegas 
de los pueblos que tuvieron más hondo entendimiento 
de verdad y de hermosura! Tierras amigas infinita- 
mente para Rodó y frecuentadas ya por su andariega 
fantasia guiada como de la mano por los viajeros que 
describieron su ruta en los libros y los escritores que 
exaltaron sus fastos y narraron sus historias. Tuvo 
siempre la imaginación nostálgica de remotas comar- 
cas. ¡Cuántos viajes como el del fino de Maistre, sen- 
tado en 9u butaca, echando a vagar la mente! , Como 
escenario de sus parábolas, tierras que nunca ha visto. 
Para magnificar la estatua que erige a Montalvo, el 
desconocido panorama de la naturaleza grandiosa de 
los Andes del Ecuador. Y, ¿cómo negar que en todo 
esto hay derroche de técnica magistral y se muestra 
un artista que abusa de la potencia y la riqueza de 
BU8 medias de expresión, pero que faltan la sensación 
inconfundible de lo visto y lo vivido? El temperamento 
de Rodó ea más intelectual que sensitivo. Como via- 
jero está más cerca de Taíne, por ejemplo, que de 
Barres, y recordaréis aquella sutil ironía de Barrés, 
viajero de ávida sensibilidad, al describir a "Mr. 



[318] 



LETRAS TmUGITAYAS 



Taine de viaje". Ironia irrespetaosa, por lo demás, que 
el autoi sepultó casi íntegra en su escritorio, teme- 
roso de rozar al maestro . . . 

Una rápida notación señaló el pasaje de Rodó por 
el Portugal republicano. En Barcelona, única ciudad 
de España donde entonces se detuvo, y en donde ra- 
dicó el tronco de su familia, le interesó el pleito del 

catalanismo. 

Y se apresuró a entrar en Italia. Helo ya en Flo- 
rencia. En la plaza de "la Signoría" dos interlocutores 
gloriosos parecen entablar mudo diálogo que él inter- 
preta, diálogo de bronce y mármol. Con aladas pala- 
bras, el David y el Perseo dicen la alegría y el orgullo 
de sus juventudes intactas y lozanas que no serán 
abatidas nimca por el zarpaso de la muerte. Añoran 
luego los dorados días del tiempo en que nacieron 
cuando la antigüedad clásica rediviva imponía formas 
al espíritu, y bajo el cielo de Italia, no menos limpio 
y azul que el de Atenas, ebrias de sol, zumbaban las 
abejas de Platón en tomo de las logias mediceas. 

Dice el Perseo; "...El hombre ya no existe. La 
criatura armoniosa que dio con su cuerpo el arque- 
tipo de nuestra hermosura, y con su alma el dechado 
de nuestra serenidad, pasó, como los semidioses de mi 
raza y como los profetas de tu gigantesco Israel. Los 
que hoy se llaman hombres, noble título que quisieron 
llevar tu Dios y los míos, no lo son sino en mínimas 
partes ... Su idea del mundo es la de un sepulcro 
tríate y frío. Su arle ea una contorsión histriónica o 
un remedo impotente. Su norma social es la igualdad, 
el sofisma de la pálida Envidia. Han eliminado de la 
sabiduría, la belleza; de la pasión, !a alegría; de la 
guerra, el heroísmo. Y su genio es la invención utilí- 



[319] 



GUSTAVO GALUNAL 



taria y conceden las glorificaciones supremas al que, 
después de una vida dedicada a hurgar en la super- 
ficie de las cosas, regala al mundo uno de esos inge- 
niosos inventos con que el Leonardo de nuestro siglo 
jugaba, como con las migajas de su mesa, entre un 
cuadro divino 7 una teoría genial. . 

En la sala de Níobe, dirigiéndose a aquellas puras 
formas, cuyo heroísmo y cuya hermosura siente mejor 
que el heroísmo y la hermosura del mundo moderno, 
habla por sí el escritor: habla para reconocer la supe- 
rioridad de su realeza, para exaltar la sublimidad de 
sus gestos destacándose sobre la pasajera agitación y 
el rumor vano de las generaciones vivas, caediza fron- 
da que ha de consumir totalmente la voraz hoguera de 
los años. **Vosotros sois los redimidos, los que gozáis 
de libertad: nosotros los galeotes amarrados a los re- 
mos del tiempo". Es un poco el desenvolvimiento de 
un "motivo" caro a ZQUchos escritores. Hay también 
en tan bellas imaginaciones su parte de fantasía, cuya 
levedad se inclina complaciente hacia la paradoja. 
Pero late también oculto un pensamiento desencantado 
y pesimista, bajo la lápida de esa prosa marmórea. 

£1 recuerdo de Pisa quedó sonando en la memoria 
de Rodó como el eco desgarrado de "'una elegía en 
tono heroico". Se abandonó al encanto de aquel am- 
biente en el que "la imaginación parece bogar contra 
la corriente del tiempo". Pudo recordar allí, y no hu- 
biera sido indigno de su evocación, a uu ilu&tre com- 
patriota suyo, artista del color y como tal enamorado 
de Italia: Juan Manuel Blanes, el viejo Blanes que, 
fatigado de gloria y con el corazón lacerach>, buscó 
para morir aquella aoledad de Pisa donde el oleaje de 
los años parece sosegarse, derramarse en inmóvil 
remanso. Acaso a Blanes tunbién como a Rodó pare- 



[320] 



LETRAS TTRUaTTATAS 



cieron loa cipreses del Campo Santo "viejos amigos a 
cuya sombra no sería ingrato dormir". También fue 
camino de la eternidad el camino de Paros para Flo- 
rencio Sánchez, tan pródigo de los dones de la inteli* 
gencia, derramados a manos llenas en su cuna y que 
en Italia acabó de derrochar el último bien que le 
quedaba : la vida. 

Después de varias etapas recordadas en páginas en 
las que hay más de un justo toque de color, más de 
una evocación eficaz, más de un paisaje finamente 
dibujado, en Roma, en Tívoli, en Capri, en Nápoles, 
y sobre todo en la tumba de Leopardi, "el altar de la 
muerte*' recordado en un articulo admirable, llegó 
Rodó a Sicilia. 

Sicilia es a Grecia lo que el pórtico a la "celia" en 
el templo antiguo. Sin embargo creo que Sicilia e 
Italia estaban más cerca que Grecia misma del corazón 
de Rodó, porque su "tierra de sueño" está en este 
punto de confluencia de las dos grandes corrientes 
espirituales a las que nuestra civilización debe su fer- 
tilidad inexhausta: la clásica y la cristiana. 

£ji abril de 1917 llegó a Sicilia. Era la primavera. 
Esplende divinamente la primavera en aquellas tierras 
cuyas costas enguirnalda de espumas el mar Jónico. 
El abril siciliano es voluptuosidad de la Naturaleza. 
Cada vez que se hace verdad el mito autóctono y la 
diosa que rige el cambio de las estaciones, Proserpina 
sube de nueva a los fragantes prados sicilianos, se 
estremecen palpitantes de amor el cielo, el mar, las 
montañas de fecundas faldas, las melodiosas coUnaa: 

Amor freniono, amorc, c colli e prati, 
Quando la Knnea da'rsddolciti mfemi 
Toma co'l íior de'solcbi a i lacriznati 
Oechí matemi . , . 



[321] 



GUSTAVO GALLINAL 



Aún. tuvo tiempo, antea que le golpease el ala de 
la muerte, de recorrer a Palermo, cuya vida popular, 
pródiga en colores como para agotar la más rica pa- 
leta, describió cd página que ahora por primera vez 
sale a luz. Enfentifr luego. Una tarde fue llevado en 
una camilla, ya inerte, del hotel al hospital donde 
murió. Despuntaba el mes de mayo cuando murió. Se 
fue en silencio, sin que la esfmge interior pudiera 
abrir los sellados labios para hacer confidencia de sus 
dolores y de sus esperanzas: apenas un suave, "¡Gra- 
zie!", "¡Grazic!". . . Pero no sabemos cuál fue el 
último pensamiento que albergó en la tierra su her- 
mosa y noble alma, hacía dónde clamó su angustia al 
sentirse morir, qué sombra de piedad puso los labios 
en su frente mojada del sudor <[e la agonía. , . 



[ 322] 



LA INICIAaON DE RODO * 



Hace treinta años, en 5 de mayo de 1895, nació en 
Montevideo mu reriata destinada a vivir fugazmente 
Y a dejar estampadas como señales de su precario 
tránsito, las huellas de los primeros vacilantes pasos de 
una nueva generación literaria. Duró la "Revista Na- 
cional de Literatura y Ciencias Sociales" dos años y 
medio. Durante este tiempo las horas de paz en Mon- 
tevideo no son sino treguas en un lai^o duelo; la 
guerra civil riega de sangre todos los ámbitos de la 
campaña; en la ciudad el desquicio administrativo y 
político cobra proporciones de saqueo. La política es 
imán de todas las energías espirituales. Toda vocación 
intelectual converge fatalmente hacia la tribuna parla- 
mentaría o la prensa de combate. La generación del 
Ateneo ha dado ciudadanos descollantes en la vida 
pública; la preocupación política absorbente ha in- 
molado laa vocacionM «pie parecieron orientarse en sus 
comienzos hacia obras de más desinteresada cultura. 
Sobre el escritor prevalece, con tiránico imperio, el 
ciudadano. La pluma no es cincel, sino arma de pelea. 
La generación que se levanta, algunos de cuyos espí- 
ritus representativos alborean en las páginas de la 
"Revista Nacional", trae consigo más hombres de le- 
tras, otras inquietudes y motivos de meditación. Lle- 
nan las páginas de aquella publicación, apuntes y 
balbuceos de estudiantes; junto a ellos lucen las primi- 

• La Nación. Buanoi Aires, domingo 7 de Junio de llfíS. 



[323] 



GUSTAVO OALLXNAI. 



cías de algunos escritores nuevos. María Eugenia Yaz 

Ferreira aparece abaorta en el encantamiento melo- 
dioso del ruiseñor becqueriano; Guzmán Papini y Zas 
se muestra deslumbraclo por la opulencia de colores y 
la luminosa palpitación del astro meridional de Sal- 
vador Rueda; el bachiller Carlos Yaz Ferreira ve 
comentados sus primeros ensayos de psicología; Carlos 
Martínez Vigil analiza temas gramaticales y Daniel, 
BU hermano, esboza un ademán tribunicio y ensaya el 
epigrama; comenta lecturas Eduardo Ferreira; José 
Irureta Goyena, invocando la ley de selección, pregona 
con intrepidez paradójica la legitimidad del suicidio; 
Julio Piquet, Juan Andrés Ramírez, Juan Antonio 
Zubillaga, Manuel Bernárdez, Rafael Gallina!, Arturo 
Jiménez Pastor, Luis Alberto de Herrera, José Espal- 
ter, cultivan el verso, el cuento, el ensayo jurídico o 
sociológico, la crítica... Víctor Pérez Petit, quien 
junto con Rodó y los hermanos Martínez Vigil forma- 
ba el grupo de redactores y sostenedores de la revota, 
en la que derrochó los frutos de su espíritu infatiga- 
ble, ha narrado las vicisitudes de aquella empresa en 
su libro "Rodó", interesante fuente de anécdotas so- 
bie el escritor que tiene, sin embargo, demasiado de 
autobiografía. De los materiales que a costa de tantas 
andanzas y penurias acopiaron los redactores de la 
revista, pocos resisten hoy la lectura, y, mucho menos, 
el análisis. Desde la primera hora los artículos de 
José Enrique Rodó despertaron el interés de la critica 
española y americana. Estos artículos iniciales de 
Rodó dan aún hoy alto valor a la colección de la re- 
vista, que gozó de cierta boga, tuvo colaboradores en 
varios países de América y propagó en nuestro am- 
biente algunas ondas derivadas de las escuelas litera- 
rias que prevalecian m el momento. 



[324] 



LETRAS tntUGUATAS 



Apenas había José Enrique Rodó escrito algunos 
tímidos ensayos, frutos agraces de su vocación lite- 
raria, antes de colaborar en la fundación de la revista. 
Un periódico juvenil, **Lofl Primeros Albores", un pro- 
yecto de fundación de una academia o sociedad lite- 
raria, germen de la revista, son los antecedentes exhu- 
mados por Víctor Pérez Fetit. Era, pues, un nombre 
totalmente desconocido el que en el número primero 
luce al final de su articulo sobre "Dolores^* la recopi* 
lación lírica de Balart, celebradisimo crítico y poeta, 
al que hoy anteponemos otros escritores entonces pre- 
feridos y oscuros. Loa Rodó en Balart la intimidad y 
gracia del sentimiento, emergente bajo la perfección 
y diafanidad de la forma. Los tenues rayos de misticis- 
mo, de religiosidad, que rielan sobre las ondas de 
aquel manso raudal poético, seméjanle indicios "de 
una tendencia de reacción espiritual e idealista — en 
el sentido más amplio e indeterminado — que sólo se 
manifiesta por la vaga ansiedad, por la medrosa inde* 
cisión de quien investiga horizontes y tienta rumbos, 
brillando trémula y apenas confesada en ciertas almas 
descontentas de lo {Presente como el toque de un refle- 
jo crepuscular". Para realzar la parte original de la 
obra, escorza el progreso de la lírica española del si- 
glo XIX, mostrando so pobreza en cuanto a la expre- 
sión subjetiva y sentimentaL Entreteje con los elogios, 
las reservas. Convencido del poder docente del arte 
alza "sobre la poesía, que es contemplación y recogi- 
miento, la poesía que es acción". Disgústale la aridez 
ideológica y sentimental del lirismo español de la hora; 
pero no es tampoco secuaz fervoroso de las tenden- 
cias que germinan en América y que hoy calificamos 
vagamente con el común denominador de '^odeini»- 



[325] 



aTTfflAVO OALUNAL 



mo". Rinde tributo a los valores consagrados bajo los 
pendones de la usada poesía y a muchos de los que 
aclaman e imponen los imiovadores, pero aguarda y 
avizora una renovación más entrañable y profunda 

que presiente cercana. 

Comentando en posteriores ensayos la crítica de 
Clarín, a cuya autoridad magistral se ampara muchas 
veces, señala como claro signo de superioridad en ella 
"la ansiedad de cosas nuevas". Más de una afinidad 
ideológica, no de temperamento, lo acerca a Clarín, el 
más europeo de los críticos españoles de entonces, 
cuyos ensayos de la última época, particularmente, 
aportan un sentido de modernidad a las letras penin- 
sulares. La prédica de Clarín, escritor insatisfecho, 
ávido de horizontes abiertos, coincide con algunas de 
las ideas que obran ya como activos fermentos en el 
espíritu de Rodó, y propicia, sín duda, esta labor ger- 
minal: así, cuando defiende contra los ataques del 
utilitarismo la cultura clásica y desinteresada, o re* 
cuerda el sentido antiguo del ocio contemplativo, o 
explora combatiendo a Valera, los rumbos modernísi- 
mos de la novela. Rodó, siempre tan mesurado y ecuá- 
nime, no tiene afinidades con el crítico militante, recio 
fustigador de mediocres y pedantes, pero ai con el 
escritor en cuya obra vibra una nueva emoción inte- 
lectual, el que se adelanta a recoger enseñanzas de 
maestros que él venerará también, habla de iluminar 
el credo positivista con un resplandor de idealidad, 
pacta alianzas entre el sentimiento pagano y el senti- 
miento cristiano de la vida, y sueña con un restaurado 
cristianismo imaginado en la visión final de "Apolo en 
Faios", en la que Pablo de Tarso, a la espalda el 
zurrón mendicante, se lama a predicar otra vez la 



[326] 



LSTRAS URUGUAYAS 



buena nueva por los senderos de las islas jónicas. En 
esta etapa de su carrera. Rodó sufre la influencia de 
los escritores españoles contemporáneos; siempre fue 
su cultura preferentemente española y francesa; hasta 
entonces lo es casi exclusivamente. Indica complacido 
las señales de renovación que vislumbra en la litera- 
tura española, sea en la obra de Claiin o en la ingente 
del gran crítico e historiador de los "Heterodoxos"» 
orientado cada día más claramente hacia la tolerancia 
y la cultura total, sea en la novela, el género más vivo 
y lozano, henchido por Galdós de sustancia humana 
eterna, bañado por Pereda en las fuentes limpias de 
la realidad, estremecido por recónditas inquietudes mo- 
rales en las creaciones de Palacio Valdés. 

Su actitud frente al modernismo, que, en pleno pe- 
ríodo de asalto, reñía en América ruidosas batallas, 
está definida en páginas tornasoladas de matices. Crí- 
tico ecléctico, mesurado y finamente reflexivo. Rodó 
no se alista en las legiones que irrumpen en son de 
algarada. Escuda contra las veleidades iconoclastas de 
los nuevos, la realeza de los maestros en ocaso y contra 
la terca incomprensión de los mentores consagrados, 
las tiernas primicias del arte en formación: *'el minis- 
terio de la crítica no comprende tareas de mayor be- 
lleza moral que las de ayudar a la ascensión del ta- 
lento real que se levanta y mantener la veneración por 
el grande espíritu que declina". Realza con fervor las 
obras de las que irradia la hermosura de la forma, 
ora los poemas de Núñez de Arce, epígonos de la 
poesía civil que resonó en el bronce de las odas de 
Quintana, ora las orfebrerías modernistas de Leopoldo 
Díaz. Procura apartar con serena ecuanimidad las 
obras que traen promesas de perduración, de las deati* 

[327] 



GUSTAVO GALUNAL 



nadas a rodar pronto, revueltas en el turbión de secas 
hojas que tapizan las rutas. Un trazo sinuoso y sutil 
marca su línea de separación con las nuevas escuelas. 
Preludiando su famoso ensayo futuro, reconoce ya a 
Rubén Darío el regio atributo de la irresponi<abilidad, 
pero pide para la charlatanería de los discípulos, seve- 
ras sanciones de la critica. Odia al elogio irrestncto, 
al énfasis plebeyo de los semicultos que se agotan 
en estridencias ditirámbicas. En la gárrula literatura 
del momento oye sonar coníimidos '*el canto de laa 
aves y d vocear de las ocas". (Por cierto que su sen- 
tido de discernimiento no es infalible, y toma por 
melódico canto la vocinglería de ave de corral de Var- 
gas Vila. . . ) - '"Veo en la ausencia de sentido humano, 
duradero, profundo, el peligro inminente con que se 
ha de luchar en el rumbo marcado por nuestra actual 
orientación literaria. Al mocíernismo americano lo ma- 
tará la falta de vida psíquica. Se piensa poco en él; se 
siente poco." La renovación literaria a que asiste paré- 
cete legítima y bienhechora como prólogo de otra más 
profunda y vital que aguarda y anhela. 

Tal es el primer gesto de su reflexiva y soñadora 
adolescencia: un gesto de espera, de expectación; el 
brazo en alto y la mirada al horizonte de quien señala 
la llegada de las golondrinas anunciadoras de la pri- 
mavera inminente. 



[3281 



LEYENDO EL "ARIEL" DE RODO ♦ 



No sin hesitación nacida del secreto temor a un 
desengaño, reabrimoa -después de una pausa de olvido 
los libros que encantaron nuestros primeros años de 
lectores. Mejor aería, pensamos inevitablemenle, no 
sobreponer una impresión escéptica al recuerdo de 
aquellas lecturas confundidas con las horas inciertas 
y dulces de la adolescencia, cuando nuestras admira- 
ciones literarias tenían todavía el fervor claro y ale- 
gre de la fe de los neófitos, horas hurtadas al deber 
de las aulas para acercarnos a algún libro precioso 
como a un atrio de mármol. ¡Cuántas frases cantantes, 
cuántos pensamientos vestidos de nobles palabras, 
quedaron desde entonces prendidos en nuestra memo- 
ria! Compases de una serenata cuyas notas arrastró 
el viento, vienen a herir otra vez nuestros oídos y a 
reanimar el brillo de recuerdos palidecidos y remotos. 
Vivir es limitarse, trocar las innúmeras posibilidades 
del anhelo por las realidades exiguas de la acción, 
cuando no por la crudeza de los fracasos. ¡Dichosa 
edad y dichosos momentos aquellos en que ajeno a 
propósitos críticos era parte del auditorio que, junto 
a la cátedra de Próspero, sufría el sortilegio de sus 
palabras aladaf^! Una armonía plácida llenaba la es- 
tancia y las ideas parecían acariciar nuestra frente 
con alas de seda. ^'A la juventud de América", reza la 
dedicatoria en la carátula del libro que salió en 1900 



* La Nación Buenos Aires, domingo 12 de julio de inSS. 
[329] 



GUSTAVO GAIXOTAX. 



de Montevideo, difundiendo un metraje que despertó 
innltipUcadas resonancias en los países del habla cas- 
tellana. Las impresiones que Ariel dejaba en su^ lec- 
tores jóvenes sólo serían comparables a las que susci- 
taban los poemas de Rubén Darío, cuyo numen cruzaba 
el cielo de Aménca como un pájaro azul, un fabuloso 
pájaro de música y de ensueño. 

Exaltaba el libro el valor de la juventud, fuerza 
virgen y sagrada; pregonaba un ideal de perfección 
que exigía el cultivo total de las facultades humanas; 
prevenía contra las mutilacionea que nacen riel fana- 
tismo que sacrifica la rica complexidad de la vida al 
imperio de una idea única, o las que dimanan de la 
especiaHzación que reduce el horizonte intelectual, fo- 
mentando la ignorancia y el descuido de loi supremos 
intereses de la especie. Una norma indefectible de 
buen gusto nos precavía contra las deformaciones es* 
pirítuales de que la vida es causa en nuestras moder- 
nas sociedades. Y, pasando a discurrir de los destinos 
colectivos, mostraba el libro a la democracia de Amé- 
rica, redimida en lo futuro de las impurezas de lo pre- 
sente, enaltecida por el trabajo, iluminada por el ful- 
gor del pensamiento, alzándose en el mundo como 
pedestal de la aérea estatua de Ariel amenazada siem- 
pre por la rebelde torpeza de Calibán. £ramos los 
jóvenes los destinados a acaudillar las legiones *'en 
los combates por la causa del espíritu"''. Nada importa- 
ban el desconcierto, eí enrarecimiento intelectual, la 
hosquedad de semblante de los años que desfilaban 
ante nuestra contemplación. £1 libro vertía en nuestros 
oídos d filtro mágico: el pensamiento de lo porvenir; 
nos regalaba la encantada sortija de las mil y una 
noches, que hace verdaderas las más opulentas fanta- 



1330] 



LirraAS URUGUAYAS 



BÍas. Nos concitaba luego a la acción para acercamos 
a esa tíerra prometida de lo porvenir. La impresición 
de esa convocatoria para una acción inconcreta, con- 
cordaba con la vaguedad de los deseos jóvenes, impa- 
cientes y nerviosos como caballos nuevos de raza. Las 
palabras "ideal, desinterés, acción", despertaban en 
nuestros pechos ecos lejanos e inefables. , 

He releído el libro cómplice de aquellas gratísimas 
divagaciones. Era injusto el miedo a una decepción 
que me inquietaba. Las frases se desenlazan limpia- 
mente en mi memoria y componen ima blanda música 
de ideas. El discurso de Próspero se despliega con 
ritmo gracioso y revela su ordenación interna, un orden 
fundado sobre nn pensamiento equilibrado. La arqui- 
tectura del librito es de fineza jónica; es un templete 
animado y sostenida poc las elegantes cariátides de las 
parábolas. £1 estilo, ya desnudo de las frondosidades 
ramificadas de los primeros ensayos, ostenta aún en 
su pulcritud aliñada, un sello de frescura y de espon- 
taneidad, que Rodó sacrificó en su obra posterior, si 
bien a trueque de cualidades de otro orden. 

Algunas parábolas de Proteo son páginas de Anto- 
logía; pero esa prosa con tanto afán repujada no 
hará olvidar la estampa de rosados tonos y bíblico 
candor del rey patriarcal, que en Ariel enseña con su 
ejemplo a defender la bbertad interior; el rey de 
barbas floridas que dentro del hospitalario alcázar, 
casa del pueblo, esconde la estancia secreta, imagen 
humana y laica de la estancia interior de que supieron 
los místicos, la estancia deí vino de Juan de la Cruz, 
el centro del alma guardado para la meditación soli- 
taria y el "ocio" fervoroso de pensamientos desinte- 
resados y esenciales... Ni harán olvidar tampoco las 



£331] 



GUSTAVO GAUJHAL 



pagines en que define el simbolismo de ArieL el genio 
del aire en quien Shakespeare-Renán encarnó la parte 
divina del hombre, contrapuesto a Calibán para expre- 
sar la dualidad elerna de nuestra naturaleza, tal como 
el Quijote se opone completándolo al Sancho rústico y 
plebeyo. Bajo la advocación de Ariel, el Quijote inte- 
rior tentó, o ¡maginó al menos, alguna de sus prime- 
ras salidas por el mundo; acaso no tuvo virtud para 
más el indefinido idealismo del libro; pero es bueno 
al entrar en la vida que alguien nos convoque para 
alguna pelea desinteresada aun a riesgo de estrellar- 
nos contra molinos de viento y ejércitos de fantas- 
mas. . . £1 nocturno final — ''era la noche ya; una 
cálida y serena noche de estío . . . *' — parece recoger 
las ideas que han quedado flotando en el ambiente, 
inmateriales y puras, para que mueran cantando en un 
delicioso trémolo de violines a la sordina. . . En reU' 
ción de hermosura habría que citar el libro entero, 
breve y serenísimo. 

Una ráfaga de optimismo emana de sus páginas y 
responde con una incitación a la acción, a las dudas 
e interrogaciones de "El que vendrá**. 

El escritor que confesara poco antes su desorienta- 
ción espiritual, se adelanta ahora, latiendo el corazón 
al impulso de un sentir optimista, a repartirlo a los 
jóvenes. Plañía "El que vendrá" la decadencia de las 
doctrinas exhaustas e invocaba al innovador cuyo es- 
píritu radioso de luz raatinal incendiaría en celajes de 
púrpura el nebuloso horizonte crepuscular del siglo. 
Nace Ariel con el siglo nuevo. Anhela Rodó colaborar 
en el programa que formularán los jóvenes, como 
norma para sus actividades, antes de ingresar en la 
vida. Al dirigirles la palabra para hablarles de au 



[382] 



LETRAS UBÜGUAVAS 



destino futuro y de su acción en la sociedad, piensa 
gravemente que ea aquélla una especie de oratoria 
sagrada. En su laico sermón expone los motivoa de 
esperar, las razones vitales que ha salvado incólumes 
de "las tristes e inevitables citas de la duda" y que 
pretende infundir en sus oyentes. 

Rastreando en la producción novelesca, reflejo de 
la moderna sociedad, señala un resurgir de la confian- 
za en ai mismo, de la j uventud interior y el entusiasmo 
que parecían virtudes agotadas en los héroes que pue- 
blan las novelas del siglo desde la aparición de Rene 
a la de Durtal. Tal rebrotar de energías juveniles es 
para él un signo más de la reacción idealista que ha- 
bía indicado ya, en los ensayos de la "Revista Nacio- 
nal". Estimular, apresurar esa reacción, es el móvil 
que induce a Próspero a colaborar en la orientación 
moral de los jóvenes. El mundo cansado ha menester 
de la osadía innovadora de la juventud. "No bien la 
eficacia de un ideal ha muerto, exclama, renovando 
una alegoría de Guyau» la humanidad viste sus galas 
triunfales para esperar la realidad del ideal soñado 
con nueva fe, con tenaz y conmovedora locura. Pro* 
vocar esa renovación, inalterable como un ritmo de la 
naturaleza, es en todos los tiempos la función y la 
obra de la juventud." 

El mensaje de Ariel llega en hora propicia a la 
América nuestra. Rodó explicó esas razones de opor- 
tunidad en el meduloso ensayo que en 1910 consagró 
a "Idola Fori", el hbro del colombiano Carlos Arturo 
Torres, muy penetrado del influjo de Ariel y coinci- 
dente en muchas ideas y aspiraciones con las que in- 
formaban su prédica. Pone en evidencia en ese escrito 
las defoimadonea que las doctrinas positivistas, pro- 



[333] 



GTOTAVO GAIXmAL 



pagadas mal y con atraso, sufrían en los ambientes 
americanos, en los que provocaban rastreras tendencias 
utilitarias, torpes glorificacionea del éxito, del egoísmo 
y de la fuerza y produciaTi un decaimiento del sentido 
ideal de la vida. Precaria la cultura, oscurecido por 
un cosmopolitismo sin filtración ni selección el sentido 
tradicional que vinculaba nuestra bíatoria a la de los 
pueblos maestros de la civilización de Occidente, ex- 
tinguido en la vida política y social el respeto a las 
jerarquías superiores y benéficas, por efecto de una 
democracia desordenada y por el entronizamiento de 
jerarquías injustas, apresurábase la época que Rodó, 
recogiendo una frase de Sarmiento viejo, llama la épo- 
ca cartaginesa. La expansión de la riqueza volcaba 
sobre las ciudades capitales de pueblos todavía rudi- 
mentarios y a veces sumidos en la anarquía, una ola 
de sensualidad, y cimentaba una clase cuyo poder legi- 
timaba el uro. el más cit:go fTeador de falsos aristo- 
cracias sociales. £1 bienestar material concebido como 
fin único de la existencia individual y colectiva, el 
egoísmo a ras de suelo, hallaron justificación y loa 
en una menguada interpretación de las ideas positivis- 
tas que se derramó desde las cátedras sobre la mino- 
ría pensante y conductora. Extendióse paralelamente 
un concepto deprimido y escéptico de nuestra capa- 
cidad para regirnos como pueblos libres, concepto que 
tenia harto desgraciada y notoria confirmación en loa 
bárbaros cuadros que ofrecían nuestras embrionarias 
Repúblicas, debatiéndose en las luchas de su organi- 
zación. El espectáculo del escenario europeo inclinaba 
a muchos a estender este concepto a la histórica trilo- 
gía de los pueblos maestros de la "raza latina", de los 
que nos gloriábamos de ser vastagos: Francia era la 



1334] 



LETRAS URUGUAYAS 



vencida del 70; la grandeza de la "terza Italia", aún 
estaba en el yunque; España expiaba trágicamente lo» 
errores y las torpezas de su política coloniaL Gozó de 
boga inmerecida el olvidado libro de Desmoulins, pro- 
pagador de la idea de la superioridad de los an^osa- 
jones, arquetipos triunfantes en Europa y en América 
frente a los pueblos latinos y sus envilecidos retoños. 
El baj o positivismo de las cátedras acentuaba los 
tonos fenicios de esta hora de nuestra cÍTÍlización. 
"Fue, escribe Rodó, un empirismo utilitarista de muy 
bajo vuelo y de muy mezquina capacidad, como hecho 
de molde para halagar, con su aparnnle claridad de 
ideas y con la limitación de sus alcances morales y 
sociales, las más estrechas propensiones del sentido 
común. Por lo que se refiere al conocimiento, se cifra- 
ba en una concepción supersticiosa de la ciencia empí- 
rica como poder iníalililc, dominadora del misterio 
del mundo y de la esfinge de la conciencia, y con 
virtud para lograr todo bien y dicha a los hombres. 
En lo tocante a la acnión y al gobierno de la vida, 
llevaba a una exclusiva consideración de los intereses 
materiales; a un concepto rebajado y mísero del des- 
tino humano; al menosprecio, a la falsa comprensión 
de toda actividad desinteresada y libre; a la indife- 
rencia por todo cuanto ultrapasare los límites de la 
finalidad inmediata que se resume en los términos de 
lo práctico y de lo útil**. 

En los centros de cultura europea se preparaba y 
precipitaba, en tanto, la reacción contra aquel crudo y 
limitado positivismo. Nuevos espiritus surgían y se 
columbraban desconocidos horizontes. Eran los días en 
que fenecía el melancólico ocaso de la generación que 
trajo a Taine, a Guyau y a Kenán, cuyo pensamiento 



[83S] 



OÜSTAVO OALLINAL 



imprimió perdurable huella en el espíritu de Rodó. El 
dogma positivista de que aquella generación fuera 
campeón y heraldo, aparecía insuficiente para explicar 
el enigma del destino humano. Los maestros mismos 
habían sentido las frentes rozadas por una inmensa 
inquietud, dispersa en el ambiente; tema de todos era 
la llamada "inquietud finisecular", en la que se cru- 
zaban los ecos de preocupaciones artística?, religiosas, 
sociales y políticas. En el recogimiento de aquella hora 
en que una generación, exhausta ya, pasaba a manos 
de otra el cetro de las realezas del espíritu, se prepa- 
raba la floiescencia de futuros idealismos. Sobre el 
cenáculo de Medan, cuya dispersión señalaba el de- 
rrumbamiento del naturalismo que se había enseño- 
reado de la novela, pasaba un viento de la estepa 
lejana, descubierta en un libro de Melchor de Yogué, 
el soplo del cristianismo humanitario y comunista de 
Tolstoi; Dosloyevski, el formidable y perturbador 
aitisla, creador de almas abismáticas, aparecía ante la 
asombrada conciencia de Occidente; la novela rusa 
difundía doquier una suerte de misticismo turbio y 
anárquico. Ibsen, rey de la escena, volcaba su ideolo- 
gía nórdica sobre el alma francesa. El arte plástico y 
marmóreo de los pamaseanos cedía el paso a la poesía 
de medias tintas, llena de sugestiones penumbrosas de 
los simbolistas. Nuevos pensadores rompían los mol- 
des del viejo positivismo o los ensanchaban. Boutroux, 
el filósofo de la contingencia, ahondaba la crítica del 
mecanismo cientificista ; Bergson, el filósofo de la 
intuición, alzaba contra la soberanía exclusiva de la 
razón crítica su pensamiento, tan poderoso como de 
ricos e inaprehensibles matices. La preocupación me- 
tafísica se hundía de nuevo en el corazón de la filo- 



[336] 



IiETRAS UBUGDAYAS 



sofía. Señalando la influencia de las nuevas doctrinaE, 
un discípulo de Bergson, Eduardo Le Roy, emplea las 
mismas palabras con que Brunetiére encabeza ima sín- 
tesis famosa de las corrientes espirituales de fin de 
siglo: renacimiento del idealismo. En su libro "Los 
maestros de la hora" Víctor Giraud ha hecho el ba- 
lance de las ideas directrices de la generación literaria 
del 70, la que recoge la herencia de Taine y de Renán, 
los dos máximos espectadores de la vida y del pensa- 
miento universal de la Francia de la segunda mitad del 
siglo, y la lleva, sin renunciar del todo a ella, a dila- 
tarse en otras concepciones. Desde ese punto de par- 
tida se abren en abanico las rutas espirituales de 
Bourget, Lemaílre, Barres, Vogué, Maurras. . . Atento 
al desarrollo del pensamiento francés. Rodó tomó pues- 
to en esa dirección. La palabra "idealismo** aparece 
ya en su primer artículo de la "Revista Nacional" y 
vuelve a aparecer en el comentario de la obra de Cla- 
rín, quien torcía ya su rumbo buscando esa misma 
orientación. 

Heredero de aquellos maestros, no apostató nunca 
de sus doctrinas; rechazó sólo las estrechas interpre- 
taciones de los discípulos; denunció las deformacio- 
nes vulgares y groseras que sufrían al propagarse, 
como las aguas intactas de los manantiales de las altu- 
ras se cargan de cieno al rodar a los valles. Cuando 
explica las influencias propulsoras de su idealismo, 
dice: leíamos nuevos libros; releíamos e interpretába- 
mos mejor, tos antiguos. Incansable lector, leyó, sin 
duda, muchos libros que llegaban a su mesa de trabajo 
con la tinta aún fresca; pero releyó, releyó siempre 
con particular delectación los queridos libros inicia- 
dores. Y al margea de libros que envejecían fue escrí- 



[337] 



GUSTAVO GAUJNAL 



hiendo su obra... Precisa, pues. Rodó, los impulsos 
de BU idealismo; *'la lontananza idealista y religiosa 
del positivismo de Benán; la sugestión inefable, de 

desinterés y simpatía de la palabra de Guyau; el sen- 
timiento heroico de Carlyle; el poderoso aliento de 
reconstrucción metafísica de Renouvíer, Bergson y 
Boutroux; los gérmenes flotantes en las opuestas rá- 
fagas de Tolstoi y de Nietzsche; y como superior com- 
plemento de estas influencias, y por acicate de ellas 
mismas, el renovado contacto con las viejas e inex- 
haustas fuentes de idealidad de la cultura clásica y 
cristiana, fueron estímulo para que convergiéramos a 
la orientación que hoy prevalece en el mundo. El posi- 
tivismo, que es la piedra angular de nuestra formación 
intelectual, no es ya la cúpula que la remata y corona". 
La enumeración de pensadores tan divergentes, de 
enseñanzas tan profundamente inconciliables, sin pun- 
tualizar la acción de cada cual, índica que Rodó acep- 
ta de ellas no doctrinas ni ideologías, sino cierta orien- 
tación general que le aparece como resultante de su 
convergencia y oposición. Según la frase que adopta 
de Carlos Arturo Torres, aspira la sutil esencia de idea- 
lismo que de ella se desprende; recoge el residuo o 
precipitado literario que deja al evaporarse. No 
avanza en la especulación filosófica; permanece en los 
aledaños de la filosofía. Le interesa más la actitud 
cordial que la concepción ideológica, dice con justeza 
el excelente crítico uruguayo Lauxar. Como noción 
fundamental, la tolerancia asentada en la idea de la 
relatividad del conocimiento humano. Con voluptuosi- 
dad, en la que hay algo de la complacencia del dile- 
tante, aunque templada y vigilada por una seria creoi- 
cia en sus deberes de escritor docente, rector de almas 



[338] 



LETRAS URUGUAYAS 



jérenes, alienta su espíritu suspendido en esa atmós- 
fera cargada de gérmenes, de presentimientos, de 
aspiraciones confusas, características de un momento 
de transición. "Nuestro idealismo no se parece al 
idealismo de nuestros abuelos, Iob espiritualistas y ro- 
mánticos de 1830, los revolucionarios y utopistas de 
1848. Se interpone entre ambos caracteres de idealidad 
el positivismo de nuestros padres. Somos los neoidea- 
listas. , Este neoidealismo, de imprecisas fronteras, 
trata de rescatar la pobreza de su» afirmaciones esen- 
ciales, abriéndose sobre todo a las infinitas posibili- 
dades de lo porvenir. (Ved cómo reaparece en Anel 
el leit-motiv de "El que vendrá", que resurgirá tam- 
bién en Proteo y le servirá de epílogo.) No se concibe 
actitud más propicia para ejercitar la cardinal virtud 
de su espíritu: la virtud hospitalaria; brmdará siem- 
pre algo de su simpatía y de su amor a los pensa- 
mientos y las doctrinas que lleguen hasta el, peregrinos 
desde las más remotas comarcas, no alzará nunca el 
puRTitc levadizo de su alcázar interior. Loa visitantes 
extraños ante el magnánimo recibimiento de aquel 
señor de melodiosa palabra y exquisita cortesía espi- 
ritual sentirán de verdad que no han llegado a real 
de enemigo. 



[339] 



EL SENTIMIENTO DE LA TRADICION EN LA 
OBRA DE JOSE ENRIQUE RODO * 



Evoqué en anteriores aitieulos la hora en que Ariel 
vino ai mundo. Eí idealismo de Rodó tiene su manan- 
tial de origen en doctrinas e ideologías que surgían 
por esos afíos en los centros de cultura occidental, 
particularmente de cultura francesa, y desde allí s0 
difundían por América. Pero Ariel nace inspirado en 
graves preocupaciones por los destinos morales de 
Hispano-América. ¿Qué ideas, qué anhelos, qué con- 
ceptos simboliza la bandera idealista que levanta como 
guión para las lides futuras por la causa del espíritu? 

En vano buscaríamos en Ariel ecos del ambiente en 
que fue concebido. Próspero desliza en su discurso 
sólo algunas furtivas alusiones al estado social pre- 
sente de la Améiica de lengua española. La ciudad en 
que nació Rodó, y cuyo ejido no abandonó durante su 
juventud, se limpiaba rápidamente por aquellos años 
de sus resabios de aldea. La política, agria y cruenta, 
tenia aún la hosquedad característica de los choques 
de parcialidades espoleadas en gran parte por ances- 
trales pasiones y bravios impulsos. Ariel ge inserta en 
la historia uruguaya entre dos fechas manchadas de 
sangre; 1897-19W, fechas de dos grandes revolucione», 
de las que surge el país pronto para la vida civiL La 
costumbre manda que todo el que sea capaz de mane* 
jar una pluma, entre armado de ella al combate poli- 



« La Nactóu Buenos Aires, donunso 4 de octubre de 



[340] 



L£TBAS URUGUAYAS 



tico. El parlamento y la prensa diaria son los únicos 
campos de acción intelectual eficaz; todo el que alienta 
una vocación de escritor va a ellos. En las postrime- 
rías ¿el siglo una nueva generación se perfila formada 
por jóvenes de cultura más desinteresada, de más pura 
vocación literaria. Ariel no es "un grito del combate"; 
no fue concebido, macerado en dolor de vida; no es 
el fruto maduro de una existencia de lucha y de pa- 
sión. Nació de las meditaciones solitarias de un joven 
que había leído mucho y vivido poco. La vida social y 
política se exhibía ante sus ojos revuelta y fecimda. 
Agonizaba entre convulsiones el caudillismo guerrero; 
como el caballero en picaro, el fiero caudillo de los 
andantescos tiempos de hierro se mudaba e.n cacique 
electoraL Las canciones de los payadores y las prosas 
de los relatos recogían los últimos alientos del alma 
legendaria del gaucho, cuya sangre regaba copiosa- 
mente las cuchillas. Llegaban hasta las costas de las 
capitales cosmopolitas de campañas semiprimitivaa 
las oleadas de remotas tormentas sociales que alum- 
braban los horizontes con cárdenos fulgores. Desva- 
necidos los perfiles de los tipos sociales representati- 
vos de antaño, aún no se perfilaban con nitidez los 
de la nueva época incógnita. Suponed un hombre cu- 
rioso que, dentro de algunos años, quiera conocer la 
sociedad uruguaya y americana del tiempo en que 
Rodó vivió. ¿Qué imagen de ella hallará en Ariel, 
libro escrito para adoctrinar a la juventud de Amé- 
rica? Una imagen fugaz y muy borrosa, como vista 
desde una lejanía. No hay en Ariel una pintura directa 
de la democracia de América. Ninguna interpretación 
original y profunda de los fenómenos sociales carac- 
terísticos los pueblos americanos sirve de base y 



[341] 



GUSTAVO GALUNAL 



punto de partida al pensamiento de Rodó. No hace 
tampoco crítica social vigorosa y penetrante. El su- 
puesto lector futuro cerrará el libro desengañado. 
Antes, dejará en él esta acotación marginal: "era Rodó 
un mediano observador de la realidad". 

Algunas alusiones diseminadas en el discurso, y, 
sobre todo, una callada vibración de sus palabras 
dejan adivinar su descontento del presente que perte- 
nece "casi por completo al tosco brazo que nivela y 
construye", tal como el pasado al brazo del guerrero. 
No es Rodó un inadaptado, ni aé recluye en una torre 
de marfil más o menos auténtica. No es tampoco un 
temperamento de luchador que baja a estimular y a 
provocar a latigazos las adormecidas fuerzas sociales. 
Abriendo la ventana de su biblioteca, donde vive en la 
intimidad cálida y escondida de loa más altos espíritus, 
se asoma a conlcmplar el ntundo; es la suya '^una 
mirada noble y serena tendida de lo alto de la razón 
sobre las cosas''. La vasta y dilatada contemplación 
del pensador no se estrecha en la exigua perspectiva 
de los que viven sólo en la hora presente. El presente 
emerge como una isla entre una doble lontananza infi- 
nita. Pasado embellecido por el recuerdo; porvenir 
idealizado por la esperanza; tales son los dos pensa- 
mientos que entrecruzan dorados mirajes sobre la ari- 
dez de la vida presente de América. Quien sea capaz 
de percibir la emoción, no por recóndita menos real, 
que este escritor austeramente impersonal disimula 
bajo la lisura de sus frases, sentirá como algo conmo- 
vedor esa terca esperanza en un lejano floreal con que 
legitima el optimismo de su pensar. '*La obra mejor 
es la que se realiza sin las impaciencias del éxito in- 
mediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone 



LETRAS URUGUAYAS 



la esperanza más allá del horizonte; y la abnegación 
más pura es la que se ni^a en lo presente, no ya la 

compensación del lauro y el honor ruidoso, sino aun 
la voluptuosidad moral que se solaza en la contempla- 
ción de la obra consumada y el término seguro". 

El sentimiento de la tradición histórica es una de las 
claves del optimismo de Ariel. En el ensayo sobre 
"Idola Forí", inapreciable glosa, señaló su alcance y 
BUS limitaciones con más precisión que en las fórmulas 
generales del discurso de Próspero. Funesta es la idea 
de la tradición cuando, mal interpretada, inspira cie- 
gas glorificaciones del pasado y es yugo con que par- 
tidob estrechamente conservadores, humillan la cerviz 
de los pueblos. Tradición y progreso no son conceptos 
antipodas, sino complementarios. Tanto más alta, 
tanto más férvida y afirmativa es la conciencia de un 
pueblo, creadora de derechos nuevos, cuanto más hon- 
damente hunde sus raíces, como un árbol en la entraña 
materna del pasado histórico. Avivar ese sentimiento 
en los pueblos de América es un modo de contribuir 
a plasmar su conciencia y fijar los definitivos contor- 
nos de personalidades colectivas. **Diríase, escribe 
Rodó, que del misterioso fondo sin conciencia donde 
se retraen y aguardan las cosas adormidas que pare- 
cen haber pasado para siempre en el alma de los hom- 
bres y de los pueblos, se levantan a su conjuro las 
voces ancestrales, los reclamos de la tradición, los 
alardes de orgullo de Imaje y preludian un canto de 
alborada. Muchos son los libros americanos de estos 
últimos tiempos en que podrían señalarse las huellos 
de ese despertar de la conciencia de la raza, no vincu- 
lada ya a una estrecha conservación en lo político y 
de pensar cautivo y receloso, sino abierta a todos los 

[343] 

24 



GUSTAVO GALLINAL 



anhelos de la libertad y a todas las capacidades de ade- 
lanto, henchidas de espíritu moderno, de amplitud 
humana, de simpatía universal". Leed en ei volumen 
postumo titulado "El Camino de Paros" el artículo 
sobre el sentimiento de U< tradición en los pueblos 
hispano-americanoa. Lamenta en él Rodó que las cir- 
cunstancias en que estalló y se desarrolló la revolución 
libertadora de América provocasen en muchos casos 
una ruptura o desgarramiento total del vinculo con 
el pasado histórico; el candoroso idealismo revolucio- 
nario impuso la imitación del hábito extranjero y se 
adoptó como criterio constitucional prevalente la copia 
de inatituciones de pueblos ajenos, de formauiún y 
carácter muy diversos a los nuestros. Más tarde los 
aluviones cosmopolitas, que se volearon sobre nuestro 
suelo necesitado del csfue:zn fecundador de; toilas las 
razas, anegaron casi toda^ las cosas que aún. conser- 
vaban color de originalidad, sabor terruñero, arras- 
traron y sepultaron elementos de valor precioso para 
mantener un sello propio y genuino al arte, a la vida 
social, a la fisonomía moral de nuestros países jóve- 
nes. "Asistimos a ese naufragio de la tradición y debe 
preocuparnos el interés social de que él no llegue a 
consumarse. El anhelo de porvenir, la simpatía por 
lo nuevo, una hospitalidad amplia y generosa, son 
naturales condiciones de nuestro desenvolvimiento; 
pero si hemos de mantener alguna personalidad colec- 
tiva, necesitamos reconocemos en el pasado y divi- 
sarlo constantemente por encima de nuestro suelto 
volamen. persuasión que es necesario difundir, 
hasta convertirla en sentido común de nuestros pue- 
blos, es que ni la riqueza, ni la intelectualidad, ni la 
cultura, ni la fuerza de las armas, pueden suplir en 



[3441 



I ETRAS URUGUAYAS 



el ser de las Naciones, como no suplen en el individuo, 
la ausencia de ese valor irreductible y soberano: ser 
algo propio, tener un carácter personal...". Iji loa 
mismos días de Ariel una literatura de revbión y de 
crítica, surgida en España después del desastre colo- 
niíd, literytQra que era como la conciencia implacable 
y sincera de la Nación, aconsejaba por boca de Joa- 
quín Costa, acerbo y lonante profeta, sellar bajo siete 
sellos el sepulcro del Cid, Rodó hubiera repudiado 
también la tradición concebida como factor de quie- 
tismo y de inercia, hubiera decretado la proscripción 
del verbalismo declamatorio, flagelo espiritual de 
España y América. La tradición concebida como un 
sentimiento petrificado con duras aristas de vanidad 
es un peso muerto en el alma de un pueblo. Es así 
también en literatura el mal entendido casticismo. Pero 
cuando la tradición es viva, surgente. que salta al gol- 
pear el pensamiento la roca del pasado y cuyas aguas 
traen de lugares remotísimos los jugos maternales de 
la tierra fertilizada por el esfuerzo de las generacio- 
nes que mezclaron a ella el polvo de sus huesos, tiene 
virtud tónica y exaltadora. El sentimiento de una 
común tradición es vínculo para enlazar a los pueblos 
de América; por él, la expresión Hispano-América, tan 
querida de Rodó, tiene desde su origen sentido claro 
y preciso. Es un conectivo para lo que tiene de inge- 
nua y utópica la fe en el progreso indefinido que el 
siglo XVIII, el siglo de Condorget, legó a la demo- 
cracia igualitaria del XIX; tiende un puente sobre el 
abismo que la ideología jacobina cavó entre el pasado 
y el presente. Para simbolizar su concepto de la tradi- 
ción tomó Rodó de Carlos Arturo Torrea una bella 
imagen inspirada en un bajo relieve de Fremieux. 



[346] 



GUSTAVO OALLXTTAL 



jQue un puño recio aguante el timón y ajuste la vela; 
que un vigía alerta avizore la ruta entre las nieblas del 
horizonte; pero que no se pierda del todo de vista la 
costa abandonada y el camino recorrido que sirven 
como puntos de referencias y de orientación! Es casi 
una verdad de s,enljdn común. 

Hay en el temperamento literario de Rodó algo del 
entono del hidalgo. Leyendo por orden cronológico 
sus escritos es revelador ver cómo se acrecientan paso 
a paso el sabor castizo, lo pintoresco, levantado y 
brioso de la expresión; denuncia esle hecho un comer- 
cio siempre más Eisiduo y provechoso con los maestros 
del habla, los clásicos del Siglo de Oro. Muestra tam- 
bién un temperamento personal que se desnuda y 
vigoriza nutrido de experiencia v de cultura La opu- 
lencia de la frase, la rotundidad oratoria del "Bolívar" 
y el "Montalvo", lucen cualidades y deíeclos neta- 
mente españoles, castizos. Tuvo innato horror a lo 
advenedizo, a lo improvi&ado y lo plebeyo, que no 
es lo popular. Puso, como se ha hecho notar con fre- 
cuencia, mucho de sí mismo en Montalvo; Montalvo, 
visto al través de su ensayo, es, en muchos aspectos, 
Rodó como hubiera deseado ser. Viviendo y eacri- 
hiendo en pueblo donde todo es de ayer rehusó 
rraiuDciar al orgullo de "ser de linaje y solar conocido 
en las tradiciones de la humanidad civilizada''. Es 
injusto el reproche de los que critican su juicio sobre 
la democracia americana del Norte, suponiendo pre- 
tende establecer un paralelo imposible entre el grado 
de progreso presente, material e intelectual de aquella 
Nación y de los pueblos de Hispauo-América. No es 
ésa su posición y no analizo ahora el juicio mismo. 
Si aquella civilización, le produce "una singular ira- 



[346] 



LETRAS URUGUAYAS 



presión de insuficiencia y de vacío" no ea porque 
alardee de escribir desde ambientes más cultos o más 
ricos o más prósperos; enuncia su juicio "con el de- 
recho que da la historia de treinta siglos presididos 
por la dignidad del espíritu clásico y del espíritu cris- 
tiano*'. No es el hijo envanecido de una región; es 
el hijo de la cultura universal quien emite ese juicin 
severo. 

No busca Rodó la originalidad en la rebeldía, en la 
^acerbación de la individualidad, sino en la continui- 
dad de una aceptada tradición de sociabilidad y de 
cultura. En ese sentido es acertado el calilicativo de 
espíritu clásico que le discierne Gonzalo Zaldumbide. 
Pertenece al linaje de espíritus sosegados y fuertes 
que no persiguen un sueño de genialidad excéntrica. 
Los dramaturgos que crearon úbras imperecederaB 
con personajes y temas muchas veces llevados a las 
tablas por otros; los escultores que reprodujeron in- 
cansablemente figuras consagradas y triunfaron llevan- 
do & perfección un tipo mil veces entrevisto de humani- 
dad y de hemiosura, supieron lo que vale la disci- 
plina de una tradición; como lirios inmarcesibles, 
perennnnente fragantes, se abren sus obras prendidas 
al tronco secular de alguna tradición gloriosa. 

Amor de patria; americanismo; orgullo de linaje 
-hispánico; vinculación íntima con las fuentes de la 
cultura materna clásica y cristiana; reivindicación de 
la ciudadanía universal, del carácter primordial de 
hombre a quien nada humano le es extraño, según la 
clásica sentencia; así se ensancha su sentimiento en 
ondas concéntricas y cada idea parcial de éstas se li- 
berta de lo que tenía de estrecho y de exclusivo al di- 
latarse en el seno de una concepción más vasta. 



[347] 



GUSTAVO GALLINAL 



Por eso, en el preludio de Ariel, Rodó celebra 
Cdudé ai escribir canta) los dea grandes momentos 
florcales de la civilización de cuyo espíritu vivimos. 
El *'milagro griego", la Grecia de mármol de Paros 
o de Naxos, legada a la admiración del siglo XIX 
occidental por Vinckelmann y Lessing, y ante la cual 
se han arrodillado humanistas, poetas y hombres de 
ciencia, no ha inspirado en castellano más cumplido 
elogio. Rodó reza su oración ante la Acrópolis ( ante 
la Acrópolis greco-francesa de Renán), Porque son 
escritores franceses sus guías en este descubrimiento 
jubiloso del ideal clásico. Confesó Rubén Darío con 
sinceridad de poeta: "Amo más que la Grecia de los 
griegos, la Grecia de la Francia". El amor de Rodó 
tenía un matiz diferente: hubiera juzgado "demasiado 
siplo XVni" esa Grecia muelle y voluptuosa; la suyu 
era noble y serena como la estatuaria idealista del 
siglo de Pericles, Glorifica también '*el milagro ju- 
dio", el cristianismo de idilio al que Renán robó su 
ígneo corazón. Ideal clásico, marmóreo, estilizado; 
cristianismo de égloga [íaliU;a "del que están ausentes 
loa ascetas", cristianismo estilizado, según la ínter* 
pretación de Renán, que proclama ''tanto más verda- 
dera cuanto más poética". (Cómo no señalar en esta 
frase la transposición de un pensamiento de su maes- 
tro: "un excelente arqnitecto en cuya compañía había 
viajado acostumbraba a decirme que para él siempre 
la verdad de los dioses guardaba proporción con la 
sólida belleza de los templos que se les han erigido".) 
Helenismo y cristianismo naciente fueron, a su juicio, 
dos juveniles modos de concebir la vida que no po- 
drían reflorecer íntegramente en las complejas socie- 
dades modernas; de su síntesis, sin embargo, espera 



[348] 



LETRAS URUGUATAS 



vagamente "la inmortal fórmula del porvenir". He 
ahí, pueB, cómo Rodó toma de la tradición los dos ele<_ 
mantos que, conciliados por misteriosa alquimia, ha* 
rán verdadera en el futuro su optimista quimera, su 
inmortal fórmula, República platónica, ciudad del sol, 
y pedestal soñado de la estatua de Ariel. . . 

Concluyo: sentido de la tradición en la obra de 
Rodó: anhelo de un espíritu que para superar las 
limitaciones y barreras del presente quiere integrarse 
en la armonía de un orden superior. Si esta frase, 
orden superior, no os place, corregid, así: orden 
abstracto. 



[349} 



RODO Y LA DEMOCRACIA * 



El tono de adolescente frescura de Ariel lia indu- 
cido a los glosadores a encarecer sobremanera su 
optimismo. Optimismo que no es un fácil contenta- 
miento del presente. Inadaptados a la hora presente 
son siempre los descubridores de tierras de ilusión y 
de utopía, espíritus emigrantes hacia países cuyas qui- 
méricas geografías fantasean la esperanza y la nostal- 
gia. Vagamente columbrado por mares serenos, a la 
lumbre dorada de un crepúsculo que deforma poética- 
mente los contornos de las cosas reales, se arropa en 
brumas lejanas el mágico reino de Próspero: sentado 
al timón de la barca viajera, desplegadas las alas como 
un vivo velamen al manso viento, va el Ariel que 
Shakespeare evocó de la región de los símbolos, que 
Renán amó, que guió a SheUey en su viaje postrero: 

¡Oh lontana a le vie deí duii moitali travagli 
Isola de le belle, Isola degli croi 
Isola dei poeti ! . . . 

La conquista de esa tierra prometida es el secreto 

del porvenir. 

Ariel nace de un movimiento de inquietud. ''Es el 
fruto de una angustia", dice Zaldumblde. Lector soli- 
tario y contemplativo, Rodó sintió ofendidos sus ins- 
tintos de orden por el contacto con la democracia 



* La Nación Buenos Aires, dcnnmgo 10 de enero y 21 de 
febrero de inZB 



[ 350 ] 



LETRAS URUGUAYAS 



inorgánica» u organizada en forma incipiente, del 
medio en que nació, de Hispano-América. La demo- 
cracia, tal como es concebida y realizada en el pre- 
sente de esos pueblos no satisfizo ni su concepción de 
la justicia, ni su idea de la armonía social. Sintió 
rozados al mismo tiempo su exigente conciencia moral 
y su delicado instinto estético. Al hablar al grupo res- 
trictivo de Oyentes a quienes adoctrina y alienta para 
que entren con paso firme y elástico de atletas jó- 
venes a participar de las luchas de la vida, estimula 
y exalta energías y suena el loque de alarma contra 
inminentes peligros. La venturosa luz de la mañana 
ríe en los horizontes: la vida es amplia y promisoria, 
pensamiento y acción, poesía y realidad, materia que 
florece en espíritu. Contemplando al grupo juvenil 
Próspero siente el torcedor de la duda al meditar 
cuán difícil les será salvar de la áspera refriega esa 
ensueño armonioso de vida integral. Piensa que, mal 
concebidas, las dos obreras que generan las condicio- 
nes de la existencia presente, la democracia y la cien- 
cia, fomentan y difunden una concepción rastrera y 
sofocante del destino humano, de la que deberán ellos 
defenderse. El bajo positivismo de las cátedras y los 
libros secundarios cede ya ante un idealismo rena- 
ciente, un neoidealismo, henchido de írescas y más 
ricas sustancias; las verdades de la nueva ciencia no 
serán celdas de prisión para las almas ávidas de infi- 
nito, temblorosas ante el enigma supremo de la vida. 
Pesa también sobre la democracia la acusación do 
extender una concepción mezquina, torpemente utili- 
taria del destino de loa individuos y de las sociedades, 
de propender a crear un medio social gris y monó- 
tono. Una primera mirada dirigida a la sociedad mo- 



£351] 



GUSTAVO GAXXINAL 



derna, hija de la democracia, parécele confirmar el 
pronóstico. £1 fenómeno universal de la democracia, 
creciendo en el mundo como una marea obediente a 
astrales mandatos, se impone a las meditaciones de 
pensadores y hombres de acción. Eíla se dilata y 
avanza con irresistible empuje; pero, en tanto, se pro- 
paga paralelamente y reina en elevadas cumbres del 
espíritu un sentimiento de "extrañeza", cuando no de 
desvío. Un pensamiento crítico vela encendido en 
muchas de las almas selectas, poetas, hombres de cien- 
cia, que integran la conciencia vigilante del siglo XIX. 
Pensadores de muy diversas filiaciones emprenden el 
análisis severo de las ideas democrálicas; en regiones 
antípodas se pregona su fracaso total o se anhela una 
lieimración progresiva que la salve de los peligros de 
la degeneración demagógica. Enumera Rodó algunas 
críticas: la que surge del idealismo alemán, rectifica- 
dor d(í la tcjideiicia igualitaria y niveladora de la 
filosofía de la revolución; la que inspira el panegírico 
del héroe, numen y arbitro de la historia, que predi- 
caron Carlyle y Emerson; la que lleva implícita el 
mdividualismo de Ibsen y la que tiene violenta, exas- 
perada expresión en el verbo de Nietzsche, encrespado 
contra los predicadores de la igualdad, las tarántulas 
ebrias de secretas venganzas a las que Zaratustra es- 
cupe su desprecio; el proceso de la realidad democrá- 
tica que en libros diversos, lo mismo en los "Diálogos" 
y "Dramas", en que se complace en hacer fosforecer 
las más brillantes paradojas, que en la "Reforma" 
monárquica y prusianizante de su vejez, instaura el 
inasible, ondulante y proteico pensamiento de Renán; 
la revisión pesimista y amarga de la historia revolu- 
cionaria y del génesis de la sociedad modenia que 



[352] 



LBTBAS URUGUAYAS 



Taine opone desde el campo positivista al misticismo 
democrático de Michelet y de Lamaitíne; el triunfo 
de la idea de selección en las ciencias naturales y su 
repercusión en las ciencias morales; la repulsión de 
la mediocridad burguesa que inspira a artistas como 
Flaubert y a escuelas como el Parnaso . . . ^*E1 anhelo 
vivísimo por una rectificación del espiritu social que 
asegure a la vida de la heroicidad y del pensamiento 
un ambiente más puro de dignidad y de justicia vibra 
hoy por todas partes y se diría que constituye uno de 
los fundamentales acordes que este ocaso de siglo 
propone para las armonías que han de componer el 
siglo venidero." En nuestros días hemos visto extre- 
marse y precipitarse tumultuosamente esa corriente 
negativa de la democracia que Rodó señala. Y, cuando 
la catástrofe de la guerra conmovió hasta sus cimien- 
tos a los pueblos, abriendo el paso a movimientos de 
reacción, y sonaron a rebato las campanas que con- 
vocaban al asalto de los baluartes de la democracia, 
un sentimiento muy difundido de laxitud, de fatiga, 
de escepticismo, debilitó los núcleos dirigentes de la 
defensa asediados por las legiones que tremolaban la 
bandera negra del fascismo o la enseña roja del pro- 
letariado. Eít, las derechas y en las izquierdas hay 
quienes, por contradictorios motivos, piensan como 
Maurras: "la democracia es el mal; la democracia es 
la muerte". 

La democracia es para Rodó un espíritu de vida. 

Recuerda que es hijo de un pueblo, y de un conti- 
nente en el que la idea democrática fulge como ideal 
inspirador, estrella lejana, pero siempre estrella guía- 
dora, desde el alborear de la conciencia colectiva. Re* 
chaza las enseñanzas de sus maestros en cuanto 



[363] 



GUSTAVO GAIxmAX. 



pueden negar la verdad y la eficacia egenciales de esa 
concepción que circula en nuestro espíritu como la 
sangie en nuestras arterias; pero no oculta, sino que 
se apresura a reconocer las imperfecciones de las for- 
mas que actualmente reviste y quiere preservarnos de 
los peligros que dimanan del fermento de levadura 
demagógica que toda democracia lleva entrañada. La 
igualdad concíbela como ima sana y vital norma de 
derecho político siempre que no sea predicada para 
justificar la nivelación por lo bajo, siempre que no 
disimule el culto de lo plebeyo y lo inferior, sino que 
implique una general y cada día más extendida aspi- 
ración hacia lo elevado y noble y perfecto. Para él, 
como para Ortega y Gasset, democracia y plebeyismo 
no son sinónimos. Obsesiónale la necesidad de crear 
ambiente propicio para el florecimiento de una civili- 
zación en la que sean consagradas por el libérrimo 
voto de la opinión, las jerarquías legítimas de influen- 
cia moral, sucedáneas de las antiguas aristocracias 
cuyo derrocamiento mandó una sentencia justiciera 
del tiempo. Admite un elemento aristocrático, una dis- 
tinción de calidad resuelta "a favor de las calidades 
realmente superiores — las de la virtud, el carácter, 
el espíritu — y sin pretender inmovilizarlas en clases 
mantenidas aparte de las otras, que mantengan en su 
favor el privilegio execrable de la casta, renueva la 
aristocracia dirigente en las fuentes vivas del pueblo 
y la hace aceptar por la justicia y el amor*'. La moral 
cristiana* por la que cualquier superioridad debe so- 
portar un lote de deberes, tanto mayores y más arduos 
cuanto ella sea más encumbrada; el espíritu científico, 
que realza el valor de la colaboración de los deacono- 
cidos y de los humildes en toda obra humana gloriosa, 
trazan de consuno un límite a esa idea de aristocracia. 



[354] 



LETRAS URUGUAYAS 



Así plantea y resuelve Rodó lo que Augusto Comte, 
cuya crítica disolvente de los principios del 89 invoca, 
llamó la "inmeea cuestión del orden*'. £n su libro 
"Políticos y moralistas del siglo XIX*\ instructivo 
capítulo de una vasta encuesta sobre las corrientes del 
pensamiento moderno, ÍOmilio Faguet ha destacado 
esta conTÍoción como preocupación dominante de un 
grupo de pensadores de discrepante doctrina: es ur- 
gente la creación — algunos dicen restauración — de 
un poder espiritual. No es otra la convicción de Rodó, 
Un conglomerado podrá ser la materia de un pueblo; 
falta el alma. Muchedumbre sin ideales, pedestal de 
tiranías, mansas o violentas o acaso sangrientas, pero 
siempre negadoias de la verdadera libertad y de la 
verdadera democracia. Instituciones democráticas sin 
pueblo consciente que Ies infunda hálito vital ¿qué otra 
cosa sino formas huecas, estructuras vacías, letra 
muerta? Una civilización e« una armonía regida por 
un principio espiritual; aun después de desvanecida, 
disipada en humo su material grandeza, algo de la luz 
y del calor de llama de ese principio espiritual queda 
vibrando y se transmite a las generaciones venideras. 
Es en la escuela donde se forja la democracia del 
porvenir; "es en la escuela, por cuyas manos procu- 
ramos que pase la dura arcilla de las muchedumbres, 
donde está la primera y más generosa manifestación 
de la equidad social, que consagra para todos la ac- 
cesibilidad del saber y de los medios más eficaces de 
superioridad. Ella debe complementar tan noble co- 
metido, haciendo objeto de una educación preferente 
y cuidadosa el sentido del orden, la idea y la voluntad 
de la justicia, el sentimiento de las legitimas autori- 
dades morales". He ahí el mismo rumbo general que 



£355] 



GUSTAVO GAUJNAL 



marcaron desde los comienzos de nuestra organización, 
los educadores que acudieron en demanda de luces y 
consejos a todos los pueblos y particularmente, en lo 
que a la escuela toca, a aquella democracia del Norte 
que ha sabido hacer (ín ella "el quicio más seguro de 
su prosperidad y del aíniíi de! niño la más cuidada de 
las cosas leves y preciosas"'. Para un espíritu como 
el de Rodó la cuestión de las formas políticas, de las 
estructuras* no es la más absorbente. Quiere la demo- 
cracia porque realizada en justicia y armonía favo* 
rece más que ningún otro régimen la espontánea y 
varia germinación y expansión de las superioridades 
espirituales y morales que coronan una civilización. 
Su obra de carjcter será consagrada a educar la mi- 
noría intelectual de futuros conductores sociales, repre- 
sentada en el corro de oyentes agrupados en torno de 
la cátedra de Próspero. Proteo, ensayo sobre las vo- 
caciones, nace de Ariel. Los dos libros doctrinarios 
de Rodó son engendrados por la misma preocupación 
pedagógica. 

No hay orden sin jerarquía, ni jerarquía sin auto- 
ridad que la sancione y defienda- El pensamiento de 
Rodó se esfuma envuelto en nieblas, impreciso y vago. 
Espera que la inteligencia impondrá por bu propia 
virtud su soberanía ordenadora a las fuerzas ciegas 
V desencadenadas que se revuelven en el mundo: ape- 
titos de animalidad, corrientes subterráneas y teme- 
rosas de los instintos, codicias brutales, fuerza de la 
materia rebelde. . . la ascensión humana trazará la 
curva del vuelo de Ariel. Al son de su música, como 
en el mito antiguo, se erigirán los muros de la ciudad 
futura. ¡Sueño de poeta! Algunos años, muy pocos 
años más tarde, habiendo vivido — y sufrido — algo 



[356] 



VBTBAS VBUGUAYAS 



más la vida, Rodó vio alzarse ante su paso el rojo 
espectro del jacobinismo; bajó a la palestra armado 
caballero de la libertad y de la tolerancia. Entonces, 
como en este libro inicial, su pensamiento se concentró 
en esa aspiración; educar, instruir al pueblo. Pero el 
porvenir no le pareció ya tan despejado y claro, ba- 
ñado en luz rosada de aurora. Acaso, pensó, entonces, 
acaso ea fatal que el reino superior del espíritu sólo 
sea accesible a una mmoria; tal vez el modo como la 
anónima mayoría podrá siempre colaborar en la obra 
de la historia será siempre tan sólo el rapto de pasión 
tumultuosa e irrefrenable, semejante a la alucinación 
o la obsesión del genio. **£1 día en que intelectualizá' 
sernos al pueblo, para que au pensamiento fuera real 
y verdaderamente libre; el día en que lográramos 
darle la aptitud de comparar y analizar, ¿quién sabe, 
después de todo, sí este don del análisis dejaría sub- 
sistir la virtud de au omnipotente entusiasmo?" La 
página final de este escrito polémico plantea una duda 
dolorosa: viendo crecer la presión avasalladora de la 
voluntad y del interés colectivos, abre Rodó el cora- 
zón a un aciago presagio y se pregunta si no concluirá 
por inmolar y sacrificar la libertad del pensamiento 
individual, instaurando la dictadura, sea de la multi- 
tud, sea de un César. Deposición del poder espiritual 
por la democracia degenerada enemiga de la libertad. 
El hombre democrático engendrando al hombre tirá- 
nico, como auguró Platón en el diálogo de la Repú- 
blica» en que asesta contra la democracia loa más 
sutiles y vibradores dardos de su ironía. No serán, 
entonces, dice Rodó, las mayorías opresoras deposita- 
rlas de la verdad y de la esperanza; ellas arderán 
como lámparas votivas en los santuarios sellados de 
las conciencias libres. 



[ 357 3 



.GUSTAVO GALUKAL 



Pero en esta hora matinal de Ariel tiene fe clara y 

plena en el triunfo de la inteligencia, productora del 
orden y hermana de la libertad. ¡Mío es el porvenir!, 
pasa cantando Ariel; ¡yo despertaré, para prepararlo, 
al "obrero interior" del pensamiento que reyela su 
empuje divino ensanchando las bóvedas de las frentes 
humanas y que "en la organización social sabrá tam^ 
bién engrandecer la capacidad de su escenario sin que 
para ello intervenga ninguna fuerza ajena a él mismo!" 

II 

Orden, jerarquía, autoridad moral cimentada sobro 
el espontáneo consentimiento de la sociedad: tales son 
las expresiones de Próspero. Concebir un ideal, en- 
gendrar una idea fuerza que tienda a realizarse a sí 
mi?ma al ser pensada: he ahí el mi:d¡o de acorcarsi! 
al soñador arquetipo. Anidada en la inlcligciicia so- 
cial, es decir, anticipada por el pensamiento de lau 
selectas minorías, regirá desde allí la idea benéñca 
el desplazamiento de las fuerzas ocultas que gobiernan 
la sociedad, será el principio ordenador secreto al que 
obedecerá la geometría de las futuras formaciones. 
Domeñador del mal y de la barbarie primitivos, maes- 
tro de los hombres en el aprendizaje milenario de hí 
historia, Ariel seguirá siendo el eterno vencedor. Ní> 
insistamos en interrogar por qué ha de ser asi, ni 
cómo ha de consumarse la victoria: '^Basta que el 
pensamiento insista en ser, en demostrar que existe, 
con la demostración que daba Diógenes del movi- 
miento para que su dilatación sea ineluctable y para 
que su triunfo sea seguro". Poetas, pensadores: tened 
fe en las ideas que imponen su canon a las cosas 



CSS81 



LETRAS imuaUAYAS 



lealea; recordad el símbolo de Vigny: ''La botella 
arrojada al mar durante la tormenta y portadora del 

mensaje supremo de los náufragos; sacudida por los 
vientos, mecida por las olas sobre los abismos oceáni- 
cos, arribará algún día a la playa, salvando para el 
porvenir de loa hombres el pensamiento imperecedero, 
irradiación inapagable de las extinguidas vidas hu- 
man&s*'. 

Su maestro por excelencia, más cauto. Rodó se lo 
reprocha, ideó confiar a una oligarquía de sabios, o 

al mismo Calíbán regenerado, la misión de realizar 
los deseos del expirante Ariel. Rodó deja indetermi- 
nadas sus aspiraciones, y más aún los medios para 
lograrlas. ¿Cuál orden? ¿Qué jerarquía? ¿Cómo se 
avalúan y sancionan justamente las superioridades 
virtuosas o geniales? La más persistente de sus ideas, 
la fe en una fusión futura del espíritu clásico y el 
espíritu cristiano, la concepción de la igualdad tem- 
plada así por un principio de selección, enriqueciendo 
la herencia helénica con el amor ciisliano a los humil- 
des y a los débiles, idea que pocos días antes de morir 
le dictó todavía el ^'Diálogo de bronce y mármol", 
concebido en el escenario renacentista de Florencia, 
adolece de ser una fórmula literaria, imprecisa y vaga. 
Es una aspiración al orden no concretada, la fórmula 
de una jerarquía oscilante dentro de la cual, en su 
fuero interno, concedía acaso la prioridad a los filó- 
sofos, a los artistas, a los héroes. Hubo un tiempo en 
el que todos descuidamos el sentido preciso de la letra 
para gozar la deliciosa sinfonía verbal que la acom- 
paña. Rodó espera que la difusión de la cultura col- 
mará sus aspiraciones de reiorma de la democracia 
y de constitución de un orden jerárquico legitimo. £1 

[3S9] 

25 



GUSTAVO OALUNAL 



tema cultuial es uno de los centrales de su discurso. 
Aun en esto, sin embargo, buscaríamos en vano bases 

y puntos de partida, direcciones precisas, la señal cla- 
vada con firmeza en el arranque de la ruta necesaria. 
Postula que no se sacrifique el sentido desinteresado 
de la enseñanza, que se difundan por medio de ella 
la noción del orden, el respeto a las superioridades 
verdaderas, que ae practique una educación integral 
que cinc^ las cuatro fases del alma. Allí donde se 
detuvo antes el pensamiento de sus guias, que son en 
este punto directamente Guyau y Feuillée, allí para 
también Rodó sin intentar siquiera enfocar con más 
precisión e intensidad el problema cultural de Amé- 
rica. No ig;norB que el peligro de la especialización 
prematura de que hace caudal no es el más amena- 
zante en estas teorías, donde vició la vida intelectual 
una cultura epidérmica y de aluvión, productora de 
oradores de plaza pública, donde el médico y el abo- 
gado ganan con el título profesional, patente de aptitud 
universal y de omnisciencia, donde pululan en las co- 
lumnas del diarismo los improvisadores gárrulos y 
huecos. Ambicionaríamos tener motivos serios para 
repetir, una y otra vez, la cuerda admonición que nos 
precave contra los riesgos de la especial i z ación exce- 
siva. ¡Si poseyéramos algunos centros de trabajo inte- 
lectual intensivo para esculpir en lápidas marmóreas 
algunas de sus sentencias de corte humanista! *'Cada 
individuo humano 3ea, ante todo y sobre toda otra 
cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad.*' **Sed 
espectadores atentos allí donde no podáis aer actores." 
**Ser incapaz de ver de la naturaleza humana más que 
una faz, de las ideas e intereses humanos más que uno 
solo, equivale a vivir envuelto en una sombra de sueño 



[360] 



TETRAS URUGUAYAS 



horadada por un solo rayo de luz." Verdades gene- 
rales admirablemente enunciadas: pero Rodó, que 
habla a la juventud de América, nada añade de efi- 
cacia oportuna y concreta en relación a las condiciones 
presentes de la cultura de América. 

No se engañaron los críticos de la primera hora que, 
como Clarín, de Ariel pusieron a la luz y destacaron 
la tendencia restauradora del sentimiento de tradición 
hispanoamericana. Rodó escribe para la magna patria 
que invocó ya en sus primeros artículos de la Revista 
Nacional. Lo hace sin desmentir su típica cautela y 
mesura. Pronuncia la palabra "americanismo", pero 
se guarda de aprisionarse en una fórmula estrecha y 
cristalizada. Ariel define su posición en esta materia 
con exquisita prudencia, con fino instinto de los ma- 
tices. Americanismo, tradicionalismo, de quien es, 
ante todo, hombre. No forja ideas agresivas, ideas 
"picudas'", como decía con gracia y llaneza andaluza 
Angel Ganivet, aquel hermano espiritual de Unamuno, 
demasiado pronto arrebatado a las letras, al flagelar 
el vicio hispánico de la declamación. Releed atenta- 
mente las páginas, tan comentadas, tan discutidas, 
como que tocan asunto de interés polémico y político, 
sobre la democracia de los Estados Unidos. No es el 
juicio rotundo y negativo de Renán, de Groussac, de 
Feuillée, de Eqa de Queiroz, de Araquistain, de nin- 
guno de los infinitos detractores del utilitarismo yan- 
qui, Ramiro de Maeztu le ha reprochado en recientes 
artículos el no haber justipreciado el factor fuerza, 
poder, desconociendo [a virtud del fecundo esfuerzo 
de conquista de utilidades materiales, de potenc;a que 
se trasmuta luego en lumbre espiritual. Rodó dice, 
realzando su decir con bien buriladas imágenes, que 



t3fll] 



GUSTAVO GAIXINAL 



"sin el brazo que nivela y construye no tendría paz 
la noble frente que piensa"; sabe que "la historia 
muestra en definitiva una inducción reciproca entre 
los progresos de la actividad utilitaria y la ideal", que 
d lirio rojo de Florencia fue emblema de un pueblo 
también intensamente mercantil, que fue rica la Atenas 
que pagó los templos de Ictinos y las estatuas de 
Fidias. Su error radica en el uso de conceptos flotan- 
tea: realidad, idealidad, desinterés, utilidad... Toe- 
qtieville dice ingeniosamente que ciertos conceptos 
abstractos son como los vasos y cubiletes de doble 
fondo que emplean los prestidigitadores para sus jue- 
gos, sacando de ellos objetos diversos e inesperados. 
Rodó ve el error de crear oposiciones imaginaiias ' 
entre términos que no se excluyen y quiere eludirlo. 
Uno de los sofismas seudo idealistas más frecuentes es 
el de separar el remo de las cosas leves y aladas del 
bajo mundo de las materialidades groseras de la vida. 
En la altura, el círculo resplandeciente de las ideas 
puras, un universo de nobleza y de selección; en lo 
bajo, la tierra triste y desapacible de la realidad. 
¿Quién podría señalar un sentido antagónico a esas 
dos palabras, realidad e ideal? ¿Quién traza una línea 
divisoria entre las preocupaciones materiales y los afa- 
nes desinteresados? ¿Qué institución, qué doctrina, 
qué pueblo podría impulsar el progreso espiritual sin 
aliviar las miserias materiales, sin abalanzarse enérgi- 
camente a la conquista de la riqueza? La recia y a 
vece% tosca fortaleza del arbotante, rígido brazo de 
piedra, el cimiento hundido en la entraña de la tierra, 
sostienen y hacen posibles las delicadezas de los enca- 
jes de las torres, la esbeltez de los calados pináculos, 
los refulgentes fanales de los templos góticos. £1 fuego, 



[ 362 ] 



I^BTRAS URUGUAYAS 



que es tibio abiigo del hogar, que cuece el alimento 
cotidiano, ae drahace en alegres ascuas de oro, llena 
la casa de un alma de luz y destella en la lejanía, y 
acaso entre las nocturnas tinieblas sirve de guia a 
algún viajero extraviado. Reconoce Rodó que la obra 
del positivismo norteamericano "ser\'irá a la causa de 
Ariel en último término", que le ha prestado ya escla- 
recidos servicios, y no e? Ióíííco entonces cuando, en- 
gañado por las palabras vagas, le reprocha "el exce- 
sivo cuidado del engrandecimiento material, numen de 
BU civilización". Su pensamiento fluctúa muchas veces 
en tomo de esas palabras indefinidas, vocablos cuyas 
cifras están ya borrosas e ilegible. 

No podría acusársele con justicia de ausencia de 
serenidad ecuánime. Distribuye con notorio deseo de 
equidad, elogios y censuras. Precave al lector contra 
la estrechez del juicio ajeno y advierte desde las pri- 
meras líneas que. si pretende poner valla a la "nor- 
domanía" invasora, ello no importa caer en la nega- 
ción absoluta. Sí no da a su oración la forma del 
diálogo, podrían discriminarse en la unidad del dis- 
curso los argumentos altemos. Estampada una afirma- 
ción, se defiende contra las voces contradictorias, 
contra ese "maligno crítico que se complace, dentro 
de cada uno de nosotros, en destejer la tela de nuestra 
.fe y de nuestro entusiasmo''. Vuelve sobre la frase 
escrita, rectifica, concede, vacila. No es el arquero 
impetuoso que, mientras tiembla aún clavada en el 
blanco la flecha certera. iienc?e ya de nuevo el arco 
apuntando el dardo rciterador. Ariel no es una pieza 
más de la propaganda estentórea y batallona de los 
publicistas y tribunos de "la raza". Críticos norte- 
americanos» como Isaac Goldberg, prestan respetuoso 



[363] 



GUSTAVO GAUiINAL 



asenso a su proposición general, disintiendo en otras; 
en libros recientes que hablan de aquel país se expo- 
nen ideas que concuerdan singularmente con algunas 
de Ariel, enunciadas por eaclarecidos representantes 
de la intelectualidad de Estados Unidos: leed en el 
reciente libro de Regís Michaud sobre Emerson, todo 
lo que se refiere al malestar intelectual y moral de 
las nuevas generaciones. Aún podríamos agregar que 
la misma sensación de insuficiencia y de vacio la tuvo 
Rodó, y se ahondó en sus últimos escritos, con res- 
pecto a la vida moderna, hija de la democracia. Pre- 
venido contra Estados Unidos por 'Sdolencias recientes 
de su historia" no es mezquino en el homenaje que le 
rinde. Su afirmación de la personalidad autónoma de 
Hispano-América integra una fórmula fuerte y conci- 
liadora, que remata una soberbia imagen de clásica 
estirpe: "América necesita mantener en el presente la 
dualidad original de su constitución que convierte en 
realidad de su historia el mito clásico de las dos águi- 
las soltadas simultáneamente de uno y otro polo del 
mundo para que llegasen a un mismo tiempo al límite 
de sus dominios. Esta diferencia genial y emuladora 
no excluye, sino que tolera y aun favorece en muchí- 
simos aspectos, la concordia de la solidaridad. Y si 
una concordia superior pudiera vislumbrarse desde 
nuestros días como fa fórmula de un porvenir lejano, 
ella no sería debida a la imitación unilateral, que diría 
Tarde, de una raza por la otra, sino a la reciprocidad 
de sus influencias y al atinado concierto de los atri- 
butos en que se funda la gloria de las dos". 

Mi predilección se vincula en esta materia a los 
libros informativos y veraces, no polémicos ni de 
compendiosos juicios globales^ repletos de pequeños 



[364] 



LETRAS tUtUGUAYAS 



hechos significativos que transmiten al lector. U sen- 
isción de lo visto y lo vivido, parcos en los juicios 
generales, pero de ningún modo desprovistos de algu- 
nos rellanos o miradores que de trecho en trecho 
sirvan para espaciar con amplitud, las miradas y or- 
denar los detalles de una visión de conjunto. Nada si 
no es el conocimiento directo de las cosas vale la mul- 
titud de sugestiones que dimana de los libros capitales 
de los grandes observadores de aquella enorme col- 
mena humana: Tocqueville, afortunado descubridor 
ante la Europa monárquica del mundo democrático 
descrito en una auténtica obra maestra de filosofía 
social, algunos de cuyos capítulos quedan firmes, in- 
conmovibles, como piedras miliares; Bryce, tan rico 
en múltiples experiencias, en anotaciones sagaces, ad- 
mirable tipo del observador y viajero inglés, curioso 
de todas las cosas; Bouthmy, analista agudo y magis- 
tral cuyo instrumento crítico fue templado en el labo- 
ratorio del gran historiador psicólogo de "Los orígenes 
de la Francia contemporánea'^; secundariamente otros 
numerosos: Janet, Rousset. Buurget. al que Rodó 
leyó mucho. . . Falta a Rodó, y no me propongo ini- 
ciar paralelos infundados, la base firme del juicio y 
del criterio autónomos: el conocimiento directo de las 
cosas. Provisto de información de segunda mano y a 
todas luces deficiente, estaba condenado a pisar ajenas 
huellas, a interpretar hechos seleccionados por otros; 
Y la sdección importa por lo menos un comienzo de 
sentencia. Aconseja al fin, y ea difícil contradecirle 
en esto, como que enuncia una verdad clarísima, 
rehuir la imitación inconsulta; pide a los pueblos de 
Hispano-América que no se conviertan en serviles tri- 
butarios de loa Estados Unidos, qne culüven el aenti- 



[ 365] 



GUSTAVO GALUNAL 



miento de su dignidad personal, que sean verdadera- 
mente personas colectivas conscientes de su valor 
piopio y de 8u originalidad, o por lo menos de su 
capaádad de llegar a ser fuertemente originales, de 
alcanzar a conquistar una personalidad de acentuados 
rasgos en el concierto de loa pueblos. La imitación 
desatentada es un género de abdicación. Sí hemos de 
ser discípulos ¿quién !o pone en duda?, no sólo por 
jóvenes, sino por vivjr, ya que aprendizaje sin tregua 
es la vida para los pueblos como para los hombres, 
frecuentemos todas laa escuelas, sepamos discernir, 
adaptar, asimilar sólo lo bueno y lo útil. Y como Rodó 
sabe que la libertad interior y la origmalidad no he- 
mos de aspirar a conquistarlas en el aislamiento, sino 
franqueándonos a los influjos fecundadores que lle- 
guen de los cuatro punios del horizunte mundial, nada 
nos impide aceptar en esta parte el consejo de su 
Próspero. 

¿Qué motivos determinan su expresión ^'aunque no 
les amo, les admiro"? £ntre otros, wa motivo estético. 
Su predilección íntima es por las civilizaciones occi- 
dentales, herederas directas de la cultura antigua. Al 
boceto tosco y enorme aun en el taller resonante del 
Ciclope foijadoT, prefiere la armoniosa guirnalda de 
las ciudades helénicas. Amor y admiración para ellas, 
cuya belleza estatuaria y estilizada es el encanto pe- 
renne de los contempladores. £1 soñado reino de Ariel 
en el futuro reproducirá muchos de sus caracteres. 
La civilización norteamcric^ana, como la democracia, 
está lejos aún de su fórmula definitiva. ¿Cuál es la 
fórmula definitiva de una civilización? Sólo las civi- 
lizaciones extinguidas alcanzaron ya la fórmula defi- 
nitira de la muerte. Interpretemos que la nortéame- 



£366} 



UmtAS URUGUAYAS 



rícena no ha alcanzado todavía su siglo de oro. Por 

mi parte pienso que es dudoso que los siglos de oro 
sean siempre los que presenten una estructura social 
más ajustada al plan ignoto de la justicia divina. EU 
poder de irradiación artística, el valor de la cultura 
superior, son elementos que han de apreciarse al 
formular el juicio sobre una sociedad. Pero hay otros 
también fundamentales. Será, por ejemplo, más alta 
la que halla conseguido suprimir de su seno una ma- 
yor suma de sufrimiento innecesario, hacer partícipes 
de una proporción más grande de los beneficios de la 
civilización a "las masas*', a las existencias necesaria- 
mente humildes y pequeñas, pero de valor absoluto 
dentro de nuestra concepción de la vida. Esta idea no 
es contradictoria con las enseñanzas de Próspero, pero 
no está destacada tampoco en el primer plano en que 
debiera estarlo. 

Por tendencia ingénita de espíritu concedió al 
motivo estético, no la exclusividad, pero sí la primacía 
en la determinación de los juicios. Juzgó de acuerdo 
con una norma prevalente de buen gusto la estructura 
social y la conducta individual. Resaltan las frases 
expresivas, troqueladas como finas medallas: "La emo- 
ción de belleza es el sentimiento de las idealidades 
como el esmalte del anillo": "Dar a sentir lo hermoso 
es obra de misericordia"; "El que ha aprendido a 
distinguir lo delicado de lo vulgar, lo feo de lo her- 
moso, lleva media jornada para distinguir lo malo de 
lo bueno"; "Considerad al educado sentimiento de lo 
bello como el colaborador más eficaz en la formación 
de un delicado sentimiento de justicia". Así, sin ser 
un esteta indiferente al bien y a la verdad, valora la 
vida individual en relación preferentemente estética. 



[367] 



GUSTAVO GALUNAL 



vislumbra como definitivo progreso de la moTal, la 

creación de una estética de la conducta, siente la esté- 
tica de la estructura social, y piensa que la perfección 
de la moralidad humana consistiría en verter el espí- 
ritu de caridad del cristianismo en los moldes de la 
elegancia griega. 

Ariel no renueva los problemas referentes a la de- 
mocracia con ideas originales; no suscita otros pro- 
blemas nacidos de la reflexión honda sobre las reali- 
dades de América; no enfoca tampoco viejos problemas 
desde una perspectiva personal Replantea problemas 
que inquietaron a los pensadores franceses. Dio a las 
minorías selectas de América la concepción de un alto 
patriotismo-, remontando sobre los patriotismos parcia- 
les, pero no opuesta a ellos, y que no finca en el ciego 
culto del presente sino en el respeto a los blasones del 
pasado y en la confianza en el futuro. Les enseñó a 
querer la hora que pasa, sino por amor a ella, por 
amor al porvenir mejor que carga en sus grávidos 
flancos. Di j oles que no es preciso "desarraigarse" 
para raisancbar el horizonte ante sus ojos; que es 
mejor sentirse integrados en la armonía de un orden 
tradicional libertador. Si no golpeó en otros aspectos 
más concretos sobre los problemas vivos de América, 
afirmó con entereza la personalidad moral de nuestros 
pueblos en un momento de desaliento y de negación. 
Gratitud se le debe por ello. Doblemente, porque lo 
hizo en una fórmula de alta concordia continental y 
hmnana. Dejó sin concretarlo en formas políticas, y 
fue acierto notorio su americanismo: vínculo de tra- 
dición; vínculo {concepto más turbio y discutible) de 
raza; vínculo potentísimo del idioma, lazo de frater- 
nidad indestructible. En todo caso bu americanismo 



[368] 



LETBAS URUGUAYAS 



fue el de un escritor de universal cultura que no pre- 
tende amurallar fronteras. Su misma obra, de reso- 
nancia prolongada e intensa en todo el mundo de 
habla hispánica, es un vínculo eficaz. Tiene tintes 
utópicos, es un ensueño de poeta, el orden social que 
columbró en el porvenir. Quien pretende aprisionar 
su pensamiento estrechamente corre, es verdad, riesgo 
de destruir su encanto gracioso sacando tan sólo los 
dedos manchados con el polvo de oro de las alas des- 
hechas. Comentarlo es enturbiarlo, ha dicho Zaldum- 
bide; por lo menos exponerlo es como traducir en 
prosa un poema. Pero un bello y noble sueño nunca 
es del todo vano. ¡Cuántos escritores que sonríen de 
tales quimeras ambicionarían concebir una que los 
hiciera dignos de formar uno de los últimos eslabones 
de la cadena descendente de Platón! Si entre las obras 
de Rodó hubiera de elegir sólo luna para que fuera 
salvada de un naufragio total como el que ha sepul- 
tado en eterno olvido tantas obras insignes del ingenio 
humano (recordad la parábola protcana de los már- 
moles sepultos), apartaría este Ariel, fruto de su ju- 
ventud pensadora, impregnado de la influencia de sus 
maestros franceses y que consagró ante las juventudes 
americanas su propia vocación magistral; no sin una 
mirada de melancolía para sus mejores ensayos lite- 
rarios, alzaría este libro breve y frágil como una flor, 
pero que como una flor también muestra las puras 
líneas de una simetría inimitable, tejido todo él de 
pensamientos brotados en un alma inspirada por una 
sonrisa de las Gracias. 



[369] 



EL ALMA DE RODO * 



Una década ha pasado. Diez años han rodado en 
torno del pedestal donde asienta la efigie inmóvil 
del escritor sus arenas de olvido. Gran espacio en la 
vida de un hombre, aunque no alcance todavía al que 
señale el historiador latino en una de saa fraaes amo- 
nedadas en bronce perenne: gran espacio también en 
la vida de un libro, espacio que basta para que ae 
extinga para siempre la irradiación de muchas ideas 
que parecieron destinadas a vivir después de sumer- 
gido en la sombra mortal el espíritu del que fueron 
emanación. Una nueva gcneraí-ión se adelanta a ocu- 
par el escenario de la vida, diversa de aquella que 
bebió la doctrina fresca, manante aún a borbollonea 
de la fuHite originaria^ generosa. Una penumbra más 
o menos prolongada suele seguir al ocaso de los hom- 
bres que fueron proclamados grandes por el pensa- 
miento o por la acción, de, los que alguna generación 
humana reconoció como encarnaciones de sus impul- 
sos dinámicos o como heraldos de sus ideales. Penum- 
bra tras la cual ea el eclipse definitivo o ea el resplan- 
dor cenital de una gloria que afirma y hace reconocer 
credenciales en la conciencia de la posteridad. Las 
voces de negación, que antes acallara el temor a estre- 
llarse contra la opinión de los contemporáneos, se 
alzan contra el hombre y la obra; como decía Goethe, 



* La Pluma, Revista mensual de Ciencuu, Artes y Letras 
AAo I Volumen III. Montevideo, noviembre de 1B2T. FAgs 
» a 27. 



[ 370 J 



LBTRAS URUGUAYAS 



el abogado del diablo, el abogado del espíritu que 
niega, se sienta a la cabecera del lecho del final reposo 
y formula todos los motivos para creer en la fragili- 
dad o caducidad de la labor sometida al fallo de la 
posteridad. Los análisis de la critica, corroen hasta 
lo íntimo de la obra y someten a prueba los quilates 
ds su metal. La obra misma se despoja lentamente de 
todo lo que fue valor circunstancia^ caedizo, transito- 
rio y resplandece en lo que tuvo, si de veras lo tuvo^ 
de esencial y de eterno. Resurge la obra de verdad 
grande, esqueniatiaada eii la pureza de sus líneas fun- 
damentales. O tiempo que es implacable demoledor 
de ídolos de barro, es el factor idealizador por exce- 
lencia. Se ha comparado su acción a la tarea por medio 
de la cual se elabora la obra de arte en la mente del 
artista. Labor de artista es, ciertamente, la obra lenta 
y fatal del tiempo,, Tal como el artista que escoge en- 
tre los elementos que se le brindan, aquéllos que 
muestran el carácter íntimo, sustancial de las cosas 
y desecha los triviales e inexpresivos, así el tiempo 
procede con las efigies insignes, depurándolas, desva- 
neciendo los rasgos y líneas inexpresivas y dejando 
resaltantes, nítidos, los lincamientos característicos y 
esenciales de la personalidad. 

Ahora, al volver a Rodó, después de esta penumbra, 
para el maestro tan llena de vislumbres y presenti- 
mientos luminosos de inmortalidad, su figura armó- 
nica y serena resurge a nuestros ojos en quietud pen- 
sativa de estatua. Si los motivos de admirarlo no 
subsisten idénticos, tales como los formulamos en 
alguna hora fervorosa de nuestra adolescencia; si al 
golpear de nuevo para hacerlas resonar algunas de sus 
cinceladas ánforas nos ha respondido el ruido del ta- 



[3713 



GUSTAVO GALUNAL 



CÍO, si hemos puesto sordina a muchos de nuestros 
entusiasmos no razonados, más allá de toda crítica, 
más allá de toda negación parcial, el sentimiento de 
admiración y de respeto por su figura de pensador y 
de artista aún vive, aún alienta en nosotros, cálido y 
cordial. 

Ortega y Gasset, en uno de sus más densos ensayos, 
distingue entre las generaciones de ideología pacifica 

y las de ideología beligerante. Son las primeras aqué- 
llas dispuestas a aceptar con veneración el legado de 
las predecesores; las segundas, las que campean im- 
poniéndose en desembozada y clamorosa lucha contra 
las nociones recibidas y se afirman en guerra contra 
ellas. Hace algunos años se hubiera hablado de revi- 
sionistas y no revisionistas. Sin duda, no es el dü Rodó 
un espíritu beligerante, afirmativo, acuñador y de- 
fensor de nuevas ideas. En su temperamento de omní- 
comprensivo, en el relativismo heredado de los maes- 
tros frannescT de su hora, predomina el deseo de 
avenimiento, de conciliación sobre el animoso instinto 
bélico. Pero junto al creador de ideas o doctrinas, al 
lado del removedor de ideas, hay un sitio, un sitio 
encumbrado y apetecible, en las jerarquías del espí- 
ritu, para el ordenador de ideas y de concepciones. 
Asi fue nuestro Rodó: toda su obra, en sus múltiples 
aspectos obedece a un secreto y profundísimo instinto 
de orden. Entendedla bien: no un orden artificioso, 
un orden puramente formal, un orden muerto que se 
exterioriza en la simetría retórica, o en un simple 
conformismo, como diría Emerson, en la esfera moral 
0 social. El sentimiento de la armonía de la vida 
hincha su obra. Su horizonte mental es el horizonte 
mental lógico y jerarquizado de un alma de latina 



[372] 



LVTRAS URUGUAYAS 



estiipe, ceñido de una banda de azul extático. Todo 
en él asume un aire de nobleza, de selección, de afi- 
namiento. Se adivina que, en el fondo, le eriza el 
horror al desorden, a la anarquía, lo mismo en la 
esfera del pensamiento que en la de la acción. La 
rebeldía estéril repugna a su sentido moral; mis aúii} 
a su achicado sentido estético. 

Un logrado deseo de claridad y de armonía, flor de 
cultura y de humanismo, es el que rige y gobierna, lo 
mismo la cadencia de su frase que el ritmo más hondo 
y sutil de sus pensamientos. El trasciende de toda su 
obra. Si tuvo por cúspide de su soñada perfección 
el milagro griego, la Grecia de mármol de Paros o de 
Naxos, es porque en ese arquetipo vertió su propio 
ideal vital. Pidióle el secreto de imponer formas plá- 
cidas a la inquietud del pensamiento. Proclamóse 
heredero de la tradición greco-latina: para superar las 
limitaciones del presente ansió integrarse asi en la am- 
plitud de un orden tradicional libertador. No quiso 
romper con la tradición materna» sino continuarla, 
prolongarla, enriquecerla, rectificándola incesantemen- 
te. La tradición concebida ea perpetuo devenir. No es 
miedo al progreso, sino temor a romper el ritmo ne- 
cesario del progreso. Sentimiento de la tradición, tan 
alejado del quietismo, como del desasosiego que nace 
de la ausencia de sano equilibrio espiiitual. 

Por instinto de orden social, aspiró a imponer a la 
democracia el culto de las jerarquías verdaderas del 
espíritu. No quiso legitimar, con aquella palabra que 
encama lo más brillante de nuestros recuerdos históri- 
cos y lo mejor de nuestras aspiraciones de futuro, ei 
asalto desesperado de las cumbres o el desborde in* 
contenible de apetitos materiales. Amó a la democra- 
cia como la forma más libre y amplia del orden social. 



[373] 



GUSTAVO GALLINAL 



Anheló para la América suya pueblos, no de borrosos 
contomos, sino de personalidad, de airosos y bien 
acusados contornos; pueblos hondamente enraizados 
en la tradición, clavando profundamente en tierra ma- 
terna sus raíces, para que pudieran desplegar con 
mayor libertad a los vientos la lozanía de sus frondas 
florecidas. Quiso al pueblo que no es sólo una multi- 
tud inorgánica, sino en el que alienta una conciencia, 
un alma, un principio espiritual, pueblo capaz de 
crear nue\as normas éticas y jurídicas, de imprimir 
huella propia en las obras del espíritu, y no aquella 
opaca muchedumbre de que habla el pensador ger- 
mánico, "puramente atenida a los hechos, de hombres 
bin tradición, que se presentan en masas informes y 
flotantes'', hacinadas en las suburaa de nuestra civi- 
lización moderna. 

En la vida literaria el sentimiento predominante 
del orden se tradujo en aquella infalible ponderación 
de su critica, toda ella, desde la primera página que 
concibió, concentrando el amor a lo nuevo con la ve- 
neración de las grandezas olvidadas; defendiendo los 
nombres ilustres del pasado contra la audacia irres- 
petuosa de los nuevos y exaltando los valores nuevos 
a despecho de la incomprensión de los cristalizados 
en normas caducas. Escuda desde el primer momento 
contra las veleidades iconoclastas de los nuevos, la 
realeza de los maestros en ocaso, j contra la terca in- 
comprensión de loa mentores conaagiados, las primi- 
cias del arte en formación. Proclama que el ministerio 
de la crítica *'no comprende tareas de mayor belleza 
moral que las de ayudar a la ascensión del talento real 
que se levanta y mantener la veneración por el grande 
espíritu que declina". De ahí aquella crítica suya, la 
de sus mejores páginas, tan limpia de escorias de 



[374] 



LETRAS UBUGUAYAS 



pasión, tan levantada sobre motivos circunataociales, 
que verdaderamente parece anticipar sobre la obra o 
el autor juzgados, la mirada tranquila de la posteri- 
dad. 

En el estilo, en la forma, también un certero instinto 
de orden. £n su prosa la unidad no es la palabra, sino 
la frase. Unidad cuyos miembros se traban y enlazan 
armoniosamenle y que nace de una potente disciplina 
del pensamiento y de la inspiración. Amor de perfec- 
ción, que aspira a ahorrarnos el asistir al largo y a 
veces penoso proceso de gestación de la obra, que la 
limpia y depura de las buellas del esfuerzo gastado en 
crearla, para brindárnosla ya concluida, en xm ventu- 
roso momento de plenitud. 

Ni disonancias, ni improvisaciones, ni asperezas, ni 
tumultuosos despliegues de elocuencia: firme la rienda 
del buen gusto todo aparece en un levantado sosiego 
de meditación, en una señoril gravedad. Si le faltaron 
la ironía, la sonrisa, el don de las amables confiden- 
cias, ¿y cómo exigirle que reúna en si todos los modos 
de belleza? alcanzó a crear un estilo en el que la frase 
ostenta la tersa firmeza de un perfil marmóreo. Sus 
ideas, como la Polixena de Eurípides, aun al sucumbir, 
cuidarían con supremo pudor de artistas, de mantener 
los pliegues estatuarios de la túnica, dominadas por 
un inmortal instinto plástico. No una fría ordenación 
retórica; sino una viva Ametría como de flor. 

En todo un orden superior: claras ideas que se re- 
visten de nítidas formas. Un alma de latina estirpe. £1 
principio de orden es una noción estética. Pero Rodó 
fue demasiado humano, demasiado nutrido de sabidu- 
ría para hacer un principio exclusivo, ni siquiera de 
este entrañable amor a la belleza. No quiso ser un 
esteta indiferente al bien y a la verdad. Amó el bien 

t375] 

26 



GUSTAVO OALLINAL 



con la pasión de un corazón sano. Buscó la verdad y 
aún, desesperando de poseerla, no renunció, como a 
un sentimiento enaltecedor de la vida, "al anhelo afa- 
noso y desinteresado que guía a la mente en d camino 
de adquirirla". De esta trilogía de ideas madres que 
brillan inmóviles, con tranquilo resplandor en el zenit 
del pensamiento espiritual — Bien, Verdad y Belle- 
za — fue la Belleza la que le dio una mayor partici- 
pación en 3U luz. Si su obra mantiene seguras prome< 
sas de inmortalidad es porque toda ella aparece 
impregnada, bañada de un rayo de ese resplandor 
celeste. 

Las oleadas silenciosas del tiempo golpearán en 
vano el pedestal en que ha de sustentarse la efigie 
consagrada de José Enrique Rodó. £1 correr de los 
años mostrará su puesto privilegiado en nuestras letras 
de América. Habíamos poseído prosistas y poetas ins- 
pirados. La fuerza desbocada, la arrebatada inspira- 
ción, el relámpago de elocuencia, la originalidad 
jugosa y bravia, el acierto intuitivo del colorista, eran 
cualidades frecuentes que resaltaban en lo mejor de 
nuestra producción literaria, casi toda ella improvi- 
sada, de pueblos jóvenes. Pero lo que no existía o 
existía tan sólo a título de excepción o de anticipo, 
era eso que él nos trajo con su aparición, esa sazón 
de cultura, esa madurez de espíritu, esa ecuanimidad, 
esa castidad de horizonte mental, ese dominio del ins- 
trumento de la palabra, esa fuerza equilibrada y se- 
gura de sí misma que trascienden de su obra. 

Contemplado desde una amplia perspectiva, que ya 
empieza a ser una perspectiva propiamente histórica, 
se impone a nuestra admiración como el espíritu más 
armonioso y sereno que haya surgido en tierra ame- 
ricana. 



[ 376 ] 



EL LIBRO POSTUMO DE RODO * 



Ordenando los manojos de papeles que Rodó dejó 
al partir sobre su mesa de trabajo, manos piadosas 
han entregado, al fin, al público, los "Ultimos Mo- 
tivos de Proteo*'. Tarde leo este libro, en el que se 
alargan los ecos de una voz que dio consejos a mi 
mocedad y materia de reflexión a muchas horas de 
mi madurez. Tarde, pero en instante propicio, rea- 
nudo un diálogo trunco con el maestro y el amigo. 
¿Cómo ocultar que se ha mezclado a mi deseo de 
leerlo un temor? Recelo de ver cenizas esparcidas en 
sus páginas:- que no hay llama que el tiempo no mate. 

Fácil adivinar el pensamiento arquitectural de estos 
materiales, variaciones sobre temas ya desenvueltos 
en los primeros **Motivos", páginas que se emparejan 
con las mejor logradas de aquel libro y otras que el 
fino instinto de selección del escritor hubiera rehu- 
sado a la prensa; disertaciones sobre la vocación, so- 
bre el dolor, sobre el amor; definición del crítico 
perfecto; ejemplos, apólogos, fábulas como la del 
rnpto de Europa cuyo simbolismo intenta a justar a 
las enseñanzas dt;l discurso. A pesar de sua lagunas, 
es un libro en la entereza del vocablo. Tiene una pro- 
porción, cada trozo se inserta en un conjunto que ha 
podido ser reconstruido sin conjeturas ni vacilacionea. 
Poco quedaba por hacer, en verdad: borrar aquí una 
palabra o sustituirla, precisar allá un concepto; pulir 



* La Nación. Buenos Aires, domlago 25 de Junto de 1S33, 



[ 377 ] 



GUSTAVO QALLINAL 



acullá una frase: poca cosa. No osaría llamarlo, sin 
embargo, un libro enteramente nuevo. Algunas veces 
al leer en él nuevas variaciones de antiguos teriiaH, 
tenemos la penosa sensación de apretar una fruta ya 
exprimida. Burlado quedaría quien esperase ah^ra 
sorprender al escritor en momentos de laxitud o de 
abandono, asistir a la viva, espontánea, desordenada 
germinación de 3u pensamiento. Todos los fragmen- 
tos están madurados a fuego lento. Faltan aqui, allí, 
el toque último, la cinceladura final: nada más. 

Ahorro palabras que acusen y pongan de resalte la 
calidad egregia del libro, cien codos más alto que el 
gris jteriodismo que consume nuestras mejores ener- 
gías. Su lectura evoca ideas e imágenes nutridas cun 
los jngos de una cultura selecta, curiosa de muchas 
cosas y ávida de ninguna hasta el agotamiento ; valoro 
la riqueza de su ejemplario, atesorado con libresca 
codicia. Pondera de nuevo Rodó la labor del estilo 
como una lidia encarnizada, casi frenética, con la pa- 
labra: disgusta oírle emplear a propósito de tal es- 
fuerzo la expresión heroísmo, que debe ser reservada 
para más cruentas luchas humanas. Los giros de cas- 
tiza rotundidad le son connaturales. Su procedimiento 
es evidente. Toma una idea y la exprime y razona 
con lento discurso; la revuelve entre los dedos como 
a una piedra preciosa, puliendo sus facetas con pa- 
ciente virtuosismo, £1 pensamiento, en la apariencia 
suelto, errabundo, vuelve como un ritornelo al punto 
de partida. Obra que nace, está totalmente determi- 
nada, prevista. 

Es un libro de un solo plano. Nada incitante, fer- 
mentativo. Sus límites son tan notorios como sus ex- 
celencias. Ni un movimiento de pasión, áspera y fuerte, 
de auténtica y filosa originalidad; su gravedad ccns- 



[378] 



UrntAS URUGUAYAS 



tante, y a la larga monótona^ su pausado dominio del 

tema y del estilo, excluyen la ironía, la sonrisa, el 
claroscuro, la anécdota, todo lo que detrás del es- 
critor nos dejaría adivinar al hombre. Este consejero 
no es un confidente. Brinda su saber; la flor de su 
pensamiento; ceüa y recata su íntima personalidad. 
Clásico lo llama Zaldumbide: resta definir el concepto 
de clasicismo. Con esclarecida conciencia de sus vir- 
tudes y defectos tiende hacia un ideal de perfección 
indeficiente, ¿Quién podría desconocer las enseñan- 
zas que encierra, particularmente en estas tierras de 
improvisadores, de gárrulas exuberancias, de hojosa y 
frivola retórica? Después de un período de destruc- 
ción violenta de todas las formas, de abominación de 
lo que tiene contornos nítidos y una claridad interior 
de razón y de lógica, se regresa inevitablemente, y 
acaso con la carga de fecundas adquisiciones, a la 
escuela de los modelos eternos que él realza. Este re- 
conocimiento cordial de su valor y de lo que ha de 
BÍgnificar su presencia en nuestra literatura ameri- 
cana, no me vedará añadir que después de recorrer 
esa suntuosa fábrica de su libro concluyo por recor- 
dar el palacio fabuloso de Midas, todo de oro: una 
extraña frialdad emana de los artesonados, las co- 
lumnatas, los capiteles, los muebles de primorosa talla. 

No podrá nunca ser popular mentor de intelectua- 
les, sus lectores surgirán del seno de restrictas y 
sucesivas minorías. Concibe la sociedad como un or- 
den jerarquizado: en la cúspide de esa jerarquía, 
como clave de bóveda una "élite" intelectual. No ig- 
nora al pueblo, pero no aspira tampoco a llegar di- 
rectamente a él. Demócrata, no oculta la repulsión 
que le inspiran las deformaciones y vicios de muchas 
formas actuales de la democracia, ni su nostálgica 



[379] 



GUSTAVO GALLINAS 



aspiración hacia formas más puras y justas. Su tarea 
es la de colaborar en la formación de la minoría de 
conductores y de educadores. ¿Inactual? Una visión 
poco inteligente de las cosas, qas se detuviese en su 
superficie, cambiante y perecedera, induciría a sub- 
rayar con excesiva energía esta palabra. Concede la 
primacía a los problemas de la cultura, con demasiado 
olvido de los otros. Tentado me siento por momentos 
de acusar la indiferencia de este plácido discípulo de 
los huraaniatas, abstraído en su especuJación sobre 
las vocaciones, mientras el suelo del universo parece 
trepidar bajo loa cascos de los corceles de AtUa. No 
cometeré el grueso yerro. Fincó su error en no com- 
prender la paralela urgencia de los problemas; el 
económico, el social, el cultural. No cortó del todo las 
amarras que lo sujetaban al viejo individualismo ca- 
duco. Pero su ahincado estudio del problema de la 
vocación marca una linea directriz actual, excelente. 

trascendencia no &ólo individuiQ sino social y po- 
lítica de tal investigación no podría exagerarse. Por 
mucho que se hayan ensanchado benéficamente las 
bases para el gobierno de las sociedades, y que aspi- 
remos legítimamente a ensancharlas siempre más, es 
un hecho que en todas partes son minorías las que 
gobiernan a los pueblos. 

Creyó Rodó, racionalista de estirpe, en la supre- 
macía de lo intelectual sobre lo material y aun sobre 
lo técnico. Aconsejó la práctica del método secular 
de la introspección, el examen de conciencia, el son- 
deo del alma propia. Campea en el ceritro de su ense- 
ñanza la máxima, vieja como el mundo, que Gracíán 
acuñó con aquel denso laconismo que es marca de su 
genio: "ser dueño de sí mismo es el mayor señorío". 
Anotemos de paso que Rodó no supo de ese apretado 



LETRAS URUGUAYAS 



modo de decir, ni abrevió máitimas como ésas que se 
hincan como garfios en las ¡deas. Su "reformarse es 
vivir" estaba ya escrito por muchos. 

Otros hablaron del sentimiento trágico de la vida; 
en él predominó siempre el sentimiento estético de la 
vida. La vio como un espectáculo; no la sufrió como 
un drama. Fáltale por eso el pesimismo acre y remo- 
zador de los que de veras se han asomado a los abis- 
mos del corazón humano. Cosechó ejemplos en las 
historias para ilustrar sus disertaciones; pero con- 
trastó deficientemente con la experiencia y el análisis 
personal las enseñanzas de sus libros. La ilu?ión del 
indefinido progreso, a la que rindió su juvenil espe- 
ranza, aparece sombreada en sus escritos postreros. 
Acaso, dfl tíyít el escritor, hubiéramos asistido a la 
expansión de los gérmenes de pesimismo que apuntan 
en su único libro de polémica que termina interro- 
gándose si el mundo no estará destinado a presenciar 
la derrota de su ideal de libertad, de tolerancia, de 
orden basado en el predominio de la razón, aplastado 
bajo las plantas de nuevos Césares o sumergido por 
las avalanchas de las desbordadas muchedumbres. ¿En 
qué hubiera parado su feliz equilibrio al ver derrum- 
barse su quimera humanista de un mundo nacido de 
la conciliación definitiva, de la mora] cristiana y de 
la idea griega? Los caminos del porvenir están hoy 
más poblados de sombras que en los años en que él 
clamaba, con fervor casi mesiánico, por "El que ven- 
drá". El mundo se estremece ante la amenaza de una 
nueva barbarie que irrumpe armada de todas las ar^ 
mas forjadas por la cultura y por la ciencia occiden- 
tales. 

Me pregunto cómo pudo Rodó escribir tan densf» 
UbroB expbrando los caminos de las vocaciones sin 



[381] 



GUSTAVO GALUNAL 



plantear de lleno en ningún momento el problema 
esencial del destino humano. Claro que no le exijo 
una filosofía, ni un sistema, ni una confesión siquiera. 
Me contentaría con un resquicio abierto por donrle 
aprender su manera íntima de sentir la vida, su fe, su 
negación, su duda, su esperanza. Pudo hacer tan larga 
ruta, siempre bordeando el problema abismático, sin 
que el sentimiento del esencial misterio estallara ui 
una vez con patética violencia en sus páginas. Verdad 
que este vacío no se oculta a su lucidez intelectual; 
"esta común falsedad, escribe serenamente, que con* 
siste en olvidarse del misterio del mundo y desdeñar 
las voces graves con que las cosas que nos rodean 
nos preguntan sobre la sombra de donde salimo'? y la 
sombra adonde vamos; esa falsedad que nos encierra 
dentro de lo temporal y sensible, sin una nostalgia 
de lo alto, quizá sin una emoción de idealidad y de 
ternura, ¿quién la deshace como el dolor? . . . ¿Cuán- 
do se piensa mas en lo que sale fuera de la averi- 
guación de las cosas naturales que cuando la amar- 
gura del corazón sube a provocar ese inmortal apetito 
de la mente?" Reflexiones, demasiado serenas, de su 
cordura, zumos de su sapiencia; no voces de su anhe- 
lo, de BU amor o de su negación. En el círculo de 
claridad de la razón se dilata armoniosamente su pen> 
semiento; no se abre s la noche cósmica. 

Renán, se ha repetido con excesiva frecuencia. Aho- 
ra lo siento más ceri:a del geométrico Taine. Renán 
sin la bruma láctea que baña su pensamiento; sin el 
corazón acunado a la sombra de la catedral materna, 
sin el campaneo de una If sumergida, ni el don de 
lágrimas del alma bretona. Remontándonos a los gran- 
des antecesores, diria que pertenece a la posteridad 
de Leonardo; no a la dd atormentado Miguel Angel. 



[382] 



LETRAS URUGUAYAS 



Antes, me fue su libro fuente de calladas volup- 
tuosidades. Hoy, que le pido consejos para escudo del 
corazón, aunque duela a mi afecto, debo confesar en 
cuán ancha medida me ha defraudado. Me enseñó a 
levantar la mira ; a amar las cosas del espíritu y, ante 
la invasión del materialismo fenicio, quiso restaurar 
el sentido estimulante de las palabras desinterés, idea- 
lidad. Tengo aún hoy motivos para agradecerle la 
autoridad con que amparó a los sueños de mi juven- 
tud, que puedo no haber realizado, que sin duda no 
supe realizar, pero a los que jamás he traicionado. 
Muy pronto vi la urgencia de revisar también esto: 
más que al arrullo voluptuoso de un vago idealismo, 
es preciso rendirse al imperativo de un deber, de una 
idea moral capaz de engendrar esos deberes concretos 
y poiosos que son la sal de la vida. Aunque cada día 
me aleje más de Rodó, no olvidaré el gesto aquel in- 
olvidable con que alzó su lámpara para alumbrar a 
mi adolescencia la entrada del reino interior. 



r383] 



CRITICA DE JOSE ENRIQUE RODO * 



Luchaban en el mundo espiritual de Rodó, dos prin- 
cipios opuestos, que nunca pudieron anularse, conci- 
llarse, ni destruirse del lodo: el diletante de tendencias 
eM^éptícas y el hombre de fe. Escéptico, mal contento, 
hombre de convicción sin credo. Rodó siente que dos 
genios enemigos se vigilan y avisoran recelosos en la 
intimidad de su conciencia. Acertar a conciliarios seria 
para él realizar un tipo humano de procer y rara es- 
tirpe espiritual, cuya ejemplar excelencia reconoce y 
pregona. 

Un problema preocupa a Rodó a todo lo largo de 

su carrera: el de la personalidad. Fn "Motivos de 
Proteo" el estudio de las vocaciones gira sobre estos 
dos polos: respeto a la entereza de la personalidad; 
provocación del cambio, de la renovación permanente 
de la personalidad. En Ariel, análoga preocupación, 
trasladada al estudio de las condiciones de América, 
lo obsede; respeto a los Uneamientos originales del 
ser colectivo de Hispano-América, cuya entereza de 
personalidad ambiciona, sin mengua de una capacidad 
sin límites para educarse en todo ejemplo humano y 
preparar, renovándose siempre, un futuro mejor. Su 
ideal es siempre el de crear personalidades de rasgos 
bien pronunciados, de firmes y claras líneas, amplia- 
mente abiertas a los influjos extraños, retocadas, per- 



* La Maftana. Montevideo, mayo Iv do 1949. 

t384] 



LETRAS imiTGirAYAS 



feccionadae, sin tregua, "por el cincel perseverante de 

la vida". 

No es de extrañar que au actitud de crítico literario 
frente a las ideas 7 tendencias que juzga, sea deter- 
minada en gran parte por idea análoga. El crítico 
ideal llevará su inexhausta virtud de simpatía, el don 
de metamorfosis, el don de proteico de Sainte-Beuve, 
hasta donde no importe renuncia o abdicación de la 
persistencia y firmeza de la propia individualidad. 

Con clara decisión surge Rodó a la vida literaria, 
participando de machos de los anhelos que movían a 
los espíritus jóvenes hacia nuevas formas del arte y 
del pensamiento; pero afianza también la celosa auto- 
nomía de su personalidad. Traza una linea divisoria 
entre su posición y la de los dóciles secuaces de las 
tendencias en boga. Se resiste a aplaudir sin reserva 
a la juventud que "juega entonces en América al juego 
literario de los colores''; separa cuidadosamente el 
juicio sobre Rubén Darío del de los discípulos e imi- 
tadores que se agotan en frivolas y fugaces parodias. 
La existencia misma de escuelas o grupos, plantea un 
problema que Rodó enfoca anunciando como cardinal 
idea la que se refiere a la independencia y plena vir- 
tualidad de expansión de las personalidades. Las es- 
cuelas se acrecen por un impulso de imitación. Cierto 
que, para muchos, la palabra del maestro que congre- 
ga y adoctrina ea el punto de partida de fecundos 
descubrimientos. La revelación de lodo nuevo pensa- 
miento o forma, el anuncio de posibilidades ignoradas, 
despierta para la acción o para el ensueño, energías 
que parecían destinadas a dormir sm empleo en las 
almas, abre a ansias y ambiciones, rutas y tierras 
inexploradas. Ruedan secas fórmulas y doctrinas ya 
caducos, y se prepara un renuevo primavera]. 



[385] 



GUSTAVO GAIilNAL 



Buenas, legítimas y aun necesarias son las escuelas 

en cuanto encarnan y expresan las tendencias o mo- 
dalidades de una época o de un momento. Funestas en 
cuanto imponen, siquiera transitoriamente, normas y 
reglas, en cuanto exigen tiránica adhesión a sus ritos, 
y atan vendas de fanatismo e incomprensión. Un 
parágrafo de Proteo habla de la falsedad radical de las 
escuelas y desenvuelve con atinados ejemplos y bien 
concertadas razones estas ideas. Pondérase alli el in- 
flujo de las escuelas, moredoras de falaces aptitudes 
y vocaciones desorbitadas. 

Más expresiva aún del pensamiento de Rodó es la 
transposición afirmativa de la fórmula: la verdad rela- 
tiva de las escuelas, fórmula deducida de la modalidad 
esencial de su pensamiento. Todas las que son dignas 
de vivir, auüque sea sólo fugazmente, refractan un 
rayo de verdad o de belleza al través de cristales de 
más o menoEí transparencia; ninguna concentra en un 
punto la verdad y la hermosura integrales. 

No es tan blara la respuesta si avanzamos más para 
inquirir los ¡principios dd juicio estético de Rodó. 
Rechazo de la crítica definidora, absoluta, de alarde 
dogmático; reconocimiento de la necesidad de convi- 
vencia de infinitas formas del arte, simpatía hacia la 
originalidad ,y el talento dondequiera que surjan. A 
los artistas no soíalarles un camino sino el consejo de 
indagar el alcance y la dirección de sus propias facul- 
tades, de nutrir can su carne y con su sangre el ideal 
propio, de seguir siempre su estrella. Para cada forma 
de arte, y aun para cada espíritu de artista (la frase 
transcrita evoca el recuerdo de una fórmula famosa 
de Taine), un clima moral. Pero luego, nada en Rodó 
que recuerde aquella íntima trabazón de razonanúen- 



[386] 



LETRAS tmUGVAYAS 



tos y de hechos con que el maestro enuncia bu ideal 
en el arte, haciendo metafísica sin pretenderlo y olvi- 
dando sus propósitos de imparcialidad científica. No 
niego que Rodó confesara preferencias y predileccio- 
nes; que realza al arte militante, de contenido huma- 
no; que propaga una tendencia de americanismo di- 
luido en -prudentes fórmulas . . . Pero no tuvo, ni 
esclareció principios de filosofía estética coordinados 
y» menos aún, origínale?. Su crítica es ecléctica por 
naturaleza. La afirmación y defensa de este eclecti- 
cismo es la única rotunda que campea en su obra 
crítica. Dotado de vastas lecturas, su gusto y su sim- 
patía no tropezaron nunca en cerradas fronteras. Pero, 
¿dónde está la concepción suya, personal» arrancada 
en un desgarramiento sagrado de sus entrañas vitales 
para legarla a sus discípulos? Aquella aspiración de 
conciliar todos los credos en una doctrina de suprema 
armonía no es más que una vaga y flotante quimera 
idealista. Ecuánime consejero, dadivoso maestro, en 
cuya tendida mano nada encontramos para nutrimos, 
como de agua y de pan . . . 

En una somera página de la Revista Nacional enu- 
mera Rodó a sus críticos literarios predilectos, casi 
todos franceses. "La crítica de Boileau podría simbo- 
lizarse en un aula de niños austeros y sombríos, donde 
una palabra de entonación dura y dogmática impone 
la autoridad de un magisterio altanero. En la critica 
de Villemain o la de Vabra respiramos un tibio y 
perfumado ambiente de salón, donde se conversa con 
donaire exquisito sobre cosas de arte. La de Taina 
nos lleva a un magnífico laboratorio, en el que un 
experimentador opulento, que es a la vez hombre de 
selecto buen gusto, ha puesto la suntuosidad de un 



[ 387 ] 



GUSTAVO QALLINAL 



gabinete de palacio. La de Gautier nos conduce por 
una galería de cuadros y de estatuas. Leyendo a 

Macaulay nos hallamos al pie de la tribuna, bajo el 
imperio de una elocuencia avasalladora. Con Menén- 
dez y Pelayo penetramos en una inmensa biblioteca. 
Con Sainte-Beuve nos allegamos al archivo interno 
que guarda condensada el alma de cada autor. Hay 
también allá en los arrabales de la ciudad del pensa* 
miento, un tugurio estrecho y miserable donde un 
mendigo senil ve pasar, con mirada torva y recelosa, 
a los favorecidos con los dones y triunfos de la vida, 
juventud, fortuna, belleza. Es la critica por quien dura 
y maldice eternamente en el mundo literario el espí> 
ritu de Zola". 

¿Y la crítica de Rodó? Imaginemos la hospitalidad 
de un magnánimo señor que agrupa en su salón, deco- 
rado de efigies pensativas, a poetas, artistas, hombres 
de acción y conversa, con grave señorío y parco ade- 
mán, de temas elevados, que le sugieren nobles remi* 
níscencias de lecturas. Su palabra de armoniosa 
mesura, lleva toda disputa a un término de apacigua- 
miento y de concordia, atempera la viveza pasional 
de los interlocutores jóvenes, reduce la terquedad de 
los que no comprenden, prodiga palabras cordiales 
para premiar cada pensamiento fuerte, cada frase ele- 
gante, cada acción varonil, pero jamás se da del todo 
y cierra cortésmente su intimidad a miradas indiscre- 
tas y curiosas. Asi podría aimbolizarae la crítica de 
Rodó. 



[388] 



LEYENDO A JULIO HERRERA Y REISSIG ♦ 



"La natividad de Nicolás Herrera, de Santiago 
Vázquez, de Andrés Lamas, de Lucas Obes, de Julio 
Herrera y Reisaig, del otro Julio, de Manuel Herrera 

y Obes, de Pacheco y Obes y Juan Carlos Gómez, su 
nacimiento en estos lares de criar vacas, constituye 
una crueldad de la naturaleza, una ironía de la volup- 
tuosa Venus a la severa Minerva." Este alarde pueril, 
que sería integralmente estólido si no disimulara una 
mueca de burla, lleva al pie la firma de Julio Herrera 
y Reissig. Anoto la fecha: 1902. Una ligera compulsa 
de las publicaciones literarias que veían la luz en Mon- 
tevideo por esos años, me permitiría, sin gran trabajo, 
agavillar un haz de declaraciones equivalentes. Es la 
hora de ebullición, de la rebelión modernista. Los 
neófitos de la nueva escuela atribuyen belicosa tras* 
cendencia al literario suceso. A pesar de lo cual la 
insurrección, incubada en un par de cenáculos o pe- 
queñas cofradías literarias, murmurada en alguna 
rueda de café, pregonada en las columnas de gacetilla 
de prensa, de almanaques y revistas efímeras, pasaba 
inadvertida a la mayoría inmensa de los habitantes 
de la ciudad. Si en los círculos burgueses se esbozaba 
un comentario, se exteriorizaba en sonrisas. Los voce- 
ros de la renovación estética, exasperados por Ib in- 
comprensión de ios filisteos, forzaban el tono j se 
descoyuntaban en inverosímiles pirueteos y malaba- 



* Criterio. Buenos Aires, enero 13 de 1831. 



[389] 



GUSTAVO GALLINAL 



rismos. La hostilidad es todavía una fonna de home- 
naje, una carta de beligerancia, un tributo negativo; 
pero el silencio, la indiferencia risueña representaban 
para los estridentes novadores la plenitud del fracaso. 
Pagaban al público desprecio con desprecio o imagi- 
naban conjuraciones de odios donde sólo habia extra- 
ñezas. incomprensiones y acaso un poco también de 
benevolencia por la juvenil bullanga. "De los ocho- 
cientos mil búrlanos inferiores del país, argüía exas- 
perado el conductor de las huestes modernizantes, 
Herrera y Reiasig, no hay doscientos que no se pongan 
verdes ante una cosa nueva, que perturba sus sedi- 
meiUos psíquicos. Hasta cuando parece que admiran, 
odian sórdidamente. Yo lo he podido observar." 

Oigamos la fraseología trascendental y abigarrada 
con que ametralla a sus conciudadanos en venganza 
de esos presuntos odios, **£n medio del universal fra- 
gor que produce el desmoronamiento de sistemas y 
legislaciones, el entrevero de los fluidos anímicos, de 
las tendencias mentales, el derrumbe de lo que se 
aplasta y la ola de lo que triunfa, el Uruguay es un 
pantano lúgubre de política trasnochada, de costum- 
bres pastoriles, de trivialidad eglógica, de prácticas 
empedernidas; un cementerio de campo donde se 
adora morbosamente loa manes de dos caudillos. . . 
Nadie da un paso adelante; la sociedad es un rebaño 
homogéneo que marcha, paso a paso, por las sendas 
más trilladas al son de las antiguas esquilas. . . En el 
concepto de los uruguayos el que varía en sus modos 
de pensar es un miserable tránsfuga, un descarado 
traidor; o bien dicen del hereje: se ha enloquecido. 
Ellos no ven en el cambio, la conquista de una idea 
que antes no se tenía, el rayo fulgurante del camino 



[3901 



urntAS URUGUAYAS 



de DamaBCO, la marcha hacia la Verdad por las este- 
pas de la reflexión ; que se pasa de la noche a la ma- 
ñana, como dice Michelet; el abandono de los pesados 
arreos llenos de pátina convencional por el peplo mo- 
dernista que abre sus pliegues soberbios al viento de 
las persuasiones," Esta prosa barroca no pertenece a 
ninguna arenga de político reformista, o disertación 
de sociólogo de aldea, metido a predicar en el desierto 
espiritual de una pequeña sociedad y dispuesto a azu- 
zarla hasta el encrespamiento. Procede esa fraseología 
trascendente y apocalíptica del caudillo de un grupo 
de jóvenes influenciados por las tendencias literarias 
que se abrían paso en los ambientes americanos diri- 
gidas por Rubén Darío y prolongaban sus ecos hasta 
nuestro silencioso Monlevideo. En el temperamento 
de Julio Herrera y Reissig hubo siempre algo de 
"fumista*'; siempre gozó ahuecando la voz y atribu- 
yendo misteriosa importancia a sus más nimios he- 
chos. Un poco en broma, un poco en serío, por vani- 
dad de poeta, otro poco también por garrulería 
irreflexiva, estampaba esas frases tremendas de la 
marcha hacia la Verdad (con mayúscula resulta más 
solemne...) y del rayo del camino de Damasco... 
Una flora poética, no nueva en otros ambientes, pero 
en el nuestro desconocida, comenzaba a germinar en 
algunos cenáculos montevideanos. £so era todo. 

£n un destartalado altillo de la casa paterna de 
Herrera y Reissig, se congregaba un núcleo de jóve- 
nes modernizantes. Era uno de aquellos miradores 
de las casas patricias del viejo Montevideo, que seño- 
reaban fácilmente la monotonía rebafi^a de las te- 
chumbres urbanas, apacentando las miradas curiosas 
de aquietadoras visiones de cielo y río. La fantasía 
juvenil lo magnificó con el titulo de ''Torre de los 

[391] 

IT 



GUSTAVO GAIOJNAL 



Panoramas". Otra tertulia de trovadores nuevos, fue 
bautizada con el nombre provenzalesco de "Consisto- 
rio del Gay Saber". Asumió éste en mucho menos 
grado que la ''Torre de los Panoramas" el carácter 
de una capilla literaria; no tuvo sede fija y pronto 
se dispersó. Eran dos "peñas" cuyos concurrentes se- 
guían atentamente los movimientos literarios de Bue- 
nos Aires y hojeaban loa últimos libros y revistas de 
Francia. La mayoría de esos jóvenes estaban desti- 
nados a pasar por esos cenáculos como por cualquiera 
de las efímeras congregaciones estudiantiles a las que 
todos hemos dado una parte de nuestras inquietudes 
de adolescencia, antes de que la vida nos impusiera su 
disciplina o su yugo: egolatrías, idealismos, ilusiones, 
burbujas que se irisan y revientan sobre el ámbar de 
la copa que nos tiende la "vida como una primicia de 
los años mozos. Muchos de aquellos jóvenes, después 
del pasaje por la torre mirífica de los panoramas o 
por el gayo cenáculo, se reintegraron, ya cumplidos 
con el arte y con el ideal, a la abominada y pacata 
vida aldeaniega; concluyeron sus escarceos líricos en 
el orden gregario de la vida burguesa, desempolvando 
expedientes en bufetes de abogado, apoltronados al 
calor del presupuesto en algún sitial burocrático o 
inscriptos como fieles secuaces de la política al uso. 

Destacándose de la legión de los que pasan, hay, 
entre los que persistieron en la persecución de sus 
sueños de artistas, por lo menos dos, en quienes aque- 
lla actividad primeriza no fue vanidad y humo, sino 
firmísimo signo de la vocación naciente, destinada a 
crecer y vigorizarse con los años. Del ^'Consistorio 
del Gay Saber", surgió un librito, impreso con la ele- 
gancia amanerada que es el sello tipográfico del sesgo ¡ , 
espiritual del momento; era un librito de páginas sa- 



[392] 



LETRAS URUGUAYAS 



tinadas, de anchos margenes y coji ilustraciones muy 
siglo XVIII. que eran como la nota suprema de la 
distinción parisina a la que aspiraba fatalmente todo 
joven escritor de estas tierras, desde que los giros me- 
lódicos de los rersos de Rubén, dulces y lánguidos 

más que los violines de Hungría que evocan. L'elebra- 
lan la sonrisa ambigua y turbadora de la marquesa 
Eulalia. Como todos los de su época también aquel 
libríto tiene titulo exótico y lujoso: *^Lo3 arrecifes de 
coral". Sonetos a la moda, algunos, por cierto, cince- 
lados fríamente; cuentos excépticos o ligeros, de am- 
biente mundano o versallesco, marginados de eróticas 
insinuaciones; composiciones herméticas, de extrava- 
gancia laboriosa. Nada original es el libro. Es, sin 
embargo, el punto de arranque de una interesante 
curva intelectual. La suerte irónica desterró al autor 
de los medios urbanos, de la atmósfera libresca y de 
invernáculo y lo echó a las soledades misioneras, a 
las tierras vírgenes del horizonte argentino, que espe- 
ran el Ruyard Kipling que las incorpore a la geogra- 
fía poética; en ellas, en el rústico seno de la natura- 
leza se desabrocharía en flores de penetrante perfume 
el espíritu recio del joven escritor, revelado en el 
"Consistorio del Gay Saber" y que se llama Horacio 
Quiroga. 

Entretanto, en la "Torre de los Panoramas" rei- 
naba Julio Herrera y Reissig. Un grupo restricto de 
jóvenes rendía homenaje a au superioiidad intelectual 
y lo saludaba como al lampadóforo que portaba la 
llama viva de un nuevo ideal estético. 

Indagar cuál era este ideal y cómo lo concibió y 
realizó Julio Herrera y Reissig eerá el tema de suce- 
civos artículos que pedirán hospitalidad a laa colum- 
nas de "Criterio**. 



r898] 



ALGUNAS REFLEXIONES 
SOBRE LITERATURA URUGUAYA 

Acertaba Taine, cuyas cristalizaciones sistemáticas 
ha pulverizado la crítica posterior, pero cuyas intui- 
(ñoues de artista opulento, apasionado y fértil, perma- 
necen y son ya clásicas, cuando levantaba sobre los 
más encumbrados pedestales (le la gloría literaria a 
los artistas creadores. No hay virtud comparable a la 
fecundidad espiritual que pare, rivalizando con la 
potencia misma generadora de la naturaleza, seres 
vivos, hombres. Los artistas que moldearon en sus 
obras el barro de Adán, animándolo de auténtico so- 
plo vital, señorean la evolución literaria de los pue- 
blos. Una literatura cuenta, ante la conciencia univer- 
sal, por los tipos vivideros que creó. Ulises, Hamlet, 
Don Quijote o Don Juan son el florecimiento supremo 
de la sangre de una estirpe e inmortalmente la perso- 
nifican. Viven una vida plena y verdadera. Las otras, 
pálidas bandadas de almas desvanecidas y exangües, 
revolotean en limbos de olvido y de silencio, como en 
los infiernos odiseanos, y sólo comparecen y se agolpan 
al conjuro evocador de la crítica erudita. Una litera- 
tura puede ser legítimamente valorada de acuerdo con 
los tipos humanos que ha creado. 

Caben, sin duda, otros métodos. Desde luego, el 
histórico. Trazar una crónica o reseña de la evolución 
de los géneros, destacando las personalidades que son 
como hitos que dividen las épocas Uterarias — rara 



UETTÍtAS URUGUAYAS 



vez coincidentes con las políticas — , y enumerar, dán- 
doles proporcionado realce y justipreciando sus méri- 
tos, a las personalidades secundarías y a las que for- 
man el coro. Apretar ahora en escasas carillas tal 
lemillero de noticias, aun concretado a literatura de 
contenido breve, como hija de un pueblo nuevo, es 
tarea que levanta serias objeciones en mi espíritu. 
Pocas cosás tan ocasionadas a errores y omisiones 
como esos esquemas, propicios a degenerar en desfiles 
enumerativos, rondas de espectros sin consistencias, 
obras y nombres que danzan en vertiginoso haz lumí- 
nico, proyectados sobre la pantalla, para muy luego 
disiparse sin dejar rastros ni enseñanzas. 

No faltan, por lo demás, antologías y síntesis lite- 
rarias al alcance de todos, y cuya lectura puede orde- 
nar una visión panorámica del desarrollo de nuestra 
literatura. En 1925, con ocasión del aniversario de la 
Asamblea de la Florida, yo mismo publiqué en estas 
columnas de La Nación un cuadro de conjunto de 
nuestra literatura, al que me remilo. Cabe el criterio 
amplio, propiamente histórico, que pretende dar idea 
de la sucesión de los géneros y de las épocas, que 
acoge los valores relativos situándolos en su momento 
y en bu medio, para explicar la importancia que asu- 
mieron en determinado instante nombres ya desteñidos 
por la acción del tiempo. La degeneración de este cri- 
terio se traduce en las selvas poéticas, parnasos y flo- 
rilegios, donde se codean en promiscuidad escandalosa 
los valores positivos y las más supinas medianías; 
resultado de la aplicación del mismo criterio son los 
centones históricos, como el que escribió Carlos Roxlo, 
en los que hay sitio, y aun sitiales, para todos cuan- 
tos alguna vez esgrimieron la pluma, estableciéndose 



[395] 



GUSTAVO GALLINAL 



una democracia póstuina y niveladora. En oposición a 

éste cabe el método rigiirosn y gelectivo. que acendra, 
compara, juzga loa méritos reales, expulsa del paraíso, 
custodiado por la espada de fuego del criterio esté- 
tico, a los que profanaron la belleza o pecaron contra 
ella. Su degeneración frecuente son las criticas ema- 
nadas de las escuelas o capillas Hlerarias, inspiradas 
cada una en su invariable canon. Estos críticos icono- 
clastas alzan tribunales inexorables para condenar a 
los que no confiesan todos los artículos del credo de 
la hora. Toda tendencia literaria nueva, o que SU8 
propugnadores juzgan tal, atraviesa análogas zonas 
tempestuosas iniciales o trata de provocarlas, aunque 
sólo consiga desatar una tormenta en un vaso de agua. 
En el período de batalla — "sturm und drang", valga 
la frase que caracteriza a imo de los más ilustres y 
fecundos que la historia literaria conoce — las ten- 
dencias nuevas avanzan sobre un tendal de reputacio- 
nes masacradas. En nuestro pequeño mundo literario, 
el más pintoresco ejemplar de ese género de crítica 
es acaso cierto "epílogo wagneriano'' que con verba 
turbulenta de niño malhumorado, acerbo humorii^o 
y singular desenfado, escribió Julio Herrera y Reissig. 
En definitiva, nada más raro que la serena imparcia- 
lidad, fácilmente confundida con frigidez espiritual. 
Digalo el ejemplo del mi&mo crítico que cité al co- 
menzar este artículo, que inicia una de sus obras pro* 
clamando la imparcialidad científica omn ¡comprensiva 
y termina erigiendo a su vez una escala de jerarquías 
y valoraciones preceptivas. 

Aplicaré, pues, al juicio de una centuria de vida 
literaria uruguaya, la sencillez del consejo evangélico: 
juzgar al árbol por bus frutoa. Y para contenerme en 



[306] 



LETRAS URUGUAYAS 



los limites estrechos que traza la índole de este breve 
artículo, me reduciré todavía al somero análisis del 
breve grupo de figuras humauas, lanzadas a la vida 
del arte por la fantasía de nuestros artistas que mere- 
cen el nombre de creadores. Interrogarlos equivale a 
indagar lo más sustancial de nuestra joven literatura, 
sin que para el caso importe que provengan dd teatro, 
la novela, la poesia o el cuento. 

El concepto de juventud, tantas veces repetido y 
aplicado a la vida literaria, se revela vago y falaz. Las 
creaturas más enjundiosas que ha engendrado nuestra 
literatura se mueven en un ámbito de pesimismo y 
están, en su mayoría, marcadas con estigmas de deca- 
dencia y aun de degeneración. De las páginas de los 
libros nacionales de más seguro y duradero renombre 
surgen figuras humanas deprimidas, quejosas, perfiles 
recargados de negro de humo. Ninguna que pueda ser 
llamada primitiva, si primitivismo es signo de salud, 
de vida hmitada, pero sana y robusta. La rama gau- 
chesca de nuestras letras sirva de ejemplo primero. 

Las obrillas del escritor que en los albores de la 
nacionalidad acotó el campo del nativismo futuro, de 
Bartolomé Hidalgo, despiden ya un tañido honda- 
mente melancólico. No es la vaga e indeterminada 
melancolía romántica, hecha de ensueño y de aspira- 
ción insaciada. Son tristezas vividas, de agria reali- 
dad, las que acosan a sus protagonistas. Cuando dia- 
logan Chano y Contreras, en los pagos de la Guardia 
del Monte, se hacen eco de las desventuras del gaucho, 
que rueda de "rancho en rancho y de tapera en gal- 
póji*', de la tropilla de pobres que cantan al son de 
su miseria: "jno es la miseria mal son!", sentencia 
escuetamente el narrador. Las murmuraciones de los 



£397] 



GUSTAVO GAIXINAI. 



paisanos al amor de un cimarrón, mientras el asado 
se dora a las caricias de Iss brasas, suenan en esos 
versos. Loa cuadritos son nítidos, precisos, veristas; 
la expresión exacta y fiel. Las apariencias heroicas 

de las luchas por la ernancipación. que antes lo enar- 
decieron, no extravían al (-anlor. Sahc demasiado bien 
que el rencor fermenta en los corazones, que la igual- 
dad está impresa en la letra de la ley, pero no en la 
realidad de las costumbres sociales, que el hambre 
ronda los hogares de los pobres, qne la prostitución 
se acerca a las viudas infelices de los soldados de la 
patria, a quienes no tocan ni los relieves de la mesa 
del presupuesto en la que ¡ya entonces! se regodeaban 
los privilegiados. El gaucho que roba un mancarrón 
o unas espuelas conoce los rigores de la justicia blanda 
o venal con los poderosos : si hubiera conocido al viejo 
Hesíodo, se hubiera apropiado alguna de sus aciba- 
radas sentencias morales. Sus mozos ''amargos'* mere- 
cen el epíteto por ef coraje y porque sus corazones es- 
tán macerados en amargura y protesta contra el am- 
biente social. Todo dentro de paupérrimo pero signifi- 
cativo contenido ideológico. Notemos el gusto de los 
detalles concretos, de las expresiones de primer agua, 
traslados pintorescos del habla criolla. La técnica del 
poeta es menos que deficiente. Los perfiles están traba* 
jados por un lápiz de prmcipiante, cuya carrera truncó 
la muerte precoz. Buscó por instinto racial el octosílabo 
del romance, de española y popular estirpe: ese fluido 
midtánime, proteico octosílabo, uno de los más com- 
pletos instrumentos de música verbal que haya forjado 
el genio de un pueblo. Sus creaciones son apenas rá- 
pidos escorzos. Pero Hidalgo obedece a la misma 
apetencia vital que movió más tarde a Florencio Sán- 



[ 398 ] 



LETRAS URUGUAYAS 



chez, a Javier de Viana, a los intérpretes modernos de 
nueEtra vida. 

Esto en el iniciador de la poesía gauchesca. En el 
otro extremo, en el arte culto, todo es retórica y deca- 
dencia iniciales, prolongación de la poesía española 
del siglo XVIII. Señalo en Acuña de Figueroa, entre 
las muestras de degeneración que lo distinguen, la 
misma ausencia de exaltaciones idealistas, el verismo 
apegado al detalle y a los pormenores descriptivos de 
las Toraidas, del Diario, de las sátiras; todo recu- 
bierto de una cáscara retórica seca y rugosa. 

El gaucho heroico de los monumentos ecuestres no 
proviene de ios diálogos de Hidalgo; acaso tan sólo 
sus gritos de coraje suenan en los cielitos. Pero el 
gaucho que Hidalgo pintó es ése que va por el bajo, 
mansamente, al caer de la tarde, al trote del azulejo 
o del overo, mascando el barbijo del chambergo y tra- 
gando amarga saliva, cabizbajo como quien siente so- 
bre los hombros el fardo de un injusto destino. 

El "ennoblecimiento" del tipo vino después. Maga- 
riños Cervantes lo santificó adornándolo con el halo 
romántico idealizador. Pero si su libro conserva aún 
algún resto de interés para nosotro!», no es por la tra- 
ducción de la quimera romántica, sino por las partes 
que lo hacen entroncar con el realismo veraz que 
predomina en nuestras letras. 

La sustancia jugosa y silvestre nutre la obra de 
Acevedo Díaz. Romántico y naturalista, un algo de 
Zola y algo de Huf^o, el autor de "Ismael" interpreta, 
de acuerdo con esta dualidad de su temperamento, el 
tipo tradicional. Su gaucho blande homérica lanza de 
las patriadas; pero la pintura de la realidad es de 
cruda, insuperada veracidad. Acaso la estilización del 



[ 399 ] 



GUSTAVO OAIXINAL 



gaucho heroico deba más que ningún otro escritor a 
Eduardo Acevedo Díaz; sólo Carlos Reyles podría 
parangonársele, y aun superarlo por el refinamiento 
y la complejidad de la técnica, aunque esta pintura 
ocupe sólo un epií-udic, que es por sí un gran lienzo 
épico, del terruño. Pero Reyles tiene su puesto en otra 
dirección, como artista moderno y psicológico que ha 
calado en las almas más hondo que ninguno del país. 
Esta aptitud de indignación psicológica es la novedad 
principal que trajo a nuestras letras. Resérvale tam- 
bién sitio aparte el dominio de la técnica del arte de 
escribir, tan rudimentaria o tan deficiente en los de* 
más artistaa nacionales^ aun en loa mejores que he 
citado. 

El amor a la realidad desnuda, con el mínimo de 
estilización, resurge en Florencio Sánchez. Su fantasía 
es pobre y se mueve en área reducida. La inventiva 
no es nunca en su teatro, que es por sí sólo casi todo 
el teatro nacional, policroma y cambiante. El drama 
obsesionado, monótono, ha Balido de las entrañas mis- 
mas de la sociedad. No es un plasmador de caracteres, 
un psicólogo penetrante. Pulula en sus obras una mu- 
chedumbre ignara, cubierta de harapos y morolmente 
tarada. Los personajes, salvo alguna excepción, des- 
piertan piedad, vergüenza, repulsión, tristeza, pero no 
optimismo, ni salud física y moral. La visión del 
mundo que nos brinda el autor no difiere esencial- 
mente de la de bus personajes: fáltale desasimiento, 
perspeclivii, altitud. Sus tipos de arrabal y del campo, 
de menguada moralidad, enfermos de la voluntad o 
del carácter, son de inconfundible vitalidad trágica. 
Cae sobre sus personajes, con el vuelo oblicuo y cer- 
tero del ave de presa sobre la carnaza. vida sangra 



[400] 



LETRAS URUGUAYAS 



atrozmente entre sw ganas. Muchas partes de au 
obra me recuerdan el realismo del llamado género 

chico español, aunque con el ambiente ahumado y 
Sombrío hasta llegar a ser fúnebre en ''Mala laya*' o 
"El desalojo". No establezco ahora categorías de valor 
estético, ni juzgo el valor literario — excepcional en 
nuestras letras — de su teatro. Señalo en la obra de 
Florencio Sánchez tas tintas pesimistas, el ambiente 
sólo por rarísima excepción atravesado por fugaz 
soplo de poesía, capaz de aliviar el espíritu, la repro- 
ducción de la "vida. Sus tesis, con frecuencia absurdas, 
bebidas en libros manoseados, por quien tuvo a la 
vida misma por grande e insustituible maestra, no son 
las que realzan su teatro y le aseguran la perduración, 
sino ese inaplacable amor a la vida, tal cual es, o tal 
cual la conoció, y ese don extraordinario que poseyó 
para apresarla y echarla a las tablas, palpitante. Fál- 
tale decantación artística, estilización. 

No ha hurgado en frescos rincones intactos del alma 
nativa, cuanto en los pozos de amargura estancados 
en su fondo, Javier de Viana, el narrador de los cuen- 
tos sabrosos, húmedos del jugo de los campos. Oigá- 
mosle hablar de los tipos de su raza : "Razas gastadas, 
razas podridas, náufragos de la humanidad que va- 
gan en la sombra con la brújula rota y la fe perdida, 
su destino es hundirse en el abismo, desaparecer, 
abandonar el campo a otras unidades étnicas, a seres 
potentes que llegarán confiados en sus fuerzas, soste- 
nidos por el ideal, no por el enfermizo ideal de los 
pobres de espíritu, sino por aquel artífice coloso que 
ha construido la gran república del Norte, por el 
grande, el supremo ideal de la vida'*. Pero más que 
las disposiciones de Javier de Viana, vale su visión 



GUSTAVO GAUJNAL 



directa de las cosas, y se revela en la contextura de los 
tipos que dio a luz su fantasía, aquel "Gurí", acaso 

su creación magistral, agarrotado por un conjuro, 
**ligado" al hechizo maléfico de una mujerzuela, aquel 
Zoilo taciturno de **Gaucha'\ mudo como la hostil 
soledad de los bañados que son el eBcenario de su 
existencia... Almas muertas..., no, porque aún no 
han vivido, no han despertado, estremecidas, sin co- 
nocer otro estimulo que el latigazo del instinto. . . 

Faltan en la literatura nacional tipos femeninos de 
valor igual a loa de hombres. Acaso porque, gi se 
exceptúa siempre a Reyies en el grupo de nuestros 
narradores, faltan los artistas aptos para la fina pro- 
fundización de un análisis de almas, el sutil estudio 
de la complejidad de un conflicto espirituaL El amor 
es cosa de machos, más que de hombres: un instinto 
que aspira a la posesión carnal. Faltan también casi 
por completo las obras de imaginación pura, abiertas 
a los vuelos de la fantasía» libertada del espacio y del 
tiempo. El drama, el cuento, la novela han viTÍdo ex- 
plotando el rico filón de las costumbres, contraídos a 
la copia de la realidad. El realismo escueto y la inevi- 
table visión pesimista de la vida que engendra, paré- 
cenme rasgos característicos de nuestra producción, 
que podría también señalar en los libros más valiosos 
de loi5 últimos años. Este amor a la vida tangible 
podría señalarlo también en la poesía lírica y se tra- 
duce o degenera en el verismo de los cantares del 
pueblo: los mejores de estos cantares populares en- 
cierran pequeños dramas de la existencia cotidiana, 
toscos, pero henchidos de sustancia vital. 

Estas son las esencias primordiales que destilan de 
las obras proceres de la literatura nacional. 



[ 402] 



INDICE 



pág 

Prólogo VII 

Biografía XXIV 

Criterio de la edicióa XXV 

Letras Uruguayas 1 

Dedicatoria 5 

Prefacio 7 

Escritos de I^rrañaga ..... 9 

Alejandro Magariños Cervantes , . , 18 

Antologías uruguayas 33 

El Viejo Pancho 45 

Delmira Agustini 58 

María Eugenia Vaz Ferreira 69 

Juana de Ibarbourou 73 

La vida literaria uruguaya en 1^5 83 

En tomo a la obra de Joan Zoirilla de San Martín: 
Un libro en preparación: *'La Profecía de Ek- 

quiel" 101 

El Sermón de la Paz 109 

Cómo nació "La Leyenda Pabia" 119 

Carlos Roxio 127 

Julio Raúl Mendilaharsu 132 

Emilio Frugoni 138 

Andrés Héctor Lerena Acevedo 146 

Emilio Onbe 149 

Boy 157 



Lanzu 161 

Adolfo Agorio 169 

Pcdn» Leandro Ipiiche 178 

Una confeiencia sobre el sentinuento hispano-ameri- 

eanÍBta en la literatora uruguaya 183 

Oratoria parlamentaria - Diálogo de anteeoIaB .... 216 

Nomenclatura urbana 231 

Acuña de Figoeroa y loa poetas colonialea de Mon- 
tevideo 240 

Una pintura de Montevideo en 1850 . . . 240 

Semblanza de Figneroa 246 

El despertar de 1806 254 

El "Diario Histórico de 1812-1814" 272 

Elaboración y fuentes de "La Malambrunada** .... 286 

El Camino de Paros 313 

La iniciación de Rodó 323 

Leyendo el "Ariel" de Rodó , . 329 

El senbmiento de la tradición en la obra de José 

Enrique Rodó 340 

Rodó y la democracia 350 

El olma de Rodó 370 

El libro póstumo de Rodó 377 

Critica de José Quique Rodó 384 

Leyendo a Julio Herrera y Reissig 389 

Algunaa reflexiones sobre literatura uruguaya 394